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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Vargas Llosa

Y Contarlo todo

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La publicación de La ciudad y los perros en Barcelona, en 1963, supuso el inicio de un período esencial para la literatura latinoamericana. Era la primera vez que una novela peruana se escribía con técnicas que se venían anunciando en textos de algunos precursores, y en Borges.

El auge de la doctrina marxista, la fértil discusión ideológica en París, revoluciones, dictaduras y gritos independentistas, fueron la materia prima con la que los escritores latinoamericanos, calcando a los intelectuales franceses, se convirtieron en protagonistas de la lucha política activa. Varga Llosa tuvo alumnos aplicados: Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina, por citar sólo dos ejemplos, jamás han evitado mencionar la importancia que tuvo en su carrera la lectura de La ciudad y los perros. Vargas Llosa ha estado vinculado, ya sea por su palabra o por sus letras, a los eventos intelectuales y políticos de los últimos 50 años.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, las casas editoriales han estado buscando a su reemplazo.

En apenas dos años, el nombre del Nóbel ha sido utilizado como carnada para atraer a los lectores hacia las novelas de dos escritores.  Entre los peruanos, la influencia es más terrible y por eso el juego de las semejanzas para profetizar a una figura central de nuestras letras se da con mayor frecuencia y fracasa con mayor ruido.

Diego Trelles Paz y su novela Bioy, cargaron en el 2012 el peso de aquella comparación: “Si Vargas Llosa tuviera treinta años y sus orígenes fueran otros pero la potencia narrativa la misma, podría haber firmado este libro. La ciudad y los perros 2.0” decía el escritor Gabi Martínez en la contraportada, marcando desde el inicio el viaje del lector por sus páginas. Trelles, recién terminados sus estudios de doctorado en los Estados Unidos, apareció en los medios peruanos con esa promesa de satisfacer al destino. Algunas críticas fueron demoledoras. “Incapacidad para crear personajes…la historia se va deshaciendo sin solución…hegemónica banalidad” son algunas de las puyas lanzadas por el crítico Yrigoyen desde la revista literaria buensalvaje. Lo que parecía molestarle a muchos no era tanto la calidad de Trelles para contar su historia sino un aspecto que Yrigoyen también mencionaba en su reseña:”precedida por una hábil campaña publicitaria”. La habilidad, consistía en la facilidad con la que Planeta sugería una similitud entre Bioy y La ciudad y los perros. A Trelles Paz se le juzgaba por la mentira marquetera de querer comparar a un escritor novel con un Vargas Llosa ya consagrado. La novela sufre desde el principio en los rangos académicos –que tienen que lidiar con una comparación planteada para hablar de Bioy. La estrategia es útil para posicionar a un autor en el mercado. Luego, éste tiene que defender su calidad midiéndose con la vara del Nóbel.

Así llegamos a fines de 2013 y, utilizando una agresiva campaña de medios, Mondadori junta a Vargas Llosa y al escritor Jeremías Gamboa en los salones repletos de la Feria del Libro de Guadalajara para proclamar la llegada del sucesor. La estrategia es una copia–más ambiciosa y con mayor presupuesto–de la de Planeta con Bioy. Ahora el lector, interesado en leer a Gamboa, se ve enredado desde antes de entrar a las páginas de la novela, por una sola pregunta: ¿Se parece o no se parece?¿Es Gamboa el nuevo Vargas Llosa? La respuesta es no.

El crítico, a quien también se le ha preguntado lo mismo, tiene que responder y acusar el mismo descubrimiento de Yrigoyen: “precedida de una hábil campaña publicitaria”. Luego sucede lo que tiene que suceder. Empiezan las reseñas negativas, las que se lanzan en contra del libro, acusando una estafa promovida por la editorial: “507 páginas que defraudan las promesas del departamento de ventas” dice Guillermo Espinosa Estrada en su comentario en El Universal.

¿Tenía que suceder? Las comparaciones con Vargas Llosa son innecesarias. Muchos escritores peruanos necesitamos medirnos con el héroe que nos entregó La ciudad y los perros. Sin embargo, el intelectual que floreció en aquel mundo donde París era una luz y Odría era la personificación de una sociedad abyecta, no puede germinar del mismo modo en una ciudad que mira hacia Nueva York, desde barrios que, por más periféricos que sean–todas las combis de Lima terminan en Santa Anita–están conectados al universo vía Claro, Cable Mágico y Movistar.

Gabriel Lisboa, el protagonista de Contarlo todo,  merced a ese departamento de ventas de Mondadori,  tal vez permanezca algunos años más en la memoria de unos cuantos miles de lectores engañados por la comparación. Sin embargo, a quienes nos gusta sentirnos orgullosos de nuestros héroes literarios, lamentaremos que se pretenda coronar a un escritor sólo con las armas del mercado. Es cierto que el escritor tiene que comer. Es verdad que resulta penoso que algunos de nosotros tengamos que estacionar automóviles, atender mesas o congelarnos sin calefacción para seguir escribiendo. Sería ideal que las fuerzas del mercado pudieran hacer realidad (todos los meses) el sueño del novel escritor con talento que puede sólo escribir bien y vivir con holgura entre Lima y Londres, mientras espera que se le conceda el Premio Nóbel. La realidad es que así no es.

