Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Categoría

García Márquez

Las palabras soeces

palabrotas

No sé por qué me cuesta usar palabras fuertes cuando escribo.

Creo que le debo ese desapego por las lisuras a mi padre, a quien incluso en los peores colerones, las palabrotas se le transformaban en nombres de minas mitológicas como Chuquicamata, sus carajos terminaban convertidos en tímidos carachos, y las mentadas de madre en delgados puñales.

Es verdad que cuando se abusa del lenguaje soez, pierde su impacto. Un caso: si el famoso coronel a quien nadie le escribía no se hubiera mantenido en sacrificado silencio durante toda la novela, la palabra Mierda no hubiese acumulado el titánico poder que aún conserva cuando el personaje de García Márquez la suelta–espléndida e invencible–en la última oración del libro.

No tengo el mismo problema cuando tengo que describir la anatomía humana. Me resulta sencillo hablar de situaciones íntimas, de nalgas y genitales y (evitando ser vulgar) de las diferentes variantes del sexo. Sin embargo, cuando se trata de lisuras (tacos, le llaman los españoles) me sorprendo a mí mismo –si es que los llegué a colocar– eliminándolos después de la primera lectura, casi con la misma diligencia con que me agrada deshacerme de los adverbios.

Pocas veces sucede que los insultos se quedan en la página,  resistiéndose una y otra vez a las revisiones. Aquella es la mejor prueba que necesito para saber que son indispensables. Me convence que  los personajes que he creado necesitan decirlos, que ya no poseen la extraordinaria voluntad de mi padre para cambiarlos en el último segundo.

Entonces salen de los personajes como un vómito y suelo mirarlos satisfecho, complacido.

Los discursos de Gabo

ImageLos textos de Gabriel García Márquez siempre me han parecido dotados de una música especial. Es un sonido que trae a la experiencia de la lectura una belleza adicional, que se suma al placer de la aventura, la ficción o la anécdota.

Mi experiencia con Cien años de soledad fue tan diferente a la de otras experiencias de lectura (tuve la sensación de haber presenciado un milagro al terminar la última página) que siempre adjudiqué mi asombro de lector a mi ignorancia y a mi juventud. No podía creer que mis memorias hubieran sido otra cosa que la inocencia de quien nunca había visto antes aquellos trucos de magia.

Hasta que –15 años después, con estudios de literatura de por medio– cogí una tarde Cien años de soledad de un librero, en mi departamentito de Brooklyn, empecé a leerlo y no pude soltarlo. La música del libro era demasiado buena.

Algo similar me ha pasado con el libro de discursos de Gabriel García Márquez. Lo he tomado de un librero en un Barnes and Noble sin esperar nada (una reciente lectura de algunas páginas de Vivir para contarla me hizo saber que a veces Gabo también escribe muy mal), lo he empezado a hojear, algo curado de mi admiración, y he terminado leyéndolo feliz, gozando con el talento de GGM para crear aquella poesía (esa música feliz) incluso en líneas que están pensandas para decirse en público. El escritor tiene una destreza poco común para escoger las palabras correctas y una dedicación de artesano para combinarlas y decir algo bello, de un modo bello.

Disfruté mucho con aquellos textos en que ventila su admiración por Faulkner y aquél pequeño discurso improvisado en la fiesta posterior al Nobel, en Estocolmo, donde reclama, citando a otro, que la capacidad poética es lo que nos convierte en seres humanos.

Además, ahora que el Alzheimer ya lo ha reclamado; su imagen pública, que ha sido tan deformada por su acercamiento sin condiciones a la dictadura cubana, podría mejorar –al menos un poco– si los lectores leyeran estos discursos donde García Márquez establece sus credos sociales, su compromiso, y marca distancia de modelos económicos que no considera –errado o no– útiles para la realidad latinoamericana.

Macondo and vampires

Macondo, a painting by Graham Brown

Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las tinieblas.

Cien años de soledad, Gabo.

Macondo is a small hamlet in the middle of the Colombian Caribe. In the 60s Gabriel García Márquez put Macondo on the  map thanks to a splendid novel: Hundred Years of Solitude. The Americans got to hear for the first time about Macondo when Shakira mentioned it in one of her songs. To say the truth, most of the Hispanics in the US knew about the existence of Macondo just  because of a character in the soap opera El Cartel de los Sapos who always talked–with some contempt– about “the fucking people from Macondo“.

In Macondo, and this is something almost unknown, live the last Colombian vampire. Also the last zombie. They never get together nor talk to each other because some complication of their families, a long dispute of more than a hundred years over a bunch of banana trees. The family of the zombi had the trees over the old canal (the acequia) and the family of the vampire claimed that even if the tree belonged to the zombies, the bananas were growing over their land and were theirs. They had a couple of mini wars and a zombi almost got killed. After a last bloody incident the two families grew very distanced from each other. That was the reason why there was never in that town a kind of odd alliance between vampires and zombies like in other towns in the Caribbean Sea.

