Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Etiqueta

Cine

Valor sentimental

Frente a nuestra casa había un olivo. Lo plantó mi abuelo con una rama que se trajo de su chacra cuando yo era un bebé y él vino a visitarnos. Ya tendría yo 10 años cuando aparecieron en la puerta los de una iglesia y nos pidieron permiso para podar unas ramas que usarían en la Semana Santa. Cortaron unas aquí y unas allá, bendijeron el árbol y regresaron por más al siguiente año. Y así.

Tengo una sola foto del olivo. Mi hermana se he trepado entre sus ramas y sonríe.

Mi abuelo también plantó un ciruelo y un durazno. Mi hermano y yo jugábamos ahí al fútbol y los troncos eran los postes del arco.

El olivo creció solo frente al rompemuelles que teníamos en la pista. A veces mi madre dejaba la manguera con un chorrito de agua para que se regara. Era una manguera vieja y fea porque alguna vez dejó allí una hermosa con un aparato de metal que dispersaba el agua y se la robaron.

La casa son tres pisos sólidos, amurallados Ahí entrábamos bien todos hasta que los hijos nos compramos autos para ir a trabajar. Mi madre decidió que frente a ese olivo podía abrir otro portón, un garaje para que nos estacionáramos adentro. No se puede dejar un carro solo en esa calle y mi madre es práctica. Así que mandó a cortar el olivo.

A veces los jardineros del barrio arrastraban sobre la vereda de la calle Los Químicos las matas y los troncos que podaban envueltos con unas telas enormes. Doblaban con ellas por Los Forestales, cruzaban la pista y arrojaban el contenido de las telas en el descampado al centro de la Avenida Javier Prado.

No sé quién cortó el olivo que plantó mi abuelo. Quizás un jardinero se llevó una ramita, la replantó y creció en algún lugar de Lima. Quizás.

Matt Damon es Odiseo

Hace dos tardes caía la lluvia torrencial sobre el balcón de la casa. Los relámpagos y los truenos hacían que este mundo se pareciera al de ciertas escenas de la película: las de ese barco rompiéndose en pedazos a causa de la tormenta convocada por la furia de Poseidón.

Elliot Page (antes conocida como Ellen Page) es el huevón que pone la cara cuando llegan los troyanos a llevarse el caballo. Elena de Troya es mexicana y es negra. Eumeo es colombiano: la mejor actuación de la película.

Camilo Torres me regaló La Odisea. Recuerdo cómo me decía en un chifa del Village, demorándose en cada sílaba, el nombre del traductor: Segalá y Estalalla. Eso se me quedó más grabado que el nombre de Clytemnestra.

La traducción al inglés la compré yo. Es un librito con bordes dorados, marcador de tela, precio de amigo, editado por Barnes and Noble. «Tienes que leer –dijo Torres– la traducción de T. E. Lawrence» . Es el mismo Lawrence de Arabia que escribió Los siete pilares de la sabiduría y que se mata en un accidente de moto al comienzo de la película de David Lean.

Ahora me entero por Wikipedia que Segalá y Estalella murió en 1938 durante el bombardeo de Barcelona lanzado por los aviadores italianos fascistas. El General Franco no lo estimaba al gran helenista. Gloria a Segalá.

¿Qué sentí al ver The Odyssey? Placer y algo de espanto al constatar –de nuevo– que las guerras de antes se peleaban así. Los héroes avanzaban por las territorios y las trincheras como avanza Kirk Douglas en Paths of Glory: llenos de pavor alentando a sus hombres (o tocando el silbato como Douglas), subidos de adrenalina como Matt Damon en la panza del caballo, o muy atentos para salvar el pellejo como el soldado que limpia la espada de sangre, veloz, antes de que la retire el troyano.

Alguien escribió que a esta película le falta sentido del humor. Tal vez. Sin embargo lo que más recuerdo de mi lectura de La Odisea, de la prosa de Segalá y de Lawrence, son las imágenes y no el humor. Algunas de ellas son importantísimas, como ese momento en que Euriclea reconoce la cicatriz dejada por el jabalí en la pierna de Odiseo:

«Now as the old woman took up his leg and stroked her hands gently along it she knew the scar by its feel. She let go the foot, which with his chin splashed down into the tub and upset it instantly with a noisy clatter (…) In Eurycleia’s heart such joy and sorrow fought for mastery that her eyes filled with tears and her voice was stifled in her throat.» (Lawrence)

Esta escena, unos segundos, te toca muchísimo más si alguna vez leíste –como yo, tal vez con Torres, entre los estantes atiborrados de libros del Strand que existía en el Southport– Odysseus’ Scar, el ensayo de Auerbach con el que empieza Mímesis. Traduzco una frase que encuentro subrayada en mi libro ( lo leí allá por 2005, así que este subrayado tiene 21 años ):

«El goce de la existencia física es el objetivo del poema, su mayor ambición es que percibamos eso». (Al hacer este ejercicio me doy cuenta de cómo uno podría pasarse días encontrando una traducción justa. La mía me parece apurada pero esto que leen en castellano me ha tomado unos veinte minutos. No estoy muy feliz pero quiero seguir. Si pueden lean el original).

