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The New York Street

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Un hombre flaco

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José Muñoz me trajo el libro de España. Se demoró casi 20 minutos en entregármelo. Parecía sentir la obligación de darme primero una relación de lo que le había gustado del texto. Así que allí estuve todo ese tiempo en su despacho, escuchándolo, mientras él me hablaba desde su silla y balanceaba el libro con una mano: Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro de Daniel Titinger. El libro es un perfil periodístico de Julio Ramón Ribeyro, en base a las conversaciones con su esposa, sus amigos y familiares.

Mientras escuchaba a José, resistía la tentación de arrebatarle el libro y largarme a leerlo.

“Se lee en una noche” me dijo José, quien desde que descubrió a Ribeyro hace algunos años no ha dejado de amarlo. Cuando yo ya sostenía el botín y me quería ir a buscar un sitio solitario para empezar la lectura, él me retuvo para seguir hablando de los cuentos que más le gustaban. Me dijo el título de dos de ellos: “Los jacarandás” y “El ropero, los viejos y la muerte”. Fue a un armario, abrió unos cajones, sacó unas fotocopias subrayadas y me leyó:

porque sabía que pronto iba a morirse y que ya no necesitaba del espejo para reunirse con sus abuelos, no en otra vida, porque él era un descreído, sino en ese mundo que ya lo subyugaba, como antes los libros y las flores: el de la nada.

José terminó el cuento, suspiró y me dejó ir.

Empecé a leer el libro en el sofá de mi despacho en la universidad. Retomé la lectura en el tren rumbo a casa. Lo seguí leyendo a la mañana siguiente en el subterráneo que me lleva a Manhattan y en el que me regresa al Bronx. Casi lo terminé en un sillón debajo de una lámpara en mi sala. Por fin, tumbado en la cama, llegué a la página 166, al Y no dijo nada más con que Titinger termina.

El libro es un testimonio del cariño de los lectores peruanos al trabajo del escritor y a la figura de Ribeyro. El texto, ese coro de voces que ha compilado Titinger, contribuye a ver al escritor como un todo, con las distintas facetas de su vida agrupadas en la página. Es una fotografía tridimensional de su personalidad.

Desde que leí “Solo para fumadores” en un fin de semana en Pulpos, allá por el año 1992, había quedado conmovido por el mito del escritor que se moría de hambre en París. Es una imagen de Ribeyro que se reforzó con la lectura de sus diarios. Como si se me curara al leerlo una herida muy vieja, sentí alivio al enterarme, gracias a Un hombre flaco, que buena parte de su vida en París Ribeyro la pasó en el departamento de lujo que compró su esposa, que los viernes se deshacía de sus obligaciones de embajador para almorzar y brindar con sus amigos, que se enamoró de una muchacha en Lima y que se la trajo para conocer con ella Nueva York─de donde regresó muy mal─, que murió sin dejar el cigarrillo, pintando y metiéndose al mar al anochecer, celebrando la vida, después de haber sido testigo del principio de la canonización de su obra y haber recibido los aplausos y el cariño de quienes lo leían con entusiasmo.

Un hombre flaco es un libro, primero que nada, para quienes leen a Ribeyro con entusiasmo. Es una obra de amor, escrita para satisfacción de sus lectores.

Recuento de novelas (2013)

Diego Trelles PazBioy me lo llevé a la costa de Arequipa. Fue una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. Mientras leía, encontré los defectos que algún crítico le había señalado. Ya lo había empezado a fines de 2012, y lo dejé en los primeros capítulos, descorazonado por la violencia exagerada con que se abre la novela. De todos modos, sus virtudes son muchas más que sus defectos. En segundo intento, pasadas las primera páginas, el libro se sostiene como un mastodonte de imágenes. Bioy es una novela que se merece Lima. Las calles y las esquinas por donde pasa la violencia de la historia, son elevadas a categorías de títulos, que avanzan con un ritmo que invoca al vértigo.

El enanel enano de ampueroo, esa breve Historia de una enemistad, pergeñada hace ya muchos años por Fernando Ampuero, la encontré en el librero de una de sus primas lejanas.  Fue la novela ideal para el verano de 2013. Contada desde la anécdota de la relación laboral del autor con un tal César Hildebrant, la figura de este periodista de malos modales –quien para muchos de nosotros, televidentes engañados, alcanzó la talla de semidiós de la pantalla–se hunde página a página bajo la descarga de tinta. La novela, llena de humor, es una revancha escrita con pasión. Al terminarla, me paseé por Quilca buscando otra novelitas de Ampuero: Puta linda. Otra historia breve y muy ágil.

Al ensoldadosdesalaminatrar a Soldados de Salamina, ya estaba entrenado en el ritmo de Javier Cercas (por Anatomía de un instante), e igual me tomó por sorpresa la aparición del personaje Bolaño, que convierte a ese episodio–poco trascendente– de un narrador sufrido en busca de personaje, en una novela desenfrenada, con múltiples lecturas: una máquina de la literatura que apela a las armas del fantaseador de Los detectives salvajes.

