¿Para qué sirves, verano? ¿Acaso cumplirás las promesas que dejaste pendientes? Rodeado de abejas que componen sus vidas entre mis ventanas, con las lluvias que hacen crecer las vulvas de las matas ¿A mentirnos de nuevo? Así seremos humanos (otra vez) pendientes del humo entre los árboles y las torres enmascaradas. Las piernas se extenderán para nosotros, entre el vapor, seremos cruces y clavos en la multitud, camisas abiertas de deseo colectivo.
Los veranos que mejor recuerdo trajeron la agonía de ser nosotros mismos y no los monstruos que creímos. Como si bastara un poco de calor para olvidarnos de aquella que esquivaba nuestra mirada. Como si fuera suficiente desear la playa para tenerla, pisar la arena para germinar, tocar el agua para estancarnos en el tiempo.
Seremos verano de nuevo, y cuando tú lo creas conveniente, nos arrepentiremos: hundiremos nuestros dedos en las huellas que dejará el viento huracanado, nos volveremos compasivos y buenos, ángeles del invierno.
Hoy celebramos el inicio del mes de la poesía en los Estados Unidos. Desde su guarida, llega Billy Collins, setentón, a darnos un poco más de medicina en verso. El auditorio está casi lleno. La ceremonia comienza con puntualidad y desde el púlpito surgen las diferentes voces. ¿A qué venimos? ¿Qué significa en 2012 sentarse para escuchar poesía? Es tratar de entender lo que pasa en el mundo desde otro ángulo, es escuchar lo que nos dicen quienes viven para el arte. El director del departamento, Terrence Chang, hace un comentario: Collins, con su título honorario, tiene el privilegio de no poseer un e-mail, y es él quien lee los mensajes, halagos y cariños de sus lectores para reenvíarselos. Desde algún rincón iluminado de su casa, Collins decide a quién le contesta y a quién no.
Billy Collins recita sin aspavientos: «Estaba en un restaurante en Chicago, abrí el periódico y me di cuenta que Cheerios cumplía 70 años, la misma edad que yo. Es más, yo soy más viejo que Cheerios porque yo los cumplí hace unos meses. Escucho murmurar a la gente a mis espaldas: Mira, en esa mesa está sentado alguien que es más viejo que los Cheerios». La buena poesía consigue hacernos olvidar que no hemos almorzado. Al final de los aplausos, corro hacia el salón donde mi clase comienza en unos cuantos minutos. No puedo dejar de pensar en ciertos poemas. Me doy cuenta que tengo un mes de poesía para pensar en ellos. Como en éste, con el cual Billy Collins empezaba su lectura, esta tarde en Lehman:
Another Reason Why I Don’t Keep A Gun In The House
The neighbors’ dog will not stop barking.
He is barking the same high, rhythmic bark
that he barks every time they leave the house.
They must switch him on on their way out.
The neighbors’ dog will not stop barking.
I close all the windows in the house
and put on a Beethoven symphony full blast
but I can still hear him muffled under the music,
barking, barking, barking,
and now I can see him sitting in the orchestra,
his head raised confidently as if Beethoven
had included a part for barking dog.
When the record finally ends he is still barking,
sitting there in the oboe section barking,
his eyes fixed on the conductor who is
entreating him with his baton
while the other musicians listen in respectful
silence to the famous barking dog solo,
that endless coda that first established
Beethoven as an innovative genius.
Pero en aquel momento crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.
Roberto Bolaño, Los perros románticos
Hace unos días empecé a ver una comedia llamada How I Met Your Mother. El argumento básico es que un padre cuarentón, en un hipotético año 2030, sienta a sus dos hijos adolescentes en el sofá y les cuenta historias que sucedieron alrededor de los años en que conoció a su madre. Las historias son las de un veinteañero estadounidense de clase media, en Manhattan, en una época alrededor del final de sus estudios universitarios y sus primeros trabajos. Una vida de «sacrificio» con sus consiguientes distracciones: juergas, sexo y amistad. Estas experiencias ocurren en la ciudad de la furia, allá por el año 2005.
Allá en el año 2030, si es que tengo hijos, tendré que sentarlos en un sofá y contarles la historia de un chico peruano que llegó al JFK acabando sus 20s, como de casualidad; y que una tarde del 2006, alrededor de una mesa de madera, en un salón en una universidad en el Bronx, durante la primera clase de un curso llamado «Literatura Afroamericana del siglo XX» vio a su madre por primera vez.