¿Se siente la película? Sí.

Una amiga en Francia reporta que el cine entero estalló de alegría y en aplausos cuando Matt Damon, disfrazado de mendigo, consiguió levantar el arco y pasar la flecha entre los ojos formados por las hachas: «Seguidamente probó la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido muy semejante al piar de una golondrina (…) apuntó al blanco, despidió la saeta y no erró a ninguna de las segures, desde el primer agujero hasta el último; la flecha que el bronce hacía poderosa, las atravesó todas y salió afuera» (Segalá y Estalella).

Reporto antes ustedes que yo –ayer por la tarde en el cine Jacob Burns donde vi la película de Nolan en 35mm con, tal vez, unas setenta personas más en la sala– en la escena donde Telémaco reconoce a Matt Damon como su padre, sentí en la garganta algo similar a lo que le pasa a Euriclea en el poema homérico.

En la película no se abusa de los flashbacks explicativos y eso se agradece. La vieja Euriclea ve la cicatriz y Nolan decide no ponernos más que sus ojos lagrimeantes y a Damon que con la mirada la obliga a callar. Hay unas cuantas escenas flojas. Quizá esas en las que aparece Zendaya, estirando la mano, dolorosa, con la túnica tapándole todo el cuerpo. O los de Charlize metiéndole a Damon en la boca pétalos de flor de loto.

Disfruté de una película que es muy conservadora. Nolan no se atreve ni siquiera a matar un animal frente a la cámara. A las sirenas apenas si se les ve. El sexo apenas se insinúa.

Uno de los atributos del libro es que –a diferencia de La Ilíada– en el poema con las aventuras de Odiseo se percibe la sugerente, detallista y coqueta mirada femenina. Algunos han arriesgado la teoría de que el poema lo pudo haber escrito una mujer.

Y esta película, con sus muchas virtudes, se nota que la dirigió Christopher Nolan.

Algunas imágenes de la edición que tengo de La Odisea, traducida por Segalá y Estalella y publicada por Aguilar en 1963.

La inspiración

Si bien está bastante dicho que todo creador se inspira en su realidad, es sólo muy de vez en cuando que me encuentro con grandes ejemplos que validan el ejercicio de usar la vida propia como la máxima materia prima de una obra. Esto me ha pasado hoy al escuchar la entrevista de Sam Fragoso a Noah Baumbach en Talk Easy. La empecé a escuchar el viernes e intrigado por los primeros minutos, busqué mi viejo DVD de The Squid and the Whale (todavía con su sticker de descuento de Virgin Megastore). Ver esa película de nuevo ha sido una gran experiencia.

A diferencia de la primera vez que la vi, allá por 2007, muchas escenas resonaron con mis experiencias y se formaron interesantes conexiones entre la película y los lugares (en Brooklyn) donde se mueve esta familia de padres divorciados y los dos hijos que los sufren. El padre es un hombre blanco pedante e insoportable de esos que abundan en círculos académicos neoyorquinos. La madre es cariñosa, infiel y promiscua. Así Baumbach dijera que había mucho de ficción en su historia, quienes conocían a sus padres asumieron –sin que ellos pudieran hacer otra cosa que negarlo– que todo era verdad. Aquí otra obviedad: es fabuloso cuando la realidad y la ficción se encuentran en el proceso de la escritura.

En la entrevista, Baumbach establece algunas influencias en su película que yo no hubiera entendido en 2007. Por ejemplo su deuda con Peter Bogdanovich, ese director de cine que murió con apenas un fragmento de la fama que alguna vez tuvo (cuyo trabajo he utilizado muchas veces en mis clases de cine, por ejemplo su libro sobre John Ford o su hermoso documental sobre Buster Keaton), y los paralelos entre la vida de Baumbach y Norah Ephron, a quien su madre también enseño que Everything is copy (todo lo que te pasa en la vida es material para tu obra). No sabía que la película Heartburn, basada en la única novela que escribió la autora/ periodista/ guionista y directora de cine, fue filmada en la casa de los Baumbach en Park Slope.

