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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Memorias

Eternal (snows of Iceland)

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The ice over Iceland is eternal. At least in his eyes, the man escaping from who knows what. This one who met people he thought was never going to meet again and walk along the Thames with hunger.

Perhaps, he was looking for a new land. Maybe just opening his eyes, distracting himself in the chances abroad. A foreigner: he didn’t dream to be one of them. He was proud of a flag, of a history, of a piece of land surrounded by coast and mountains. He was ready to stay there forever from the very beginning.

The language: He wasn’t ever ready to open his mouth for more new words and sounds. He would have considered a nightmare the idea of being in front of other people speaking English for more than an hour. A nightmare.

Sometimes, in the new room where he stayed for a couple of years, the nightmare was about going back and being caught in his old land, not being able to come back to New York. All of a sudden, the dream was to stay in this new place, to hold hands with strangers, to get a new history.

Five in the morning: the alarm brought him back to the world of the real: A job. And he started a trip to a place where people called him by his name without knowing anything (anything!) about his life, his parents, his ideas, his successes, his failures. To start anew. To be someone else. To scratch the previous dream: to be a foreigner, a someone who barely could speak the language. To be the new stranger in the neighborhood.

On days like this, when he opens the curtains in the morning, and sees the first white of the snows on the ground, he always thinks about Iceland: the last stop coming from London to New York, before becoming an immigrant, a stutterer.

The morning when the plane landed at Reykjavik airport, he was looking at the eternal ice of Iceland as a free man for the last time. The next stop, in New York, he decided to stay and to become someone else. And he did.

 

 

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Summer Hours (L’heure d’été)

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Sylvie y sus amigos entran en la casa que ya no es más que una cáscara. Se han llevado los muebles, los armarios, los cuadros, los jarrones. Los objetos se han convertido en piezas de museo. “Mi abuela Hélène me dijo que algún día regresaría aquí con mis hijos. Mi abuela ahora está muerta y la casa ha sido vendida”, dice Sylvie. ¿Qué queda de una casa cuando se va la gente que la habitaba y los objetos que la llenaban?

La casa donde él está escribiendo fue construída en 1953. Allí vivía una familia que se apellidaba Salvati. El señor Salvati adquirió los lotes adyacentes para tener el terreno necesario y que su hija mayor, Lorraine, y su hijo menor, David, construyeran dos pequeñas casas al lado de la gran casa paterna. Plantó manzanos, peros, arbustos de cerezas. Salvati enviudó en 1990. Dicen los vecinos que por esos días el hijo estaba muy metido en las drogas y que llegaba dando gritos enmedio de la noche, sin importarle que la madre estuviera enferma.

Lorraine se casó y se mudó a una casa en Cold Spring, a 20 minutos de su padre. Lo visitaba todos los fines de semana. A sus gemelas─Claire y Josephine─les encantaba colgarse de las ramas del manzano. Su abuelo las llevaba hacia el parque Blue Mountain por el borde del riachuelo Dickey que lindaba con la propiedad. El último verano las dejaron caminar desde Blue Montain, acompañadas de su perro Hubbert, el Spanish Water que les regaló su padre por su noveno cumpleaños. Cruzaron el riachuelo sobre un tronco podrido y entraron a la casa con Hubbert y sus patas mojadas. El abuelo las reprimió con una sonrisa cansada. Ya sabía que tenía cáncer.

Cuando murió Salvati, Lorraine pasó en esa casa varios fines de semana. Se dedicó a empaquetar los artículos del sótano y del ático, la ropa de cama, las vasijas. Cuando tomó el exprimidor de naranjas que pertenecía a su madre se puso a llorar ahí en la cocina, mirando el arroyo y las hojas de los árboles de color naranja. Ese fin de semana extrañó más que nunca a su padre. El siguiente lunes pusieron la casa en venta.

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Las gemelas acompañaban a su madre. Mientras ella trabajaba se iban con Hubbert hacia la calle Washington y trepaban la loma hacia el parque Blue Mountain. Atravezaban el puente colgante sobre el lago, se metían por los senderos en el bosque y regresaban a la casa bordeando el arroyo.