Ninguno de los dos quería estar allí (¿así no son las grandes historias de amor?). Ella había escogido la clase porque quería tentar si se animaba a ir por un doctorado en literatura inglesa; y yo, a regañadientes, porque era la única clase que se ajustaba a mis horarios.
Ella dice que yo la presioné. Yo recuerdo su invitación, muy cortés, a enseñarle el camino a la cafetería y una pregunta (creí entonces que jalada de los pelos, entre vasos de café humeante que decían Starbucks) acerca de la pronunciación del nombre de una de sus estudiantes (ella era profesora de inglés en otra universidad y su estudiante se llamaba Guillermina). Ella dice que yo la presioné para salir. Sin embargo yo recuerdo que, como quién no quiere la cosa, ella dijo de que no iba a un cine hacía casi cinco años. ¿Cómo una chica te puede decir algo así y no esperar que la invites tú a romper su mala racha cinematográfica? Ella dice que yo la intenté besar (aún conservo memoria de las tetas bien puestas de Penélope Cruz bajo un vestido rojo sangre en Volver) y yo recuerdo, con claridad filmográfica, que ella volteó la cara para que mi boca tocara la suya, porque yo no sabía si besarla era lo correcto. Todo aquello sucedió bajo la lluvia, con un poco de frío y muy poca luz, bajo los rieles elevados del tren, en la estación de la Avenida Broadway con la calle 231.
Un amigo solía decir que las mujeres me habían pagado mal porque yo me enamoraba mucho. Este perro romántico jamás había tenido una relación duradera. Mi vida era una colección de encuentros fortuitos, de noches apasionadas seguidas por largas temporadas de furiosas y salvajes noches solitarias. Había dos o tres mujeres que se repetían, porque a nuestra manera supongo que nos queríamos, pero ninguna de aquellas se había convertido en nada estable. Sin embargo, por la época en la que conocí a la que sería mi esposa (quien supongo que será la madre de mis hijos) había empezado a desarrollar inusitados hábitos, para mí, de galán barato.
Una mala experiencia me había obligado a replantearme mi vida de soltero. Perdí peso y empecé a frecuentar el gimnasio. Entonces mi calendario, hasta entonces magro de aventuras, se llenó de ellas. Ellas aparecían una noche y se quedaban hasta la tarde. Eran relevadas y se convertían en aventuras que duraban un día más o se convertían en dos o tres noches seguidas entre las sábanas. Vivía en un cuarto muy pequeño con balcón a una calle llamada Villa. Era limpio, pero de vez en cuando, porque los dueños albaneses no le daban ningún mantenimiento, se aparecían unos bichos –que yo recordaba mucho más grandes en su versión limeña-, unos monstruos de color anaranajado oscuro llamados cucarachas, que yo trataba de matar contra las losetas del baño mientras me cepillaba los dientes. Allí viví dos años. Siempre había fiestas que me obligaban a ir hasta Manhattan o a Brooklyn. Había también visitas que se quedaban hasta el amanecer y se despedían de mí para tomar el tren, o viajeras de otras latitudes que aparecían con sus llantos, sus sonrisas y sus historias, algunas muy descabelladas; para compartir mi cama de plaza y media que apenas si cabía en aquella habitación.
Ya tenía una oficina, a dos cuadras de mi departamento, en una universidad. Allí enseñaba un curso de diseño y diagramación básicos con Illustrator, Photoshop y Quark Xpress. También aprendía, con paciencia, la belleza de un sueño llamado Literatura Inglesa. En la bliblioteca de Lehman College y en mi habitación, gracias a unos tomos impresos a principios de los 1900 y protegidos con una pasta de cuero ennegrecido, leí por primera vez Gulliver’s Travels y A Modest Proposal de Jonathan Swift, Absalom and Achitophel de Dryden, The Rime of The Ancient Mariner de Coleridge, In Memoriam de Tennyson y Marriage of Heaven and Hell de Blake.
En aquél cuarto también me levantaba los viernes a las 6 de la mañana para coger un taxi hasta la estación de tren de Fordham Road hasta la ciudad de White Plains, tomar un bus desde allí hasta el límite con el pueblo de Elmsford en el condado de Westchester, y luego caminar algunas cuadras por encima de la autopista I-287, para trabajar estacionando automóviles los fines de semana en el club de golf más antiguo de los Estados Unidos. En ese club de golf, en las horas vacías de los días de mal clima, bajo un tablero de llaves, también abría mis libros y leía por primera vez los Sonnets de Shakespeare, sus dramas históricos, las comedias y luego las tragedias. Allí también leí –por primera vez– las mejores páginas de Joyce, Woolf, Eliot, Austen, Conrad y Wilde.
