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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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A la edad en que su hijo ha cumplido los tres años, un padre ha dedicado cinco días de su vida a cambiar pañales.

Me han pasado una lista de diez cosas que debería de saber, y ésta no me la puedo sacar de la cabeza. Serán cinco días completos dedicados a limpiar potos, frotar potos, sacar y poner pañales. Supongo que en los casos de mellizos el tiempo se amplía un poco más. Claro que habría que considerar que en algunas ocasiones el padre no es el único que los cambia. Pongamos que restando las ayudas todo se limita a cinco días entre los dos niños: 120 horas dedicados a la caca y a la pichi.

Habrá que poner la idea de ese tiempo al lado de las horas en que uno los mira con la boca semiabierta ─porque aprenden nuevos trucos, porque hacen un gesto por primera vez─ y al lado de los minutos del día dedicados a mirarlos a los ojos y hablarles. Otro dato que recuerdo de esa lista de diez: A los dos años, los niños aprenden cinco palabras nuevas por día. Si bien todavía no los cumplen, para ver qué pasa les susurro (mientras empujo su coche por la calle Kings Point): mar, playa, árboles, cielo, sol.

“Estas son sus palabras de hoy”, les digo. Me miran, no dicen nada.

Mis pocos recuerdos de su edad están relacionados con el agua. Siempre tuve una imagen estática de la playa de Silaca: las rocas y el mar reventando contra ellas. Sólo la pude sacar de mi cabeza cuando regresé de adolescente. Mi madre me dijo que la última vez que estuve ahí no había cumplido el año. Hay una foto mía de bebé, enrollado en una manta, al lado del Pozo de Piero. Otro recuerdo es en Las Lagunas de La Molina. Mi madre y su prima caminaban entre unas cañas, alguien lanzaba piedras al agua. En las fotos de ese día, yo era un bebé. También recuerdo los chorros de agua en la Costa Verde, esas mañanas en que íbamos a Chorillos en el escarabajo blanco de mi madre, cuando aún no entraba al nido.

¿Qué recordarán mis hijos de este día? Sé que si no lo escribo será otro más de muchos: esas mañanas de verano en que los dos se despertaban aún sin dominar un idioma preciso, en que los sentaba a la mesa en sus sillas para que desayunaran un poco de avena y comieran unas frutas. Luego ellos me hacían señas de que querían salir. Se trepaban en el coche, hacían como que sabían ajustarse el cinturón. Salíamos a la calle y los bajaba de espaldas por los tres peldaños de la entrada.

Algunos días yo estoy más despierto que en otros. En éste apenas si había abierto los ojos. No eran ni las siete. Salir a caminar era parte del proceso para despertarme. Hacía calor. Antes de doblar la esquina de la calle Kings Point  ya habíamos pasado los restos de una ardilla atropellada. Doblando por  la calle Water Hole nos habíamos encontrado con un venado que parecía esperar algo.

Saludé a un par de empleados de una compañía de jardinería, en castellano. Ellos respondieron con un “buenos días” sin demasiado acento  (¿colombianos, mexicanos, ecuatorianos?) Ojalá se les haya quedado grabada a los niños la gentileza con que esos hombres ensombrerados le desean buen día a uno.

Pasamos la casa que ya están terminando de construir: hemos visto el proceso completo desde nuestros paseos en el verano de 2016: la demolición de la anterior, la llegada de la madera, la instalación del garaje donde pusieron las máquinas para trabajar las vigas, la lenta construcción de la chimenea durante el invierno. Esta semana han llegado los setos y los pinos, los han plantado en el perímetro y de pronto ya no se puede ver toda la fachada. Les hago notar a los niños que han removido la tierra que da a a la calle, preparándola para la llegada del césped. Éste suele llegar en camiones, en rollos enormes. Hay un detalle que a los españoles les haría gracia: los camiones de los jardineros tienen un logo dibujado en la puerta en el que dice que pertenecen a la empresa Della Polla.