Un sábado entre los árboles, desde la orilla antes de cruzar el Dickie, vieron al tío David conversando con mamá debajo de un manzano. Casi nunca veían a su tío. Él les preguntó si querían ayudarlo a limpiar el cobertizo. Mientras movía las cosas les contó que vivía con una chica hermosa de Montana que conoció en el verano, que uno de esos días iba a ir con ella a visitarlas en Cold Spring. Les entregó el pequeño balde de metal rosado donde el viejo Salvati guardaba las herramientas que usaban sus nietas cada primavera para mover la tierra y plantar los tomates en la huerta. Les hizo adiós mientras arrancaba su camioneta. “Se parece tanto a papá”, pensó Lorraine y se puso triste otra vez.

David fue a visitarlas unas semanas después. Sin su chica porque estaban peleados. Le temblaban las manos. Hablaba como conteniendo la respiración. En un momento empezó a gritar, primero vocalizando y luego como si no pudiera contenerse: “Just sell the fucking house”. Se fue de la casa gritando. Por esos días el presidente George W. Bush acababa de anunciar el colapso del mercado de valores y el inicio de la gran depresión. Bancos y grandes compañías de inversión se habían declarado en quiebra. Dorine Giordano, la corredora, había llamado esa mañana para preguntarle a Lorraine si aún quería seguir vendiendo la casa de Salvati: los precios se habían desplomado.

Meses después, a principios de la primavera, Dorine los llamó. Tenían una oferta. Era casi la tercera parte del precio que habían pactado en las oficinas de Coldwell Banker durante el verano. “La otra opción sería esperar. Pueden pasar unos años antes de que los precios regresen a su nivel”, dijo Giordano. “Sell the house Lorraine” dijo David cuando su hermana lo llamó para consultar.

summerposter“A le gente le gusta lo tranquilo que se está aquí.También que está a muy poca distancia de Paris” dice el alcalde del pueblo de Valmondois, dando a entender que  la casa encontrará un buen precio en el mercado y que el municipio debe invertir en reparar el cementerio donde enterrarán a Hélène. Su hijo Frédéric detiene el auto en un recodo del camino de regreso a la ciudad porque no puede soportar la desolación ante lo que está por suceder: van a desmantelar la casa en la que ha vivido su infancia, el museo que su madre ha construido en honor del gran amor de su vida, el famoso pintor Berthier.

Cuando el escritor y su esposa llegaron por primera vez a la casa de Salvati lo que más les gustó fue que desde la sala se pudiera escuchar el sonido del arroyo. Les gustaron las plantas de manzanos, el cerco vivo que los separaba de la calle, que la propiedad estuviera en un calle dead end y que la casa no fuera de madera sino de cemento. El ático y el sótano eran enormes. La familia había dejado los pisos alfombrados y algunos objetos de decoración: frente a la chimenea estaba la pequeña mesa de ajedrez donde Salvati solía jugar con su hijo David.

El escritor y su esposa acordaron que se desharían de las alfombras, pulirían los pisos de madera, instalarían una mejor iluminación en los techos y renovarían la cocina. Las ventanas de marco de aluminio tendrían que ser reemplazadas por unas nuevas que ahorraran energía.

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Se observa con cuidado los objetos, se les pone un precio. El Musée D’Orsay los quiere hace bastante tiempo. “No vamos a poder venir a Francia en los veranos, la casa no la vamos a aprovechar”, han dicho Jérémie y su esposa, a punto de mudarse con su compañía de Shangai a Pekín. Adrienne anuncia que se casará en Nueva York y que le será difícil acercarse otra vez a ese país del que ya se considera tan distante.  Se descuelgan los cuadros, se sacan los armarios, se apilan las sillas. Éloise, la sirvienta que los hermanos recuerdan desde su niñez, se empina sobre las ventanas y las puertas cerradas y lo único que ve es una cáscara sin vida.

