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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Poetry

Cantata de nueva estación

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¿Para qué sirves, verano? ¿Acaso cumplirás las promesas que dejaste pendientes? Rodeado de abejas que componen sus vidas entre mis ventanas, con las lluvias que hacen crecer las vulvas de las matas ¿A mentirnos de nuevo? Así seremos humanos (otra vez) pendientes del humo entre los árboles y las torres enmascaradas.  Las piernas se extenderán para nosotros, entre el vapor, seremos cruces y clavos en la multitud, camisas abiertas de deseo colectivo.

Los veranos que mejor recuerdo trajeron la agonía de ser nosotros mismos y no los monstruos que creímos. Como si bastara un poco de calor para olvidarnos de aquella que esquivaba nuestra mirada. Como si fuera suficiente desear la playa para tenerla, pisar la arena para germinar, tocar el agua para estancarnos en el tiempo.

Seremos verano de nuevo, y cuando tú lo creas conveniente, nos arrepentiremos: hundiremos nuestros dedos en las huellas que dejará el viento huracanado, nos volveremos compasivos y buenos, ángeles del invierno.

 

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La gran belleza

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Una fiesta no lo es si no dura hasta el amanecer. Necesito ver el rostro de mis invitados cuando desaparece la luna. Ver esta ciudad rodeado de amigos, dejándome llevar por la dulce alegría de saberme vivo. Sabernos vivos. Hay una magia adicional cuando un grupo termina entregándose al baile, recorriendo los espacios entre las mesas entregados a la necedad, la sinrazón. Que los pies nos conduzcan al abandono. Después, por la mañana, mientras la ciudad duerme, quiero caminar por la calles que me han otorgado la vida.

Conforme los años pasan, empiezan las voces del desaliento. El “sí, me gusta este estilo de vida, y sin embargo…”, como si fuera un pecado descartar el futuro, no asumirse como miembro responsable de una sociedad. Los amigos que nos acompañan, cada cual buscando caminos distintos, tratando de abandonarse al delirio de la fiesta, y escarbando en los tiempos muertos para dejarnos ver que a pesar de la alegría, algo les molesta. Todos tienen una verdad acerca de su historia, todos quieren creer que han hecho lo necesario para no mirar atrás, antes de la muerte, y sentir el peso inmenso de la culpa.

En ciudades de momentos cincelados por los siglos es posible encontrar llaves de laberintos y palacios a los que sólo entran unos pocos. Ser de aquellos pocos fue siempre mi convicción. Decir lo que pensamos y aún tener esa libertad de caminar por cada habitación de nuestra ciudad sin que nadie sea capaz de cerrarnos el acceso. ¿Quien podría disfrutar mejor de esas vistas congeladas en el tiempo sino yo mismo? Escogiendo a mi acompañante, que sonreirá asombrada, porque nunca pensó que la ciudad tenía dueños.

Y entonces, una mañana de mucho solo, descubro (estoy seguro que ya lo sabía, pero esos resquicios de duda…) que todas son poses. Que los que se levantan a las 6 para tomar el tren de las 7 tampoco lo harían si es que no les atormentase la culpa. Que el sentido del deber los mantiene en un estado de insatisfacción, que quisieran hacer otra vez lo que nosotros hacemos, no pensar tanto en el ¿qué pasaría? y mucho más en la necesidad –que ahogan en promesas cívicas y religiosas cada vez que aparece – de abandonarse, de dejarse llevar, de ser felices sin pensar en nada más.

A veces encontramos en el camino a quienes el sacrificio les ha sido útil. Ellos llevaron una vida inspirada que consideran repleta de significado. A veces es un desconocido que nos sorprende con un comentario favorabla acerca de una novela. Nos halaga, si bien sabemos que no volveremos a escribir, que en ese momento se hizo porque estábamos enfermos con el amor ¿Ahora? Llenos de dudas, que se borran si es que creemos en lo que decimos creer: nuestra vida significa esto: ser el centro, vivir para los amigos, que nos adoren y nos adoremos juntos esperando las canas, las arrugas, el silencio final.

¿Y el gran invitado es feliz? No sé. Se tiende al lado de mujeres que no terminan de llenarlo, sigue pensando en una imagen dolorosa de adolescencia: esas rocas por donde caminaba descalzo, sin pensar en otra cosa que meterse al mar. En el sol que cae sobre las piedras mientras el océano se balancea como en una olla a punto de rebalsar. El horizonte. ¿Si se hubiera quedado con ella?¿Qué se hubiera sentido despertar por las mañanas al lado de una mujer que amas?

No quisiera mirar tantas veces atrás. Dedicado al placer, entregado a una vida donde él es el centro, donde tiene la capacidad de organizar las fiestas y también de arruinarlas. De no pensar en otra cosa que en sí mismo: somos todos ridículos, con nuestras ambiciones minúsculas, con nuestros vicios y secretos. Y claro, siempre tiene que volver a pensar en ella. En el día de sol cuando saltaba entre las rocas, salía del mar, la miraba y estaba cubierto de amor. Se lo ocurre que podría seguir escribiendo, que es posible para él una vida sin fiestas, con un poco más de significado. Es posible esa gran belleza.