El placer de mi lectura de Arrecife de Juan Villoro consistió–además de constatar su capacidad para sorprender con frases frescas y conexioArrecifenes inesperadas–en imaginar la manera como Cocaine Nights de Ballard había sido reimaginada por Villoro en México, con su andanada de solitarios, drogadictos  y artistas delirantes en un ambiente de pánico matizado con esa fantasía moderna que son los viajes con todo incluído.

all that isJames Salter, el escritor que penetró en mi vida con una foto a dos páginas y un perfil en The New Yorker, presentó en 2013 una novela que le tomó más de una década. Me propuse conocerlo. Primero con la lectura de lo que encontré a mano: Last Night, su impecable colección de cuentos, y después con All That Is, maravillosa recreación de una vida que empieza como soldado en el Pacífico y que transcurre con belleza y pasión por Europa, lugares de EEUU y Nueva York. Es una obra maestra. Luego, quiso la fortuna que pudiéramos compartir el sol de la tarde en su terraza de Long Island mientras Salter se preocupaba por el destino de la ciudad después de Bloomberg. Es un deber dejar dicho que leí también A Sport and a Pastime, la joya erótica de Salter, basada en sus experiencias juveniles en Francia.

tumblr_mkfwin8zlX1rarsdao1_1280-1La recomendación de leer El pasado de Alan Pauls vino de otro libro: Entre paréntesis, la colección de crónicas de Bolaño donde éste, además de rescatar aspectos positivos del alma narrativa de Bayly, pone a Pauls como representante de lo que debería ser el futuro de la novela latinoamericana. Es una novela muy argentina, en el sentido Rayuela del término argentino. Se tiene que leer, se aprende mucho de imágenes y personajes, y la novela se extiende, con excesiva generosidad, hasta que el lector acaba por sentir piedad–y rogar por el amor–mientras el personaje se coquea y se masturba hasta sacarse sangre.

Un episodio en la vida del pintor viajero comienza con una tranquila descripción de una vida dedicada al arte. Las páginas, escritas con bGM11913.jpgelleza por César Aira, tienen el talento de prepararnos para lo inesperado. Sin paciencia, el lector cree que la historia avanza sin mayor trayectoria, hasta que llega “el” episodio, y es entonces como si una tormenta hubiera desgarrado el breve libro en dos partes y, a partir de allí, lo que queda lo leemos con la intensa electricidad del choque que una sola imagen produce en nuestra mente. Aira demuestra la capacidad para pintar que tienen las palabras.

TanDon Quijote importante como las novelas mencionadas, ha sido la lectura de Don Quijote de La Mancha. Ese bloque blanco que es la edición de Francisco Rico, lo compré a 10 soles en el otoño gris del campo ferial Amazonas de Lima, y durante 2013 conoció conmigo los subterráneos, los aviones y los cafés de Nueva York. Lo había leído de niño, en fascículos que descubrí este año en mi antigua habitación, con las páginas amarillentas. Sospecho que mi niñez pasó por esas páginas sin sentirlas. Esta vez fue distinto. Si es leída con atención–y con notas–la vida de nadie debería de ser igual, tras terminar esa epopeya de humor y de sabiduría, escrita en dos tomos por Cervantes.

Este texto, con ligeras variaciones, apareció en mi blog de FronteraD hace una semana.

El pasado de Alan Pauls

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“Algún plazo secreto debió de cumplirse, porque Sofía, suspirando, abrió la cartera y dijo: Te escribí una carta”

 

El pasado

551 páginas tiene la novela de Pauls, el escritor que ganó el Herralde en 2003. Llegué a Pauls por Bolaño (“uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”). Me metí en El pasado y allí me he quedado por el tiempo que la biblioteca de Yonkers aceptó prestarme el libro: 2 semanas.

La historia gira alrededor de Rímini, joven traductor que vive en una relación monógama y aparentemente indestructible con su amor de colegio: Sofía. Sofía sabe que el amor es una corriente perpetua que no se puede detener. Por eso la vemos allí, segura de su amor, con canas y plantada en la última página del libro después de haber seguido el periplo autodestructor, la enfurecida búsqueda interior de Rímini (su nombre es un guiño a la ciudad donde creció Fellini).

Rímini, traductor que atrae enfermedades imposibles, que se deja capturar por celosas enfermizas, que se masturba como si quisiera deshacerse de todo su semen. Alrededor de Rímini, circulan los personajes secundarios que hacen la vida de cualquier pareja: padres, suegros y ex amigos de ambos que se resisten a que la relación perfecta se haya terminado. Seres que quisieran creer, a ciegas, sin ver las grietas en esa película de zombis en que se ha convertido la entrega incondicional de Rímini a Sofía.

El pasado se podría haber llamado De amor y de zombis, pues el personaje principal parece lidiar mejor con el mundo cuando se entrega sin cuestionarse nada. Rímini es un muchacho que tiene la relación “perfecta” y está aburrido. Se sale, huye, desaparece, busca algo más que no puede encontrar, es capturado y regresa. Mira las fotos: es feliz.

Dentro de El pasado hay pequeñas historias, que al parecer están creadas con la pretensión de darnos una visión completa de las variaciones de la relación amorosa. Tenemos a Riltse, un pintor excéntrico, homosexual y fascinado con el modo como las mutiliaciones, las entradas al cuerpo, la enfermedad y el dolor, pueden producir arte, y como este arte puede generar una reacción –erección, en este caso– en las almas sensibles capaces de captar la superficialidad de su mensaje. En otra historia, conectada con Riltse y con la adicción de Rímini, una linda prostituta vietnamita se enamora de un dandy argentino. Es una bellísima historia de amor marginal que termina cuando ella casi le arranca el pene con los dientes. el-pasado1

El amor: esa experiencia paralizante, aquella agonía permanente metida en nuestros huesos como si fuera una enfermedad, pareciera querer decirnos Pauls. ¿Ama Sofía? No lo sabemos, pues su búsqueda obsesiva por recapturar a Rímini, incluye la posibilidad de un “último polvo” sólo para salvarla de la calentura pasajera. ¿Ama Rímini? Tampoco lo sabemos, pues si bien parece ser el único personaje que busca respuestas, nunca las encuentra: vive una relación intensa de sexo, cocaína y pajazos sistemáticos, que se desintegra cuando él descubre que está enamorado de su compañera de trabajo, una traductora con la que parece conocer la felicidad, o la ilusión, de la paz matrimonial y la paternidad. El episodio se desintegra también, en una tarde absurda a merced de sus terrores y del pasado de Sofía. Después, Rímini decide morir. O vegetar, mejor dicho, en un coma moderno de hijo que regresa a la casa del padre. Se desintegra con calma en los malos olores de su vegetación, en pijamas, dentro de un apartamento que se pudre, hasta ser rescatado por un soldado de la buena salud que lo pone a seguir un programa que le devuelve la buena imagen y lo coloca de profesor de tenis en un club para bonaerenses ricos.

En las páginas que siguen habrá más sexo, más preguntas, bajo la sombra omnipresente de Sofía, que sabemos que aparecerá tarde y temprano para salvarlo/arruinarlo de su propia ceguera.

El libro de Pauls es un ensayo obsesionado con la idea de la pasión y la relación de pareja. Es a su modo, la misma búsqueda de tantos otros autores mayores que quieren conocer a ciencia cierta la respuesta a la pregunta ¿El amor existe o es una ilusión? o peor aún ¿Es una broma?

El pasado es un gran libro. Está escrito con fertilidad y con la perseverancia de un escritor talentoso que quiere decirlo todo. Rímini y el amor no sobreviven en el intento. Sofía, que en las primeras páginas nos inunda con su capacidad para enternecerlo todo, hacia el final nos parece poco menos que un baratísimo premio consuelo. Y el hombre, pobre pobre, vuelve a mirar al pasado después de intentarlo todo y allí está ella:

Con la caja de fotos.

Escribir con las tripas: La insensatez de Castellanos Moya

insensatez

Hay muchas maneras de contarnos la violencia centroamericana. Una de ellas es la crónica, en la que inevitablemente aparecen los militares, los políticos corruptos y una población atrapada en un territorio irreal, donde ni la modernidad ni la democracia han terminado de llegar. Hay también perfiles periodísticos, informes avalados por organismos internacionales, o crónicas alucinadas como la que nos contaran hace unos años sobre Rodrigo Rosenberg –que contrató a sicarios para que lo asesinaran, convirtiéndose por algunos meses en el mártir contra la corrupción y el desgobierno de Guatemala. También hay video-informes, repletos de maras y de salvatruchas, de guerras y de pandillas donde se confunde el honor y el narcotráfico. Además, están las novelas de Horacio Castellanos Moya.

Horacio Castellanos Moya prefiere –al menos en Insensatez, una de sus novelas más celebradas– abordar la violencia con todo el humor con que se le puede dotar a las situaciones irreales que atraviesa un corrector paranoico, machista y xenófobo; contratado para limpiar de impurezas y apuntar la corrección gramatical de un informe sobre asesinatos y múltiples violaciones de derechos humanos en Guatemala. Las frases que el corrector recuerda, las que le sirven para abordar mujeres o para enfrentarse a desconocidos, son sacadas de los más desgarradores informes de las víctimas y testigos de la violencia. Dentro de aquella violencia, que él siente que lo rodea, que lo persigue y le hace ver espías, fantasmas y asesinos en cada sombra que se mueve por la ciudad; el corrector intentará terminar su trabajo, cobrar el jugoso cheque que le han ofrecido y salir –con la menor cantidad de rasguños– de la tarea insensata a la que se ha comprometido.

No lo consigue. El corrector es como un Woody Allen salvadoreño paseándose por una Guatemala llena de mujeres que no le gustan, cobarde contra el poder, pero no en su obsesión sexual por los rostros pálidos de las extranjeras que conoce como consecuencia de su trabajo en las oficinas del Arzobispado. Sí, claro, la Iglesia está como telón de fondo de esta Insensatez, como garantía de que todo lo que sucederá en esta novela, con protagonista ateo, sólo puede estar contra los mandamientos que ella ordena.

Insensatez es una gran broma, es un libro del desquicio, que sólo podría estar ambientado en un territorio que los lectores imaginamos como una tierra sin ley. También es una condena escrita con rabia, porque esta pesadilla, estas correrías del protagonista entre el pánico, la obsesión sexual, el machismo y la xenofobia, están escritas sobre la realidad histórica, también documentada en Centroamérica, de un pequeño grupo que trabaja con el objetivo de esclarecer el pasado, identificar los crímenes y las violaciones y apuntar a los responsables. Nada de ello sucede. El final es una repetición de lo que seguirá sucediendo en sociedades donde el poder corrompe todo, y el precio por denunciarlo sigue siendo bastante alto.

La historia, que por momentos se llena de la vulgaridad del personaje, un intelectual incapaz de enfrentarse a nadie, corrupto en diferentes niveles, se lee con rapidez. Es un relato fresco, bien contado, que nunca decepciona.

Castellanos Moya, que apareció la semana pasada en el Graduate Center de Manhattan para conversar sobre sus novelas y la imposibilidad de escribir con otro ingrediente que no fuera su rabia, nació en Honduras pero vivió desde los 4 años en El Salvador donde hizo gran parte de su carrera como periodista. Se autoexilió en México y ha vivido en distintas ciudades del mundo, incluída Iowa donde actualmente dicta cátedra. Ha escrito 8 novelas, varios libros de cuentos y ensayos.

Hasta el día de su presentación, yo no lo conocía. Quienes lo admiran –la mayoría de los asistentes–aseguran que otra novela suya que hay que leer es El asco. Ese libro, como Insensatez, también ha sido publicada por la editorial Tusquets de Barcelona.

James Salter, All That Is y la vida a los 80

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A los 87 años, Salter ha escrito una de las mejores novelas publicadas en los Estados Unidos.

¿Cuántos escritores publican su mejor novela a los 87 años?¿Cuántos pueden decir que dejaron de frecuentar a Saúl Bellow porque éste era demasiado condescendiente con ellos? James Salter nació en 1925 y 87 años después ha publicado una novela brillante: All That Is. La historia (de amor, para decir que es de algo y que no lo abarca todo, como las grandes novelas) comienza con varias escenas de guerra y de mar, entre ellas la de un oficial de la marina de los Estados Unidos saltando al agua, por error, entre el bombardeo de los kamikazes japoneses en el Pacífico.

Para mí, la experiencia de mi lectura de All That Is comenzó con la foto de Salter en la tapa. Allí estaba el octogenario, sin parecerlo: el expiloto de caza bombarderos, el ex amigo de Bellow y compañero de carpeta de William Buckley y de Jack Kerouac, el ex guionista de Robert Redford.

En The New Yorker acaban de publicar un perfil sobre Salter. “Es un escritor de escritores” dicen los que lo admiran y no se sorprenden de que no muchos hayan escuchado su nombre. “Un escritor de escritores acerca de escritores” dice Joyce Carol Oates que lo considera su amigo. En la contraportada, entre los elogios están los nombres de John Banville y de Julian Barnes. No me extraña: dos escritores a quienes todavía les importa mucho no sólo lo que se dice sino el cómo se dice. Banville te puede conquistar diciéndote como los dioses observan a un adolescente (The Infinities), Barnes te puede atrapar para siempre al describirte una escena en un colegio rural, cuando parecía que Europa nunca llegaría a la mayoría de edad (The Sense of an Ending). Salter te puede atrapar de varias formas: en el aire (The Hunters), en la cama (A Sport and a Pastime) y ahora en el agua (All That Is). A mí me atrapó cuando lo leí por primera vez, esta semana, en una historia sobre una supuesta muerta y dos amantes descubiertos ( Last Night).

Al escribir una nota de un libro, uno se da cuenta que tan inútil es tratar de reducir una historia bien contada a unas cuantas palabras. De lo que se trata –como decía Muñoz Molina, hace muy poco, en una nota sobre Salter publicada el 13 de abril de 2013 en El País– es de recomendarlo, de ponerlo en la vitrina, de decirle a otros escritores que están buscando la luz: léete a Salter.

Otras cosas que dice The New Yorker sobre Salter: la mayor desgracia de su vida fue la muerte de su hija adolescente, quien murió electrocutada en la ducha en una cabaña, al lado de Salter, en Colorado. También dice: a quienes lo conocen más, les ha costado acostumbrarse a que Salter siempre toma notas: mientras conversa, en reuniones, en una cena formal. Salter siempre está tomando notas debajo de la mesa.

La nota también dice que escribía con seudónimo cuando apareció su primer libro sobre un grupo de aviadores en la guerra de Corea: por miedo a que sus amigos lo consideraran un intelectual inútil.

En The New York Times, hace dos días, publicaron un artículo sobre las apuestas que se hacían entre los libreros de Park Slope en Brooklyn, a propósito de los candidatos al premio de ficción. El año anterior, el desastre fue que lo declararan nulo, obviando la pequeña obra maestra de Denis Johnson, la novelita Train Dreams. El 2013 no creo que haya un mejor candidato que Salter. Todas las apuestas a All That Is.

Zeno: modelo de Bloom

La obsesión por dejar de fumar es uno de los temas más importantes –y más divertidos– de esta novela.
La obsesión por dejar de fumar es uno de los temas más importantes –y más divertidos– de esta novela.

Una de las primeras impresiones al leer La conciencia de Zeno, es que el personaje principal se parece al Leopold Bloom de Ulysses. Había leído sobre la cercanía de Svevo con Joyce (éste le enseñaba inglés a Svevo en Trieste y se volvieron grandes amigos), pero de todos modos, hay algo en ese descaro con que el jovial y relajado señor Zeno camina por la ciudad de Trieste, que es inevitable pensar en la caminata de Bloom por Dublin.

Me he demorado una semana en leerlo. Por ratos intentando retomar el Herzog de Bellow (que a diferencia del de Svevo no se puede leer si uno no está dispuesto a darle el tiempo y la concentración). Una diferencia esencial entre Joyce, Below y Svevo: la forma de contar las historias. Zeno está contado con la simplicidad de un narrador brillante. Hay un tono del autor y una adecuada descripción de las escenas y de los personajes, pero la línea narrativa siempre sigue su curso. No hay esa preocupación esencial por el ritmo del lenguaje que hay en la novela de Bellow; ni esa necesidad –enfermiza– por inventar en cada palabra, que tiene Joyce. (He leído los tres libros en inglés, las reseñas suelen mencionar que el italiano de Svevo no es tan bueno como para leerlo en el idioma original).

En la clase del profesor Edmund Epstein, leíamos con interés las correrías de Bloom, rodeando sospechosamente a las estatuas desnudas en las afueras de la Biblioteca Nacional de Dublin, con curiosidad por saber si tenían un agujero en el ano. Esa inocencia es posible verla también en la “sinceridad” –o falta de vergüenza– con la que Zeno cuenta sus infidelidades con la aprendiz de cantante, Carla, mientras pareciera querer convencernos que la infidelidad es un sacrificio para amar mejor a su esposa Augusta e indirectamente al amor de su juventud: Ada, hermana de Augusta.

Si bien en los tres libros el dinero es parte importante de la trama, para Zeno, de condición acomodada, éste parece siempre estar asegurado–ya sea por la decisión de su padre, que ha nombrado un responsable, desconfiado de la capacidad de su hijo, o por las relaciones familiares, en la cuales el dinero se discute. Las riquezas nunca (a pesar de la amenaza de desastre) son motivo de extrema urgencia. En el caso de Bloom en Ulysses, pero sobretodo en Herzog, donde ambos hombres son burgueses de clase media, el tema del dinero siempre es generador de tensión, es una herramienta para crear conflicto o para solucionarlo. El motivo del dinero es muy frecuente en las obras de Bellow, no tanto en las de Joyce.

Zeno es un mundo de la mediana edad. Herzog es un testamento de la entrada a la vejez. Si el Dublin de Ulysses no fuera también el purgatorio de Stephen Dedalus, la obra de Joyce se parecería mucho más a la de Svevo.

Después de leer La conciencia de Zeno, escribí este pequeño ejercicio en mi blog de FronteraD: Newyópolis. Intentaba demostrar el estilo de Svevo, con un tema obsesivo del personaje y esa relación ambivalente (más de rechazo que de aceptación) del autor con el psicoanálisis.

Fumadores e hipocondríacos encontrarán un placer adicional en el libro, pues el autor discute con intensidad, a lo largo de toda la historia, la necesidad de dejar de fumar y la permanente posibilidad de enfermarse y morir.

El plan

Portada de la novela de Orhan Pamuk sobre su ciudad natal: Estambul.

Mi amigo se ha alojado muy cerca de Times Square,  en un hotel con noches en oferta que tiene su acceso privado a un Night Club. Ya fue, ha desayunado dos huevos sunny side con jamón mientras mientras miraba a las stripper. Se ha pasado la servilleta por la boca cubierta de migajas antes de pagar 20 dólares para que una dominicana le ofrezca un bailecito privado. Era una canción de Rihanna, una que todas las mañanas me despierta cuando la radio automáticamente se enciende en el show de Nick Cannon. Sobre un sillón a oscuras, ella le ha acercado sus tetas cibaeñas y él ha besado la piel tibia aún con el saborcito en la garganta a huevo frito. Después ha subido los escalones del club y me ha encontrado en la calle 44,  frente al hotel.

Está un poco más arrugado. Más de 10 años sin verte, así es como uno pierde poco a poco a los amigos.  Divorciado, lleno de vida, un poco más gordo, negocios viento en popa en Lima y en la Florida. Me pregunta: ¿Qué vamos a hacer?Establecemos el plan de los principiantes: ferry a Staten Island, Sea Port, caminata sobre el Puente de Brooklyn. Luego, me vas a acompañar a Queens, es una conferencia a cargo de un Premio Nobel de literatura: Orhan Pamuk ¿Lo has leído?

Todo parece interesarle,  es un niño por primera vez en el zoológico. Trepamos al ferry y nos tomamos fotos con la estatua de la libertad, él despide aquella mirada de todos los turistas al comprobar su tamaño, ¿y eso es todo? La primera actriz de las postales neoyorquinas es una enana. Ayudamos a un par de coreanas a salir juntas con el paisaje de los rascacielos en el fondo; tomamos un bus gratuito hacia el puerto, almorzamos apurados una pizza, después de despreciar los bocaditos que nos ofrecen los restaurantes chinos.  Tomamos un taxi–parte del tour– hacia el puente. Apoyamos la espalda contra los cables,  nos fotografiamos bajo los arcos de piedra sobre el East River, las puertas de entrada a Brooklyn ¿Sabes cuánta gente murió en la construcción de este puente? Decenas de bicicletas, pasan de uno a otro lado de la ciudad, interrumpiendo a dos amigos que no conversaban desde el siglo anterior. Hay que hablar de Lima, de Nueva York, no hay muchas cosas que decirnos: las conversaciones no se pueden construir con tantos saltos aislados en el tiempo. Resumiré: es feliz. Ya caminamos por Brooklyn. Las luces de la tarde empiezan a marchitarse. Paseamos por el Promenade inspirador y nos zambullimos en los trenes subterráneos, rumbo a Queens.

Mi tercer Nobel. El primero fue Seamous Heaney en la Morgan Library y el segundo Mario Vargas Llosa en una premiación en el PEN Institute en la cual se sentaba y se le podía ver el final de los calcetines. Le explico a mi amigo la estrategia: yo voy a entrar al auditorio como periodista, hablando con los organizadores (una mujer de anteojos que veo que saluda distraída a los invitados al lado de la puerta); mientras él ingresa con mi carnet de profesor, la foto es sorprendentemente parecida y, además, en estos eventos nadie mira muy de cerca las identificaciones. Dspués de rogar un poco porque me he olvidado de llamar con anticipación “Please, don’t do this the next time” la muchacha me deja pasar y me alcanza un folleto para prensa de una serie de eventos alrededor del mismo tema: no sabía que Queens College estaba celebrando el año de Turquía (tampoco que Pamuk era tan joven. Pensé que la foto de la contraportada de Istanbul era antigua y retocada.) El evento en en realidad una conversación sobre el escenario, grabada para NPR, a cargo del famoso Leonard Lopate. Son dos famosos discutiendo Istanbul y la última novela de Pamuk, que no es otra cosa que la continuación de sus memorias de una ciudad donde ha vivido ininterumpidamente desde su infancia.

El inglés de mi amigo es demasiado básico para esta conversación entre literatos, este paseo por el Huzun de Constantinopla, las tardes del Bósforo con los ferrys cruzando del oriente al occidente, los amantes deteniéndose en las orillas del río para ver las fogatas con las que se consumían los últimos palacios de madera del imperio otomano; o las terribles tardes masturbatorias del joven Orhan, disecado en un edificio de museo donde sus antepasados se adjudicaban para vivir pisos distintos, intentando escapar de su destino con apasionados amores por las revistas antiguas sobre Estambul, los poemas sobre Estambul, las pinturas de Estambul y cada pedacito de historia contado por los ilustres visitantes que contrajeron  la gonorrea, el chancro blando o la sífilis allí, como Flaubert.

La noche es redonda. Al salir de Queens College somos más amigos de antes. Yo tengo mi tercer Nobel y él su primero. Yo estoy demasiado cansado para seguir la noche: tengo libros que releer, clases que preparar. Nos arrastramos por Times Square, tomamos una última foto para mi álbum de visitantes ilustres y me voy a casa.

Mi amigo se queda parado frente a la puerta de su hotel: su avión sale algunas horas más tarde, pero él cree ver unas tetas del Cibao que lo llaman locas y desesperadas desde allá abajo, entre la música disco del Night Club. Así que decide bajar las escaleras y meterse un rato más, pasar la última noche en su nuevo Estambul.