El escritor y su esposa le pidieron a Dorine que  la casa se quedara vacía. Que limpiaran el muro de piedras apiladas al lado de la entrada. Que vaciaran el cobertizo. “Están comprando una casa con una base sólida”, les dice Lorraine, el día del cierre, desde el otro lado de la mesa de negociación. No puede evitar llorar mientras firma los papeles que le entrega su abogado. Esa noche David estaciona frente a la casa de Cold Spring y Lorraine le entrega un cheque. Dobla el cheque, se lo mete en el bolsillo del pantalón y se va.

Msummerhours3eses después, la noche de Halloween, golpean la puerta. Son dos niñas. “We used to live here” le dicen al escritor que les ha abierto mientras él mete la mano en una bolsa con golosinas para sacar Snickers y Butterfingers. Se siente incómodo porque no sabe si debe de invitarlas a pasar, si tiene que dejarlas que miren en qué se ha convertido la casa del abuelo: lo poco que queda de la que ellas conocían. Las gemelas le hacen adiós y se van hacia la calle. Detrás del cerco vivo el escritor ve a un perro y la sombra de Lorraine.

Al escritor le gusta su casa sea tan tranquila y que quede tan cerca de Nueva York. “50 minutos en automóvil” les dijo Giordano. Le gusta ver el arroyo desde los altos y escuchar el murmullo del agua desde la mesa donde se sienta por las mañanas a escribir. A veces se pone a pensar en lo que pasará con la casa una vez que ya no esté allí.

Todos los fotogramas de esta entrada pertenecen al magnífico filme Summer Hours (L’heure d’été) dirigida por Olivier Assayas en 2008.

 

 

 

 

 

 

Diarios de motocicleta

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“Viva Chile po” grita Milal y el eco rebota entre los picos nevados que rodean el lago. Es el borde entre Argentina y Chile, el comienzo de la gran aventura sudamericana. “Cuando seamos viejos deberíamos regresar y poner un hospital acá” dice Fuser. Su amigo asiente, es una idea brillante: trabajar haciendo lo que más les gusta, en ese paisaje espectacular de la frontera.

“¿Es tu primera vez fuera del país?” le pregunta. “Sí claro” dice él. Afuera está el desierto más seco del mundo y el autobús de Flota Barrios hará 36 horas de ruta entre Arica y Santiago. Es 1987. Ella se llama Carolina y es la terramoza. Tiene los ojos enormes, las manos muy delicadas. Con una sonrisa coqueta les explica a los dos hermanos peruanos que la admiran que ella también es fan de Soda Stéreo. Ellos acaban de comprar el casete de Signos en Arica. Uno de los alicientes de este viaje es llegar hasta Buenos Aires, la ciudad donde viven Cerati, Bossio y Alberti.

Al salir de Chañaral, después de la parada para almorzar, la música que sale de los parlantes del autobús es Nada Personal. Carolina les dice que ha convencido al chofer para que toque su caset. Él se queda dormido escuchando “Imágenes retro”. Se despierta ─ve que su madre intenta dormir, su padre apunta datos en una libreta, su hermano y su hermana duermen. A través de la ventana sigue mirando el desierto, ese paisaje de arena endurecida que cambia de color hasta que se hace de noche.

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En la mina de Chuquicamata Fuser se enfrenta con uno de los capataces de la compañía minera.  Esa era la palabreja que usaba su viejo cuando no quería decir una grosería. “Chu…quicamata” y los hijos se quedaban intrigados. Sabían que la costumbre venía de los 10 años que su papá vivió de niño en Santiago. Eso de compañías mineras que se apropian de todo también lo había leído él en los libros de Manuel Scorza.

El canoso chofer argentino que los lleva desde Santiago hasta Mendoza viste con saco y corbata como si no existiera el verano sofocante de Santiago. Entre la cordillera sin embargo, hace mucho frío. Cuando se detienen a tomar fotos, el chofer apunta al Aconcagua, se aleja un poco y enciende un cigarrillo. Su madre les pide que se coloquen juntos  “A ver, los tres hermanos…”

Cuando pasan el cartel que anuncia la frontera, él dice: “La tierra del rock”. Cuando Milal y Fuser entran a los pueblos del sur chileno el rock ni siquiera se ha inventado. Los pies de los muchachos se movían con el mambo. Entre el mambo y el tango se crea el nombre de la balsa que los del leprosorio en el Amazonas les regalan para que sigan su camino.