No nos hemos cruzado hoy con la pareja que hace jogging empujando el coche de su hijo: Ozzie, un cachetón lleno de rizos. Tampoco con su abuela, una profesora de música en un pueblo del interior de Virginia con quien nos hemos puesto a hablar, una mañana cualquiera, caminando por Water Hole. Ella nos ha contado que su nuera es actriz de Broadway─su última obra antes de dar a luz a Ozzie fue Mamma Mia─, que su hijo es trompetista, que ella y él se conocieron a bordo de un crucero. Dijo que los dos han puesto una compañía de entrenamiento físico, y que entre sus clientes están los Seinfeld y la Paltrow.

Hoy tampoco hemos visto a la señora de cara redonda y ojos bondadosos que le alquila una parte de la casa a una pareja de puertorriqueños de Rincón. Ella nos contó que su vecino del frente durante muchos años fue Pelé, que un antiguo novio fue futbolista del Scratch, que hoy divide su año entre East Hampton y Colorado. Tampoco hemos visto a las tres mujeres que pasean juntas a sus perros, ni a la pareja de latinos setentones con sombrero que siempre parecen estar haciéndole algo nuevo al jardín de su casa.

Antes de llegar a la playa nos ha saludado un cardenal parado sobre la rama más alta de un árbol. Al entrar en la playa se nos ha cruzado un conejo. He detenido el coche para que le digan “hola” y “adiós” mientras éste nos vigila por el rabillo del ojo y al final desaparece enseñando la cola blanca, saltando detrás de unas matas. No hay nadie en la arena de la playa, no hay pescadores en el canal, no hay empleados limpiando los botes estacionados. Tampoco esta Charlie, el encargado de mantenimiento contratado este año por  la asociación de vecinos. Ayer lo vimos lavando su viejo Cadillac color beige con una manguera, al lado de la entrada.

Vamos hasta el borde del agua, pasando frente a las duchas y a una pequeña zona techada. A los niños les gusta imitar el sonido del coche que avanza sobre las piedras de la entrada. El camino de regreso tampoco ha tenido más detalles. Las palabras que les he repetido resumen bastante bien las emociones de un día común y corriente del verano de 2017, ese año en que aún no habían cumplido dos:

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

Eternal (snows of Iceland)

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The ice over Iceland is eternal. At least in his eyes, the man escaping from who knows what. This one who met people he thought was never going to meet again and walk along the Thames with hunger.

Perhaps, he was looking for a new land. Maybe just opening his eyes, distracting himself in the chances abroad. A foreigner: he didn’t dream to be one of them. He was proud of a flag, of a history, of a piece of land surrounded by coast and mountains. He was ready to stay there forever from the very beginning.

The language: He wasn’t ever ready to open his mouth for more new words and sounds. He would have considered a nightmare the idea of being in front of other people speaking English for more than an hour. A nightmare.

Sometimes, in the new room where he stayed for a couple of years, the nightmare was about going back and being caught in his old land, not being able to come back to New York. All of a sudden, the dream was to stay in this new place, to hold hands with strangers, to get a new history.

Five in the morning: the alarm brought him back to the world of the real: A job. And he started a trip to a place where people called him by his name without knowing anything (anything!) about his life, his parents, his ideas, his successes, his failures. To start anew. To be someone else. To scratch the previous dream: to be a foreigner, a someone who barely could speak the language. To be the new stranger in the neighborhood.

On days like this, when he opens the curtains in the morning, and sees the first white of the snows on the ground, he always thinks about Iceland: the last stop coming from London to New York, before becoming an immigrant, a stutterer.

The morning when the plane landed at Reykjavik airport, he was looking at the eternal ice of Iceland as a free man for the last time. The next stop, in New York, he decided to stay and to become someone else. And he did.

 

 

El apartamento

 

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5 de febrero de 2016

Cuando él dijo que se mudaba, que abandonaba la comodidad de la empleada doméstica y la ropa limpia, doblada y planchada, su madre le dijo que estaba tirando su dinero. Su hermana lo llamó un desagradecido. “El que se va sin que lo boten regresa sin que lo llamen”, le dijo con la voz alterada cuando vio que la suerte estaba echada y el camión de la mudanza esperaba frente a la puerta para cargar sus últimos trapos.

Tenía que vivir solo. No sabía exactamente por qué.

Su primer intento de independencia fue a los 14 años, cuando movió la cama de la habitación que compartía con su hermano y se hizo del cuarto que se usaba para planchar. Pegó en las paredes posters anarquistas y una hoja de periódico a color con su equipo de fútbol.