No habrá otro Vargas Llosa. Los escritores que vengan, los que pretendan convencernos de su calidad, como Gamboa o como Trelles Paz, pueden asumir su figura como reto. Pueden apoyar sus ambiciones políticas en la carrera de Vargas Llosa, si bien necesitan empezar el camino midiéndose con otros nombres, invocando otros universos, alejados de ese padre creador del Jaguar, El poeta y El esclavo.

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El renacimiento peruano y Sigo siendo

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Víctor Angulo, gran guitarrista arequipeño y uno de los músicos presentados en el documental Sigo siendo sobre la música peruana

 

Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo

Don Quijote

Suele ser un lugar común llamar Renacimiento a un período de cierto crecimiento cultural.  En el caso del Perú podría ser un caso extremo de estrechez visual: todo renacimiento debería estar acompañado de un incontestable tiempo de renovación, un abandono de las formas antiguas que se reemplazan por una época de esplendor humanista. Sin embargo, incluso en sociedades cuyo florecimiento cultural e intelectual tiende a ser considerado como el ejemplo mayor del término “renacimiento”, los primeros signos del avance humanista–y acá estoy refiriéndome a los esfuerzos de Valla y de Petrarca, entre otros–estuvieron acompañados del oscurantismo y las costumbres heredadas de la época que aquellos hombres definieron como Edad Media, es decir, la situada en la mitad entre un período de esplendor y otro.

Para nadie resulta un secreto que la actividad cultural, la discusión intelectual y la producción artística han crecido en el Perú a la par del desarrollo económico, con cierta constancia, desde principios del siglo XXI. A nivel internacional, la coronación de uno de nuestros más brillantes intelectuales con el Premio Nobel de Literatura en el año 2010 sirvió para cerrar con un broche magnífico (sin apagar discrepancias de tono político o esconder las consideraciones al deterioro de su obra novelística) una década de crecimiento cultural, de permanente florecimiento de las artes, en muchos de sus campos. La segunda década del siglo XXI ha comenzado a darnos similares demostraciones de lo que se podría denominar como renacimiento.

Es verdad que nuestro florecimiento intelectual y artístico se ve menguado por otras condiciones de frivolidad en la cultura y superficialidad en los contenidos a los que accede el consumidor de medios impresos y audiovisuales. Es una tendencia mundial y el Perú no ha podido aislarse de ella.

Se ha denunciado cómo los intereses políticos pueden perjudicar el nivel de calidad de un medio impreso que ha servido un papel central para la difusión de las ideas, del arte, las letras y las ciencias en la historia peruana. Felizmente, el deterioro de El Comercio, también ha coincidido con la llegada de las nuevas ventanas iluministas que son las herramientas del Internet: notas individuales que se difunden con modestia desde los aparatos que manejan estos peruanos que se suman a la discusión y que, por las condiciones económicas y sociales que primaban antes del comienzo del siglo, están, en muchos casos, fuera de las fronteras del país.

A ellos, se suma la obra de pioneros, intelectuales y artistas que han recorrido el mundo y regresan al país– atraídos por los mismos signos de renacimiento– para, a la manera de los humanistas, demostrar lo que se puede conseguir cuando se ponen las mejores sensibilidades y cerebros al lado a los mejores recursos (técnicas y tencologías de narrar historias o de producirlas) al servicio de nuevas obras (muchas veces redescubriendo y quitando el polvo a lo notable y prestigioso ya existente y poco conocido) que cumplen las mismas funciones que Valla, Petrarca, Nebrija, Porras Barrenechea o Vargas Llosa  cumplieron en su momento: anunciar una promesa de nueva civilización. En nuestro caso: el Perú Posible.

Así veo la aparición de filmes como Sigo siendo, que Javier Corcuera ofrece como obra maestra de su trabajo como documentalista, para conectar las diferentes zonas del Perú con una historia que muestra la riqueza de su música poniendo en evidencia la fortuna cultural de nuestro país. Es una historia que sólo puede ser apreciada hoy, porque es recién después de un largo camino de desarrollo sostenido que existen las condiciones, la teconología, el aparato de producción nacional, los medios de distribución y, mucho más importante: el público, preparado para ver lo que nos enseña la pantalla.

En la última edad media peruana que fue esa noche de desastre político y convulsión de las últimas décadas del siglo XX, en un territorio fragmentado por la guerra, al que se conocía muy poco (porque la sociedad urbana apenas salía y la sociedad rural estaba en proceso de acomodación a la vida de la gran capital y otras capitales regionales) una película como la de Corcuera hubiera sido vista por muy pocos. Además, hubiera sido como un estudio etnográfico: Tres países desconectados, unidos en una melodía a la que sólo hubieran tenido acceso algunas minorías en Lima.

Hoy, todas las regiones del país tienen sus representantes en esas salas de cine que se podrían llenar para experimentar esa conciencia de patria. Y las voces que hablen sobre ella y sobre el fenómeno que significa producir películas que traten con seriedad a la sociedad, que cuenten historias profundas sobre nosotros mismos, vendrán de todos lados.

La discusión sobre la cultura y su desarrollo se abrirá desde ventanas como ésta, en espacios liberados de la tiranía de unos pocos medios de información controlados por unos cuantos individuos.

Hoy aparecen más publicaciones–novelas, crónicas, historietas, ensayos, poemarios–, esculturas, poemas,fotografías, representaciones de teatro o danza que analizan el sentido de la peruanidad. Los extranjeros a quienes les importan las diferentes manifestaciones de una civilización, alcanzan estas obras y también identifican una cultura que, para nosotros apenas se está empezando a reconocer, y  que a ellos les asombra.

No habría que perder la luz, habrá que seguir iluminando el camino. Y no negarle el crédito que tiene en este renacimiento, ese otro sendero de lucha por el progreso (y no por el retroceso y la barbarie de la violencia) que tomó nuestro pueblo, las grandes mayorías nacionales. Hay que apuntar a la integración y condenar los esfuerzos racistas o clasistas. Si nos sentimos orgullosos de la comida y de la música que produjeron quienes mejor siguen representando esa edad de oro que hoy miramos y nos asombra, admiremos y respetemos a nuestros indígenas, a quienes menos tienen.  Esto significa también defender sus áreas de vida y crecimiento, su ambiente, ante la destrucción que pretenden quienes promueven actividades extractivas irresponsables con la ecología. Los peruanos más pobres en dinero pero los más ricos culturalmente, han sabido conservar las tradiciones de sus pueblos a pesar de la permanente batalla en algún momento hispanizadora, en otro afrancesante y hoy norteamericanizante que establece Lima, muchas veces con prepotencia.

Tal vez la falta de recursos desacelere este crecimiento, tal vez no. Quizá la presencia de voces importantes–intelectuales de izquierda, pero también de centro y de derecha– en distintos centros creativos que hoy tiene el país sigan trabajando y dejemos atrás, por fin los años de la oscuridad. El renacimiento del Perú, visible en documentales como los de Corcuera, será el cumplimiento de una promesa a la que muchos le han dado y hoy le siguen dando la vida.

Bolaño, Entre paréntesis y Jaime Bayly

jaime bayly
En sus artículos periodísticos, Bolaño no le escatima elogios a la prosa de Jaime Bayly.

Una de las cosas sorprendentes del libro que colecciona artículos y columnas publicadas por Roberto Bolaño en los últimos años de su vida (1998-2003): Entre paréntesis, Anagrama (2004)*, es el amor que le profesa a la prosa de Jaime Bayly. Tomando como referencia el lanzamiento de Yo amo a mi mami y considerando los libros publicados anteriormente, Bolaño no duda en calificar la prosa de Bayly como “luminosa“, poniendo al escritor peruano dentro de un grupo de 10 escritores latinoamericanos cuya narrativa podría considerarse “viva”.

“Heredero de Vargas Llosa”, “el oído más maravilloso en la ficción en español”, “extraordinaria fuerza en la escritura de diálogos” son algunos de los elogios que sobresalen del artículo de Bolaño y que, para mí, que he leido con muy poco cariño algunas de sus últimas novelas, me fuerzan a intentar su relectura. Sólo guardo buenos recuerdos de No se lo digas a nadie, pero sobre todo de Los últimos días de la prensa. Intenté querer La noche es virgen, en una edición pirata, pero además de la pésima calidad de la impresión, me molestó, creo recordar, el poco trabajo de edición, la decisión de contar y contar sin podar nada. Lo mismo puedo decir de El cojo y el loco.Tendré que volver al texto para ver si la culpa ha sido de un mal lector o, creo sospechar, Bolaño exagera.

Como muchos otros limeños creciendo a principios de la década de los 90, pasé grandes momentos de entretenimiento con las desfachatadas entrevistas de Bayly. Recuerdo ahora, en particular, una  entrevista al humorista Carlos Alcántara, que debe estar en el decálogo de las conversaciones más entretenidas de la historia de la televisión peruana.En este segmento televisivo, la risa deviene tanto de las respuestas del humorista como de las certeras preguntas y repreguntas de su entrevistador.

Otro momento solemne en mi vida con Bayly, fue la entrevista al símbolo sexual mexicano Bibi Gaitán. Bibi, que era una doña nadie para la mayoría de peruanos, gracias a la destreza con que Bayly nos enrostró en la cara la sensualidad de la cantante (mala cantante, hay que decirlo), con preguntas subidas de tono, con dobles sentidos fascinantes para nuestra adolescencia acostumbrada a la pacatería televisiva, se convertió en un fenómeno masivo y nos llevó hasta la locura:quienes vimos el video de Bibi, regresamos alguna madrugada limeña de la borrachera en los kioskos improvisados de Chorrillos a principios de los 90, hasta las gradas del hotel Crillón, para gritarle declaraciones de amor a las ventanas donde suponíamos que ella dormía. No nos hubiéramos atrevido a tanto sin la osadía televisiva de Bayly.

Así que le guardo cariño. Así que me gusta cuando Bolaño lo piropea de escritor a escritor y hasta demuestra su simpatía y curiosidad con aquella frase de un personaje de Yo amo a mi mami, que se va a desfogar el estómago al baño con la frase: “Me voy a alimentar a los chilenos” (típico ejemplo del ingenio con que se manifiesta esa tara nacional que es el chauvinismo y el antichilenismo).

Bolaño también demuestra perplejidad e ignorancia ante el repetido uso de la palabra “pata”, que equipara con el “cuate” mexicano, sin estar completamente seguro (“¿De dónde viene la palabra pata“? se pregunta, cuando no existía aún la indispensable página oficial de peruanismos de Martha Hildebrandt en Internet.)

Otros autores peruanos a quienes Bolaño les dedica páginas de análisis y les sirve elogios como lector, son Vargas Llosa, Alfredo Bryce (a quien llama “un devorador de páginas blancas”, equiparando esta cualidad con la de Bayly) y César Vallejo, personaje principal de su novela Monsieur Pain.

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*Para esta nota, me he servido de una edición, accesible en bibliotecas de los Estados Unidos, de Entre paréntesis, en inglés: Between Parentheses,  New Directions, 2011. Las citas, en esta nota, son mis traducciones del texto en inglés.

“Edith ha mejorado todas mis novelas”

Breve video de la conversación entre Mario Vargas Llosa y Edith Grossman, sobre la edición en inglés de “El sueño del celta”

El poeta visita la ciudad, el esclavo habla de sus libros

Esta noche MVLL presentó la edición en inglés de su novela The Dream of the Celt en The Americas Society de Manhattan.

En el ensayo que acompaña a la edición conmemorativa de los cincuenta años de La ciudad y los perros, Javier Cercas dice: “Vargas Llosa ha escrito, al menos, desde mi punto de vista, cinco novelas que son obras maestras: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor y La fiesta del Chivo. Que yo sepa nadie ha escrito un conjunto de novelas comparables a ese. Nadie”.

Y esta noche allí estaba. Sentado frente a nosotros en una conversación íntima con su traductora, Edith Grossman: el único escritor de novelas en español que ha producido, al menos, cinco obras maestras. Un setentón que conversa con calma y responde las preguntas del público con delicada cortesía. “No puede firmar libros. Se ha sometido a una cirugía la semana pasada y nos pidió que no podía firmar”, dice uno de los organizadores.

La conversación íntima se ha prolongado por más de una hora. A las preguntas formuladas con cautela y con respeto, Vargas Llosa responde con el fanatismo del amante literario. Dice que nunca ha releído Los tres mosqueteros por miedo a no sentir lo que sintió cuando leyó a Dumas de joven. Renueva su pasión por Faulkner y por Dos Passos y refresca memorias del bendito día en que llegó a sus manos una traducción de Santuario. Dice que, después de todos estos años, ha descubierto que pasar varios meses de su vida tratando de entender Question de méthode de Sartre fue una pérdida de tiempo.  Defiende la presencia de la sexualidad en toda novela escrita con ambición. Dice que nunca escribirá una novela con un personaje estadounidense, pero que tampoco pensaba escribir una novela sobre un independentista irlandés “y ya ven lo que pasó”.

Dice estar escribiendo otra novela basada en una historia del Perú. Se explaya en Joaquín Balaguer, en esa frase con la que el viejo mandatario lo enmudeció: “La corrupción llegó hasta la puerta de mi despacho pero nunca entró”. Nos asegura que el riquísimo personaje del ex presidente dominicano se merece una novela. Dice que está contento con la elección de Barack Obama y que “si yo hubiera sido ciudadano americano, yo hubiera votado por Obama”. Asiente cuando Edith Grossman recuerda haberle pedido acceso a “los originales” de una carta mencionada en La fiesta del Chivo ” y  que Vargas Llosa le respondió, como denotando que aquella carta jamás existió: “Edith, yo soy escritor.”

¿Es fuego la literatura?

Mario Vargas Llosa y Edith Grossman conversan como dos viejos compadres. Ahí está el hombre que alguna vez quiso ser presidente de una república. Ahi está el Premio Nobel, respondiéndole al respetable. Ahí estamos nosotros pensando en el compromiso inquebrantable que tiene un escritor con el universo. Vargas Llosa responde una última pregunta: ¿Por qué no hay amor en La guerra del fin del mundo?

Y se mete por última vez en un personaje, en la mente ya derrotada del Marqués de Cañabrava, que somete a una sirvienta creyendo someter al Brasil entero. Se cierra la sesión. MVLL es apurado hasta el elevador. Patricia lo espera. Fin de la noche.