Oración

Mi lenguaje tiene que ser preciso y claro

Claro como la medialuna de la noche en que

Admiré tu cabello.

Diáfano como el timbre de tu voz

Al suplicarme cariño.

Natural: como Shakespeare

Porque él me gusta

Pero a ti te amo

Se ve un pez en el Pozo de las viejas

Silaca

El pozo se alimenta con un chorro, es más sequedad que pozo, es agujero

Queda al final del camino, arrastrando los pies,

Para allá marcha mi abuela, convencida del poder curativo de la sal

Se mete una sopada, que equivale a sentarse y a mirar

El mar.

 

Allí crecí

Paciencia y silencio de un balneario sin arena

Tumbándome sobre la piedra plana y esperando

La llegada de una ola implacable

¡Ducha ducha!

Niños que buscan piedras redondas y planas mientras aprenden el secreto de las orillas

Cerros con narigones mirándonos

Por esa tierra rojiza que luce tan bien en mis pies de niño descalzo

 

Al fondo, los lobos

Muy cerca uno de otro, soy lobo tú eres loba

Hagamos lobitos.

Descansando, echándose panzazos, en el agua de Silaca.

 

Una sopada en el Pozo de las Viejas, luego armar las trenzas, volver a la casa

Encender las brasas y calentar la olla

¿Caldo de locas?¿Sudado de lapas?

 

Entre sus muslos blancos y arrugados,

En ese pozo

Cruzó un pez color pez (nada extraordinario).

Creó el reflejo de sí mismo

Y escapó con el siguiente chorro.

 

Un camino ascendente entre las rocas ingeniosas

Ropas mojadas, calor, la brisa que traen los pájaros que vuelan pronto

Lejos del pozo

En un pueblo de mar.

Cambiar de lugares

La primera novela de la "Campus Trilogy" del escritor británico David Lodge.
La primera novela de la “Campus Trilogy” del escritor británico David Lodge.

En un lugar de Pound Ridge,

Fetuccines y gnoccis, una mesa semioscura

Cuatro profes reían, sobre

Una novela.

En ella cruzan dos aviones: uno rumbo a EEUU

Otro, camino a Inglaterra.

No se habla de letras, sino de las contradicciones

De quienes viven por ellas y para ellas.

Dos ciudades, dos rumbos:

El intelectual consagrado

El que dicta dando tumbos.

El que planea los ascensos con cuidado

El que enseña sin rumbo

¡Oh se divierten!¡Oh se ríen!

Changing Places de David Lodge

Es el pretexto,

Atrás de la ventana, la nieve cubre nuestro mundo

I want to tell you, once…procede a la anécdota

A esa religión llamada vida literaria

A esas corridas noveladas entre el Cielo, la Tierra y el Infierno

¿Acaso no es la vida, gran inspiradora de la comedia?

Vivir entre notas, entre frases y palabras subrayadas

Transcurre el tiempo como en un drama

Con personajes que se suman en el camino

Y uno –tal vez dos– personajes principales

At that time...dice la oradora, la intelectual que se ha limpiado

La salsa de tomate, delicadamente, con el borde de una servilleta

The game of humiliation, Oh my God!….

El siguiente orador completa una historia

La del pudor del estudiante y el Doctor (PhD)

Es acerca de Shakespeare.

Llega la medianoche, prenden la luz, aparece la cuenta

Salimos al frío, imaginamos una crónica, tal vez un cuento

¡No!

Fue una noche especial, nos perdimos en el bosque,

El recuerdo es más intenso que el momento, había estrellas:

Es un poema.

Noche cerrada

Fuente en el Palacio Belvedere (Viena)

¿Y si La Noche está cerrada

qué vamos a hacer?

Tus ojos serán mis ojos y nuestra pierna nos perderá por estas calles

tan vacías de camino.

Somos Noche, mujer. Somos Noche, hombre

Girasol encerrado en una calle soñolienta:

¡Espía lo que hace el sol!

Quisiéramos algo más/ Farolas viejas…

Porque dos ojos que se miran

Sólo se miran

Y un par de manos que se vuelven a tocar cierran el Círculo

No te necesitamos esta noche, Noche mía.

Mandaremos sobre el humo

¿Más de una cerveza? ¿Un chilcano de pisco para montar guardia?

La señora que ilumina el bar nos tiende dos soles tendidos: tiene acento europeo,

Pero cobra como limeña vieja, contra ese ángulo de la pared

Donde no llega

La pintura/ Ni el ruido de nuestros pasos.

Nos tambaleamos de alegría frente a los Diablos Rojos…

Se nos ha cerrado La Noche

¿Qué haremos?

Desharemos el día a partir de hoy,

Nos reiremos

Y en la risa vendrá la paz.

¡Comenzaremos un calendario bisiesto!