En ese cuarto se murió la abuela, después de sufrir la maldad del olvido y de padecer en la carne de ambas piernas las heridas de la inmovilidad. Allí fumaba su abuelo, extendido en la cama con su boquilla de carey y su chompa marrón clara de cuello en V. Al mudarse pensó que sus abuelos se le aparecerían de cuando en cuando para conversarle pero jamás le dijeron nada.

A su cuarto se podía entrar desde la cocina por una escalera de fierro. Por ahí se metía la nueva empleada que se prendó de él cuando lo vio llegar desnutrido y barbudo después de un viaje de un mes entre Ecuador y Colombia. Él se metía en la cocina apenas la escuchaba bajar desde su cuarto en la azotea y le comía el sexo mientras ella exprimía las naranjas.

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Allí metió también a su primera enamorada. Quiso besar sus senos: ella no lo dejó porque concebía que para tener sexo tenía que estar casada. En el forcejeo él descubrió que (para su gusto) eran demasiado pequeños. Nunca deja de asombrarse de lo tonto que era. En ese cuarto se echó a besar a esa rubia amiga de su hermana que se refugió en casa porque estaba harta de gritarle a sus padres (porque le sacaban en cara que estaba embarazada, no tenía trabajo y no pensaba en casarse).

Desde ese cuarto escuchaba las voces de una joven vecina. A veces golpeaba la pared y ella ─supuso que era ella─ respondía. Una noche en que llegó ebrio, se descolgó desde su habitación y entró en aquella casa por una ventana. Casi no se veía en la oscuridad pero encontró su cama y supo que allí estaba ella, dormida. De repente abrió los ojos, le sonrió y a él se le fue de golpe todo el valor.

theaprtment5Cuando empezó a trabajar cambió las viejas cortinas de tela por unas persianas. Compró un televisor para no soportar las peleas que se armaban con sus hermanos y las empleadas para cambiar de canal. Fue uno de los primeros entre sus amigos en tener cable. No salió un sábado por la noche porque pasaban Pulp Fiction. Hasta hoy le impresiona aquella imagen de la sangre de Vincent Vega entrando en la jeringa llena de heroína. Otra madrugada encontró Singles y no solo se enamoró de Bridget Fonda sino que se le metió la idea de conseguirse un teléfono propio y de tener una contestadora. Fue feliz hasta que la enamorada de su hermano empezó a despertarlo porque el teléfono de la casa andaba desconectado por falta de pago.

Le daba pánico pensar en que su futuro sería seguir viviendo en la casa de sus padres hasta los 40 años.  Asi que a la primera oportunidad que tuvo, se salió.

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Era un apartamento grande y cómodo compartido con tres hermanos que se habían quedado sin padres de manera repentina. Entonces tenía tres trabajos, le aceptaron el crédito para una camioneta nueva de doble tracción y se endeudó. La zona del edificio era bonita y los hermanos se gastaron un dineral en contratar una empleada y en amoblar la sala y el comedor. Así que cuando sus amigos─todos egresados de la universidad pero aún viviendo con sus padres─ fueron a visitarlo por primera vez, a pesar de que les dijo que pagaba muy poco, creyeron que en realidad su negocio era la droga y lo bautizaron como El Narco.

Después vivió en otros apartamentos. Ninguno tan pobre y tan feliz como el que tuvo en el Bronx. Ninguno tan lleno de luz como aquella ratonera en Brooklyn. Ninguno tan a punto de caerse como esa esquina en Mamaroneck desde cuya ventana vio la nieve por primera vez. Ninguno tan frío como aquel ático en Westchester. Ninguno tan húmedo y abandonado como ese nido de cucarachas en White Plains. Ninguno con una vista tan bella como el de su gran amor en Riverdale.