Lecturas del 2011 recomendadas

Foto de Rachel Olsen

Una pared de azotea que daba al mar. Detrás de la azotea la arena y el agua golpeando contra la pared, mientras yo me deslizaba en otro sueño con mi copia de La promesa del alba de Romain Gary. Había terminado de leer a Bellow y el cambio era justo y necesario. Caminé al amanecer por la orilla con un perro amigo siguiéndome los pasos. Saltaba mientras yo pensaba en ciertas reflexiones de Humboldt’s Gift y me preparaba para el siguiente día. Olor de aracanto y de sal, recostado en una hamaca, solo, esperando que baje el sol. Palpé el dulce papel, lo besé. Se llamaba Freedom de Jonathan Franzen. Me desperté a medianoche para seguir las páginas. En la mañana reescribí un párrafo solo para entender la mecánica. Así se escriben las líneas de una novela. Acá va un punto aparte, acá se sigue de largo. Había leído que Franzen necesitaba estar desconectado y que consideraba la electricidad y el Internet como la condena del escritor moderno. Seguí leyendo y varias hamacadas más tarde lo terminé. En Lima busqué otra novela de Gary pero no hubo suerte. Estaba en una edición de bolsillo al costado de otro libro que leí a medias: Auto de fe, de Canneti. Esas novelitas que te gustaría coger en alemán original. Me acordé que Masa y poder (en inglés) me está esperando. De Lima me llevé Pan de Knut Hamsun y la bellísima La Playa de Cesare Pavese. Llegando a Nueva York, todavía fresco de las vacaciones tomé un libro fascinante: Summertime de Coetzee (cortesía de mi agente Penguin de la universidad que me engríe y me manda los tomos educativos mezclados con los del placer). A mí me gusta Coetzee y me encantan sus ensayos. Summertime es ensayo, novela y biografía. Hay escenas soberbias como aquella cuando el personaje se queda botado en una excursión por las tierras abandonadas y secas del desierto sudafricano, acompañado de un antiguo–y prohibido–primer amor. La mitad del año me la pasé leyendo y escribiendo cosas dispersas. Recuerdo haber releído Los Culpables y habérsela recomendado a varios amigos sin saber que Villoro vendría el siguiente semestre a Nueva York.

Me fui a Yucatán en agosto y allí–con el Caribe y la arena de compañeros– me leí mientras me bronceaba A Visit from the Goon Squad de Jennifer Egan. En marzo, había leído en Hermano Cerdo que Egan le había quitado el National Book Award a la novela de Franzen. Me gustó el estilo, la frescura y la visión de Egan (muy simpática en persona) pero creo que si no le dieron el NBA a Franzen fue o por cojudez o por envidia: Freedom es “la” novela. Claro, aquí podemos ponernos a discutir si la novela mira para adelante o mira para atrás. Si mira para atrás, la mejor novela es la de Franzen, si mira para adelante, la mejor novela es la de Egan. Yo creo que la novela tiene que mirar para atrás y para adelante. Pero Freedom es magnífica y la prosa de Egan–cierta, justa, trabajada–ciertamente me obligó a llenar su libro de arena para seguir las páginas en la playa, pero no a levantarme en la madrugada para seguir leyéndola, como sí lo hicieron las criaturas obsesionadas y los párrafos musicales de Franzen.

Regresando de Yucatán cogí Palmeras de la brisa rápida de Juan Villoro: la mejor guía para el turista no convencional que viene de remojar los pies en Cancún. Villoro tiene el defecto de repetir las anécdotas; pero también la virtud de darles giros distintos, como si estuviera trabajando en encontrar las mil y una posiblidades de contarnos todas las noches, sin aburrirnos, la misma puta crónica. Aprendí mucho sobre guayaberas, los mayas, mitología y folklore yucateca y cómo ser huachito en Mérida y no morir en el intento. De México, además de fotos nadando con los tiburones y soltando tortugas en la playa, también me traje de un Gandhi (cortesía de El Testigo) una versión popular del fce de La Suave Patria (buena) y las Crónicas literarias (mediocres) de Ramón Lopez Velarde.

La segunda parte del año estuvo llena de novelas cortas latinoamericanas porque me metí a un curso revisionista. Las que recomiendo–leídas en larguísimas odiseas de tren por cortesía de los incompetentes de New Jersey Transit son dos: El pozo de Onetti y Estrella distante de Roberto Bolaño. También releí Los adioses, Crónica de una muerte anunciada y La invención de Morel pero se puede ser latinoamericano y cool y vivir sin ellas. No se puede ser muy cool sin haber leído El Pozo y Estrella distante. Es más, no se puede entender las brujerías cancerígenas y bolivarianas de Hugo Chávez, ni los vómitos que provoca la mención de la palabra dictadura o el nombre de Augusto Pinochet sin haber leído esas dos novelitas.

Otra “novela” que tiene que ver con el mismo tema–la dictadura y el poder–vino de España. Me la recomendó un buen amigo en una escena de Long Island con sonidos de fondo de chillidos de gaviotas y reventazón de olas: Anatomía de un instante de Javier Cercas. La leí en pocos días, atrapado por los hechos que agarran viada y se vuelven violentos y circulares como los de un huracán. Con Cercas aprendí mucho del proceso político español y de cómo abarcar la realidad desde la literatura. Después de leer Anatomía de un instante, tropecé casi de casualidad con el mejor cuento que leí este año: “Los eucaliptos” de Julio Ramón Ribeyro. Precioso.

Después de leer novelitas, leí un novelón: El disparo de argón, de Juan Villoro. Me abrió los ojos. El escritor abraza la ciudad y la despedaza, agarra a los personajes y los transforma en marionetas, coge al lector y lo sube a la montaña rusa en carrito sin revisión técnica. El autor es el técnico de rayos X de la sociedad mexicana. Un poco triste que muchos de sus compatriotas solo hayan leído sus crónicas de futból. También hay dos libros de ensayos de Villoro que se deben al menos leer en toda clase seria de literatura: De eso se trata y Efectos personales. Es el mágico truco de hablar de cosas importantes como si no lo fueran. Ensayos literarios envueltos con papel regalo para el viajero frecuente y para el recién llegado.

