Photo: Kusi Semninario/Flickr.

Es una habitación sin luz. Más que un cuarto es una prisión, que huele a tierra mojada, a lodo, a montañas. Afuera, la lluvia no para. El sonido del agua sin control lo atolondra, éste se mezcla con el rugido del viento, con el de truenos y tierra que se desborda y precipita quebrada abajo. Debe ser el ruido del purgatorio piensa él. Allí está él esperando su minuto. De pronto, siente que detrás de la puerta de su prisión, alguien rasca la tierra. Empujan un pedazo de papel que se moja y se queda pegado contra el lodo. El prisionero se acerca gateando y lo coje: un pedazo de papel, un mensaje, piensa.

No ha visto comida ni agua en dos noches; tampoco ha escuchado voces humanas desde que lo empujaron a ese agujero de piedras y cerraron la puerta. Pero allí está el mensaje. ¿Esperanza? ¿de qué? ¿Por qué no abrir la puerta y darle la carta? ¿Por qué no decírselo en la cara? Enmedio de la tormenta, en la noche, un mensaje solo puede significar esperanza. Grita, por si el mensajero aún está allí. Se arrepiente de haber guardado silencio, ya el mensajero se ha ido. Solo escucha otra vez el sonido confuso de la naturaleza anunciando desastres.

El hombre toma el pedazo de papel con manos temblorosas. Sus manos están frías, todo su cuerpo tirita: aún así sufre de angustia. Por más que aguza la vista no puede ver: es en una ratonera, aquí los ojos no sirven. Se arrastra, pega su cuerpo enlodado contra la tierra, acerca el papel contra la ranura debajo de la puerta, por si encuentra ayuda en un rayo. No sucede nada. Solo escucha el sonido de un cauce violento y los troncos, las ramas y las hojas de los eucaliptos batiéndose a duelo contra la tormenta.

Tiene que aguantar su angustia, estirado en el suelo, sintiéndose un animal, consciente de que todo su poder está suprimido: su inteligencia, su buena voz, su capacidad didáctica, su buen juicio, su disciplina, su lealtad. Se aferra otra vez a la hoja de papel y sucede el milagro. Enmedio de las hojas y el viento viene la luz, como un flash consistente e intenso que por unos segundos ilumina, deja ver el arroyo que se mete en su cárcel y define con claridad los caracteres escritos en esa hoja de papel rayada, la letra bien caligrafiada en tinta negra, gruesa:

Chay hatun runakuna niwanchis mana allinkuna kanki nispa.

Paykuna wañuchinakunku ñoqanchisman juchawananchiqpaq.

Llaqtay masiy wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Wakchalla kanchinanchiskama paykunaqa juchachiwasunchis imamantapas.

Llaqtay masi wayqeykuna chayqa ama t’athqaykisunkichu.

Llapallan llaqtanchiskuna ñak’arin chay mana allin runakunawan.

Claros, bien definidos, los signos negros. Signos negros, signos negros: nada más. Siente venir a la desesperanza, cree que no va a poder moverse más aquella noche. Entonces se apaga la luz y aparecen retumbando los truenos que asolan esas sierras y cae por fin toda el agua y se lo lleva. Lo arrasta junto a las piedras y a los eucaliptos que no resisten el embiste, en pedazos, dando tumbos, por todo lo largo y profundo de la quebrada hasta alcanzar el río.

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