Y así conocí a su madre, les diré. O era un perro romántico o era un loco que, de pronto, se dio cuenta de algo. De aquella clase que no quería llevar, mirándola entre observación y observación, tomando notas acerca del Souls of Black Folk, de W. E. B. Dubois, una noche llegamos a su departamento y nunca más nos separamos.
Mi esposa dice que lo intentó. Que me quiso evitar. Que yo la acosé. Que le puse el ojo y nunca la quise dejar en paz. Que con engaños me la llevé a comer sushi en un restaurancito en Riverdale. Que me metí en su cama casi a la fuerza, ante el escándalo de su conejo, Toby, que rondaba celoso. Dice que ya no me quise ir; y que yo iba tan preparado para el asalto final que hasta llevaba un condón, listo, en uno de los bolsillos de mis jeans.
Yo no recuerdo nada de aquéllo. Tal vez sean los trucos de la memoria o detalles que el tiempo ha borrado. Pero ésta es mi historia y por lo tanto, se la cuento yo.
La actriz coreana Jeong-hie-Yun en una escena de una gran película: Poetry.
Un balazo que te hace temblar. Un hombre que se cae de una silla con un agujero rojo en la frente. Minutos de desesperación, gritos, recriminaciones. Una vida que se va: joven, casi completa, repleta de espejos, de aniversarios, de días especiales. Un día que no tenía por qué ser especial un joven desaparece.
El día siguiente no parece ser muy diferente. Es más, ni siquiera puedo recordar las fechas exactas. Sé que tenía 19 años, sé que estudiaba en la universidad. Sé que fue una noche incómoda y que al despertar me dieron la noticia: se fue. Parece una vulgaridad que nosotros tuviéramos que seguir con nuestras vidas, que una vida menos no oscureció la mañana, no empañó nuestros mejores momentos en el futuro o nos consoló en nuestros días más flacos, en nuestras tardes más desesperadas. Se fue y allí sigue él, flotando en la incertidumbre de un universo que algunos susurran que nos toca todos los días. Que a veces incluso nos respira en la oreja y hasta nos abraza.
Así se sienten nuestros muertos. Creemos que no están hasta que una línea de un libro o una imagen en la televisión nos alcanza con la imagen correcta y la memoria de una pérdida resuena como una melodía a veces dulce y a veces muy amarga. Nos reconciliamos con el olvido y el abandono temporal; nos imaginamos historias con nuestro muerto, como si él siguiera vivo. Somos hombres con alma, parece decirnos el recuerdo. La estupidez no tiene cabida en la nostalgia. La memoria nos permite, paradójicamente, sentirnos afortunados, hasta orgullosos del camino andado, insensibles a los logros por venir: He llegado ¿qué más me da el futuro?
Entonces, una muerte transforma el día. Una muerte se vuelve el tema de una memoria, de un poema, de una lágrima que sí tiene sentido.
La muerte generadora de vida. Ese es un gran poema.
Se ha roto al oír el estrepitoso sonido del silencio
Y entre la tumba de concreto
He gritado.
La profesora de los ojos negros
Se ha espantado
Sus lentes cayeron hechos trizas
Sobre los últimos capítulos
De mi extraordinaria pesadilla.
Tras el vidrio que separa a los niños del colegio
Se comenzó a separar el mundo.
Una inmensa grieta
Se suspende sobre el aire
Una gota de lluvia se esconde
En el abismo
Por ahí se sumerge el examen
La profesora, su pupitre, el colegio,
Yo.
¡Sobre las últimas palabras
del Apocalipsis estalla mi voz!
Revienta y el estruendo de otras olas
La poseen.
Se ha acabado el colegio: ¡Misericordia!
Allí abajo en la gruta que se ha hecho,
Me espera un cuervo,
Un lapicero, un profesor,
Un gallinazo, un perro,
Una hoja del examen de admisión.
Lima, 19 de noviembre 1989
*Este poema fue escrito poco antes del último día de clases al terminar la secundaria. Lo he encontrado este verano, entre otros papeles bastante viejos.