A principios de septiembre de 2026, la periodista Patricia del Río tuvo la generosidad de invitarme a su programa en el canal de RPP TV para conversar sobre la edición peruana de mi libro de crónicas La vida papaya en Nueva York. Fue una buena ocasión para recordar el proceso de la escritura y algunos aspectos de mi decisión de salir del Perú y mis primeros años como inmigrante en los Estados Unidos. Aquí la entrevista completa:

Frente a nuestra casa había un olivo. Lo plantó mi abuelo con una rama que se trajo de su chacra cuando yo era un bebé y él vino a visitarnos. Ya tendría yo 10 años cuando aparecieron en la puerta los de una iglesia y nos pidieron permiso para podar unas ramas que usarían en la Semana Santa. Cortaron unas aquí y unas allá, bendijeron el árbol y regresaron por más al siguiente año. Y así.
Tengo una sola foto del olivo. Mi hermana se he trepado entre sus ramas y sonríe.
Mi abuelo también plantó un ciruelo y un durazno. Mi hermano y yo jugábamos ahí al fútbol y los troncos eran los postes del arco.
El olivo creció solo frente al rompemuelles que teníamos en la pista. A veces mi madre dejaba la manguera con un chorrito de agua para que se regara. Era una manguera vieja y fea porque alguna vez dejó allí una hermosa con un aparato de metal que dispersaba el agua y se la robaron.
La casa son tres pisos sólidos, amurallados Ahí entrábamos bien todos hasta que los hijos nos compramos autos para ir a trabajar. Mi madre decidió que frente a ese olivo podía abrir otro portón, un garaje para que nos estacionáramos adentro. No se puede dejar un carro solo en esa calle y mi madre es práctica. Así que mandó a cortar el olivo.
A veces los jardineros del barrio arrastraban sobre la vereda de la calle Los Químicos las matas y los troncos que podaban envueltos con unas telas enormes. Doblaban con ellas por Los Forestales, cruzaban la pista y arrojaban el contenido de las telas en el descampado al centro de la Avenida Javier Prado.
No sé quién cortó el olivo que plantó mi abuelo. Quizás un jardinero se llevó una ramita, la replantó y creció en algún lugar de Lima. Quizás.

Mi piel es más oscura que la de mis hijos. Sin embargo, este verano uno de ellos se está acercando al mismo tono que el mío. Supongo que mi color tiene que ver esa juventud que pasé tostándome sin crema protectora. Miro a mi hijo que corre sobre la arena, se sumerge en el mar, sale de él, se echa sobre una toalla a mirar a los salvavidas jugando al vóleibol.
Si le pregunto «¿Necesitas una camiseta?», siempre dice que no.
Siento algo de angustia que tal vez tendrá que ver con las campañas de cremas y las decenas de artículos sobre el cáncer de piel. Intento ser un padre que vela por su hijo. Ese que corre y se mete al mar. Ese al que no le importa cómo su piel consigue el color de la melaza.
Qué tiempos los de Lima: esos veranos de los 80s y los 90s en el sur del mundo donde te quemabas y te pelabas con regularidad. La piel que se caía se parecía al concolón que yo escarbaba de la olla de arroz.
Claro que ahí estaba el tono de piel que querías: el playero, el que te asemejaba –o al menos eso creías– a los cuerpos de los comerciales de Pilsen, de Cristal.
¿Habrá algo que conecta lo que piensa tu hijo cuando corre por la arena de una playa en Nueva York con lo que pensaba ese tipo (yo) que se tumbaba sobre una toalla en las playas de Lima ? ¿Habrá un pulso genético que lo empuja a él –como me empujaba a mí– a absorber con persistencia e intensidad la vitamina D?
Un compañero de la Facultad llamaba «el gringo» al sol. Mi hijo, que tiene un lado gringo y solía tener la piel algo más clara que la mía, este verano parece haberse tomado en serio lo de su color playero.