El primer viaje en avión de los tres hermanos peruanos fue a una ciudad en la orilla del río Amazonas. Sus tíos vivían en una villa militar. Allí los niños correteaban descalzos hacia una piscina que se parecía mucho a la de Lima hasta que empezaron los truenos, la lluvia torrencial y los gritos: que salieran corriendo, que se metieran en la casa. Unos minutos después dejó de llover, salió el sol e hizo calor otra vez. Él tenía 7 años y jamás vio nada igual.

Eso del racismo y la desigualdad lo veía entre su familia pero sabía que si decía algo lo iban a acusar de comunista. Según su tío aprista todo se podía entender si leías los ensayos de Haya de la Torre. Había dos vasos llenos de agua y el agua que sobraba era el capital que utilizaba el imperialismo para ahogar a los países del tercer mundo. Tal vez por eso se ilusionó tanto cuando el partido de su tío alcanzó el poder. Y ya saben lo que pasó.

motocicleta1A su otro tío, el que fue alcalde por Acción Popular, casi lo mata Sendero Luminoso. Lo iban a matar sólo porque era el alcalde. No importaba si nunca robó. Tampoco si trabajaba por la utopía de darle a su pueblo luz eléctrica, agua y desagüe y descuidaba su chacra hasta el punto de quedarse tan pobre como los pobres que quiso defender. Años después, la amiga con la que viajó por el sur de Chile─quizá mientras reposaban en la playa de un lago desde donde se veía el volcán Osorno─ le contó la historia de los padres de sus amigas populistas que se hicieron millonarios de modo indebido.

Tras la reforma agraria, algunos parientes leales al gobierno del General Velasco se aprovecharon del cargo. Formaron cooperativas y se quedaron con el dinero destinado a comprar máquinas e insumos. Tal vez por eso desconfiaba tanto de la izquierda.

Formado en un colegio demócrata, a él no se le ocurrió otra cosa que criticar el Fujimorazo. A pesar de que─como muchos en su colegio─ también tiene historias con Keiko Fujimori y sus hermanos. Su mejor anécdota fujimorista sin embargo es aquella de cuando caminaba con su amigo Kanamori frente a la Universidad de Lima y en pleno proceso electoral de 1990 alguien les gritó desde un carro: “Estoy contigo Chino”. Su familia suele olvidarse de los rumores que decían que Vladimiro Montesinos pensaba apropiarse de las tierras frente al mar donde pasan todos los veranos en Arequipa para vendérselas a una empresa de hoteles. Montesinos tuvo tanto poder que nadie le pudo haber dicho que no. También se olvidan de que una de las mejores amigas de la universidad de su hija está convencida de que Montesinos mandó matar a su papá.

Él sabe que admiran en el viejo Fujimori lo que a los otros políticos peruanos les falta: callarse la boca un poco y trabajar más. También que le diera más armas y poder a la policía para combatir a la delincuencia y que reconstruyera las carreteras por las que no se podía transitar. Eso de trabajar mucho es una herencia de sus padres: a mediados de los 1900 ser inmigrante japonés equivalía a ser peruano de segunda clase. Que yo sepa los descendientes japoneses de mi generación saben hablar hasta por los codos y que nadie los obligue a trabajar más de lo necesario. Y son buenas personas, pero también lo son mis amigos hijos de inmigrantes chinos, de palestinos y de judíos. Fujimori ganó en 1990─esa es su teoría─primero porque Vargas Llosa no tuvo manija para controlar a los imbéciles que inundaron el Perú con su propaganda para senadores y diputados. Parecía que el desastroso gobierno de Alan García no había afectado sus enormes billeteras. Segundo: porque la gente creyó─y Fujimori se encargó de reforzar esa idea─que si ganaba, el todopoderoso Japón nos iba a venir a dar una mano. Creían que el emperador nos iba a regalar suficiente dinero e inversión como para escapar de la pobreza extrema.

