Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Categoría

Jaquí

La mujer de blanco

Richard Harris, el actor principal en "Viajes de Gulliver", filme de 1977.
Richard Harris, el actor principal en “Viajes de Gulliver”, filme de 1977.

En las calles del pueblo, de noche. No teníamos que alejarnos demasiado. Era terrible pensar que de pronto, entre las matas de los olivos, en alguna acequia estrecha por donde era necesario pasar (o saltar) podía aparecer

La mujer de blanco

Siempre me gustaba recordar los consejos de mi padre: “Témele a los vivos, no a los muertos”. Creo que he aplicado su consejo en muchas ocasiones, optando por el sentido común, derrotando a las suposiciones y a los misterios inexplicables ¿Pero cómo vencer, en la niñez, a esos ojos fijos de tus primos que te narran la terrorífica historia que le ha sucedido a alguno de tus parientes, a uno de aquellos chiquillos que tú conoces, caminando de noche por las carreteras que llevan al pueblo, tropezando de pronto con

La mujer de blanco

Es verdad que después aligerábamos la tensión replicando–a la luz del lamparín de queroseno o de aquellas Petromax con bombilla de tela, que iluminaban como el mejor florescente, los techos de troncos, las paredes de adobe recubiertas de cal– lo que le haríamos, si la viéramos, a la mujer de blanco. Y nos reíamos simulando las proezas (a veces violentas, otras veces eróticas) a que someteríamos a su cuerpo de tela, a esa representación cuyo propósito era ahuyentarnos, impedir que nos aventuremos en los cerros donde probablemente se agazapaban animales y peores destinos que la mesa con luz donde matábamos el tiempo contándonos historias o jugando a las cartas.

No había electricidad ni alumbrado. De eso se trataba la proeza de seguir diciéndonos aventuras de miedo. El sol desaparecía a las 7 y si bien algunos –tal vez mi abuelo desde su cuarto, o algún vecino, sentado en una banca de la plaza– se distraía de la oscuridad jugando con la radio a transistores, escuchando la onda corta que botaba emisiones en japonés, en ruso, en francés corrompido por la estática, el resto era oscuridad y silencio.

Por eso recuerdo tan bien la tarde en que llegó el cine, la polvorienta camioneta con un parlante oxidado amarrado al techo, dándole vueltas a la plaza y anunciando el programa: Los viajes de Gulliver. Ya de noche, caminamos desde la casa hasta el cinema –una sala de pintura descascarada al lado de la iglesia– cargando nuestras sillas y nos pusimos a ver los periplos del enano\gigante\huésped de los yahoos que inventó Jonathan Swift. Mis primos, que sabían demasiado de ese pueblo (yo era de Lima, un turista que sólo visitaba en los veranos) se reían y gritaban desde el techo, donde se echaban para ver la función entre las rendijas, entre los agujeros que ellos mismos le hacían a la quincha.

También recuerdo el circo, con sus payasos vulgares y estrafalarios que nos hacían reír, mientras el pueblo oscurecía y el cementerio –a dos cuadras de la casa– se ocultaba en la sombra de la noche. Ya muy lejos, desde el corral a donde íbamos cuando sentíamos urgencia de usar el baño, se veían las luces del “Casino”, una casita con varias lámparas de queroseno, donde algunos hombres se pasaban la noche al ritmo de apuestas y cuentos subidos de tono.

Mi padre nunca fue al casino. Él era de Lima y pensaba que los del pueblo, los parientes de su mujer, lo iban a esquilmar. Ellos, quizá, pertenecían a ese grupo de vivos a los que había que temerles mucho más que a los muertos.

Fue otra noche, en una tienda, esa que quedaba en una esquina, en la parte de arriba del pueblo, cerca del camal, alguna vez en que mi madre aceptó ir conmigo y mis hermanos a comprarnos un alfajor o unas rosquitas de yema de huevo, cuando escuché de la boca de algún cliente, sentado sobre los costales (en el mismo rincón oscuro donde otras veces escuché rumores sobre ataques terroristas y la inminencia de una toma), de la boca de un peón que saludaba a todos los que ingresaban a la tienda con respeto, que apoyaba la espalda en uno de esos calendarios con dibujos de animales de granja que repartía Nicolini, que algo extraordinario pasaba muy arriba de la quebrada, entre cerros y fundos magnificos de los que yo sólo había oído hablar pero que aún no conocía:

“En San Luis, en la mina abandonada, han descubierto oro”, dijo.