[A small tribute to Gabo, the greatest old fart. On his 80th Birthday.]

Discusiones. After reading Inner Workings by J.M. Coetzee

Gabriela Mistral, poeta ganadora del Nobel en 1945.

-Es una barbaridad que Chile tenga DOS premios Nobel de literatura y Argentina no tenga ninguno.
-Y Colombia tiene uno.
-Pero Colombia siempre ha tenido buena literatura. Y García Márquez se lo merecía.
-Pero el único escritor bueno después del Boom es Bolaño.
-Creo que estás hablando estupideces
-Eso es bastante discutible.
-¿Quién lee ahora a Gabriela Mistral?
-Creo que en Chile hay gente que la lee
-Sí, pero no vas comparar a la Mistral con la influencia de Borges y su trascendencia en la literatura mundial
-Y muchos escritores sudamericanos dicen haber sido influenciados por Vargas Llosa
-Lo que habla mucho de la pobreza de la literatura en Sudamérica
-Estaba leyendo el libro de ensayos de Coetzee, Inner Workings. Ni una mención a Vargas Llosa. No cuenta para la literatura anglosajona. Sin embargo tiene un buen ensayo sobre las influencias en la literatura de Garcia Márquez. Y su deuda a Faulkner.
-Faulkner era alcohólico.
-De eso habla también Coetzee. Era muy tímido y rehuía a la prensa. Nunca terminó la universidad y rehuyó siempre la enseñanza. Hasta que lo convencieron ya de viejo. Le gustó y fue profesor vitalicio de una universidad del sur de EEUU. Parece que ese ingreso fue el único que le permitió no morir en la pobreza absoluta.
-Además fue un escritor de guiones mediocre. En Hollywood nadie quería sus guiones
-Pero era muy respetado como intelectual.
-Bueno. La cosa era que influyó mucho en García Márquez.
-Igual que Sófocles. En el ensayo sobre Gabo, Coetzee menciona que La Mala Hora era la version colombiana de Antígona. Al parecer García Márquez lo escribió sin darse cuenta, se lo dió a un amigo para que lo lea y este le hizo notar el parecido. Por eso le incluyó un epígrafe de Antígona.
-A lo que iba: es una barbaridad que Chile tenga DOS premios Nobel de literatura y Argentina tenga ninguno.
-Ya córtala. No tenemos la culpa que Borges sea un pésimo político. Tú sabes que todo es política en el Nobel. Creo además que lo que dices es pura envidia
-Porque Perú no tiene ningún premio Nobel tampoco
-Que conste que no lo dije yo
-No es eso. Tampoco lo va a tener, los peruanos piensan que Vargas Llosa es el único escritor de talla que existe. La verdad hay decenas de escritores que merecen el Nobel. Y a Vargas Llosa en gran parte del mundo nadie lo conoce. Al menos para el mundo anglosajón Vargas Llosa casi ni existe. O es uno más de los buenos escritores contemporáneos.
-Creo que allí se te va la mano. No le restes méritos.
-No le resto compadre. La ciudad y los perros es una de las mejores novelas que he leído
-Para mí la mejor es La guerra del fin del mundo
-Pero esas novelas no son mérito suficiente para ganar el Nobel
-Pero además tiene un montón de ensayos, algunos muy buenos
-Los relacionados con la literatura son buenos. Los de política son bastante discutibles
-Muy difícil que le den el Nobel a un escritor de derecha
-Pero de todos modos si hay alguien en Sudamérica que se merece el Nobel es Vargas Lllosa
-Y Nicanor Parra
-¿Quién? No jodas. Fuera de Chile a Parra nadie lo conoce
-Habla por tí. Yo sé mucha gente que lo lee en inglés. Más que a Vargas Llosa
-Ya sería la gran concha que le den el Nobel a Parra y no a Vargas Llosa
-Y que Chile tenga TRES Nobel y Argentina ninguno
-La vida ni el Nobel son justos. Sino los tres estaríamos en la playa y no en este cuchitril de mala muerte y Pound hubiera ganado el Nobel.
-Ahí otra injusticia ¿Cómo le vas a dar el Nobel a T.S Eliot y no a Pound?
-Oye, ya me aburrieron, me largo. Hasta mañana
-Lo que pasa es que no te gusta discutir de literatura

WHAT’s NeXT? 25 WRITERS, 50 YEARS FROM NOW


La editorial Casanova (Darkover, USA) encargará a algunos de los 25 mejores escritores del planeta, que escriban una novela basada en un mundo ficticio, 50 años en el futuro. La editorial pretende publicar estos libros empezando en enero del 2010 y publicando 2 autores por mes hasta finales de diciembre donde publicarará los dos autores del mes y un libro especial -al parecer un escritor sorpresa y una colección de cuentos de todos los autores seleccionados– el 31 de diciembre del 2010 con la cual cerraría la primera década del siglo XXI

La editorial, pretende poner a trabajar a estas 25 mentes, en crear un mundo que reflejaría el universo del futuro y los problemas que los seres humanos tendremos que afrontar en..2060. Su objetivo es crear conciencia, a través de la literatura, de las distorsiones que se están produciendo por factores ambientales, políticos y tecnológicos. Ninguno de los autores seleccionados pertenece al género de ciencia ficción.

Darkover ha dejado entrever que entre los elegidos estarían cuatro escritores en lengua castellana: Vargas Llosa, García Márquez, Muñoz Molina e Iwasaki.

Difícil de creer que de esa lista(no oficial) de cuatro escritores, dos sean peruanos (si bien viven hace muchos años en España). Tal vez ellos podrán imaginar un mundo donde no quede ninguna duda de que el pisco es peruano.

Otros escritores que estarian incluidos en la lista son: Salman Rushdie, Haruki Murakami, J.M. Coetzee, José Saramago, Tony Morrison, V.S. Naipaul, Zadie Smith, Umberto Eco, Arundhati Roy y Gunter Grass.

El mito del eterno Macondo


En el galeón español regresan de los Estados Unidos los inmigrantes asustados. Se fueron agarrándose a su última esperanza, pero ahora regresan absolutamente desesperanzados a terminar su vejez.

Sin embargo el destino, que va en círculos, les tenía preparada una última sorpresa. Cuando el capitán del galeón, un marsellés de mal carácter, intentaba ganar una atajo para desembarcar la carga en el Perú rapidito y seguir viaje hacia las minas del sur, se le atracaron los mástiles en una maraña de lianas y vegetación salvaje.

Al bajar del barco para comprobar la magnitud de los daños, los marineros se encontraron con una turba de inmigrantes hambrientos y haraposos que habían partido 2 años antes, huyendo de los fantasmas y los gallos de pelea, en busca del camino del mar.

Pero el mar no estaba por ningún lado. Lo único que quedaba de todo el desastre era el velamen del destrozado galeón y un montón de jaulas vacías con las que los maquinistas coreanos, en complicidad con el capitán, querían hacerse un sencillito extra a su regreso a los Estados Unidos, capturando loros en peligro de extinción y monos tití.

Todo lo demás era espacio y silencio, que sería llenado de mineral una vez que el barco anclara en las costas doradas del sur.

Como el marsellés ni los coreanos parecían saber en lo que se habían metido, los dos peruanos, con ayuda de los más forzudos de los haraposos aventureros, se hicieron del dominio del galeón y procedieron al reparto equitativo de los víveres y de las gaseosas.

Cuando no quedó más que repartir, los peruanos y los aventureros– todos hombres honrados de la costa de Barranquilla–(¡ve tu a saber como terminaron los coreanos y el marsellés metiéndo al galeón por el Caribe!) decidieron seguir por una trocha misteriosa entre la ciénaga, donde creyeron que se pudo haber escondido el mar.

A los pocos días llegaron a un terreno que les pareció propicio y uno de los peruanos, que tenía sueño fácil, despertó sudando y gritando que había visto la imagen de un cóndor gigante cargando entre sus garras dos carneros dorados bañados en sangre.

El líder de los barranquilleros, que parecía tener talento para descifrar los sueños y que además parecía haberle cogido afecto a los peruanos, les dijo a los otros “Hasta aquí nomás llegamos. Acá se funda la ciudad”.

Sin embargo no aceptó el nombre que, según el peruano, le había gritado el cóndor mientras él dormía: Resinacocha.

El líder de los colombianos ya tenía el nombre pensado desde hace bastante tiempo y hasta parece que había escrito un par de cuentos acerca de una ciudad con ese nombre.

Hincó un huesito de pollo en la ciénaga y allí volvió a fundar Macondo.

(Escrito en Austin, Texas. January 31st, 2007)

Macondo sagrado y profano

Este es el texto que presentaré en la conferencia de ILASSA (Latin American Studies) en la Universidad de Texas en Austin, el próximo 1 de febrero. El texto ha sido revisado dos veces, pero es probable que haya algún otro tipo de revisión. El 2007 no sólo se cumplen 40 años de la publicación de Cien años de soledad sino también el centenario del nacimiento de Mircea Eliade, erudito rumano que dedicó toda su vida al estudio del comportamiento religioso del ser humano y medios de contacto con lo religioso o lo sobrenatural como el shamanismo o el yoga. Actualmente Francis Ford Coppola está terminando la pre-producción de su última película, inspirada en un cuento de Eliade y La Real Academia española está por lanzar una edición especial para celebrar los 40 años de Cien años de soledad.

Macondo sagrado y profano. Presencia del pensamiento antropológico de Mircea Eliade en el mundo de Cien años de soledad.

Por Ulises Gonzales

En el mundo de Cien años de soledad conviven dos tiempos. Uno es el tiempo histórico y el otro el tiempo mítico o tiempo sagrado, como prefiere llamarlo Mircea Eliade. Este se opone al tiempo moderno, o profano. Jacques Joset, en el prólogo a la edición de Cátedra, manifiesta que “el tema básico de la obra es el enfrentamiento del tiempo cíclico, el de los grandes mitos (…) y la cronología histórica” 1. Me voy a ceñir al estudio del tiempo mítico de Cien años de soledad. Si bien esto ya se ha hecho, el análisis que hoy propongo se concentra estrictamente en el uso de los conceptos de Eliade, trabajados tanto en El mito del eterno retorno2 como en Lo sagrado y lo profano 3.

Realizo este análisis con la intención de explicarme a mí mismo, pero con la expectativa de que mi análisis beneficie a otros, los muchos puntos de contacto que he encontrado entre la novela de García Márquez y los estudios de Eliade.

Un empujón adicional para esta lectura de Cien años de soledad a través de la mirada de Eliade, fueron estas palabras de Barthes en Crítica y verdad: “una obra es eterna, no porque imponga un sentido único a hombres diferentes, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre unico” 4 La lectura de Cien años de soledad, a través de los conceptos antropológicos de Eliade, creo que arroja un enriquecedor nuevo sentido a esta novela, y nos permite entender mejor, por qué 40 años después de haber sido escrita, ella sigue gozando de un valor y de una fuerza extraordinaria.

Este trabajo también es un homenaje en el sentido inverso. Es decir, utilizo la obra maestra de la literatura latinoamericana del siglo XX, para demostrar el tremendo valor de los conceptos antropológicas de Eliade, el erudito que más estudió las relaciones entre el ser humano, el universo religioso y el mundo sobrenatural. Es una grata coincidencia, que sea precisamente en el año que marca el primer centenario de su nacimiento.

Para definir muchos de los conceptos que utiliza Eliade en sus teorías, utilizaré pasajes de Cien años de soledad.

Uno de los conceptos más importantes para Eliade es el concepto de mito. Eliade define al mito como una historia sagrada, que sucedió al principio del tiempo y que el hombre religioso está interesado en repetir porque lo acerca a ese momento primordial. Este concepto es muy importante en una novela en la cual las repeticiones se suceden una tras otra.

La permanente repetición de aventuras, de símbolos, e incluso de los nombres de los personajes nos remite siempre al tiempo mitológico. Así Macondo, antes de la violenta irrupción del tiempo histórico es una especie de Paraíso donde “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”5

Es igual de importante la definición de Eliade del concepto de tiempo cíclico. Eliade dice que los hombres renuevan el tiempo por medio de rituales. El tiempo es “una sucesión de eternidades” que se producen una y otra vez por medio de estos rituales. El personaje que constantemente nos recuerda que manejamos un tiempo cíclico es Úrsula. Ella es quien empieza a preveer la victoria final del tiempo histórico, incluso mucho antes que el último de los Buendía termine con la traducción de los pergaminos de Melquiades.

Como propone Joset, “el último Aureliano comprende que la historia ha vencido” (CAS, 31) Sin embargo, es Úrsula, mucho antes que Aureliano, quien se da cuenta de la ventaja que ha ganado el tiempo histórico sobre el tiempo sagrado. En un momento de lucidez, a pesar de la ceguera, Úrsula descubre que la torpeza con la que se movía en su vejez “no era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad sino una falla del tiempo” (CAS, 365.)

Es también Úrsula, quien comprueba una y otra vez, que las historias de sus nietos y bisnietos sólo son repeticiones de las vidas de sus antepasados. Ya ciega, cuando José Arcadio Segundo desparece porque los sicarios de la compañia bananera lo buscan para matarlo, ella piensa: “Lo mismo que Aureliano (…) es como si el mundo estuviera dando vueltas.” (CAS, 413) Y poco antes de su muerte, se estremece “con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo” (CAS, 456) a lo que Joset anota que esa es la demostración de que “la figura del tiempo en Cien años de soledad sería más bien un espiral” (CAS, 456)

Otro concepto decisivo es la diferenciación entre el espacio religioso y el espacio profano. Este es uno de los temas más fascinantes en los estudios antropológicos de Eliade. El hombre religioso diferencia espacios y tiempos, y necesita otorgarle a los espacios sagrados un valor añadido. Tiempo y espacio no son homogéneos para el hombre religioso.

Estos diferenciación entre lo sagrado y lo profano resulta muy útil en el análisis de la novela de García Márquez. Los habitantes de Macondo viven en un tiempo mítico y por lo tanto se mantienen siempre atentos a los espacios y momentos sagrados.

El espacio sagrado por excelencia, el que define a todos los personajes, es la casa de los Buendía. “Su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza” (CAS, 92) y todos los personajes de la novela tienen una relación especial con la casa, que cumple en la historia la función de un templo que nace con la estirpe y desaparece con ella.

La casa cumple la función de otra clase importante de símbolo, la de ser el centro del universo. El simbolismo de la casa de los Buendía, entendido a través de los descubrimientos antropológicos de Eliade, es el mismo que cumplen en ciertas religiones las montañas sagradas y los templos. El centro del mundo es el punto en el que el cielo y la tierra se encuentran. Este centro cumple la función de umbral y a la vez de eje del tiempo. No es gratuito que, a pesar de las guerras y revoluciones, todos los Buendía (con excepción de las desheredadas: Rebeca y Meme) regresen a morir en la casa de Macondo. Tampoco resulta sorprendente que la casa sea un espacio natural para los aparecidos, los fantasmas y las premoniciones.

En la casa de los Buendía, hay otro espacio sagrado que juega un papel importantísmo dentro de la narración: el gigantesco castaño enmedio del patio, que no es otra cosa que el centro del centro del mundo.

En Cien años de soledad, como en todas las historias que han bebido de la tradición clásica, tienen especial relevancia los lugares marcados por la presencia de árboles, como el centro de la casa de Macondo, como aquél castaño gigantesco (y con el adjetivo gigantesco, García Márquez pareciera querer significar que este árbol existía incluso antes que la casa) al cual vivirá amarrado durante muchos años el viejo José Arcadio, contra el cual muere el coronel Aureliano Buendía y donde seguirá apareciéndosele a Úrsula el fantasma de su esposo.

Los árboles sobreviven a la historia porque, dentro del concepto del tiempo sagrado –según Cirlot señala en su Diccionario de símbolos6– son uno de los más esenciales de los símbolos tradicionales. Los árboles representan al cosmos. Eliade explica, al igual que Cirlot, que para las religiones primitivas más importantes, los árboles, por su naturaleza autoregenerativa y su natural vinculación con la fertilidad, son la representación de la inmortalidad y a la vez los ejes entre el mundo real y el sobrenatural. (Cirlot, 347)

Uno de los pasajes en que se puede ver mejor el carácter mítico del árbol, su importancia como contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos, es aquél de la muerte del coronel Aureliano Buendía, quien luego de ver pasar al circo por las calles de Macondo “metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño” (CAS, 383).

El árbol tiene tanta importancia en Cien años de soledad que se mencionará en el epígrafe a los manuscritos de Melquiades, el que describe cómo se cerrará el círculo de los Buendía: “el primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas” (CAS, 547). Esta importancia mítica del árbol es reforzada en las memorias de García Márquez. El escritor dice que el castaño de los Buendía refleja a otro que crecía en el patio de su casa en Aracataca, que era un árbol “al margen del mundo y del tiempo”. 7

Es otro espacio sagrado importante el galeón español que el José Arcadio original encuentra varado en medio de la ciénaga. Es importante como punto de ubicación (otras expediciones, dirigidas por otros Buendía, habrán de volver a encontrarlo). Además cumple con el papel de ser punto de conexión dentro del tiempo sagrado. Los fundadores de Macondo, que viven en un tiempo mítico, no están sino imitando la travesía de otros mitológicos aventureros. El galeón cumple la doble función de “marcar” un tiempo sagrado y a la vez un espacio sagrado, ambos trascendentales para los habitantes de Macondo.

El hombre religioso siempre marca los espacios sagrados. Hay diversos ejemplos de marcadores en la novela, como lo son la estatua de yeso de San José que, como señal sobre el patio principal, marca la ubicación de un tesoro de monedas de oro, escondido desde los tiempos de la fundación. Otro espacio sagrado es el cuartito de trabajo, en el fondo del patio de los Buendía, donde José Arcadio instala el laboratorio de alquimia que transformaría a la aldea, donde Melquiades escribe los pergaminos en sánscrito que contarían la historia de la estirpe y donde el ultimo Buendía lee el trágico destino de su familia.

Eliade afirma que los seres humanos que viven en un tiempo sagrado, viven pendientes de los dictados de los dioses. Los antepasados, los dioses y los semidioses, son quienes los vigilan, los observan y los protegen, pero también los castigan. Este es precisamente el tiempo mítico en el que viven los personajes de la novela, pendientes de los mensajes cifrados en los sueños, de la lectura de las cartas, de los mensajes desde el mundo sobrenatural que se manifiestan en fenómenos cotidianos: La elección del lugar donde sería fundada la “ciudad de los espejos” es producto de un sueño y la decision de José Arcadio de dejar su pueblo en busca del mar es el resultado de las apariciones de un muerto.