motocicleta6“¿Cómo es que los españoles pudieron arrasar una civilización capaz de construir Machu Picchu para levantar una ciudad tan horrible como Lima?” se pregunta Fuser. Consideremos que en los años 50s Lima no era ni la décima parte de lo cochina que era entre 1980 y 1990. Espero que nunca se les olvide a los limeños que fue Alberto Andrade, un gordo mestizo, un empresario de clase media alta, el que rescató a Lima del estado de abandono en el que estaba. No fue un político de partido. Antes que él los alcaldes se limitaban a obedecer lo que dictaba la cúpula desde Palacio. Sino hubiera estado Andrade en la Municipalidad quién sabe lo que hubiera hecho el gobierno de Fujimori con Lima. La ciudad se habría llenado de obras de mal gusto, como esa pista mal diseñada y ese museo/restaurante construido con apuro sobre el Cerro San Cristóbal: gran ejemplo de una buena idea mal ejecutada.

Los viajes nos abren los ojos. A Fuser se le abrieron tanto que se convirtió en el Che Guevara.

Después del primer viaje a Chile y Argentina él hizo otro más largo, esta vez solo, hasta Rio de Janeiro. Cruzó Bolivia, después recorrió Argentina sin un centavo, con una amiga, tirando dedo.  Con muy poco dinero llegó y pasó tres semanas en Bogotá. Fue a Europa. Salió de Galicia, recorrió Portugal con muy poco dinero, tiró dedo y terminó en Nuremberg de copiloto de un camión. Estuvo casi un mes en Londres y llegó sin saber muy bien cómo hasta Nueva York. En esos viajes pidió dinero a extraños. Durmió en una vereda, estuvo a punto de morir. Ahora sabe identificar acentos y se orienta bien frente a un mapa. Hoy se cree capaz de juzgar a las personas olvidándose de su color de piel.

También aprendió a no creerle a los que sueltan aquello de que “esas cosas solo pasan en este país”. Los paises son bordes artificiales y siempre llenos de sangre.

Todos los fotogramas de esta entrada pertenecen a Diarios de motocicleta, el filme dirigido por Walter Salles basado en los diarios escritos por el joven Ernesto Guevara durante un viaje de juventud por Sudamérica en 1950.

 

 

 

 

 

 

 

El apartamento

 

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5 de febrero de 2016

Cuando él dijo que se mudaba, que abandonaba la comodidad de la empleada doméstica y la ropa limpia, doblada y planchada, su madre le dijo que estaba tirando su dinero. Su hermana lo llamó un desagradecido. “El que se va sin que lo boten regresa sin que lo llamen”, le dijo con la voz alterada cuando vio que la suerte estaba echada y el camión de la mudanza esperaba frente a la puerta para cargar sus últimos trapos.

Tenía que vivir solo. No sabía exactamente por qué.

Su primer intento de independencia fue a los 14 años, cuando movió la cama de la habitación que compartía con su hermano y se hizo del cuarto que se usaba para planchar. Pegó en las paredes posters anarquistas y una hoja de periódico a color con su equipo de fútbol.

En ese cuarto se murió la abuela, después de sufrir la maldad del olvido y de padecer en la carne de ambas piernas las heridas de la inmovilidad. Allí fumaba su abuelo, extendido en la cama con su boquilla de carey y su chompa marrón clara de cuello en V. Al mudarse pensó que sus abuelos se le aparecerían de cuando en cuando para conversarle pero jamás le dijeron nada.

A su cuarto se podía entrar desde la cocina por una escalera de fierro. Por ahí se metía la nueva empleada que se prendó de él cuando lo vio llegar desnutrido y barbudo después de un viaje de un mes entre Ecuador y Colombia. Él se metía en la cocina apenas la escuchaba bajar desde su cuarto en la azotea y le comía el sexo mientras ella exprimía las naranjas.