Aquellos fueron los últimos días de la mujer de blanco.

Anuncios

Desde Bella Aurora

DSC02713
Los pocos animales que tenían los siguieron por la quebrada silenciosa mientras el fuego les quemaba la cara y la policía apuntaba los rifles hacia los campesinos, parados como postes contra el cielo enrojecido.

Haberse deshecho de los invasores lo llenaba de júbilo. No importaba si la tarde se había impregnado con el aroma profundo, manchado de kerosene, de los trastos quemados que inundaron el cielo de la quebrada. Tampoco si había visto mujeres y hombres –macizos, manos encallosadas– llorando. Ésos eran los invasores que por años se habían beneficiado de sus campos, de su fértil tierra bordeando el río.

La justicia estaba hecha. Augurto podría empezar esa misma noche a planificar el destino de su propiedad. Llevaría vacas y caballos desde sus haciendas, sembraría olivos y algodón, papas, camotes y caña para destilar cañazo. Augurto, sereno, escuchaba con atención el informe del capitán:

Él y treinta hombres habían enfrentado la violenta resistencia de los campesinos. Habían respondido con perdigones a las pedradas y, sin causar ninguna muerte, se habían abierto camino entre las mujeres y los niños que entorpecieron el desalojo.

El fuego había consumido las chozas desparramadas sobre el fundo Bella Aurora. Los invasores jamás quisieron dar marcha atrás. Creyeron que con hondas y machetes podrían combatir al contingente armado que apareció por la tarde en la quebrada, tras un cansado viaje desde la capital de la provincia, para desalojarlos.

No nos quemes nuestras cosas señor policía: recuerda el capitán. La voz llorosa de aquella mujer que lo insultaba en quechua, que se lanzó a cogerlo del pantalón, de la chaqueta, que intentó morderlo, hasta que la desprendieron a las patadas. Mujer de mierda, vete ya, ya perdieron. Las tierras son de Don Augurto.

Sus pocos animales los siguieron por la quebrada silenciosa, mientras el fuego les quemaba la cara y la policía apuntaba los rifles contra los campesinos vencidos, quietos como postes contra el cielo enrojecido. Detrás de ellos estaba la sombra de los cerros yertos: era el paisaje del infierno.

A pesar de la sequía, de la necesidad y de la guerra que taparon con pobreza y con violencia aquella década maldita, esos invasores le habían sacado provecho a la tierra. Habían cosechado hasta en los rincones de piedras donde Bella Aurora sólo alardeaba de su resequedad.

Las tierras, una vez más, son de usted Don Augurto. Hemos cumplido con nuestro trabajo.

Así es, precisamente capitán: con su trabajo.

Ahí, en ese momento, le cambió la cara.

Siempre has sido un mezquino. Las tropas cansadas pero satisfechas, silenciosas, esperaban en la tolva del camión, las veinte horas de regreso hasta Caravelí. Uno de los peones salió por la puerta de la residencia de Augurto y les empezó a repartir los quesos.

–¿Qué clase de broma es ésta?

–Augurtito ¿por qué has hecho eso? Si les ofreciste 30 soles a cada uno y 200 soles al capitán ¿por qué no pagarles? Augurtito, eso no se hace.

–Sobrino, ellos sólo están cumpliendo con su trabajo.

El sombrero de paja sobre el rostro ancho, sonrojado y mofletudo, los ojos de azul tacaño debajo de dos cejas blancas y bien espesas. La pistola en el cinto, erguido, con las piernas como si estuviera a punto de encaramarse sobre su caballo.  Augurto ya tiene 70 años: el hijodeputa de siempre.

–Mire usted Don Juvenal. Don Augurto nos ofreció 30 soles a cada uno y ¿qué nos ha dado?: un queso. Ni siquiera hemos comido en toda la tarde ¿es eso justo?