Sobre los cuentos de DeLillo

Don DeLillo y su primera recopilación de cuentos

Me han  recomendado el último libro de Don DeLillo, una colección de nueve cuentos. En la reseña que le dedican en el New Yorker, Martin Amis  anota que todos los autores que admiramos siempre tienen obras que sobran, libros que nadie, solo los especialistas, releerían por placer. A Jane Austen le sobrarían tres libros: Sense and Sensibilty, Mansfeld Park y Persuasion; de George Eliot solo nos quedaría Middlemarch; de Milton Paradise Lost; y, si pudiéramos, nos desharíamos de las comedias de Shakespeare y de algunos dramas históricos.  No estoy de acuerdo con Amis en que –a pesar de la trascendencia de Ulysses–se deshaga de la primera novela de Joyce. Yo podría, perfectamente, soplarme con placer, una y otra vez el Retrato del artista adolescente. El mismo caso sucedería con Vargas Llosa: Hay que leer Conversación en La Catedral ¿Pero debemos negarnos el placer de leer La ciudad y los perros?

Amis se refiere a una frase de John Dryden: la buena literatura trata de darnos “placer y enseñanza”. Si bien la enseñanza no siempre nos da placer, el placer siempre nos enseña algo. Dryden ya nos escueleaba en el  siglo 17, machacándonos que lo más importante en los textos–siempre– es la claridad. (Por eso–además de sus inspirados prólogos y epílogos a las obras de Shakespeare–los escritores siempre deberían cargar las obras completas de Dryden).

Además del New Yorker de la semana, donde encontré un breve texto contra quienes ascienden en la Academia burlándose de la veracidad de enseñanzas liberales como el “sagrado” Canon o  la evolución de las especies (Who wrote Shakespeare? de Eric Idle); empecé a leer The Book of Evidence de John Banville. Ése es el primero de un pequeño cargamento de libros que me ha llegado desde Amazon.com, donde hay dos de W.G. Sebald (Austerlitz y Los Emigrantes), Istambul de Pamuk,  Les particles elementaires (Atomised) de Michael Houellebecq, y Estrella distante de Roberto Bolaño. Con eso, espero estar bien preparado para las vacaciones largas del Día de acción de gracias y para el receso de verano.

Regresando al artículo sobre DeLillo: Amis lo recomienda. Es más, confiesa estar enamorado de los nueve cuentos de The Angel Esmeralda: Nine Stories. Claro que yo tal vez debería releer White Noise o meterme con alguna de sus novelas antes de enredarme entre sus cuentos.

Volví a ver El Inconquistable, el video de Beto Ortiz sobre Vargas Llosa que acompaña la edición de Estruendomudo. Me parece que éste tiene imágenes adicionales del que había visto antes (2010) en Internet. De todos modos, lo importante es que está muy bien hecho, con el amor con el que se hace algo para los ídolos (y no me refiero a Beto, ídolo de Beto). Es un excelente ejemplo de un perfil periodístico escrito con cámaras.

También me ha gustado el video Villoro sobre Villoro, que acompaña al libro Materia dispuesta, Juan Villoro entre los críticos, de editorial Candaya. Al opinar sobre la caótica configuración del DF, Villoro menciona que la capital mexicana es la prueba “escrita en piedra” de que para los millones de personas que emigraron hacia esa ciudad, existían lugares mucho peores.

Vargas Llosa: Veinte años después de la pica pica

“Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.”

Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego

La semana pasada terminé de leer El sueño del celta. Anoche vi en YouTube un tremendo documental sobre la vida de Mario Vargas Llosa. Ambas experiencias me llevaron a recordar los momentos de mi vida en los cuales su obra me entretuvo, o por lo menos aligeró la pesadez del camino.

El año 1990 fue clave para entender el presente peruano. Allí, en dos podios, a pocos pasos uno del otro, Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori eran los protagonistas principales del debate previo a la segunda vuelta electoral. Vargas Llosa les puso como ejemplo a los peruanos a naciones como Suiza, cuya riqueza no consistía en la cantidad de territorios sino en la capacidad productiva de sus nacionales. Habló de libre empresa y de iniciativa privada. Fujimori, por su parte, fustigó a Vargas Llosa por querer asesinar a los peruanos con un sinceramiento de precios. Lo acusó también– y en ese momento la ficción superó a la realidad– de haber probado drogas en su juventud. El estilo combativo de Fujimori y sus promesas de un cambio progresivo y no traumático, con apoyo del Japón; prevaleció ante los peruanos, quienes desconfiábamos de las imágenes fantásticas que ofrecía Vargas Llosa, de un Perú semejante al Paraíso prometido, sin violencia, con crecimiento y prosperidad basada en la inversión privada.

Aún no tenía edad para votar. Sin embargo, mis convicciones estaban del lado de ese escritor, ya famoso, que había decidido rodearse de los intelectuales y economistas para promover un cambio basado en la iniciativa privada y la libertad de empresa. Mario Vargas Llosa fue apabullado en las urnas. Más del 60% del país, decidió que lo que necesitábamos era un cambio progresivo y le dio la espalda a la plataforma del Frente Democrático, liderada por Vargas Llosa, pero conformada también por dos de los partidos tradicionales que representaban a las más agria oligarquía peruana. Si bien la elección la recibí entonces con la tristeza de un cataclismo que impediría el progreso del país, bastó con que se conociera el veredicto de las urnas para que una sarta de animales maquillados como motores renovadores en el Frente Democrático, se sacara las máscaras y mostrara sus colmillos.

Yo había adquirido, casi de niño, a la salida de un supermercado, una versión en papel barato y tapa sencilla de La ciudad y los perros. Ese libro fue una tremenda revelación: una historia podía estar llena de malas palabras y ser a la vez un novelón; sin embargo, entre los juegos pueriles de mi adolescencia, me había alejado casi completamente de Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo, que leí de un tirón en el pueblo de mis abuelos, me dejó el regusto de una obra maestra a la que el autor no se tomó el trabajo de resumir).

En los meses previos a las elecciones de 1990, quise leerlo. Quitándole tiempo a las horas del programa de Estudios Generales, leí La casa verde, Conversación en La Catedral, La Tía Julia y el Escribidor, El hablador, Historia de Mayta, Lituma en los Andes y ¿Quién mató a Palomino Molero?, en préstamos de tres días de la biblioteca de la universidad. Fueron lecturas veloces, inmaduras, de obras que merecían tiempo, lápiz y papel.

No lo volvería a leer sino hasta finales del año 2000, cuando llegó a mis manos El pez en el agua libro al que perseguí mientras hacía mis pininos como mochilero europeo: primero en un ejemplar prestado en Lima, después en La Coruña; en una sala de lectura en Porto; en San Sebastián y, como compañero de tardes desoladas de viajero pobre, en una pequeña librería pública cerca de Picadilly Circus en Londres. Lo terminé meses después, ya habiendo aceptado mi condición de inmigrante, en los fabulosos salones de la New York Public Library en Manhattan. Este libro es un ensayo fascinante sobre un hombre comprometido en cuerpo y alma con el destino de su país.

En Nueva York lo conocí cuando recibía un premio PEN el año 2001, entre otros varios escritores. Departió algunas palabras conmigo, y pareció interesarse en mis primeras experiencias viviendo en Nueva York, a las que comparó con sus años de escritor novato en París. En una conferencia en el recién inaugurado local del Instituto Cervantes, respondió con amabilidad a mis preguntas sobre Faulkner. El año 2009 asistí al homenaje que le brindaron en Guadalajara, México y pude por fin ver la muestra itinerante sobre su vida en una magnífica casona colonial en el centro de la ciudad.

He terminado de leer El sueño del Celta, con la misma felicidad con la que terminé antes La fiesta del Chivo, Las travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. Sin embargo, estos años, mi experiencia más valiosa con sus libros han sido sus ensayos literarios. La verdad de la mentiras es una fuente de información tremenda para el buen lector de literatura inglesa. Allí Vargas Llosa ha reunido sus ensayos sobre autores como Joseph Conrad, James Joyce, Virginia Woolf, Francis Fitzgerald, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Graham Greene y Saul Bellow. Este libro es el compañero imprescindible de muchas de mis lecturas .

La huachaferia según Vargas Llosa


Desde que me mudé al Bronx, he estado pocas veces en Brooklyn. La más interesante de mis escasas visitas, ha sido sin duda la de esta semana a la casa del profesor Joaquín Martínez.

Es la tercera vez que nos reunimos con él y con Camilo y, para variar, ellos hablaron casi todo el tiempo y yo escuché. Ávido, sintiéndome afortunado, como aquél norteamericano con perfecto español que hace unos años se paró de una mesa contigua antes de retirarse, para saludar y lamentarse, pues había estado durante varias horas “disfrutando de la conversación”.

Entre otras cosas, el tema más recurrente fue el de los libros leídos. Como siempre, he hecho una lista de los que me gustaría leer. La reunión anterior fueron The Winter’s Tale , de Shakespeare y Le Planetarium de Sarraute; esta vez han sido El maestro y Margarita de Bulgakov, The History of the Conquest of Mexico de Prescott e Historia de mi vida de Casanova (que ya he empezado).

Joaquín ha terminado de leer el libro de Prescott y parece muy impresionado por el trabajo del norteamericano, quien describe con pelos y señales un país que nunca había visitado, usando gran imaginación y capacidad de síntesis.

Uno de los temas de la conversación, entre muchos otros, fue el de la huachafería. Camilo mencionó un artículo de Vargas Llosa sobre el tema, que hoy he encontrado buscando en Internet: (“¿Un champancito, hermanito?”). Me parece tan feliz, que aquí lo copio. Fíjense en el párrafo final, soberbio; y en su mención a Manuel Scorza (“en Scorza, hasta las comas y los acentos parecen huachafos”).

Huachafería es un peruanismo que en los vocabularios empobrecen describiéndolo como sinónimo de cursi. En verdad, es algo más sutil y complejo, una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal; quien la desdeña o malentiende, queda confundido respecto a lo que es este país, a la psicología y cultura de un sector importante, acaso mayoritario de los peruanos. Porque la huachafería es una visión del mundo a la vez que una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás.

La cursilería es la distorsión del gusto. Una persona es cursi cuando imita algo -el refinamiento, la elegancia- que no logra alcanzar, y, en su empeño, rebaja y caricaturiza los modelos estéticos. La huachafería no pervierte ningún modelo porque es un modelo en sí misma; no desnaturaliza patrones estéticos sino, más bien, los implanta, y es, no la réplica ridícula de la elegancia y el refinamiento, sino una forma propia y distinta -peruana- de ser refinado y elegante.

En vez de intentar una definición de huachafería -cota de malla conceptual que, inevitablemente, dejaría escapar por sus rendijas innumerables ingredientes de ese ser diseminado y protoplasmático- vale la pena mostrar, con algunos ejemplos, lo vasta y escurridiza que es, la multitud de campos en que se manifiesta y a los que marca.

Hay una huachafería aristocrática y otra proletaria pero es probablemente en la clase media donde ella reina y truena. A condición de no salir de la ciudad, está por todas partes. En el campo, en cambio, es inexistente. Un campesino no es jamás huachafo, a no ser que haya tenido una prolongada experiencia citadina. Además de urbana, es antirracionalista y sentimental. La comunicación huachafa entre el hombre y el mundo pasa por las emociones y los sentidos antes que por la razón; las ideas son para ellas decorativas y prescindibles, un estorbo a la libre efusión del del sentimiento. El vals criollo es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical, a tal extremo que se puede formular una ley sin excepciones: para ser bueno, un vals criollo debe ser huachafo. Todos nuestros grandes compositores (de Felipe Pinglo a Chabuca Granda) lo intuyeron así y, en las letras de sus canciones, a menudo esotéricas desde el punto de vista intelectual, derrocharon imágenes de inflamado color, sentimentalismo iridiscente, malicia erótica, risueña necrofilia y otros formidables excesos retóricos que contrastaban, casi siempre, con la indigencia de ideas. La huachafería puede ser genial pero es rara vez inteligente; ella es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa, y, por encima de todo, sensiblera. Una mínima dosis de huachafería es indispensable para entender un vals criollo y disfrutar de él; no pasa lo mismo con el huayno, que pocas veces es huachafo, y, cuando lo es, generalmente es malo.

Pero sería una equivocación deducir de esto que sólo hay huachafos y huachafas en las ciudades de la costa y que las de la sierra están inmunizadas contra la huachafería. El “indigenismo”, explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú prehispánico estereotipado y romántico, es la versión serrana de la huachafería costeña equivalente: el “hispanismo”, explotación ornamental, literaria, política e histórica de un Perú hispánico estereotipado y romántico. La fiesta del Inti Raymi, que se resucita anualmente en el Cusco con millares de extras, es una ceremonia intensamente huachafa, ni más ni menos que la Procesión del Señor de los Milagros que amorata Lima (adviértase que adjetivo con huachafería) en el mes de Octubre.

Por su naturaleza, la huachafería está más cerca de ciertos quehaceres y actividades que de otros, pero, en realidad, no hay comportamiento u ocupación que la excluya esencialmente. La oratoria sólo si es huachafa seduce al público nacional. El político que no gesticula, prefiere la línea curva a la recta, abusa de las metáforas y las alegorías y, en vez de hablar, ruge o canta, difícilmente llegará al corazón de los oyentes. Un “gran orador” en el Perú quiere decir alguien frondoso, florido, teatral y musical. En resumen: un encantador de serpientes. Las ciencias exactas y naturales tienen sólo nerviosos contactos con la huachafería. La religión, en cambio, se codea con ella todo el tiempo, y hay ciencias con una irresistible predisposición huachafa, como las llamadas -huachafísicamente- ciencias “sociales”. ¿Se puede ser “científico social” o “politólogo” sin incurrir en alguna forma de huachafería? Tal vez, pero si así sucede, tenemos la sensación de un escamoteo, como cuando un torero no hace desplantes al toro.

Acaso donde mejor se puede apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, naturalmente, ella está sobre todo presente en el hablar y en el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como Vallejo, y otros que los son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos cuando escriben poesía y sí cuando escriben prosa, como Martín Adán. Es insólito el caso de prosistas como Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquellos, como Bryce y como yo mismo, en los que, pese a nuestros prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escribimos, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos.

He aquí algunos ejemplos de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula “de” o la conjunción “y” en el apellido, los anglicismos y creerse blancos. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real; llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir “pienso de que” y meter diminutivos hasta en la sopa (“¿Te tomas un champancito, hermanito?”) y tratar de “cholo” (en sentido peyorativo o no) al prójimo. Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que en el acto surrealista prototípico era salir salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de televisión, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión. Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar (y organizar) el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacre Coeur y el Valle de los Caídos. Hay épocas históricas que parecen construidas por y para ella: el Imperio Bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras huachafas: telúrico, prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer), devenir en, aperturar, arrebol. Lo que más se parece en el mundo de la huachafería no es la cursilería sino lo que en Venezuela llaman la pava. (Ejemplos de pava que le oí una vez a Salvador Garmendia: una mujer desnuda jugando billar, una cortina de lágrimas; flores de cera y peceras en los salones). Pero la pava tiene una connotación de mal agüero, anuncia desgracias, algo de lo que -afortunadamente- la huachafería está exenta.

¿Debo terminar este artículo con una frase huachafa? He escrito estas modestas líneas sin arrogancia intelectual, sólo con calor humano y sinceridad, pensando en esa maravillosa hechura de Dios, mi congénere: ¡el hombre!

– Mario Vargas Llosa. Publicado en El Comercio, Lima, 28 de agosto de 1983. Derechos Reservados.

Discusiones. After reading Inner Workings by J.M. Coetzee

Gabriela Mistral, poeta ganadora del Nobel en 1945.

-Es una barbaridad que Chile tenga DOS premios Nobel de literatura y Argentina no tenga ninguno.
-Y Colombia tiene uno.
-Pero Colombia siempre ha tenido buena literatura. Y García Márquez se lo merecía.
-Pero el único escritor bueno después del Boom es Bolaño.
-Creo que estás hablando estupideces
-Eso es bastante discutible.
-¿Quién lee ahora a Gabriela Mistral?
-Creo que en Chile hay gente que la lee
-Sí, pero no vas comparar a la Mistral con la influencia de Borges y su trascendencia en la literatura mundial
-Y muchos escritores sudamericanos dicen haber sido influenciados por Vargas Llosa
-Lo que habla mucho de la pobreza de la literatura en Sudamérica
-Estaba leyendo el libro de ensayos de Coetzee, Inner Workings. Ni una mención a Vargas Llosa. No cuenta para la literatura anglosajona. Sin embargo tiene un buen ensayo sobre las influencias en la literatura de Garcia Márquez. Y su deuda a Faulkner.
-Faulkner era alcohólico.
-De eso habla también Coetzee. Era muy tímido y rehuía a la prensa. Nunca terminó la universidad y rehuyó siempre la enseñanza. Hasta que lo convencieron ya de viejo. Le gustó y fue profesor vitalicio de una universidad del sur de EEUU. Parece que ese ingreso fue el único que le permitió no morir en la pobreza absoluta.
-Además fue un escritor de guiones mediocre. En Hollywood nadie quería sus guiones
-Pero era muy respetado como intelectual.
-Bueno. La cosa era que influyó mucho en García Márquez.
-Igual que Sófocles. En el ensayo sobre Gabo, Coetzee menciona que La Mala Hora era la version colombiana de Antígona. Al parecer García Márquez lo escribió sin darse cuenta, se lo dió a un amigo para que lo lea y este le hizo notar el parecido. Por eso le incluyó un epígrafe de Antígona.
-A lo que iba: es una barbaridad que Chile tenga DOS premios Nobel de literatura y Argentina tenga ninguno.
-Ya córtala. No tenemos la culpa que Borges sea un pésimo político. Tú sabes que todo es política en el Nobel. Creo además que lo que dices es pura envidia
-Porque Perú no tiene ningún premio Nobel tampoco
-Que conste que no lo dije yo
-No es eso. Tampoco lo va a tener, los peruanos piensan que Vargas Llosa es el único escritor de talla que existe. La verdad hay decenas de escritores que merecen el Nobel. Y a Vargas Llosa en gran parte del mundo nadie lo conoce. Al menos para el mundo anglosajón Vargas Llosa casi ni existe. O es uno más de los buenos escritores contemporáneos.
-Creo que allí se te va la mano. No le restes méritos.
-No le resto compadre. La ciudad y los perros es una de las mejores novelas que he leído
-Para mí la mejor es La guerra del fin del mundo
-Pero esas novelas no son mérito suficiente para ganar el Nobel
-Pero además tiene un montón de ensayos, algunos muy buenos
-Los relacionados con la literatura son buenos. Los de política son bastante discutibles
-Muy difícil que le den el Nobel a un escritor de derecha
-Pero de todos modos si hay alguien en Sudamérica que se merece el Nobel es Vargas Lllosa
-Y Nicanor Parra
-¿Quién? No jodas. Fuera de Chile a Parra nadie lo conoce
-Habla por tí. Yo sé mucha gente que lo lee en inglés. Más que a Vargas Llosa
-Ya sería la gran concha que le den el Nobel a Parra y no a Vargas Llosa
-Y que Chile tenga TRES Nobel y Argentina ninguno
-La vida ni el Nobel son justos. Sino los tres estaríamos en la playa y no en este cuchitril de mala muerte y Pound hubiera ganado el Nobel.
-Ahí otra injusticia ¿Cómo le vas a dar el Nobel a T.S Eliot y no a Pound?
-Oye, ya me aburrieron, me largo. Hasta mañana
-Lo que pasa es que no te gusta discutir de literatura

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