Mujer de La Noche, Hombre de La Noche.

Siempre estaban en lo cierto:

No importa La Noche cerrada,

Fuera de sus puertas, envolvente

Tú serás el Centro.

Mes de la poesía

Hoy celebramos el inicio del mes de la poesía en los Estados Unidos. Desde su guarida, llega Billy Collins, setentón, a darnos un poco más de medicina en verso. El auditorio está casi lleno. La ceremonia comienza con puntualidad y desde el púlpito surgen las diferentes voces. ¿A qué venimos? ¿Qué significa en 2012 sentarse para escuchar poesía? Es tratar de entender lo que pasa en el mundo desde otro ángulo, es escuchar lo que nos dicen quienes viven para el arte. El director del departamento, Terrence Chang, hace un comentario: Collins, con su título honorario, tiene el privilegio de no poseer un e-mail, y es él quien lee los mensajes, halagos y cariños de sus lectores para reenvíarselos. Desde algún rincón iluminado de su casa, Collins decide a quién le contesta y a quién no.

Billy Collins recita sin aspavientos: “Estaba en un restaurante en Chicago, abrí el periódico y me di cuenta que Cheerios cumplía 70 años, la misma edad que yo. Es más, yo soy más viejo que Cheerios porque yo los cumplí hace unos meses. Escucho murmurar a la gente a mis espaldas: Mira, en esa mesa está sentado alguien que es más viejo que los Cheerios”. La buena poesía consigue hacernos olvidar que no hemos almorzado. Al final de los aplausos, corro hacia el salón donde mi clase comienza en unos cuantos minutos. No puedo dejar de pensar en ciertos poemas. Me doy cuenta que tengo un mes de poesía para pensar en ellos. Como en éste, con el cual Billy Collins empezaba su lectura, esta tarde en Lehman:

Another Reason Why I Don’t Keep A Gun In The House

The neighbors’ dog will not stop barking.
He is barking the same high, rhythmic bark
that he barks every time they leave the house.
They must switch him on on their way out.

The neighbors’ dog will not stop barking.
I close all the windows in the house
and put on a Beethoven symphony full blast
but I can still hear him muffled under the music,
barking, barking, barking,

and now I can see him sitting in the orchestra,
his head raised confidently as if Beethoven
had included a part for barking dog.

When the record finally ends he is still barking,
sitting there in the oboe section barking,
his eyes fixed on the conductor who is
entreating him with his baton

while the other musicians listen in respectful
silence to the famous barking dog solo,
that endless coda that first established
Beethoven as an innovative genius.

Poesía del siglo XXI

La actriz coreana Jeong-hie-Yun en una escena de una gran película: Poetry.

Un balazo que te hace temblar. Un hombre que se cae de una silla con un agujero rojo en la frente. Minutos de desesperación, gritos, recriminaciones. Una vida que se va: joven, casi completa, repleta de espejos, de aniversarios, de días especiales. Un día que no tenía por qué ser especial un joven desaparece.

El día siguiente no parece ser muy diferente. Es más, ni siquiera puedo recordar las fechas exactas. Sé que tenía 19 años, sé que estudiaba en la universidad. Sé que fue una noche incómoda y que al despertar me dieron la noticia: se fue. Parece una vulgaridad que nosotros tuviéramos que seguir con nuestras vidas, que una vida menos no oscureció la mañana, no empañó nuestros mejores momentos en el futuro o nos consoló en nuestros días más flacos, en nuestras tardes más desesperadas. Se fue y allí sigue él, flotando en la incertidumbre de un universo que algunos susurran que nos toca todos los días. Que a veces incluso nos respira en la oreja y hasta nos abraza.

Así se sienten nuestros muertos. Creemos que no están hasta que una línea de un libro o una imagen en la televisión nos alcanza con la imagen correcta y la memoria de una pérdida resuena como una melodía a veces dulce y a veces muy amarga. Nos reconciliamos con el olvido y el abandono temporal; nos imaginamos historias con nuestro muerto, como si él siguiera vivo. Somos hombres con alma, parece decirnos el recuerdo. La estupidez no tiene cabida en la nostalgia. La memoria nos permite, paradójicamente, sentirnos afortunados, hasta orgullosos del camino andado, insensibles a los logros por venir: He llegado ¿qué más me da el futuro?

Entonces, una muerte transforma el día. Una muerte se vuelve el tema de una memoria, de un poema, de una lágrima que sí tiene sentido.

La muerte generadora de vida. Ese es un gran poema.

Amanecer

Ellas circulan por mis sueños,

Como sirenas

Mojando sus dedos.

¿Debo seguirlas?

“Paciencia” dicen,

Endulzándome con

Sus besos líquidos.

“Tus pasos requieren

Cauces de ríos

Desesperados

Y páginas-biombo que protegan tu cuerpo

Del temor.”

Terminé de soñar que soñé que era yo

Que soñaba con ellas

Cuidando mi cuerpo.

Y desperté con mis brazos extendidos.

 

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