Así que Juvenal, que sólo cruzaba el pueblo con sus obligaciones de alcalde, miró a la tropa y le ordenó que enfile para la pollería.  Les iba a invitar pollos a la brasa. Pidan nomás.

Así no es, Augurtito, así no es. Ya sé que es su trabajo, pero tú les has ofrecido

–Gracias sobrino. Pero no te metas. Esos cholos de mierda deberían darse por bien pagados.

Y la tropa se terminó los pollos en el restaurante de Trifina, bromeó con Josefa (la hija menor, que estaba agarrando forma y era coqueta como la madre.

Meses después, Josefa se fugará con un camionero y a éste lo mataría el río (si bien antes tendrían tres hijos,  cada cual más hermoso que el otro. No en Jaquí sino frente al mar, en Lomas).

Esta noche el cielo es negro y sin embargo se puede ver la Cruz del Sur sobre las calles en tinieblas de Jaquí, bajo la sombra encorvada de una palmera espectacular, mientras el camión con la tropa sonriente rebota contra el suelo afirmado de la entrada del pueblo, levanta el polvo frente a los olivares y se va para cruzar Malpaso, pegado a la banda, hacia la pampa de Yauca. Augurto se trepó a su camioneta y se fue a dormir para la chacra.

No pasaron ni dos meses cuando llegó la noticia: docenas de hombres han vuelto a tomar Bella Aurora. Han sorprendido a los peones. El mayor de los hijos de Augurto, el cojudo de Marquitos Javier, juró que regresaba después de la fiesta de octubre y se perdió durante días, en Ica, con una negra que conoció en la kermese.

Quién sabe, tal vez era una puta pagada, en complicidad con los invasores.

Marquitos Javier que persigue a la única mujer con la que se casó su padre, que detiene su caballo frente a ella, en las chacras, para amenazar con quitarle lo que le corresponde y además matarla. Marquitos Javier que siempre deja la hacienda abandonada y a los peones sin dinero ni comida.

Augurto maneja otra vez hasta Nazca para reiniciar la querella. Ese día le empieza la gastritis que lo matará, porque entre el abogado y el juez –que son compadres– le están sacando todo el dinero.

Se aprovechan porque tengo 500 reses en la sierra y buena parte de la quebrada es mía.

Además, Augurto es mujeriego. Su única señora –la que debería de cuidarle las tierras y las espaldas– lo ha abandonado, y ahora se dedica a la iglesia, a prenderle velas a los santos, a conversar con el cura. Porque Augurto, además de tacaño, le pega a sus hembras.

Otra vez le sacaron todo el dinero, pero ahí entró de nuevo a Jaquí, jubiloso, con la segunda orden de desalojo firmada por el juez. Caminó hasta la oficina del teléfono y le ordenó a la muchacha (Isabela, la telefonista) que lo comunicara inmediatamente con Caravelí.

El capitán responde que con mucho gusto Don Augurto, pero hoy no porque las tropas están ocupadas y a él le falta gente. Esta semana no Don Augurto, me va a disculpar Don Augurto.

Te vas joder viejo de mierda porque ni este año ni el próximo, ni nunca conchatumadre.

Hasta que morirás, Augurto.

Y serás velado en una casita que se llevó a pedazos el terremoto. Estarás rodeado por tus nueve mujeres, a quienes tu única señora les servirá el café, mientras ellas se preguntan si te quedará dinero. Y será tu señora quien te pagará un traje y una corbata nueva (porque ya sabe que no te quedó nada)  para que no luzcas tan mezquino como siempre cuando te vayan a enterrar.

Y Bella Aurora, para siempre, será de nosotros.

Sobre la muerte

La pesca de cientos de animales vivos

La necesidad de estrangularlos

La aleta vieja en el plato. No soy Tolstoi, no soy Whitman

Cada vez que pienso en viejo y en comida pienso en ellos

Como si el hambre me generara memoria

Literaria.

En fin, las cosas que pasan hoy

Las añoraba quien plantaba algodón en el monte

En la tarde cuando bajaba el río y sonaba entre las piedras

Con el alma quieta, mirando el agua.

Niño, joven,

Hombre que no sabe a dónde va

Tal vez la paz es demasiada prueba para el poeta:

Se suele pensar mejor

En la turbulencia y el mercado del desorden.

Añoro las voces de la infancia

la tranquilidad con que organizaban otros mi vida

El deseo que se marcaba transparente en la trusa

El globo de oro inquieto, la sangre

Turbia y negra vertiéndose bajo la piel fresca

¿Vejez? Aquí empiezas

Cuando el futuro es una marca de ceniza en el suelo

Una cruz cargada por otros, el peso de tu cuerpo

Temblando por el escaso equilibrio

Porque quienes te entierran

Son tus viejos.

Las estrellas y las olas

silaca

Nos sentamos frente al mar. El cielo era una franja blanca separada de la franja azulísima del mar. La franja azul era como de tela arrugada, con muchas marcas, una al lado de la otra. Por aquella franja blanca iba descendiendo un disco brillante. El reflejo del disco caía sobre el agua y pronto ese disco estaba reflejado por completo en el agua y las olas lo cortaban, avanzando incontenibles hacia la orilla.

Era una tarde fresca y yo acababa de descubrir tus ojos claros, enormes. ¿De qué hablábamos? Quisiera saberlo, pero mis recuerdos son mudos. Nos veo a los dos intercambiando miradas, nos veo descalzos y disforzados, apretados sobre un asiento de concreto, junto a los otros. Por un rato éramos parte del grupo, prestábamos atención a los otros. Ellos también se portaban disforzados, pasando la botella de cerveza y el único vaso; alimentando las horas con conversación banal, esperando a que cayera el sol; que la noche inundara las casas pues el generador no funcionaba y la playa sin él volvía a ser como antes: cuando tú y yo éramos niños y marchábamos por aquí y por allá, entre las piedras; correteando a las lagartijas; esquivando las piedras calientes camino a las pozas, saltando y haciendo equilibrio; sumergiéndonos uno detrás del otro en las pozas de agua helada.

Veo eso en mis recuerdos, pero no escucho nada. Sé que miraba el sol porque lo hacíamos tantas veces, a la misma hora, siempre el mismo grupo de chiquillos, verano tras verano, tarde tras tarde. Sé que era la primera vez que te veía tan grande, porque a esa edad todos solemos dispararnos de pronto hacia la madurez.

Veo ese universo en mis recuerdos y veo la llegada de la noche. Entonces ya éramos sólo tú y yo; y sólo le prestábamos atención a nuestros detalles y a nuestros olores; ésos que aparecen cuando dos cuerpos adolescentes están más cerca el uno del otro, cuando las manos comienzan a tocarse y de repente nuestros labios.

Yo estaba entrando a la plaza y llegaba la camioneta con ella. Era de día. Julián, Ramiro y yo regresábamos del mar, yo cargaba dos costalillos de lapas. Mi tía Cecilia estaba de copilota y el tío Alejandro manejaba. Ella iba en el asiento de atrás, pegada a la ventanilla, con el cabello largo y rubio.

Todos me conocen. Saben que yo estoy solo en la playa porque mis padres… Bueno, a mis padres todos los conocen y saben de mis hermanos también. Y si bien a mí no me importa, también saben que uno de ellos está en la cárcel por romperle la cabeza a un jaquino en una pelea. Tal vez también me pongan otros apodos porque saben, o empiezan a darse cuenta, que yo no hago lo mismo que sus hijos hacen. No me extrañaría si a mis espaldas mis tíos me llaman “fumón”; o les piden a sus hijas que presten más atención cuando estén conmigo. Me siguen tratando igual, hasta donde yo puedo percibir.

La tía Cecilia me vio con los costalillos. Acababan de llegar de Lima. Ella dijo que me acercara y nos dimos un gran abrazo; salió mi prima de la camioneta, a ella sí no la veía hace unos tres años. El tío saludó pero sin ser tan efusivo. Siempre ha sido así el tío, lacónico y poco expresivo; pero nadie me puede culpar por sospechar de él. Creo que se portó así, medio distante, porque le han contado. De todos modos, nos dimos un abrazo y les dije que podía sacar más lapas la mañana siguiente, si querían, porque mis costalillos ya tenían dueña.

La tía Amparo iba a hacerme un picante de lapas, porque la tía Amparo está con la cadera mala, se cayó de la yegua en el cerco. Cocina rico y si yo le llevo lapas, mi tía me prepara un picante y sopa y al día siguiente puedo ir a tomar desayuno y la tía no me mira de ningún modo diferente, creo que es porque sabe que su nieto también…que los dos somos muy amigos. En fin. Mi tía Amparo ha tirado un colchón en el asiento de cemento, frente al mar. Allí puedo dormir, al fresco. Allí puedo sentarme a jugar cartas. La he invitado a mi primita para que vaya más tarde, cuando termine de instalarse en la casa: Carmen.

Carmen. Carmen. Carmen. Tengo que memorizarme su nombre porque me ha gustado cómo me miró. Allá en Lima ella sigue de novia con Juanillo, pero Juanillo nunca viene a la playa (a veces, tal vez para la yunza).  Carmen podría ir conmigo a la yunza este verano. Y esta tarde, cuando baje el sol, nos sentamos todos los primos afuera de la casa de la tía Amparo a conversar, a jugar cartas. No dije “a tomar” porque el tío estaba demasiado cerca, pero ya lo saben igual. Allá te espero, dije.  Y Carmencita sonrió y la tía Cecilia dijo “yo la mando”.

Me gusta venir a pescar. No me importa la manejada: 7 horas. Lo hago sin pensar. Salgo de la oficina el viernes, meto ropa para el fin de semana, mis cosas de pescar; en la noche –solo, con mi hermano, o con algunos de  mis primos, si quieren ir–manejo de corrido hasta la playa.

Sólo paro un poco antes de Ica. Hay un quiosco donde se detienen todos los camioneros. Me tomo un buen caldo de gallina y llego a la playa al amanecer. Me gusta llegar bien de mañana porque el olor del mar entra en mis poros. El camino de bajada a la playa no es bueno; si estoy solo, prefiero bajar a mirar. A veces está lleno de grietas, sobre todo al principio de la temporada; después le pasan la cuchilla y para febrero está mucho mejor y puedo bajar sin pararme; a veces incluso a velocidad.

A mi novia no le gusta venir. Ella casi no toma y le molesta verme tomando. También le gusta pescar; y yo le he dicho que así siempre ha sido y que nunca me ha visto borracho. No entiende. Ella ha crecido en Lima pero también tiene familia en Paramonga y dice que allá chupan pero no tanto como acá. Se van a la playa, tampoco hay electricidad, tienen casitas al lado del mar; pero que cuando se apaga la luz no se quedan tomando hasta el día siguiente.

Su papá es un borracho y ella tiene miedo que yo sea igual que él. Las peores bombas han sido con su padre. Las únicas veces en que he regresado a casa a vomitar bilis han sido con él. Mi suegro es un fuera de serie pero toma demasiado. “No tomo como él, mi amor”, yo le digo. Ella no puede distinguir las cantidades ni entender la diferencia entre esas borracheras y esta manera tan ligera de tomar: acá en la playa compartimos la botella y el vaso; mis primos casi no tienen dinero y siempre soy yo el que pone la cajita el sábado en la noche. “Es el único día que tomo mi amor. Ese es todo mi vacilón”, le digo; pero ella no entiende.

Yo voy el fin de semana a la playa, sólo a pescar. El sábado duermo un rato en la casa de la tía Mirabel, a veces toda la mañana; almuerzo algo ligero y me voy de pesca. Eso me aloca: la pesca trepado en las peñas, lanzando el cordel a las olas, viendo el mar que revienta contra las rocas; el mar azul que me calma, que me hace sentir que la vida vale la pena.

Espero morir después de haber vivido todos mis veranos entre estas rocas. Quiero, si es posible, pescar hasta el último día de mi vida. Morir regresando de pescar, con mi cuerpo todavía oliendo a mar.

Esta noche no ha sido distinta de las otras. Mis primos son muy divertidos, son todos menores que yo, ninguno carga mucha plata y todos me gorrean. A mí me gusta invitarles la caja de cerveza. Me hace sentir muy bien. Al Peto que tiene sus padres pero como si no los tuviera; al primo Carlos que viene desde Lima y que casi nunca veo porque va muy poco al pueblo y éste es el primer verano en que viene todos los fines de semana; al primo Ramiro, siempre tan calladito.

Hoy lo he visto a Ramiro un poco alterado porque se apareció la primita, la hija de la tía Cecilia que está muy linda. Tiene los mismos ojos de la tía y su cabello es rubio, medio rojo como son muchas de las primas Guardia; y la chiquilla es muy coqueta. El pobre Ramiro no sabe ni cómo conversarle. Le temblaba la mano cuando tenía que pasarle el vaso y la botella, porque él estaba parado al final del asiento y ella estaba al otro lado y Ramiro tenía que darse toda la vuelta para llegar hasta ella; y yo podía ver cómo se ponía nervioso Ramiro cuando ella le coqueteaba al recibir la botella y el vaso.

Mala suerte para Ramiro. Ahí estaban los otros dos pegados a Carmen como lapas. El primo Carlos que la vio desde que se acercaba y de frente se sentó al lado de ella y empezó a conversarle; y eso le gustó a la chiquilla. El Peto se fregó porque él también estaba dando vueltas y conversándole; pero desde que Carlos se sentó a su lado, Carmen sólo le hablaba a él. A Ramiro eso lo tenía medio celoso, pero qué vamos a hacer. Lástima que sea la única chiquilla de su edad en la playa, porque también están las hijas del potón Carmelo pero ésas vienen recién en febrero para la yunza.

Y poco a poco se fue toda la luz y nosotros seguimos tomando hasta que se acabó la caja. Y no sé si fue mi idea, yo creo que escuché que pasaba algo entre ellos, pero es imposible ver nada cuando se va la luz en la playa. Es imposible. De todos modos ya estaba pensando en irme a dormir; para ir a pescar temprano, que es lo que me gusta hacer los domingos, antes de empezar, otra vez, la manejada para Lima.

De noche todo se inunda de estrellas. Carmen nunca había tenido 16 años en la playa y yo nunca había estado con una chica de ojos tan claros como los de Carmen.

Nos besamos. Estábamos aún pegados uno al otro y a mi lado estaba el primo Julián y al lado de ella estaba parado el Peto que seguía hablando de la fiesta de la yunza. De vez en cuando escuchaba que el primo Ramiro se paraba y venía por el otro lado y le alcanzaba a ella el vaso. Mientras se lo terminaba, ella me besaba.

No puedo escuchar nada, mis memorias siguen siendo mudas. Puedo ver a Carmen, que en la oscuridad dirigía mis manos hacia su cuerpo y, levantándose la blusa, me ofrecía que la bese y yo la besaba. Mi lengua estaba caliente pero más caliente era la piel de Carmen. Ramiro se fue primero y Julián siguió. También se fueron los dos chiquillos García y al final se fue Peto, que hablaba hasta por las orejas. También se despidió y me alcanzó su mano de dedos nudosos en la oscuridad; se la apreté y me dijo “Adiós primo”.

Ofrecí acompañarla a su casa y, en el silencio de la playa, ella me dijo que estaba con Juanillo; que también era nuestro primo; pero como su madre se había casado en Lima con un piurano ya no eran tan primos como ella y yo.

¿Nosotros somos primos? Bueno, tu mamá y mi mamá son primas en segundo grado. En realidad el parentesco venía por el lado de los abuelos. En la época de los abuelos, el mundo de la playa era mucho más limitado que hoy. Eran sólo cuatro familias las que venían a pasar la temporada, desde la Navidad hasta marzo. Las cuatro familias tendían a mezclarse entre ellas. “Nosotros vivimos en Lima. Somos distintos”.

Las estrellas estaban salpicadas en la oscuridad, como granos de sol. No alumbraban; sus destellos alcanzaban apenas para darnos ánimos o para enseñarnos que cada momento que vivíamos era como ellas. Eran estrellas íntimas, pequeñas.

Esos momentos siguen allí en nuestra memoria.  Miramos al pasado y los vemos: desparramados como estrellas. Siguen vívidos, coloridos y silenciosos; con su pequeña luz propia; aún hermosos.

(Este cuento ha sido publicado en diciembre del año 2012 por la revista SUBURBANO de Miami)

La amargura

Juani amaba a Perséfone. En las horas muertas de la tarde, cuando terminaba de recoger las frutas maduras y de pasear a caballo, vigilante entre las matas de aquella tierra que le pertenecía a su familia; Juani imaginaba a Perséfone con él. Su padre se la había llevado a Lima a la fuerza, con el cuento de que tenía que estudiar.

La discusión empezó en la casa de ella. El tio Jesús llegó de la chacra y empezó a decirle que se tenía que ir a Lima en dos meses, que ya había conversado todo con la tía Olivia, que tenía un cuarto para ella y hasta se podía llevar el auto porque con el crimen que había en Lima era necesario. “Ya eres una mujercita, necesitas ponerte formal” le dijo el tío Jesús, que curó las quejas de su hija con una cachetada. Fue tan fuerte que Juani, sentado a su lado sobre el sillón de la sala,  tembló como si se la hubieran dado a él. “No me discutas, Persi”, dijo el tío Jesús, y se fue para la bodega a verle el agua a sus aceitunas.

Al día siguiente y durante las semanas que siguieron, trataron de olvidarse del tema e hicieron su vida normal. Juani la esperaba a la salida del colegio, la acompañaba hasta su casa, almorzaba con ella y con su tía, regresaban a la casa de Juani y si no había nadie (casi nunca había nadie en casa de Juani) se encerraban en el dormitorio. Una de esas tardes, más caliente de lo normal, a Juani se le antojó que se lo quería hacer por atrás y Persi se dejó. Se quejó por un instante del dolor, pero al final fue como si lo hubieran hecho siempre; y se quedaron empapados de sudor, abrazados, él encima de ella. Luego se sentaron en la sala a ver una película de la tele. Después caminaron hacia el río. Juani le enseñó como domaba a uno de los caballos de su padre que se estaba portando chúcaro. Cuando la tarde enfrió, se fueron para la casa de Persi. Sentados en la mesa del comedor, la tía Rosa y sus cuatro hijas–Perséfone era la mayor–jugaron a las barajas hasta muy tarde. Como otras tantas noches, el tío Jesús nunca llegó a dormir.

Una de aquellas tardes, a Juani le trajeron del correo una postal de su hermano Damián, que vivía en Los Angeles. Él y su novia gringa le mandaban una postal de un viaje de vacaciones (la postal venía desde la ciudad de Vancouver). “Te extraño hermanito” escribía él detrás de la foto, antes de firmarla: Lauren y Damián .

Siempre que le llegaban noticias de su hermano, Juani se ponía de mal humor. Perséfone sabía que le tocaba estar atenta. A la primera ocasión le gustaba soltar cosas como “Me voy a ir a vivir a California”. Sin embargo esta vez–quizá porque Perséfone se iba y aquella amargura dolía tanto que le cerraba la boca–no dijo nada. La postal se quedó olvidada en la cocina. Miraron televisión en la sala hasta pasada la medianoche, cuando Perséfone se despidió y se fue. Desde la puerta, Juani la vio cruzar la plaza.

Al día siguiente, muy temprano, le vinieron a dar la mala noticia: El tío Jesús había esperado a Perséfone, sin decirle nada la arrastró hasta su camioneta y se la llevó a Lima.

–Son siete horas, ya debe estar allá.

Juani nunca recordaba si fue él quien hizo el comentario acerca de las horas del viaje y la probabilidad de Perséfone llegando a Lima, a la nueva vida que su padre le ofrecía. De todos modos, aquella mañana en que Juani intentaba hacer su vida normal, miró una y otra vez las calles de Jaquí y sólo vio lo que siempre había en aquellas calles: polvo. Y le llegaba con claridad, la sensación que acompañaba aquella vista: sentía que se convertía en una especie de bicho, sin alas, un insecto que se arrastraba sobre el polvo, atrapado por aquél paisaje desierto que lo descorazonaba.

Importancia del coronel Aureliano Buendia


Foto del abuelo Ulises García y de sus amigos galleros, en Jaquí, Arequipa, alrededor de 1930.

“Continuando hacia el sur, después de pasar grandes zonas de grama e islotes con lobos marinos y aves guaneras está el balneario de Silaca. Este, es poblado en verano, ancestralmente, por una familia de Jaqui (25 kilómetros tierra adentro).
El balneario de Silaca tiene el aspecto de un pueblo serrano en medio de ruinas y andenería. Allí las pozas tienen nombres como: Los Hombres, Las Sirenas, Las Viejas,Desembarcadero, de Piero, Los Curcos o Jorobados, de La Cruz, Los Compadres, Brujillos, Vladimir y Los Pajaritos. Entre Los Compadres y Brujillos está la punta guanera de Puerto Viejo, el Islote de Lobería, la quebrada e islote de Santa Rosa y la ensenada de Ocopa.”

A mi abuelo también le picaba la bola de carne que le creció en la frente. De repente miró el cielo y, escuchando el eco en las piedras del monte, murmuró: Se murió el compadre.

A veces se acercaba de noche hasta el final del corral, se sentaba a fumar un cigarrillo sobre una piedra enorme, y veía a su padre vestido de blanco bajo las ramas del granado.

A mi abuelo no le gustaba ver a los muertos, así se tratase de sus antepasados, así que regresaba hacia su habitación y se echaba a esperar el sueño leyendo el último número de su suscripción de Selecciones.

A mi abuela le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro que no le permitía ni siquiera levantarse de la cama. Su hijo viajó hasta la casa de un curandero en las montañas de Huancayo, para que el curandero–que trabajaba asociado con el espíritu de un médico famoso– le preguntara el nombre de mi abuela y le dijera que vaya tranquilo porque ella ya se había sanado

(Miles de kilómetros hacia el sur-oeste, en Anqui, la hacienda de mis abuelos en Arequipa, mi abuela se levantó de su cama después de varios meses, como si nada hubiera pasado, y volvió a la rutina de administrar la casa-hacienda.)

A mi tía abuela, la que se murió antes de los cuarenta años, la vieron sentarse en un pozo de Silaca, a conversar con las sirenas. Una de ellas le regaló un anillo mágico que desapareció misteriosamente.

Mi madre subió un día a la azotea de su casa en el pueblo de Jaquí, a más de 20 kilómetros del Oceáno Pacífico, y vio al pueblo navegando enmedio del mar.

Yo vi a mi abuela nombrar a las cosas desde el baño mientras lentamente amarraba el cabello gris con su peineta. Yo vi a mi abuelo tomando sol bajo las buganvillas del parque de Jaquí y a mis primos castigados por comerse un fabuloso pedazo de carne, sujetado por un gancho al techo del patio.

Vi mujeres calatas en blanco y negro y a oscuras, arrodillado frente a una vieja revista escondida debajo de un colchón del cuarto, al lado del fogón de la casa.

Leí una historia parecida a la de mi familia bajo el tronco de un olivo mientras los peones robaban todo lo que podían.

Besé a una prima de labios gruesos entre la ropa tendida en la casa de Silaca.

Acompañé a mi abuela a tomar baños de a sopapos, sentada en el agua brevísima del pozo de las viejas. Saqué muchas lisas y borrachos con mi hermano, lanzando un cordel con baterías de carro como plomada y anzuelo para tiburones, desde la piedra más alta del Desembarcadero.

Me lancé al mar de cabeza desde lo alto de La Lobería y nadé entre los lobos de mar alrededor de las piedras donde mi tía abuela recibió el anillo de las sirenas.

Escuché las historias de las caravanas de mulas, cargadas de vino y de alimentos, sobre las que mis abuelos cruzaban los cerros, durante largas jornadas, emborrachándose para ir a veranear.

Recuerdo aún la casa de portones desvencijados y descascarados muros de adobe, donde entró la diligencia que llevaba a la Guerra del Pacífico al coronel Márquez, con un cargamento de dinamita desde Lima, que nunca llegaría a tiempo para la batalla de Arica porque las abuelas lo obligaron a quedarse para la hora del té.

Yo vi a la tía abuela Adela, entre los restos de la casona colonial, entre los fierros retorcidos y los desperdicios regados, en un patio donde sus sirvientes y ella salían a cagar.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: