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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Coger es inevitable

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¿Por qué era ella tan bruta para decirle las cosas?

Hace unos días, esperando al ferry en un puerto de Manhattan, su amiga la poeta hizo una broma con la palabra coger. Pensaba en el doble sentido que tiene para ciertos hispanohablantes. Él le dijo que aquel verbo no le decía nada. Nada en absoluto. Coger, para él, apenas si tenía la elegancia de las palabras que aluden con discreción al sexo pero no lo mencionan. La palabra que repetía su generación a media voz (luego en voz alta, conforme las hormonas tomaban el control y ellos se hacían hombres y mujeres) era otra: cachar.

Es verdad que hoy esta palabra─que en Estados Unidos evoca al béisbol y a gente que habla en spanglish─ha perdido la fuerza que tenía para él a los 12, 14, 16 años. Sin embargo sus  compañeros de escuela la murmuraban de modo incesante en los baños, en los pasillos, en las reuniones semisecretas de la secundaria. Siempre había alguien que se había cachado a alguien. “Me la caché”, “Me la quiero cachar”, “Cacha riquísimo”, “Se la ha cachado no sé quién”.  Aquella palabra, en su adolescencia, venía aferrada a la mano de un mundo prohibido.

Cuando por fin cachó con la mujer de sus sueños se sintió iluminado. No pensó en haber quemado una etapa de su vida sino en poseer el pasaje de entrada a una nueva realidad: los senos, el vello púbico, los labios de la vagina, el ano que se ofrecía como la entrega total. El sexo─cree él─ en su caso siempre estuvo acompañado de alguna historia. Tal vez porque las suyas siempre fueron relaciones breves, las escenas de sexo de su adolescencia y juventud van cargadas de conversaciones, de miradas, del tanteo que se decantaba de repente─tal vez con demasiada lentitud pensaba él, porque sus experiencias siempre demoraron un siglo en concretarse─ en pasión, en voces que temblaban mientras pronunciaban el deseo: vamos a cachar, quiero metértela, cosas así.

Con ella fue igual. Tal vez con menos lentitud. Quizá por el frío de Nueva York. Estaba solo en la habitación que rentaba en un ático, y ella subió pidiendo que le prestara la computadora. Empezó a escribir mientras él la miraba desde la cama. Ella pretendía estar concentrada mientras él se paraba detrás de la silla. Puso las manos en sus pechos. Tan pronto como ella se deshizo de la idea (ridícula) de terminar el email que le escribía a su padre, se encamaron. Ella susurró que era virgen. Se rió. “Virgen por el poto” terminó de decir y eso despertó todo lo que aún no se había despertado en él. Lo que hicieron aquella tarde se transformó en su ritual durante los meses siguientes en que se encontraron con regularidad: ella le ofrecía la espalda y él se montaba sobre ella y no se detenía hasta que se venían, y él la abrazaba con fuerza, mientras terminaba completamente adentro, como si el semen fuera un líquido precioso y hubiera que exprimir cada gota.

¿Por qué era ella tan bruta para decirle las cosas?

Tal vez porque comenzaron así, como dos perros que se encuentran por la calle. Meses después, ella llegaba en el auto de su jefa y le decía “súbete”, y él subía. Luego buscaba estacionamiento en cualquier calle oscura y cuando terminaban de hacerlo ella lo devolvía a su casa. Nunca se dijeron palabras bonitas. Se rieron mucho. Se separaron por temporadas y se volvieron a juntar, incluso cuando el buen criterio decía que no debían de volver a hacerlo. A veces lo sacaba a tomar y actuaba como resentida durante algunas horas y se negaba a aceptar la mano que él metía debajo de su blusa. Después se daba vueltas por el bar, reaparecía, se lo llevaba hasta la esquina más oscura y lo obligaba a que se la metiera. Fue como esas historias mágicas que veinte años después uno cree que le sucedieron a otro hombre.