¿Por qué salió de la casa de sus padres y se fue a buscar apartamentos? Algunas veces sospecha que se trata del traidor de la familia. Otras veces cree que su vida hubiera sido más boba de lo que fue si no hubiera empacado y huído de un destino que sospechaba que tenía ya trazado.

theapartment3Al terminar The Apartment─aguantando unas lágrimas que llegaron de pronto mientras Miss Kubelik corría por las calles de Manhattan hacia el apartamento de Mr. Baxter, para celebrar el año nuevo─él sospecha que si es que alguna vez hubo respuesta ésta ya no existe. Parte de ella son estas historias, estos recuerdos. No hay más. Si alguna vez existió una verdad esencial ésta ya se ha perdido: en los cuartos que abandonó, en las noches que vivió fuera de casa, en el fervor de sus mudanzas.

Todos los fotogramas en esta entrada pertenecen a una de las mejores comedias del director Billy Wilder: The Apartment (1960) con Shirley McLaine como Fran Kubelik y Jack Lemmon como CC Baxter.

 

Gato negro & gato blanco

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4 de febrero de 2016

Desde una mesa donde pide una naranjada, él la observa “No me trates como si fuera un niño al que puedes mandar”. Ella lo manda por un helado y él va, ciego. Así lo mande a la luna. Después de la locura triunfa el amor. “Qué linda es la vida” grita él. Los invitados están disfrazados, Drácula y un ángel se toman una botella en la cocina, Pantaleón y las visitadoras acaparan la pista de baile, que es un pedazo de pasto rodeado por un par de tumbas abiertas. Para llegar hasta la cerveza hay que abrirse paso entre las telarañas. Ella baila a su lado, lo mira por sobre el hombro mientras baila con su pareja, luego se acerca  y lo besa. Entonces el exnovio, que hasta ese momento había estado rodeado de mujeres al lado de la chimenea de la casa ─un sinvergüenza ha ido a darle la noticia─llega hasta la silla donde él se ha sentado para recuperarse de la cerveza y sin decir nada, lo empuja.

kusturica1Es verano y ella lo ha besado en la oscuridad. Después se han puesto todos a bailar mientras la orquesta sigue tocando. En la madrugada se ilumina el canchón de tierra detrás de las casas, los faros brillan como el sol en la noche. Es una camioneta destartalada repleta de personas que viene bajando y celebrando con la bocina. De la tolva baja el enamorado.  Mientras ella baila con él, lo mira. La orquesta sí que sabe hacer ruido. Uno de los mineros invita cerveza a todo el que quiera. El pueblo entero está bailando y los niños, que se han desaparecido casi una hora detrás de la piedras─seguramente a cazar lagartijas y serpientes─regresan para rodear a ella y al enamorado que bailan y mientras se mueven en un ronda espectacular le gritan “El venao, el venao”. Todos marchan al mar al amanecer. Mientras ella baja con su enamorado él pasa por su lado con los demás chicos y le aprieta la mano. Deja a todos en el mar, dice que tiene que hacer algo en la casa. Unos minutos después ella inventa una excusa parecida y lo sigue. Como música de fondo se escucha la algarabía de la gente y el ruido de las olas reventando contra las rocas. Él le dice “tienes unos labios riquísimos” mientras se apreta más al cuerpo de ella contra la pared de la sala. Ella dice “lo sé”.

Al amanecer, Soledad está dormida como una sirena. Los hombres que aún seguían despiertos están haciendo fila. El hermano pequeño de Soledad ha ido a buscarlos, los ha formado frente a las piedras donde ella duerme y ahora todos van, uno por uno y la besan en los labios. Sus labios saben a sal y ella tiene una media sonrisa.

kusturica3Ese invierno ha sido la fiesta y lo han mandado a la chacra para que pague a unos peones y dirija la cosecha. Tiene que volver esa misma noche porque trabaja los lunes. Ella es la muchacha rubia que ha visto varias veces en casa de los primos. Él le dice que nunca se ha cansado de verla y ella le replica “Es una pena porque a ti ya te van a casar”.  No sirve de nada que él replique que eso no es verdad porque ella ha escuchado la conversación entre su padre y uno de los millonarios de la zona. Ya eso está arreglado. Conversan igual toda la noche, mientras los designados de las mejores familias intentan partir con un hacha el tronco del árbol repleto de regalos, mientras aparecen unas muchachas que nunca había visto antes, niñas que nacieron y crecieron en la ciudad y que solo aparecen una o dos veces en el año en el pueblo para las fiestas patronales. Ha hecho un amigo ese día (“creo que este es el comienzo de una buena y larga amistad”, le dice) y le pide que le recuerde que tiene que volver a la ciudad esa misma noche. Así que el amigo se acerca, le dice que ya se van a ir, cuando él está zapateando con locura y bailando esa música por primera vez en su vida. Le dice adiós a la rubia y promete buscarla en la ciudad.

Está ebrio y sin embargo le parece notable que haya podido subirse a ese auto y cerrar la puerta. El portazo lo desconecta del olor del pueblo a fiesta, del ruido interminable de celebración. Quedarse en silencio en el auto es como haber entrado de pronto a otra dimensión. Cree que ha hecho bien, que su destino era terminar tirado debajo de alguna de las mesas de la fiesta, tal vez después de hacer una tontería en el cuarto de la muchacha nueva con la que ha bailado un lento. Es que después de la algarabía a alguien se le ocurrió poner música romántica y no sabe cómo, con el valor que da el alcohol, tomó la mano de esa chiquilla que los mira a todos como quien mira una serie de fenómenos y espejismos. Apoyó su rostro contra su hombro y el perfume que brotaba de su piel lo hizo olvidarse de la sensación de jolgorio que lo invadía unos minutos antes. Era como ver el mundo inmóvil en la orilla desde un barco que cruza el río, desde un bote que se deja mecer por la correntada. Mirarlos a todos mientras abraza a esa niña, observar a los mortales desde una nube. Cuando se acaba el baile regresa el ruido y las voces, ella se aleja y le vuelve la sensación de ser una nota más del ritmo, de estar medianamente borracho.

Claro que ya no. Él está con su nuevo amigo metido en el auto que va bordeando las chacras oscuras del valle después de cruzar el pueblo negro y vacío, ese fantasma de casas mitad de quincha y mitad de concreto al que todas las almas se le han ido hacia el estadio donde se celebra la fiesta patronal. Él cree que llegará a esa hora a la carretera y encontrará quien lo lleve a la capital durante la madrugada, que amanecerá en su casa y le servirán un desayuno. Hasta que ve la fila de autos. Bajan los choferes a la noche, se juntan en medio de la trocha y se dicen que hay un camión en sentido contrario al que se le ha bajado la llanta, que al chofer lo han llevado al pueblo a arreglarla.

En esas horas en que están apoyados contra el auto escuchando el río y los grillos no falta una cerveza. Alguien pone un casete con chistes en uno de los autos y todos se están riendo allí parados en medio del malpaso, bajo la sombra del cerro tajeado. Él siente el cansancio y se recuesta a dormir en el asiento del copiloto. Cuando despierta ya el cielo tiene color. Se baja del auto y respira la mañana, disfruta de su sabor. Al borde de la trocha hay un precipicio y un río. Ve gente conversando entre los autos, uno de ellos sostiene una botella de cerveza, todos siguen esperando que se abra el camino para seguir viviendo.

Desde el otro lado de la quebrada (tal vez lo sueña porque es un sonido frágil, como la memoria) le parece que el viento le trae el sonido de la música.

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Todos los fotogramas pertenecen al filme “Gato negro gato blanco” (1998), esa maravillosa creación del serbio Emir Kusturica.

El vicio y la conquista del mundo

Las portadas de Vice nunca se han caracterizado por su buen gusto. Tienden a ser chocantes y ofensivas.
Las portadas de Vice nunca se han caracterizado por su buen gusto. Tienden a ser chocantes y ofensivas.

Williamsburg siempre me ha parecido un lugar frío. Al menos, mucho más helado que el Downtown de Brooklyn o el Woodlawn del Bronx. Sospecho que así es porque mis recuerdos son de invierno, de mañanas o tardes en que me sentaba en sus hospitalarios cafés  a renegar del tiempo, o de noches en las que caminaba abrigándome, sobre la nieve, hacia algún club oscuro entre las paredes adornadas de grafitti.

Allí en Williamsburg, encontré Vice por primera vez. Era una revista con carátula de colores chillones, mucha publicidad y unos cuantos artículos casi ininteligibles. Un experimento editorial, gratuito, que yo recogía y consumía con mayor velocidad que el Village Voice.