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Allí metió también a su primera enamorada. Quiso besar sus senos: ella no lo dejó porque concebía que para tener sexo tenía que estar casada. En el forcejeo él descubrió que (para su gusto) eran demasiado pequeños. Nunca deja de asombrarse de lo tonto que era. En ese cuarto se echó a besar a esa rubia amiga de su hermana que se refugió en casa porque estaba harta de gritarle a sus padres (porque le sacaban en cara que estaba embarazada, no tenía trabajo y no pensaba en casarse).

Desde ese cuarto escuchaba las voces de una joven vecina. A veces golpeaba la pared y ella ─supuso que era ella─ respondía. Una noche en que llegó ebrio, se descolgó desde su habitación y entró en aquella casa por una ventana. Casi no se veía en la oscuridad pero encontró su cama y supo que allí estaba ella, dormida. De repente abrió los ojos, le sonrió y a él se le fue de golpe todo el valor.

theaprtment5Cuando empezó a trabajar cambió las viejas cortinas de tela por unas persianas. Compró un televisor para no soportar las peleas que se armaban con sus hermanos y las empleadas para cambiar de canal. Fue uno de los primeros entre sus amigos en tener cable. No salió un sábado por la noche porque pasaban Pulp Fiction. Hasta hoy le impresiona aquella imagen de la sangre de Vincent Vega entrando en la jeringa llena de heroína. Otra madrugada encontró Singles y no solo se enamoró de Bridget Fonda sino que se le metió la idea de conseguirse un teléfono propio y de tener una contestadora. Fue feliz hasta que la enamorada de su hermano empezó a despertarlo porque el teléfono de la casa andaba desconectado por falta de pago.

Le daba pánico pensar en que su futuro sería seguir viviendo en la casa de sus padres hasta los 40 años.  Asi que a la primera oportunidad que tuvo, se salió.

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Era un apartamento grande y cómodo compartido con tres hermanos que se habían quedado sin padres de manera repentina. Entonces tenía tres trabajos, le aceptaron el crédito para una camioneta nueva de doble tracción y se endeudó. La zona del edificio era bonita y los hermanos se gastaron un dineral en contratar una empleada y en amoblar la sala y el comedor. Así que cuando sus amigos─todos egresados de la universidad pero aún viviendo con sus padres─ fueron a visitarlo por primera vez, a pesar de que les dijo que pagaba muy poco, creyeron que en realidad su negocio era la droga y lo bautizaron como El Narco.

Después vivió en otros apartamentos. Ninguno tan pobre y tan feliz como el que tuvo en el Bronx. Ninguno tan lleno de luz como aquella ratonera en Brooklyn. Ninguno tan a punto de caerse como esa esquina en Mamaroneck desde cuya ventana vio la nieve por primera vez. Ninguno tan frío como aquel ático en Westchester. Ninguno tan húmedo y abandonado como ese nido de cucarachas en White Plains. Ninguno con una vista tan bella como el de su gran amor en Riverdale.

¿Por qué salió de la casa de sus padres y se fue a buscar apartamentos? Algunas veces sospecha que se trata del traidor de la familia. Otras veces cree que su vida hubiera sido más boba de lo que fue si no hubiera empacado y huído de un destino que sospechaba que tenía ya trazado.

theapartment3Al terminar The Apartment─aguantando unas lágrimas que llegaron de pronto mientras Miss Kubelik corría por las calles de Manhattan hacia el apartamento de Mr. Baxter, para celebrar el año nuevo─él sospecha que si es que alguna vez hubo respuesta ésta ya no existe. Parte de ella son estas historias, estos recuerdos. No hay más. Si alguna vez existió una verdad esencial ésta ya se ha perdido: en los cuartos que abandonó, en las noches que vivió fuera de casa, en el fervor de sus mudanzas.

Todos los fotogramas en esta entrada pertenecen a una de las mejores comedias del director Billy Wilder: The Apartment (1960) con Shirley McLaine como Fran Kubelik y Jack Lemmon como CC Baxter.

 

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