Tal vez las imágenes menos bruscas sean las de Manhattan. Se metieron a un hotel que encontraron gracias a los consejos de un taxista. Estaba semiescondido a unas cuadras de la Estación Central, en una calle estrecha donde solo parecerían haber garajes para camiones. El que atendía en la ventanilla era un ruso. Abrieron una puerta de metal y caminaron por un pasillo largo antes de meterse al dormitorio. Allí él puso las manos debajo de sus senos. Los pesó y los sintió tibios. Pensó que tenían una redondez y una temperatura perfectas. Tal vez aquella noche sí la amó. Sin embargo, ya para entonces habían de dejado de pertenecerse el uno al otro.

Mira su foto esta noche, después de mucho tiempo. La imagen no coincide con las que guarda de ella en su memoria. El rostro no cuadra con la imagen de una mujer pequeña, de cintura muy estrecha, desnuda, con el cabello pardo lacio y suelto cayéndole más abajo de los hombros, juntando las manos encima de la cabeza, con los ojos cerrados, gimiendo, gritando, exigiéndole que se luciera, mientras lo montaba y él se venía por tercera, cuarta, quinta, sexta vez. Tiene que haber sido otro hombre, piensa él.

Esta noche, en sus sueños, encuentra otros recuerdos: la noche en que sus amigos los sorprendieron en un cuarto al lado de la mesa de billar, una escena en la ducha, el día cuando le pidió que se la metiera en silencio mientras dormían los niños que ella cuidaba por las tardes, el auto en el que llegaron a toda velocidad hasta el motel de Westchester donde después de revolcarse y quedarse dormidos, al amanecer, antes de despedirse para siempre, él la miró echada, separó sus nalgas y entró en ella por última vez.

Así que mientras intenta volverse a dormir esta noche (cierra los ojos y consigue recordar un detalle importante: ella siempre le hablaba con brusquedad), escucha esa voz de su amiga la poeta que le dice en el ferry de Manhattan: “coger es inevitable”. Y entiende que coger entre él y ella, jamás fue la palabra. La palabra era cachar: siempre cacharon como animales.

Entonces, la palabra correcta trae a todas las demás: Ellas caen ordenadas, como dardos precisos sobre las puertas de la memoria.

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NY, diciembre de 2016

A woman walks with an umbrella along the Brooklyn Promenade during snow fall in New York

Era Lima, 1992, y yo era mucho más tonto. Me levanté de la cama una madrugada con un único nombre entre los labios. Sabía dónde vivía ella, sabía que nos separaban 57 cuadras de distancia. Aferrado al volante del auto de mi padre, llegué hasta la esquina de su casa, la vi salir, puse el carro al lado de la vereda y saludé. Dije que la llevaba.

Yo venía de recorrer a solas buena parte del mundo y supuse que el futuro era más sencillo de lo que parecía. Fue un desastre. Ella bajó diciéndome que jamás pasaría nada entre nosotros. El futuro era una ilusión.

El alcohol y la vida te curan las heridas y traen algo que se parece mucho al olvido. A mí, los seres humanos con los que me puse a conversar durante aquellas noches de borrosa tristeza, me convencieron de que era indispensable transformar al amor en otra cosa. “¿Quién no ha pasado por momentos así?”, me dijo alguno. “Lo mío fue mucho peor”, me dijo el otro. En esquinas oscuras de bares, en borracheras a media luz de cantinas de playa, entre los cuerpos pegajosos de salsódromos hacinados, escuchando boleros de putas, y en ciertos libros que describen las desgracias amorosas, me enteré de familias y de fortunas que se derrumbaron por historias mucho más interesantes que la mía.

Cuando pisé Nueva York ya era un sobreviviente. No me consideraba un experto pero al cabo de ciertas noches me sorprendí a mí mismo como un animal nuevo. Algunas veces, pensé haber perdido el alma. Si acaso las buscan, encontrarán a las víctimas: aquella que quiso que perdiera la vida metiéndome en su cama, aquella que se fue mientras salía el sol, cansada de intentar arrancarme una promesa desesperada, un juramento; la que me llamaba desde larga distancia para repetirme una historia en la que yo ya no creía, la que esperaba que dejara todo como estaba y basado en la promesa de su amor me largara a buscarla.