Esta semana, en un largo artículo en The New Yorker, descubro que aquella publicación ya no es una revistilla sino un conglomerado multimedia con 35 oficinas en el mundo, convenios de distribución y producción con gigantes como YouTube, HBO y Viacom, con reportajes espectaculares, no siempre de muy buen gusto, que van desde la santería y la criminalidad en Caracas o la imposible forma de vida en Corea del Norte , hasta la venta de armas en Florida o las fotos de crímenes violentos publicados por un diario amarillista de la Ciudad de México.

“Una buena noticia es la que puedes contarle a tu mejor amigo, sentado en el bar, mientras se toman un trago”, dice Shan Smith, gerente general de Vice y protagonista de muchos de los reportajes. Smith es un ambicioso hijo de puta, en el buen sentido de la palabra.

El artículo nos cuenta sus inicios en Canadá. Vice empezó en 1994 como una publicación gratuita, aprobada como parte de un programa del gobierno para jóvenes desempleados, destinado a ser una revista que informara sobre la vida cultural de Montreal. Smith y sus socios, pronto convirtieron a Vice en la herramienta para cubrir los tres temas que más amaban: las drogas, el rap y el punk. Al parecer Smith tiene un talento muy especial para olfatear notas de interés y para cerrar negocios de publicidad. Por los años en que mudaron la operación a Williamsburg, ya Smith solía llamar de madrugada desde los teléfonos públicos a gritarle a sus amigos “¡Vamos a ser ricos!”. En 2013, Vice tiene más de un millón de suscriptores a sus páginas web y canales de YouTube y la ambición de convertirse en una cadena de noticias de 24 horas para jóvenes, al mejor estilo de CNN.

En febrero de 2013, Vice hizo noticia. Smith y su equipo fueron recibidos por el líder supremo de Corea del Norte: Kim Jong Un. Al saber que Jong Un era un fanático de los Chicago Bulls y de la NBA (desde sus años de estudios en un internado suizo), Vice organizó un partido de exhibición de los Globetrotters en la capital norcoreana, con un fantástico invitado: Dennis Rodman, ex estrella de los Bulls. Rodman se convirtió en el primer ciudadano de los Estados Unidos en estrecharle la mano a Jong Un y se sentó a su lado durante el juego. Aquella visita fue parte de los preparativos para el lanzamiento de la próxima serie Vice por HBO, según Smith, una de las tantas jugadas maestras en su objetivo de transformar la televisión y convertirse en líder informativo para el segmento joven.

Hace unas horas terminé de ver un documental de Vice sobre SOFEX,  una gran feria de armamento en Jordania, información que no solemos ver en los canales de los Estados Unidos.  El reportaje es muy bueno. Pienso contárselo a mis amigos la próxima vez que nos tomemos unas cervezas.

La pobreza en el Perú

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Ayer, 21 de marzo, en la página editorial del New York Times , Marie Arana escribió un artículo acerca de las desigualdades sociales en el Perú (“The Peru kids left behind by the Boom”). Tal vez resulta ocioso insistir en este tema. Sin embargo, me es imposible evitar la tentación de insistir –machacar, refregar, llámenlo como quieran– sobre el problema más urgente de nuestro país .

Si bien la economía sigue creciendo (“booming”,  escribe Arana) este crecimiento ha beneficiado mayormente a Lima, pues para los 20 millones de peruanos que no son limeños, la falta de oportunidades aún es un problema grave.

¿Vamos a hacer algo para cambiarlo? Me parece que el gran atractivo que tenía la elección de Ollanta Humala, era la posibilidad de que se invirtiera la riqueza en programas de desarrollo a largo plazo, entre la población más vulnerable y en múltiples regiones del país.

En 2008, mi regreso a Perú después de 8 años, la gente de los lugares que visité me hizo notar que cerca de la próspera ciudad del Cuzco o de la floreciente costa piurana, una parte significtiva de la población aún vive en extrema pobreza, no tiene acceso a una buena educación y depende de ingresos mínimos e informales para subsistir.

En la misma Lima, cerca del cerro El Agustino, un tío sacerdote, comprometido en una misión jesuita, me señaló las disparidades entre la Lima floreciente y la gris realidad de sus parrroquianos.