No sé si fue la entrevista o The Squid and the Whale, pero esta mañana, manejando por las calles nevadas de Westchester, me vinieron a la cabeza una serie de situaciones entre 2007 y 2015 que había olvidado. Ciertos nombres, ciertas escenas, aparecieron mientras observaba la nieve y ahí se quedaron. Eran como diminutas películas que interpelaban a mi inspiración.

«Escríbenos», parecían decirme.

Straight Outta Compton: la película

strcompton1

¿Qué hubieras hecho tú en una situación así?

 

Solo puedes imaginártelo porque no eres negro, no eres pobre, no empezaste allá abajo, en Compton, California. Jamás recibiste esa mano de tu madre que te volteó la cara, gritándote: “hice muchos sacrificios para sacar adelante a ti y a tu hermano y no voy a dejar que tú lo arruines todo”. Dr Dre en el piso, escuchando música: la música, la que te salva y te justifica. El dedo medio que se levanta en una canción: Fuck Tha Police.

 

Entonces ves la mirada de odio del joven Ice Cube ─y vas a entender el problema con los Oscar y la injusticia de que nadie pusiera entre los candidatos el nombre de O’Shea Jackson Jr., magnífico interpretando a su padre─entrando en el estudio, a seguir trabajando, a no darle ninguna importancia a ese hombre uniformado que se toma la libertad de tirarlo al piso, pararse sobre él, esposarlo y despreciarlo porque debe de ser un gangster, alguien que estorba. “Son artistas de rap” dice el manager judío y entonces aquello cobra sentido para el policía negro: “El rap no es arte”. 

 

Fuck the police coming straight from the underground

A young nigga got it bad cause I’m brown

And not the other color so police think

They have the authority to kill a minority

Fuck that shit, cause I ain’t the one

For a punk motherfucker with a badge and a gun

To be beating on, and thrown in jail

We can go toe to toe in the middle of a cell

Fucking with me cause I’m a teenager

With a little bit of gold and a pager

Searching my car, looking for the product

Thinking every nigga is selling narcotics.

 

Las letras que escribe Cube conectan con una inmensa mayoría que siente que el artista le está dando voz. Es como si ellos también dijeran: «Yo también tengo 18 años y así es mi mundo»

 

Straight outta Compton, another crazy ass nigga

More punks I smoke, yo, my rep gets bigger

I’m a bad motherfucker and you know this

But the pussy ass niggaz don’t show this

But I don’t give a fuck, I’ma make my snaps

If not from the records, from jackin the crops

Just like burglary, the definition is ‘jackin’

And when illegally armed it’s called ‘packin’

 

Este filme es la historia de unos muchachos que salieron de donde la opinión pública, la policía y el gobierno decían que no había salida. Un grupo de músicos que escaparon denunciando, desde un escenario, una sociedad que los juzgaba por no vivir en el barrio correcto. Rags to riches, dicen, pero el filme es más: es verle la cara al racismo, a la pobreza, a la ignorancia, al capitalismo, a la violencia, a la misoginia.

 

En ese camino viene  el intento por escenificar el caos y la violencia que siguieron a la absolución de los policías que golpearon en el piso a Rodney King. Era 1992 y cuando ardía L.A. se presagiaba el futuro de Ferguson, de Baltimore, de Chicago and many other places: Police brutality, lack of opportunities.

 

Y aquellas imágenes deben de aterrorizar aún a los miembros del NRA y a quienes siempre se imaginan que el mundo se va a acabar con una guerra entre zombies. Es una secuencia de escenas de magnífica composición cinematográfica con planos generales, paneos rápidos, cámaras en mano y acercamientos a pequeños detalles. Como esas pañoletas de dos colores que simbolizan a dos pandillas unidas contra la brutalidad policial. La cámara se mueve entre las calles y vemos el desastre, el descontrol, el rap escupido en imágenes: Esta es mi vida, acá en esta mierda vivo yo.

 

Necesitamos recordar Straight Outta Hampton cada vez que nos apuremos a juzgar el arte que nos acerca a una sociedad que de alguna otra manera no podríamos ver.

 

Como espectador, la película entrega lo que todos los amantes del cine queremos: 167 minutos de una historia con todos los ingredientes para volverla apasionante. Desde la secuencia con el tanque de la brigada antidrogas que arranca la pared de una casa en Compton hasta los excesos que terminan con Eazy-E muriendo de SIDA en el hospital. Desde la euforia de los conciertos y las giras pero también los desencuentros que ensucian la amistad por el dinero y el control sobre los derechos de su música (como en todo biopic que se respete).