No solemos prestarle demasiada atención a las historias de hadas que nos leyeron cuando éramos frágiles. Las que nos explicaron cómo sucedía la vida, con terrible intensidad monocromática: la vida es tan sencilla. Esas fantasías se nos graban de niño. Luego, la escasez del tiempo─esas tantas horas estudiando, buscando trabajo, manejando hacia el trabajo, trabajando para no perder el trabajo─nos condena a no reconsiderar nada de lo que aprendimos antes de que las axilas nos apestaran a hombre grande.

En esta ciudad me sobraba el tiempo. Lo reconsideré todo. El amor más que nada.

Es verdad que cuando uno cree saberlo todo, sucede aquello que nos hace ver que no sabemos nada. Es cierto que nunca terminamos de conocernos. Hoy estamos seguros de que palpitamos. Mañana, temeremos habernos convertido en hombres de yeso.

Me levanto de la cama, entro a la cocina y me preparo un café. Escribo un poema que jamás publicaré. Observo la ventana: la nieve sobre el bosque. Presiento el frío. Pienso en todos los proyectos. De repente desde otra habitación me llegan unas voces: intentan decir algo. Aún no sé si en castellano o en inglés. Son unos niños que, tal vez, me reclaman.

En ese momento me entra de nuevo la duda. ¿También les contaré los cuentos de hadas? ¿O  les diré que el amor es otra cosa, que la vida se desbanda (que es una tómbola), que la felicidad no es una fórmula y que a veces hay que perderle el miedo a convertirnos en tontos para siempre (solo sé que nada sé)?

Es Nueva York, diciembre de 2016.

 

Sangre mala

The New York Street


I was there, on the subway, on the train, over the bridge. Just shivering as the other ones. They waited at the platform or looked through the window to the man dying. Over the tallest building a signal of hope: A yellow star pretending to be black. This guy of the blue gaze, just before the seizures, was admiring the weather while the train was running over the Manhattan bridge, pretending to be blind: “Yo hablo español, solo que no lo he desarrollado mucho.”

What kind of accusation against him? How to spread the idea without the help of his eyes? ¿Cómo interpretar la historia sin la permamente acusación de su historia? ¡No temeremos a las mariposas incrustadas en el pergamino de Agamenón! ¡No desperdiciaremos el tiempo mal ganado en las pesadillas de otros! “Is that not the truth Omar?”, he asked, just before his agony. We were too busy…

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Gato negro & gato blanco

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4 de febrero de 2016

Desde una mesa donde pide una naranjada, él la observa “No me trates como si fuera un niño al que puedes mandar”. Ella lo manda por un helado y él va, ciego. Así lo mande a la luna. Después de la locura triunfa el amor. “Qué linda es la vida” grita él. Los invitados están disfrazados, Drácula y un ángel se toman una botella en la cocina, Pantaleón y las visitadoras acaparan la pista de baile, que es un pedazo de pasto rodeado por un par de tumbas abiertas. Para llegar hasta la cerveza hay que abrirse paso entre las telarañas. Ella baila a su lado, lo mira por sobre el hombro mientras baila con su pareja, luego se acerca  y lo besa. Entonces el exnovio, que hasta ese momento había estado rodeado de mujeres al lado de la chimenea de la casa ─un sinvergüenza ha ido a darle la noticia─llega hasta la silla donde él se ha sentado para recuperarse de la cerveza y sin decir nada, lo empuja.

kusturica1Es verano y ella lo ha besado en la oscuridad. Después se han puesto todos a bailar mientras la orquesta sigue tocando. En la madrugada se ilumina el canchón de tierra detrás de las casas, los faros brillan como el sol en la noche. Es una camioneta destartalada repleta de personas que viene bajando y celebrando con la bocina. De la tolva baja el enamorado.  Mientras ella baila con él, lo mira. La orquesta sí que sabe hacer ruido. Uno de los mineros invita cerveza a todo el que quiera. El pueblo entero está bailando y los niños, que se han desaparecido casi una hora detrás de la piedras─seguramente a cazar lagartijas y serpientes─regresan para rodear a ella y al enamorado que bailan y mientras se mueven en un ronda espectacular le gritan “El venao, el venao”. Todos marchan al mar al amanecer. Mientras ella baja con su enamorado él pasa por su lado con los demás chicos y le aprieta la mano. Deja a todos en el mar, dice que tiene que hacer algo en la casa. Unos minutos después ella inventa una excusa parecida y lo sigue. Como música de fondo se escucha la algarabía de la gente y el ruido de las olas reventando contra las rocas. Él le dice “tienes unos labios riquísimos” mientras se apreta más al cuerpo de ella contra la pared de la sala. Ella dice “lo sé”.

Al amanecer, Soledad está dormida como una sirena. Los hombres que aún seguían despiertos están haciendo fila. El hermano pequeño de Soledad ha ido a buscarlos, los ha formado frente a las piedras donde ella duerme y ahora todos van, uno por uno y la besan en los labios. Sus labios saben a sal y ella tiene una media sonrisa.

kusturica3Ese invierno ha sido la fiesta y lo han mandado a la chacra para que pague a unos peones y dirija la cosecha. Tiene que volver esa misma noche porque trabaja los lunes. Ella es la muchacha rubia que ha visto varias veces en casa de los primos. Él le dice que nunca se ha cansado de verla y ella le replica “Es una pena porque a ti ya te van a casar”.  No sirve de nada que él replique que eso no es verdad porque ella ha escuchado la conversación entre su padre y uno de los millonarios de la zona. Ya eso está arreglado. Conversan igual toda la noche, mientras los designados de las mejores familias intentan partir con un hacha el tronco del árbol repleto de regalos, mientras aparecen unas muchachas que nunca había visto antes, niñas que nacieron y crecieron en la ciudad y que solo aparecen una o dos veces en el año en el pueblo para las fiestas patronales. Ha hecho un amigo ese día (“creo que este es el comienzo de una buena y larga amistad”, le dice) y le pide que le recuerde que tiene que volver a la ciudad esa misma noche. Así que el amigo se acerca, le dice que ya se van a ir, cuando él está zapateando con locura y bailando esa música por primera vez en su vida. Le dice adiós a la rubia y promete buscarla en la ciudad.

Está ebrio y sin embargo le parece notable que haya podido subirse a ese auto y cerrar la puerta. El portazo lo desconecta del olor del pueblo a fiesta, del ruido interminable de celebración. Quedarse en silencio en el auto es como haber entrado de pronto a otra dimensión. Cree que ha hecho bien, que su destino era terminar tirado debajo de alguna de las mesas de la fiesta, tal vez después de hacer una tontería en el cuarto de la muchacha nueva con la que ha bailado un lento. Es que después de la algarabía a alguien se le ocurrió poner música romántica y no sabe cómo, con el valor que da el alcohol, tomó la mano de esa chiquilla que los mira a todos como quien mira una serie de fenómenos y espejismos. Apoyó su rostro contra su hombro y el perfume que brotaba de su piel lo hizo olvidarse de la sensación de jolgorio que lo invadía unos minutos antes. Era como ver el mundo inmóvil en la orilla desde un barco que cruza el río, desde un bote que se deja mecer por la correntada. Mirarlos a todos mientras abraza a esa niña, observar a los mortales desde una nube. Cuando se acaba el baile regresa el ruido y las voces, ella se aleja y le vuelve la sensación de ser una nota más del ritmo, de estar medianamente borracho.

Claro que ya no. Él está con su nuevo amigo metido en el auto que va bordeando las chacras oscuras del valle después de cruzar el pueblo negro y vacío, ese fantasma de casas mitad de quincha y mitad de concreto al que todas las almas se le han ido hacia el estadio donde se celebra la fiesta patronal. Él cree que llegará a esa hora a la carretera y encontrará quien lo lleve a la capital durante la madrugada, que amanecerá en su casa y le servirán un desayuno. Hasta que ve la fila de autos. Bajan los choferes a la noche, se juntan en medio de la trocha y se dicen que hay un camión en sentido contrario al que se le ha bajado la llanta, que al chofer lo han llevado al pueblo a arreglarla.

En esas horas en que están apoyados contra el auto escuchando el río y los grillos no falta una cerveza. Alguien pone un casete con chistes en uno de los autos y todos se están riendo allí parados en medio del malpaso, bajo la sombra del cerro tajeado. Él siente el cansancio y se recuesta a dormir en el asiento del copiloto. Cuando despierta ya el cielo tiene color. Se baja del auto y respira la mañana, disfruta de su sabor. Al borde de la trocha hay un precipicio y un río. Ve gente conversando entre los autos, uno de ellos sostiene una botella de cerveza, todos siguen esperando que se abra el camino para seguir viviendo.

Desde el otro lado de la quebrada (tal vez lo sueña porque es un sonido frágil, como la memoria) le parece que el viento le trae el sonido de la música.

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Todos los fotogramas pertenecen al filme “Gato negro gato blanco” (1998), esa maravillosa creación del serbio Emir Kusturica.

El juguete rabioso

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El 28 de enero de 2011 estuve varado en Bogotá por un tema de cambio de aerolíneas. Entre el amanecer en el hotel Tequendama y la hora en que salía el avión hacia Nueva York me quedaban algunas horas que decidí matar caminando hacia el centro de la ciudad. Lo había hecho antes en 1996─aquél otoño en que decidí irme por tierra a ver el Rock al Parque─ y en abril de 2000, a pedido de una amiga que me insistió en dejar estacionado mi auto en una calle de Quito para tomar un avión hacia ella y pasar juntos la Semana Santa.

Recordaba con vaguedad las calles que había recorrido pasando por el Museo del Oro hacia un restaurante grasiento donde tomé mi primera cerveza Aguila. También me acordaba de la desordenada ruta del descenso desde las calles empinadas de la Plaza del Chorro en La Candelaria hacia un club especializado en salsa vieja, en aquellos primeros años del alcalde Mokus y su Ley zanahoria.

Lo que no recordaba para nada eran las librerías de viejo con las que me encontré esa mañana. Eran varias, surtidas, prometedoras.

En una de ellas, en la Carrera 8 (Libros del Centro), encontré una edición de Bruguera de un libro de Roberto Arlt, con prólogo de Juan Carlos Onetti.

Había escuchado muchas veces el nombre de Arlt asociado al asombro pero jamás había abierto una de sus páginas. Esa mañana en el Tequendama, esperando el bus que me llevaría al aeropuerto, recuerdo haber leído las palabras que le dedicaba Onetti, recordando su primer encuentro en las oficinas del diario El Mundo.

Lamentablemente no leí más. Cuatro años de otros libros se metieron entre Arlt y yo, hasta ayer en que volví a encontrarlo en mi biblioteca, abrí la novela y no pude detenerme hasta terminarla.

Hoy puedo sumarme a la larga lista de lectores que suele decir que El juguete rabioso es un libro imprescindible. Lo leí en un tren desde Westchester y mientras observaba la neblina de la bahía de Nueva York en un bote que me llevaba a Staten Island. Lo terminé mientras esperaba la puesta de sol de un día muy nublado en Long Island.

El libro te enseña─si ya no lo aprendiste─ a desconfiar de los finales dulces y de las historias que te hablan de la miseria sin conocerla. “Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma” dice Silvio y esa frase representa mejor que tantas otras mucho más elaboradas, la frustración de quien presiente que no tiene las herramientas para sortear su vida y sus penurias.

Silvio Astier─el aprendiz de ladrón, el huérfano de un padre suicida, el miserable que no conoce a nadie con influencias─ recibe un beso de una mujer bella que en vez de impulsarlo a la esperanza lo sepulta en el dolor y lo hace consciente de que jamás tendrá una mujer como aquella, del jamás que se interpone entre su realidad y las cosas grandes a las que él aspira.

Arlt desbarranca a Silvio Astier. Lo obliga a querer matarse. Nos lleva por el borde del precipicio y nos enseña una novela sobre la mentira y la verdad. Como dice Onetti, sin estar muy bien escrita, está escrita con suficiente coraje para seguir diciéndonos, desde 1929, todas las cosas sobre la vida que son importantes.

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Regreso a Riverdale

Casas Bronte
Las casas Bronte en Riverdale, Bronx NY. Foto de Mark Garbowski.

Una vez compré en Manhattan una postal con una foto en blanco y negro. Era la tarjeta perfecta para enviársela a una amiga que solía corresponder hermosas fotografías desde su nuevo hogar en Indonesia. En esta foto una anciana descansaba en una silla y detrás de ella se veía el paisaje de un río.

Mucho después, mientras conducía por el barrio en el que viviría durante tres años, encontré el lugar donde se tomó aquella foto. Apoyadas en una colina, frente a frente con las colinas al otro lado del río Hudson, se ubican las casas Bronte: dos viviendas de color tierra, techo de tejas rojas, escalerillas de piedra y pequeños jardines de setos frondosos entre ambas, balcones adornados de flores y paredes trepadas por enredaderas que reciben sobre ellas la brisa del río y la luz más clara de la ciudad. Entre las casas se veía el mismo paisaje maravilloso de la postal que llamara mi atención.

Riverdale fue mi hogar entre 2006 y 2010. Solía caminar frente a las casas Bronte al principio de la primavera, solo para constatar que seguían allí. Supe -por Google y por un pintor que ofrecía 20 versiones distintas de las casas Bronte- que yo no era el único entusiasmado por ellas. Alguna vez he realizado largos desvíos solo para poder mostrárselas a los amigos que me visitan: es un espacio detenido en el tiempo, la pieza clave de un rompecabezas que ya no existe.

Hoy volví. Tras 90 minutos conduciendo desde el final de Long Island, sabía que aquellas casas eran el sitio perfecto para reimaginarme el verano. La luz que cae sobre sus casas sigue igual de clara (si bien los rayos del sol hoy las golpean con intensidad) y ahí sigue ese espacio libre entre las viviendas que permite ver las colinas verdes y el Hudson azul.

Sospecho que todos requerimos sitios así. En Lima, me bastaba con sentarme entre las piedras donde reventaban las olas en Chorrillos para saber que los problemas de mis veinte años iban a desvanecerse. En Silaca, entre dos piedras desde donde se podían espiar al mar reventando contra las peñas y a los lobos marinos, era capaz de imaginarme el futuro. Las casas Bronte en Riverdale -en realidad toda aquella esquina del Bronx- me llevan de inmediato hacia un espacio tranquilo en el pasado, a las calles donde caminaba un muchacho soltero,14 años menor que yo, hacia las horas del dia llenas de preguntas cuando este hombre caminaba por las calles de Nueva York e imaginaba el recorrido de su sombra.

Playa

Allá todo se olvida me dijeron. Bajo la suavidad de un mar de color azul, al final de Long Island. Con los brazos abiertos respirando otra vez. Semestre over, que vengan las olas.

Desde el agua

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Painting by Samantha Frech

En el borde de la piscina todo es válido. “Más aún en una piscina de los Estados Unidos”, pienso. Me agarro lo que me sobra de panza con los dedos y me lanzo de cabeza. Necesito pensar.

Abro los ojos y miro al niño que nada un poco más allá, agarrado a una boya. Podría estar meándose ¿y cómo saberlo? Pensé que ya se habrían popularizado esos químicos que delatan a los que orinan en el agua, pero parece que aún no. Jamás he visto que se formen esos aros azules alrededor del culpable.

Eso es en lo que necesito pensar: la culpabilidad ¿Cuándo se es culpable de algo? Por ejemplo, en Lima: creo saber cuándo me porté como un animal. Lo sé porque esa gente que antes traté con tanta confianza hoy ya ni me habla. Alguna vez me los he cruzado en alguna reunión y nos hemos saludado por compromiso y he vuelto a la casa y me han venido los recuerdos. Es fácil desechar las culpas pero queda una perturbadora sensación de habernos portado mal. Patán: pude serlo y lo fui. Creía que me vengaba de las patanerías que sufrí, como si alguien tuviera que pagar para que se mantuviera un equilibrio cósmico, como si no tuviera la fuerza para ser yo el último de la cadena, la voz que dijera: basta, no podemos continuar viéndonos de esta manera, no podemos continuar mintiéndonos. Como si lo que tenemos fuera una fuerza natural de la que no podemos escaparnos.

Somos dos adultos: dos seres que necesitan espacio adicional, dos personas que necesitan brazos ajenos para seguir. “Infiel, eres un infiel”, grita una voz allí, en la piscina. Nado, mientras intento ordenar una serie de impulsos de odiarme, de amarme, de cambiarlo todo. Ella es una infiel pero qué interesa, si todo lo que ella hace es porque tú se lo has ordenado, porque le has añadido a la amistad esa nota adicional que ella ─tú sabías─ ella siempre necesitaba.

¿Recuerdas el momento en que se encontraron por primera vez? Solos, en ese aeropuerto. Ella llena de maletas, sola, como no la habías visto en tantos años, porque los hijos y el esposo y la familia y los admiradores y las cámaras, etcétera.

Él también la engaña. Eso te hace sentir mejor, es tu coartada ¿Qué tanto vale una coartada? “Este es nuestro secreto y lo será para siempre”, te dice ella en la cama. Mientras te abraza y te vienes y vuelves a tu casa y tiras las llaves y dices que la oficina ha estado terrible, que las mil reuniones y el tránsito en la calle Madison, bla bla bla.

¿Crees que ella no lo sabe?, te preguntas. Ella también te podría engañar ¿no? En noches como aquella en que la encontraste saliendo del gimnasio, sudando junto a otros muchachos, tal vez no tan jóvenes pero en mejor forma que tú: regordete, pálido. Cinco años sin hacer deporte, cinco años comiendo las hamburguesas de mierda y la comida basura que hacen en este país. Y sabes que no te engaña, porque ella no tiene esa porquería que tú tienes en la cabeza, que te altera cuando ves a una amiga, como ella, que te excita. Como se tienen que excitar todas las bestias, enfermos, con los que no puedes dejar de compararte después de que lo haces con ella. Cuando te llama para decirte que aterriza en el JFK otra vez y que se hospeda en ese hotel cerca de Grand Central, que te queda tan cerca del instituto, de ese despacho que cierras una hora antes para poder irte caminando y tirártela como no te has tirado a tu esposa en muchos años, mientras ella se estira en la cama y parece que botara espuma, porque también te pide que la cojas. Que se la  metas hasta el fondo. Que lo hagas mal.

Es una piscina fría. Ya empezó a hacer calor y ahora no importa lo helada que está el agua. Sientes calor en el pecho: puedes salir mojando todo y sentarte en el borde y mirarla. Una y otra vez. Sabes que está mal y te gusta y no puedes soportarlo. Ella también lo sabe y posiblemente el mundo que está muy viejo y millones de otros hombres y mujeres que hacen lo mismo que tú han pasado por experiencias similares. Le han puesto nombre a la infidelidad, han debatido si detenerse, si seguir, si mentirle al cuerpo y confesarse para no volver a hacerlo.

Otros se han vuelto lo que tú eres. Vamos, vuelve a lanzarte al agua y ahora sí: mea.

Video de la presentación de Los Bárbaros

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