Somos una sociedad injusta, pero la percepción era que avanzábamos para olvidarnos de ella ¿Hemos aprendido la lección?¿La mezcla racial, de la cual nos enorgullecemos, nos solidarizará con quienes aún tienen muy poco, o la vida limeña –con su cada vez más bulliciosa economía, oportunidades de inversión y oferta cultural– nos volverá insensibles a las carencias de quienes viven muy cerca de nuestras casas?

La bonanza económica no durará para siempre. El dinero debería generar desarrollo sostenible. Hoy hay más programas de apoyo social; el gobierno y la empresa privada parecen trabajar en esa dirección. Sólo me preocupa que no se haga lo suficiente, que estemos dejando para después un tema que necesita solucionarse ahora.

Fábula de Lima

Vivo en esta ciudad, rodeado de gente generosa

Vivir con un pie en dos universos distintos, algo que yo he conseguido (no sé muy bien cómo) creo que equivale, forzándolo un poco, al género fantástico. Es una experiencia que requiere reglas nuevas, precisa procesar y aprender nuevas posibilidades de error. El tema se me aproxima porque esta semana dos personas de zonas diferentes de mi vida, ambas radicando en el Perú, me han preguntado si Lima me gusta y si yo podría regresar a vivir en ella.

La respuesta, me parece que bastante aproximada a la verdad, es que Lima me encanta pero prefiero vivir en los Estados Unidos.

Si yo tuviera en Estados Unidos una situación económica estable (digamos un gran trabajo, una familia formada y un grupo numeroso de amigos) esta respuesta tendría bastante lógica. Una lógica basada en las posibilidades de encontrar la felicidad, de superarme profesional y personalmente, etc.

Pero no es mi caso. Si bien mis trabajos me gustan, ambos son tan inestables como los que algún día llegué a tener en Lima. El dinero, lo digo convencido y crédulo, no es una de mis motivaciones principales en la vida. Me parece que en breve podría acomodarme a las condiciones de esta sociedad que me abraza con afecto. Me siento a gusto en estas calles. Tan o más a gusto que en Nueva York, en Peekskill, en el Bronx, o en Brooklyn, los espacios donde me ha tocado sobrevivir la mayor parte de mi vida en los Estados Unidos.

Mi esposa, mi mitad, la persona que me falta cuando viajo solo, como esta vez; ha sido tan bien adoctrinada en los usos de los peruanos, ha concientizado tan bien la enfermiza costumbre de atribuirnos infinitas cualidades atribuibles meramente a nuestra nacionalidad que me imagino que sería capaz (en una eventual mudanza) de acoplarse a Lima. Esta ciudad, cuya desigualdad e inseguridad me espantaban hace muy poco, tal vez merced a mi periódica aproximación, se ha convertido otra vez en la metrópoli asombrosa por la que yo transitaba, sin reclamarme otra, durante mis primeros 28 años.

Y no. No me gustaría vivir otra vez en Lima. No me parece ninguna tragedia aquello de no ser “ni de aquí ni de allá”. Mas bien me parece que  aquella característica, ese igrediente, es el que yo buscaba al partir. De algún modo, aquella cualidad -que muchos considerarían un defecto y una tragedia-se ha vuelto parte importante de mi personalidad.

Esta semana, también me he forzado en dos ocasiones, ante dos amigos diferentes, a reconocer mi egoísmo. Ese reconocimiento, que duele, pero que necesitaba; me pone a distancia de las personas que amo en este país, las que me conmueven cuando converso con ellas, cuando las abrazo o las hago reír: Ellos son tan generosos. Me hacen amar Lima. Sus actitudes me recuerdan esa parte de mí que a veces salta convencida de que se puede ser cariñoso, caluroso, amoroso y sentimental. Yo también, a veces, puedo ser así.

Este fin de año, por primera vez, me podría poner encima una camiseta que dijera Yo amo a Lima. Y subiría a sus omnibuses repletos, manejaría con paciencia observando con curiosidad los rostros congestionados y renegones por el espejo retrovisor. Mantendría mi distancia de los camiones que botan humo negro y me haría un poco de la vista gorda ante las desigualdades que aún nos aquejan. Comería con ganas. Tal vez llegaría al colmo de mantenerme a dieta, en Lima, para verme bien en ella, como parte de su paisaje: un limeño más sin panza entre sus calles.

La generosidad de mi familia y mis amigos son las que me definen. Sin embargo, yo no soy como ellos. Adoro vivir con ellos (¡Quién no!) pero un carácter cerrado, que adora la individualidad y que aún se cree capaz de avanzar por el mundo a solas (un egoísta) se siente más a gusto, creo entenderlo así, en el otro universo, en Nueva York.

La huachaferia según Vargas Llosa


Desde que me mudé al Bronx, he estado pocas veces en Brooklyn. La más interesante de mis escasas visitas, ha sido sin duda la de esta semana a la casa del profesor Joaquín Martínez.

Es la tercera vez que nos reunimos con él y con Camilo y, para variar, ellos hablaron casi todo el tiempo y yo escuché. Ávido, sintiéndome afortunado, como aquél norteamericano con perfecto español que hace unos años se paró de una mesa contigua antes de retirarse, para saludar y lamentarse, pues había estado durante varias horas “disfrutando de la conversación”.

Entre otras cosas, el tema más recurrente fue el de los libros leídos. Como siempre, he hecho una lista de los que me gustaría leer. La reunión anterior fueron The Winter’s Tale , de Shakespeare y Le Planetarium de Sarraute; esta vez han sido El maestro y Margarita de Bulgakov, The History of the Conquest of Mexico de Prescott e Historia de mi vida de Casanova (que ya he empezado).

Joaquín ha terminado de leer el libro de Prescott y parece muy impresionado por el trabajo del norteamericano, quien describe con pelos y señales un país que nunca había visitado, usando gran imaginación y capacidad de síntesis.

Uno de los temas de la conversación, entre muchos otros, fue el de la huachafería. Camilo mencionó un artículo de Vargas Llosa sobre el tema, que hoy he encontrado buscando en Internet: (“¿Un champancito, hermanito?”). Me parece tan feliz, que aquí lo copio. Fíjense en el párrafo final, soberbio; y en su mención a Manuel Scorza (“en Scorza, hasta las comas y los acentos parecen huachafos”).

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.

Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El “indigenismo”, explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el “hispanismo”, explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.

Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un “gran orador” en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias “sociales”. ¿Se puede ser “científico social” o “politólogo” sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.

He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula “de” o la conjunción “y” en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir “pienso de que” y meter diminutivos hasta en la sopa (“¿Te tomas un champancito, hermanito?”) y tratar de “cholo” (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!

– Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983. Derechos Reservados.

A la Mona

A la vera del calavero loco supuse que arreglaría la compuerta pero la supe hecha y deshecha, la quise cobrar y perdió empuje.

No me arredra tanta leprería pues a la misma tanto que la gima y le persiguen con cuentos. Ahora mismo en el teléfono hay dos cuartos menos que en la mañana. No la culpo, tendremos que prestar mas cuidado en la temporada.

A tí a tí te hablo cuquita fresca. Vasito de agua. Sepas que escribo contigo y por ti, que lecturo en tu polito tranquilo. ¡Qué sol! Casi me había olvidado del verano

En fin, que las compuertas no tienen por qué permanecer en su sitio, hay tanta libra en este barrio que si tus ojos quieren, se puede volver a mirar desde una nueva perspectiva. Estoy a veces un poquito harto pero de nada tienes que acusar a la reina.

Entras por sangre santa, casi me he olvidado del número de trenes que tomé para llegar hasta tu puerta. Caminé cortando camino por la vereda del frente y me diste el alcance. Se llega a tu ropero por un camino secreto. Casi palidezco cuando vi como te escondías entre la ropa interior, con cuanta delicadeza contabas los dedos con los que yo te tocaba. Se tiene que lavar las manos, se tiene que lavar los dedos, se tiene que lavar la cara..De eso también estaba un poquito harto. Sin embargo no es tan injusto como perseguir por Comas a la secretaria ¿ Dije Comas? No, Los Olivos.

Baño de piel entre tus soles. Caminamos entre las piedras y nos sentamos a ver el atardecer. Hay vientos que soplan el futuro. El tuyo, se deja soplar muy bien.

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