 

El director F.Gary Gray (con la producción de Dr.Dre y de Ice Cube) pone en la pantalla una magnífica película filmada en las calles de Compton y L.A., con el apoyo de mucha gente convencida de que la historia de su juventud se ve retratada en las imágenes. Straight Outta Compton: un enorme filme acerca de la vida de un grupo de muchachos que vivieron una época determinada por las drogas, la pobreza y la violencia, que encontraron su destino en un escenario y que con su rebeldía y su ambición transformaron para siempre la historia de la música.

stacompton2

 

El Hombre Pus (Resina Producciones)

Desde Resinápolis y el tunel del tiempo. Desde un lugar muy lejano allá por los 90s: El Hombre Pus, un cortometraje en video. Basado en la historieta de la revista RESINA (Historietas para mentes cochinas). Filmado en Lince, con la cámara de Payé Cussianovich y la edición de Renzo Delgado. La dirección general es de Gonzalo «Sayo» Hurtado.

Como me dijo Martín Haro, después de pasarme esta versión digitalizada de VHS, esto es «volver a las raíces». Es un trabajo de grupo para el Taller de Cine de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima (me encontrarán de extra quedándome dormido enmedio de la programación de Resina News y cayendo muerto tras un tiro de «Niño Bonito» Burstein). El «avión» García hace de Jesucristo y Payé dobletea como «Abuela Dinamita». La música de los Cadillacs suena espectacular. Los efectos especiales son de temer: recuerdo haber estado ayudando a crear con papel rojo ese famoso cartucho de dinamita. Y esos carteles de «Boom» y «Bang» siguen funcionando bien 22 años después.

FullSizeRender (7)

FullSizeRender (3)

FullSizeRender (1)

FullSizeRender (5)

FullSizeRender (4)

FullSizeRender (6)

 

Summer Hours (L’heure d’été)

summerhours1

Sylvie y sus amigos entran en la casa que ya no es más que una cáscara. Se han llevado los muebles, los armarios, los cuadros, los jarrones. Los objetos se han convertido en piezas de museo. «Mi abuela Hélène me dijo que algún día regresaría aquí con mis hijos. Mi abuela ahora está muerta y la casa ha sido vendida», dice Sylvie. ¿Qué queda de una casa cuando se va la gente que la habitaba y los objetos que la llenaban?

La casa donde él está escribiendo fue construída en 1953. Allí vivía una familia que se apellidaba Salvati. El señor Salvati adquirió los lotes adyacentes para tener el terreno necesario y que su hija mayor, Lorraine, y su hijo menor, David, construyeran dos pequeñas casas al lado de la gran casa paterna. Plantó manzanos, peros, arbustos de cerezas. Salvati enviudó en 1990. Dicen los vecinos que por esos días el hijo estaba muy metido en las drogas y que llegaba dando gritos enmedio de la noche, sin importarle que la madre estuviera enferma.

Lorraine se casó y se mudó a una casa en Cold Spring, a 20 minutos de su padre. Lo visitaba todos los fines de semana. A sus gemelas─Claire y Josephine─les encantaba colgarse de las ramas del manzano. Su abuelo las llevaba hacia el parque Blue Mountain por el borde del riachuelo Dickey que lindaba con la propiedad. El último verano las dejaron caminar desde Blue Montain, acompañadas de su perro Hubbert, el Spanish Water que les regaló su padre por su noveno cumpleaños. Cruzaron el riachuelo sobre un tronco podrido y entraron a la casa con Hubbert y sus patas mojadas. El abuelo las reprimió con una sonrisa cansada. Ya sabía que tenía cáncer.

Cuando murió Salvati, Lorraine pasó en esa casa varios fines de semana. Se dedicó a empaquetar los artículos del sótano y del ático, la ropa de cama, las vasijas. Cuando tomó el exprimidor de naranjas que pertenecía a su madre se puso a llorar ahí en la cocina, mirando el arroyo y las hojas de los árboles de color naranja. Ese fin de semana extrañó más que nunca a su padre. El siguiente lunes pusieron la casa en venta.

summerhours3

Las gemelas acompañaban a su madre. Mientras ella trabajaba se iban con Hubbert hacia la calle Washington y trepaban la loma hacia el parque Blue Mountain. Atravezaban el puente colgante sobre el lago, se metían por los senderos en el bosque y regresaban a la casa bordeando el arroyo.

Un sábado entre los árboles, desde la orilla antes de cruzar el Dickie, vieron al tío David conversando con mamá debajo de un manzano. Casi nunca veían a su tío. Él les preguntó si querían ayudarlo a limpiar el cobertizo. Mientras movía las cosas les contó que vivía con una chica hermosa de Montana que conoció en el verano, que uno de esos días iba a ir con ella a visitarlas en Cold Spring. Les entregó el pequeño balde de metal rosado donde el viejo Salvati guardaba las herramientas que usaban sus nietas cada primavera para mover la tierra y plantar los tomates en la huerta. Les hizo adiós mientras arrancaba su camioneta. «Se parece tanto a papá», pensó Lorraine y se puso triste otra vez.

David fue a visitarlas unas semanas después. Sin su chica porque estaban peleados. Le temblaban las manos. Hablaba como conteniendo la respiración. En un momento empezó a gritar, primero vocalizando y luego como si no pudiera contenerse: «Just sell the fucking house». Se fue de la casa gritando. Por esos días el presidente George W. Bush acababa de anunciar el colapso del mercado de valores y el inicio de la gran depresión. Bancos y grandes compañías de inversión se habían declarado en quiebra. Dorine Giordano, la corredora, había llamado esa mañana para preguntarle a Lorraine si aún quería seguir vendiendo la casa de Salvati: los precios se habían desplomado.

Meses después, a principios de la primavera, Dorine los llamó. Tenían una oferta. Era casi la tercera parte del precio que habían pactado en las oficinas de Coldwell Banker durante el verano. «La otra opción sería esperar. Pueden pasar unos años antes de que los precios regresen a su nivel», dijo Giordano. «Sell the house Lorraine» dijo David cuando su hermana lo llamó para consultar.

summerposter«A le gente le gusta lo tranquilo que se está aquí.También que está a muy poca distancia de Paris» dice el alcalde del pueblo de Valmondois, dando a entender que  la casa encontrará un buen precio en el mercado y que el municipio debe invertir en reparar el cementerio donde enterrarán a Hélène. Su hijo Frédéric detiene el auto en un recodo del camino de regreso a la ciudad porque no puede soportar la desolación ante lo que está por suceder: van a desmantelar la casa en la que ha vivido su infancia, el museo que su madre ha construido en honor del gran amor de su vida, el famoso pintor Berthier.

Cuando el escritor y su esposa llegaron por primera vez a la casa de Salvati lo que más les gustó fue que desde la sala se pudiera escuchar el sonido del arroyo. Les gustaron las plantas de manzanos, el cerco vivo que los separaba de la calle, que la propiedad estuviera en un calle dead end y que la casa no fuera de madera sino de cemento. El ático y el sótano eran enormes. La familia había dejado los pisos alfombrados y algunos objetos de decoración: frente a la chimenea estaba la pequeña mesa de ajedrez donde Salvati solía jugar con su hijo David.

El escritor y su esposa acordaron que se desharían de las alfombras, pulirían los pisos de madera, instalarían una mejor iluminación en los techos y renovarían la cocina. Las ventanas de marco de aluminio tendrían que ser reemplazadas por unas nuevas que ahorraran energía.

summerhours5

Se observa con cuidado los objetos, se les pone un precio. El Musée D’Orsay los quiere hace bastante tiempo. «No vamos a poder venir a Francia en los veranos, la casa no la vamos a aprovechar», han dicho Jérémie y su esposa, a punto de mudarse con su compañía de Shangai a Pekín. Adrienne anuncia que se casará en Nueva York y que le será difícil acercarse otra vez a ese país del que ya se considera tan distante.  Se descuelgan los cuadros, se sacan los armarios, se apilan las sillas. Éloise, la sirvienta que los hermanos recuerdan desde su niñez, se empina sobre las ventanas y las puertas cerradas y lo único que ve es una cáscara sin vida.

El escritor y su esposa le pidieron a Dorine que  la casa se quedara vacía. Que limpiaran el muro de piedras apiladas al lado de la entrada. Que vaciaran el cobertizo. «Están comprando una casa con una base sólida», les dice Lorraine, el día del cierre, desde el otro lado de la mesa de negociación. No puede evitar llorar mientras firma los papeles que le entrega su abogado. Esa noche David estaciona frente a la casa de Cold Spring y Lorraine le entrega un cheque. Dobla el cheque, se lo mete en el bolsillo del pantalón y se va.

Msummerhours3eses después, la noche de Halloween, golpean la puerta. Son dos niñas. «We used to live here» le dicen al escritor que les ha abierto mientras él mete la mano en una bolsa con golosinas para sacar Snickers y Butterfingers. Se siente incómodo porque no sabe si debe de invitarlas a pasar, si tiene que dejarlas que miren en qué se ha convertido la casa del abuelo: lo poco que queda de la que ellas conocían. Las gemelas le hacen adiós y se van hacia la calle. Detrás del cerco vivo el escritor ve a un perro y la sombra de Lorraine.

Al escritor le gusta su casa sea tan tranquila y que quede tan cerca de Nueva York. «50 minutos en automóvil» les dijo Giordano. Le gusta ver el arroyo desde los altos y escuchar el murmullo del agua desde la mesa donde se sienta por las mañanas a escribir. A veces se pone a pensar en lo que pasará con la casa una vez que ya no esté allí.

Todos los fotogramas de esta entrada pertenecen al magnífico filme Summer Hours (L’heure d’été) dirigida por Olivier Assayas en 2008.

 

 

 

 

 

 

El apartamento

 

theapartment10

5 de febrero de 2016

Cuando él dijo que se mudaba, que abandonaba la comodidad de la empleada doméstica y la ropa limpia, doblada y planchada, su madre le dijo que estaba tirando su dinero. Su hermana lo llamó un desagradecido. «El que se va sin que lo boten regresa sin que lo llamen», le dijo con la voz alterada cuando vio que la suerte estaba echada y el camión de la mudanza esperaba frente a la puerta para cargar sus últimos trapos.

Tenía que vivir solo. No sabía exactamente por qué.

Su primer intento de independencia fue a los 14 años, cuando movió la cama de la habitación que compartía con su hermano y se hizo del cuarto que se usaba para planchar. Pegó en las paredes posters anarquistas y una hoja de periódico a color con su equipo de fútbol.

En ese cuarto se murió la abuela, después de sufrir la maldad del olvido y de padecer en la carne de ambas piernas las heridas de la inmovilidad. Allí fumaba su abuelo, extendido en la cama con su boquilla de carey y su chompa marrón clara de cuello en V. Al mudarse pensó que sus abuelos se le aparecerían de cuando en cuando para conversarle pero jamás le dijeron nada.

A su cuarto se podía entrar desde la cocina por una escalera de fierro. Por ahí se metía la nueva empleada que se prendó de él cuando lo vio llegar desnutrido y barbudo después de un viaje de un mes entre Ecuador y Colombia. Él se metía en la cocina apenas la escuchaba bajar desde su cuarto en la azotea y le comía el sexo mientras ella exprimía las naranjas.

theaprtment7

Allí metió también a su primera enamorada. Quiso besar sus senos: ella no lo dejó porque concebía que para tener sexo tenía que estar casada. En el forcejeo él descubrió que (para su gusto) eran demasiado pequeños. Nunca deja de asombrarse de lo tonto que era. En ese cuarto se echó a besar a esa rubia amiga de su hermana que se refugió en casa porque estaba harta de gritarle a sus padres (porque le sacaban en cara que estaba embarazada, no tenía trabajo y no pensaba en casarse).

Desde ese cuarto escuchaba las voces de una joven vecina. A veces golpeaba la pared y ella ─supuso que era ella─ respondía. Una noche en que llegó ebrio, se descolgó desde su habitación y entró en aquella casa por una ventana. Casi no se veía en la oscuridad pero encontró su cama y supo que allí estaba ella, dormida. De repente abrió los ojos, le sonrió y a él se le fue de golpe todo el valor.

theaprtment5Cuando empezó a trabajar cambió las viejas cortinas de tela por unas persianas. Compró un televisor para no soportar las peleas que se armaban con sus hermanos y las empleadas para cambiar de canal. Fue uno de los primeros entre sus amigos en tener cable. No salió un sábado por la noche porque pasaban Pulp Fiction. Hasta hoy le impresiona aquella imagen de la sangre de Vincent Vega entrando en la jeringa llena de heroína. Otra madrugada encontró Singles y no solo se enamoró de Bridget Fonda sino que se le metió la idea de conseguirse un teléfono propio y de tener una contestadora. Fue feliz hasta que la enamorada de su hermano empezó a despertarlo porque el teléfono de la casa andaba desconectado por falta de pago.

Le daba pánico pensar en que su futuro sería seguir viviendo en la casa de sus padres hasta los 40 años.  Asi que a la primera oportunidad que tuvo, se salió.

theapartment4

Era un apartamento grande y cómodo compartido con tres hermanos que se habían quedado sin padres de manera repentina. Entonces tenía tres trabajos, le aceptaron el crédito para una camioneta nueva de doble tracción y se endeudó. La zona del edificio era bonita y los hermanos se gastaron un dineral en contratar una empleada y en amoblar la sala y el comedor. Así que cuando sus amigos─todos egresados de la universidad pero aún viviendo con sus padres─ fueron a visitarlo por primera vez, a pesar de que les dijo que pagaba muy poco, creyeron que en realidad su negocio era la droga y lo bautizaron como El Narco.

Después vivió en otros apartamentos. Ninguno tan pobre y tan feliz como el que tuvo en el Bronx. Ninguno tan lleno de luz como aquella ratonera en Brooklyn. Ninguno tan a punto de caerse como esa esquina en Mamaroneck desde cuya ventana vio la nieve por primera vez. Ninguno tan frío como aquel ático en Westchester. Ninguno tan húmedo y abandonado como ese nido de cucarachas en White Plains. Ninguno con una vista tan bella como el de su gran amor en Riverdale.

¿Por qué salió de la casa de sus padres y se fue a buscar apartamentos? Algunas veces sospecha que se trata del traidor de la familia. Otras veces cree que su vida hubiera sido más boba de lo que fue si no hubiera empacado y huído de un destino que sospechaba que tenía ya trazado.

theapartment3Al terminar The Apartment─aguantando unas lágrimas que llegaron de pronto mientras Miss Kubelik corría por las calles de Manhattan hacia el apartamento de Mr. Baxter, para celebrar el año nuevo─él sospecha que si es que alguna vez hubo respuesta ésta ya no existe. Parte de ella son estas historias, estos recuerdos. No hay más. Si alguna vez existió una verdad esencial ésta ya se ha perdido: en los cuartos que abandonó, en las noches que vivió fuera de casa, en el fervor de sus mudanzas.

Todos los fotogramas en esta entrada pertenecen a una de las mejores comedias del director Billy Wilder: The Apartment (1960) con Shirley McLaine como Fran Kubelik y Jack Lemmon como CC Baxter.

 

Gato negro & gato blanco

kustarica5

4 de febrero de 2016

Desde una mesa donde pide una naranjada, él la observa «No me trates como si fuera un niño al que puedes mandar». Ella lo manda por un helado y él va, ciego. Así lo mande a la luna. Después de la locura triunfa el amor. «Qué linda es la vida» grita él. Los invitados están disfrazados, Drácula y un ángel se toman una botella en la cocina, Pantaleón y las visitadoras acaparan la pista de baile, que es un pedazo de pasto rodeado por un par de tumbas abiertas. Para llegar hasta la cerveza hay que abrirse paso entre las telarañas. Ella baila a su lado, lo mira por sobre el hombro mientras baila con su pareja, luego se acerca  y lo besa. Entonces el exnovio, que hasta ese momento había estado rodeado de mujeres al lado de la chimenea de la casa ─un sinvergüenza ha ido a darle la noticia─llega hasta la silla donde él se ha sentado para recuperarse de la cerveza y sin decir nada, lo empuja.

kusturica1Es verano y ella lo ha besado en la oscuridad. Después se han puesto todos a bailar mientras la orquesta sigue tocando. En la madrugada se ilumina el canchón de tierra detrás de las casas, los faros brillan como el sol en la noche. Es una camioneta destartalada repleta de personas que viene bajando y celebrando con la bocina. De la tolva baja el enamorado.  Mientras ella baila con él, lo mira. La orquesta sí que sabe hacer ruido. Uno de los mineros invita cerveza a todo el que quiera. El pueblo entero está bailando y los niños, que se han desaparecido casi una hora detrás de la piedras─seguramente a cazar lagartijas y serpientes─regresan para rodear a ella y al enamorado que bailan y mientras se mueven en un ronda espectacular le gritan «El venao, el venao». Todos marchan al mar al amanecer. Mientras ella baja con su enamorado él pasa por su lado con los demás chicos y le aprieta la mano. Deja a todos en el mar, dice que tiene que hacer algo en la casa. Unos minutos después ella inventa una excusa parecida y lo sigue. Como música de fondo se escucha la algarabía de la gente y el ruido de las olas reventando contra las rocas. Él le dice «tienes unos labios riquísimos» mientras se apreta más al cuerpo de ella contra la pared de la sala. Ella dice «lo sé».

Al amanecer, Soledad está dormida como una sirena. Los hombres que aún seguían despiertos están haciendo fila. El hermano pequeño de Soledad ha ido a buscarlos, los ha formado frente a las piedras donde ella duerme y ahora todos van, uno por uno y la besan en los labios. Sus labios saben a sal y ella tiene una media sonrisa.

kusturica3Ese invierno ha sido la fiesta y lo han mandado a la chacra para que pague a unos peones y dirija la cosecha. Tiene que volver esa misma noche porque trabaja los lunes. Ella es la muchacha rubia que ha visto varias veces en casa de los primos. Él le dice que nunca se ha cansado de verla y ella le replica «Es una pena porque a ti ya te van a casar».  No sirve de nada que él replique que eso no es verdad porque ella ha escuchado la conversación entre su padre y uno de los millonarios de la zona. Ya eso está arreglado. Conversan igual toda la noche, mientras los designados de las mejores familias intentan partir con un hacha el tronco del árbol repleto de regalos, mientras aparecen unas muchachas que nunca había visto antes, niñas que nacieron y crecieron en la ciudad y que solo aparecen una o dos veces en el año en el pueblo para las fiestas patronales. Ha hecho un amigo ese día («creo que este es el comienzo de una buena y larga amistad», le dice) y le pide que le recuerde que tiene que volver a la ciudad esa misma noche. Así que el amigo se acerca, le dice que ya se van a ir, cuando él está zapateando con locura y bailando esa música por primera vez en su vida. Le dice adiós a la rubia y promete buscarla en la ciudad.

Está ebrio y sin embargo le parece notable que haya podido subirse a ese auto y cerrar la puerta. El portazo lo desconecta del olor del pueblo a fiesta, del ruido interminable de celebración. Quedarse en silencio en el auto es como haber entrado de pronto a otra dimensión. Cree que ha hecho bien, que su destino era terminar tirado debajo de alguna de las mesas de la fiesta, tal vez después de hacer una tontería en el cuarto de la muchacha nueva con la que ha bailado un lento. Es que después de la algarabía a alguien se le ocurrió poner música romántica y no sabe cómo, con el valor que da el alcohol, tomó la mano de esa chiquilla que los mira a todos como quien mira una serie de fenómenos y espejismos. Apoyó su rostro contra su hombro y el perfume que brotaba de su piel lo hizo olvidarse de la sensación de jolgorio que lo invadía unos minutos antes. Era como ver el mundo inmóvil en la orilla desde un barco que cruza el río, desde un bote que se deja mecer por la correntada. Mirarlos a todos mientras abraza a esa niña, observar a los mortales desde una nube. Cuando se acaba el baile regresa el ruido y las voces, ella se aleja y le vuelve la sensación de ser una nota más del ritmo, de estar medianamente borracho.

Claro que ya no. Él está con su nuevo amigo metido en el auto que va bordeando las chacras oscuras del valle después de cruzar el pueblo negro y vacío, ese fantasma de casas mitad de quincha y mitad de concreto al que todas las almas se le han ido hacia el estadio donde se celebra la fiesta patronal. Él cree que llegará a esa hora a la carretera y encontrará quien lo lleve a la capital durante la madrugada, que amanecerá en su casa y le servirán un desayuno. Hasta que ve la fila de autos. Bajan los choferes a la noche, se juntan en medio de la trocha y se dicen que hay un camión en sentido contrario al que se le ha bajado la llanta, que al chofer lo han llevado al pueblo a arreglarla.

En esas horas en que están apoyados contra el auto escuchando el río y los grillos no falta una cerveza. Alguien pone un casete con chistes en uno de los autos y todos se están riendo allí parados en medio del malpaso, bajo la sombra del cerro tajeado. Él siente el cansancio y se recuesta a dormir en el asiento del copiloto. Cuando despierta ya el cielo tiene color. Se baja del auto y respira la mañana, disfruta de su sabor. Al borde de la trocha hay un precipicio y un río. Ve gente conversando entre los autos, uno de ellos sostiene una botella de cerveza, todos siguen esperando que se abra el camino para seguir viviendo.

Desde el otro lado de la quebrada (tal vez lo sueña porque es un sonido frágil, como la memoria) le parece que el viento le trae el sonido de la música.

kusturica2

Todos los fotogramas pertenecen al filme «Gato negro gato blanco» (1998), esa maravillosa creación del serbio Emir Kusturica.

Ida: en blanco y negro

ida1

Las tragedias nacionales a veces requieren de historias sencillas, de saltos al vacío limpios como el de Ida.

«Me olvidaba que yo soy una puta y tú eres una santa», dice la camarada Wanda Gruz. Ida ni siquiera sabe besar. Quienes la respetan asesinaron a su familia. Ida tiene el ritmo de una trágica melodía de jazz. Amará en blanco y negro, después de haber seguido el consejo de la tía Wanda y haber vivido por unas horas como el resto de los polacos. «¿Y después» «Tenemos un perro. Nos casamos, tenemos hijos, una casa» «¿Y después» «Lo normal. La vida».

ida2Como si se pudiera abrazar la vida después de haber llevado los restos de tu madre en una manta y haber removido la tierra para encontrarles una tumba. Ida es un poema bello y trágico, una de aquellas historias sencillas que se requieren para entender mejor el peso de la tragedia de un país.

Crea un blog o una web gratis con WordPress.com.

Subir ↑