Ya cuando acababa el año me acordé de Amazon, que me sirvió para regalarme por menos de dos dólares una edición usada de The Sea de John Banville. No es Coetzee, no es Franzen, es otra cosa. Saber que es irlandés y que escribe novelas policiales con seudónimo debería ser suficiente para entender sus influencias y sus aspiraciones. Otro gran autor con el que no me había metido –y que como dice Marc Anthony valió la pena– fue W.G. Sebald. Ya estaba harto de leer sobre Sebald así que con Amazon encargué dos de sus novelas. De las dos decidí empezar con la más antigua: The Emigrants. Una colección de estampas de alemanes que escaparon de Alemania antes o durante el holocausto. Las voces de quienes sobrevieron la pesadilla e intentaron en otros mundos odiar a su país: a los paisajes, a los recuerdos que los hicieron alemanes. Eran judíos y por lo tanto tenían que olvidarse de su germanidad. Olvidarse de todos los susurros de paz antes de la guerra. En especial, a mí me llegó al alma un pasaje del libro en el cual un personaje llega a los Estados Unidos a visitar a una vieja tía. Mientras conduce su auto alquilado por la Palisades Parkway menciona una antigua residencia en Mamaroneck y un departamentito en el Bronx. Ese personaje (¿Sebald?) cuenta también mi historia: Yo llegué a vivir en un edificio en Mamaroneck que se caía a pedazos (fue demolido en 2004) y terminé viviendo en un departamentito en el Bronx.

Allí en mi estante, también de Sebald, esperan el 2012 Austerlitz, The Infinities de Banville, The Elementary Particles (Atomised) de Houellebecq, Istanbul de Pamuk, Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas y Cocaine Nights de Ballard. Esos serán, tal vez, mis primeros libros del 2012.

Antes de acabar el año, entre el 30 y el 31 de diciembre, me leí de un porrazo The Art of Fielding de Chad Harbach (el fundador-editor de n+1). Es un novelón que mira para atrás, pero sin la música de Franzen. Son casi 600 páginas de una historia bien estructurada, con las tensiones bien puestas, con mucho Herman Melville y mucha cultura americana (el béisbol sobre todo). Una joyita que con toda seguridad hará una gran película. Una última recomendación para los amantes de las buenas historias.

Pensando en voz alta

 

Quiero escribir un ensayo sobre Middlemarch. Tengo como fuentes de información el libro de LeavisThe Great Tradition– y el Western Canon de Harold Bloom. Tengo los ensayos de la edición de la Norton, con esta terminante declaración de Henry James en un ensayo de 1873:No hay nada más poderoso que esas escenas en toda la ficción inglesa, y ciertamente nada más inteligente.

James se refiere a las escenas donde Tertius Lydgate, el doctor del pueblo, joven y voluntarioso, que cree contar con la energía necesaria para transformar completamente la historia de la medicina moderna, tropieza con los problemas comunes del hombre vulgar: deudas contraídas para amueblar la casa, una renta demasiado cara, chismes cuando las tiendas empiezan a negarle el crédito, y una esposa bellísima pero engreída a la que no le interesa nada sino ella misma.

James habla del “drama humano” retratado magníficamente por Eliot, de “las luchas de un alma ambiciosa al tropezar con los sórdidos desencantos y las verguenzas comunes a las que se tienen que enfrentar los simples mortales”.

Estaba un poco desencantado con la idea de que nadie lee Middlemarch, de que poca gente se atreve a enfrentarse con las más de 500 páginas (en letra pequeña) de la magistral novela de Eliot. Sin embargo me alivia saber que estoy equivocado. El 2008 Sam Mendes, el de American Beauty, empieza la adaptación de Middlemarch para el cine.

Me interesa el retrato de Mr. Casaubon. Estuve pensando si el personaje no tiene unas dimensiones que aún no han sido suficientemente valoradas, porque se trata del típico envidioso intelectual frustrado cuyo único pecado -o pecado original- es haber estado demasiado tiempo metido entre los libros y carecer de las herramientas para juzgar el mundo. Una especie de Lobo estepario que nunca alcanza la redención. Y sin embargo Herman Hesse escribe sobre un intelectual aislado, Casaubon es un intelectual que busca el contacto con la sociedad y al que además le interesa mucho el qué dirán. Casaubon es el hombre que se juzga mejor que todos pero no puede probar ningún resultado intelectual que amerite la fama que él mismo se otorga, que sobrevalora aquella “futura obra”, aquella Llave de todas las mitologías que nunca verá la luz.

Dorothea es un personaje magnífico. James la considera “una creación brillante”. Podemos sentir a Dorothea casi levitando de contenta cuando realiza una obra de bien. Su problema -ser corta de vista-no le impide alcanzar su objetivo, previo matrimonio con Will Ladislaw.

Sin embargo, el personaje de Dorothea tiene ya varias copias. Sin ir muy lejos: las dos heroínas en las que se basó Eliot para crearla: Antígona y Santa Teresa de Ávila.

Casaubon no sé si tenga copias. Y no sé si haya sido estudiado lo suficiente.

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