Un gran número de las grandes decisiones de la novela que afectan el destino de Macondo son tomadas basándose en signos de lo sobrenatural, ya sea en la lectura de las barajas, en las predicciones de los gitanos, o en las interpretaciones de los cambios meteorológicos.

Toda la suerte del coronel Aureliano Buendía, su futuro y su muerte, se puede leer en las barajas de Pilar Ternera, que es su primera amante y la madre de su primer hijo pero también la intermediaria entre él y los designios de la providencia. Muchos de los diálogos de Úrsula son conversaciones privadas con Dios, mayormente quejas por el comportamiento de los de su estirpe. Úrsula puede adivinar también el futuro de su clan apoyándose en ciertas circunstancias de la naturaleza.

Es por ello que a los Buendía no les extraña demasiado si Remedios la Bella, a quien el narrador califica en varios pasajes como un ser sobrenatural, termina elevándose hacia el cielo como si aquél fuera su hábitat natural. Su calidad semidivina está demostrada en situaciones cotidianas como su incapacidad para las labores terrenales y su completa inutilidad para sentir algun tipo de atracción hacia los hombres.

La ascención de Remedios la Bella a los cielos es una prueba de que esta sociedad arcaica, a pesar de haber transcurrido casi un siglo y sobrevivido a la irrupción en la novela del tiempo histórico, convive paralelamente en un tiempo sagrado donde la conexión entre cielo y Tierra está permanentemente abierta y se permite la libre circulación entre uno y otro espacio. En este tiempo mítico, los seres con características de dioses pueden vivir por temporadas entre los humanos y regresar a su hábitat cuando los dioses lo creen conveniente.

Gracias al pasaje de la ascención a los cielos de Remedios la Bella, cobran mayor importancia las últimas palabras de la novela, pues si bien las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, algunos de sus integrantes sí han de merecer una segunda oportunidad en el cielo, a donde irá a parar Remedios y, presumiblemente, todos los espíritus y fantasmas de los Buendía.

Como hemos visto, el contacto de Macondo con lo divino se da también a través de la repetición y el ejemplo de los mayores porque, según afirma Eliade en Lo sagrado y lo profano “imitando a los ancestros se hace un verdadero hombre” (pág. 100). Durante toda la novela los personajes principales de Cien años de soledad, anota Úrsula, sólo repiten la vida de sus ancestros. Así todos los José Arcadio actuarán y enfrentarán la vida como el fundador de Macondo y todos los Aurelianos como el coronel Buendía.

Los Aurelianos serán contemplativos, dueños de miradas que provoquen miedo y prevengan calamidades; disciplinados cuando se trate de asumir empresas magníficas e incapaces de otra vida que no sea la vida solitaria. Los José Arcadio gozarán de su inevitable soledad enmedio de las multitudes y encontrarán desenfrenado placer en las aventuras descabelladas y en las empresas imposibles. El hecho de que un nombre–José Arcadio o Aureliano– pueda definir el carácter de un personaje dentro de este tiempo mítico se entiende mejor con el concepto que Eliade propone para el término “signo”.

Eliade define a los signos como símbolos cargados de mensajes. Para él la misión de un símbolo va mucho más allá de las limitaciones impuestas por este “fragmento” que es el individuo o por cualquiera de los temas concernientes al individuo. El símbolo tiene la misión de integrar este fragmento en entidades de mayor alcance, sea la sociedad, la cultura o el universo.

Cirlot en su Diccionario de símbolos se interesó particularmente en esta definición de Eliade, remarcando que si bien el fragmento es la representación de un todo, bien puede restituirse el todo original a partir de ese fragmento. Este concepto de símbolo encaja a la perfección en la arquitectura de la novela de García Márquez.

Gracias al concepto de Eliade podemos entender que Macondo sea el símbolo que signifique el universo. Así, las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía resuenan en el lector como todas las guerras de la historia; la incursión de Mr. Herbert y los crímenes perpetrados por su compañía bananera retumban como el símbolo de toda la historia del imperialismo en Latinoamérica; los descubrimientos del primer José Arcadio gritan como el eco de toda la historia de la ciencia y de los grandes descubrimientos; y la destrucción final de Macondo sacude al lector con la misma fuerza con la que lo sacudirían las trompetas que anunciarán el Apocalipsis.

Al igual que las actividades de los personajes, los nombres de ellos también funcionan como signos, es decir símbolos cargados de mensajes, que representan realidades mucho más grandes que el simple fragmento. Realidades cubiertas de significación.

Úrsula Iguarán es quien maneja mejor que todos los códigos de estos signos y la que puede entender mejor que nadie, por qué Aureliano Segundo no debió llamarse Aureliano sino José Arcadio, por qué su carácter corresponde al de un José Arcadio. El signo, en este universo de repeticiones y espejos es más importante que el personaje. En todo caso el personaje necesita del signo para ser completo y se entiende sólo a partir de su complementaridad con el signo. Esto ocurre y es obvio en una sociedad que vive en el tiempo mítico donde cualquier actividad solo se puede entender como una repetición del arquetipo.

En los estudios de Eliade, muchas de estas actividades de repetición de arquetipos se manifiestan en los rituales. En Macondo, los rituales sagrados han sido reemplazados por otros eventos periódicos que cumplen la misma función de catalizar cambios y repetir arquetipos. Uno de ellos es la llegada de los gitanos, el otro es la llegada del circo. Siempre suceden eventos importantes dentro de la narración cuando el circo pone los pies en Macondo. Como en este extraordinario pasaje que marca los momentos finales del coronel Aureliano Buendía:

Vio a los payasos hacienda maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable (…) Entonces fue al castaño pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo (CAS, 382).

Hay signos que definen permanentemente a otros personajes, como la suerte de los 17 Aurelianos con la cruz de ceniza en la frente o el signo de la mano de Amaranta abrasada en el fuego tras el fatal autoreconocimiento de su incapacidad de amar y de su desgraciado papel en el suicidio de Pietro Crespi. Hay signos que se repiten a lo largo de la historia, a los que pueden corresponder diversos significados e interpretaciones, como son la presencia de los pájaros–signo heredero de la larga tradición clásica–y las mariposas amarillas.

Sin embargo el signo más importante de todos, el que define este tiempo sagrado de Cien años de soledad, el que resume toda la soledad de la raza de los Buendía, es la cola de cerdo, símbolo del incesto. La cola de cerdo es la prueba de que el niño ha sido concebido en una relación incestuosa, pero al mismo tiempo, que ha sido fruto del amor.
El nacimiento de un hijo con cola de cerdo es el punto final a una historia que no es otra cosa que la repetición de una inevitable condena que pesa sobre los Buendía, la de estar destinados a desaparecer en el momento mismo en que han aprendido a amar. La cola de cerdo es también la prueba de que los Buendía no sobreviven a la victoria definitiva del tiempo histórico porque nunca pueden abandonar su condición de habitantes del tiempo mítico.

1 Joset, Jacques. En el prólogo a la 14a edición de Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 31.
2 Eliade, Mircea. The Sacred and the Profane, Harcourt Brace & Co., Orlando, 1987.
3 Eliade, Mircea. The Myth of the Eternal Return, Princeton University Press, Princeton, 1974.
4 Barthes, Roland. Crítica y verdad, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989. (pág. 53)
5 García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 83.
6 Cirlot, J.E. A Dictionary of Symbols, Routledge & Kegan Paul Ltd, London, 1971.
7 García Márquez, Gabriel. Vivir para contarla, Diana, México, 2003, pág. 49.

Importancia del coronel Aureliano Buendia


Foto del abuelo Ulises García y de sus amigos galleros, en Jaquí, Arequipa, alrededor de 1930.

“Continuando hacia el sur, después de pasar grandes zonas de grama e islotes con lobos marinos y aves guaneras está el balneario de Silaca. Este, es poblado en verano, ancestralmente, por una familia de Jaqui (25 kilómetros tierra adentro).
El balneario de Silaca tiene el aspecto de un pueblo serrano en medio de ruinas y andenería. Allí las pozas tienen nombres como: Los Hombres, Las Sirenas, Las Viejas,Desembarcadero, de Piero, Los Curcos o Jorobados, de La Cruz, Los Compadres, Brujillos, Vladimir y Los Pajaritos. Entre Los Compadres y Brujillos está la punta guanera de Puerto Viejo, el Islote de Lobería, la quebrada e islote de Santa Rosa y la ensenada de Ocopa.”

A mi abuelo también le picaba la bola de carne que le creció en la frente. De repente miró el cielo y, escuchando el eco en las piedras del monte, murmuró: Se murió el compadre.

A veces se acercaba de noche hasta el final del corral, se sentaba a fumar un cigarrillo sobre una piedra enorme, y veía a su padre vestido de blanco bajo las ramas del granado.

A mi abuelo no le gustaba ver a los muertos, así se tratase de sus antepasados, así que regresaba hacia su habitación y se echaba a esperar el sueño leyendo el último número de su suscripción de Selecciones.

A mi abuela le diagnosticaron un tumor maligno en el cerebro que no le permitía ni siquiera levantarse de la cama. Su hijo viajó hasta la casa de un curandero en las montañas de Huancayo, para que el curandero–que trabajaba asociado con el espíritu de un médico famoso– le preguntara el nombre de mi abuela y le dijera que vaya tranquilo porque ella ya se había sanado

(Miles de kilómetros hacia el sur-oeste, en Anqui, la hacienda de mis abuelos en Arequipa, mi abuela se levantó de su cama después de varios meses, como si nada hubiera pasado, y volvió a la rutina de administrar la casa-hacienda.)

A mi tía abuela, la que se murió antes de los cuarenta años, la vieron sentarse en un pozo de Silaca, a conversar con las sirenas. Una de ellas le regaló un anillo mágico que desapareció misteriosamente.

Mi madre subió un día a la azotea de su casa en el pueblo de Jaquí, a más de 20 kilómetros del Oceáno Pacífico, y vio al pueblo navegando enmedio del mar.

Yo vi a mi abuela nombrar a las cosas desde el baño mientras lentamente amarraba el cabello gris con su peineta. Yo vi a mi abuelo tomando sol bajo las buganvillas del parque de Jaquí y a mis primos castigados por comerse un fabuloso pedazo de carne, sujetado por un gancho al techo del patio.

Vi mujeres calatas en blanco y negro y a oscuras, arrodillado frente a una vieja revista escondida debajo de un colchón del cuarto, al lado del fogón de la casa.

Leí una historia parecida a la de mi familia bajo el tronco de un olivo mientras los peones robaban todo lo que podían.

Besé a una prima de labios gruesos entre la ropa tendida en la casa de Silaca.

Acompañé a mi abuela a tomar baños de a sopapos, sentada en el agua brevísima del pozo de las viejas. Saqué muchas lisas y borrachos con mi hermano, lanzando un cordel con baterías de carro como plomada y anzuelo para tiburones, desde la piedra más alta del Desembarcadero.

Me lancé al mar de cabeza desde lo alto de La Lobería y nadé entre los lobos de mar alrededor de las piedras donde mi tía abuela recibió el anillo de las sirenas.

Escuché las historias de las caravanas de mulas, cargadas de vino y de alimentos, sobre las que mis abuelos cruzaban los cerros, durante largas jornadas, emborrachándose para ir a veranear.

Recuerdo aún la casa de portones desvencijados y descascarados muros de adobe, donde entró la diligencia que llevaba a la Guerra del Pacífico al coronel Márquez, con un cargamento de dinamita desde Lima, que nunca llegaría a tiempo para la batalla de Arica porque las abuelas lo obligaron a quedarse para la hora del té.

Yo vi a la tía abuela Adela, entre los restos de la casona colonial, entre los fierros retorcidos y los desperdicios regados, en un patio donde sus sirvientes y ella salían a cagar.

Bailando huayno en Brooklyn


Zapateando, moviendo el cucú, etc. ¡Qué juerga! Casi no voy porque había pensado pasarla en la casa de Erick, hasta la había invitado a Claudia (felizmente dijo que no, estaba cansada de reorganizar su casa, tenía flojera de manejar desde Connecticut). Alejandra llama y me convence. En el camino leo Absalom Absalom! y me acuerdo de las lecciones del profe Torres. Absalom, Absalom! es el libro del cual fumaron hierba tanto Vargas Llosa como Gabo. No hay Cien años de soledad ni de nada sin Faulkner. Tan solo la primera escena en el escritorio caliente y cerrado es preciosa. Conozco a los dueños del restaurante Cocoroco donde me presenta Alejandra–para variar aparece tarde–,  ya me he comido la canchita. Albino pone dos pisco sours extra y llegamos sazonados en su Lincoln Navigator. La chilena baila como peruana, pero dice que se ha empatado con el argentino cabeza de coliflor. La peruana al final termina con el argentino y besándose a escondidas en la cocina con su polo rojo “Te Amo Perú”. Alejandra se va temprano. Me voy en un taxi con la chilena, como a las cinco de la mañana, mientras ella mira triste por la ventana, no quiere consuelo, no quiere alegría. En parte me parece bien, el argentino es un conchasumadre. Pero tanto que “Viva el Perú” y después todo el mundo quiere lomo de la pampa, no hay derecho. Le he mandado un mensaje a Jessica con la fiesta en vivo y en directo. No sé por qué pero me sigue pareciendo que la sigo queriendo igual y que ella sigue confundida o rara. Lo peor es que me confunde a mí. Bueno, he zapateado y cargado con la vela y con el mechero. Negrita ven prendeme la vela y ese pollito que tú me regalaste y que ¡Viva el Perú!. Lamentablemente me olvidé en la cocina el libro de Faulkner y tuve que ir a trabajar a las 6:30 a.m. con dolor en el tobillo. ¡Viva el 28! Vivan estos recuerdos en Brooklyn, Sunnyside.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: