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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Obama

El comunista

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“Acuérdate de lo que te digo, hijo. Todas las personas que te encuentres en la vida y que te digan que son de derechas, son unos hijos de puta”.

Esas fueron las palabras –creo recordarlas casi iguales después de casi 21 años–con la que un ciudadano español, compañero de asiento en un bus de Flota Barrios camino a Santiago de Chile, me dio mi primera lección de política internacional. Era mi primer viaje solo, fuera del Perú. Cuando le dije mi nacionalidad, el hombre me resumió en tres ideas, lo que para él representaba a mi país: “Sendero Luminoso, Alberto Fujimori, el cólera”.

He ido por muchos caminos; y si bien recuerdo el énfasis con que este compañero de ruta atacaba a las derechas; me ha tocado ver mi cuota de desastres en las izquierdas. Y he conocido gente excepcional en ambos lados del espectro político. Creer que la justicia social es la tarea más importante que tiene en este momento el Perú;  desear que todos tengamos igualdad de oportunidades económicas; desear que el estado intervenga más para dotar a todos de mejores servicios de salud y educación; tal vez me ponga más a la izquierda que a la derecha, pero no podría etiquetarme con un color o una esquina; menos aún con el símbolo de un partido.

En Audacity of Hope, el segundo libro publicado por el entonces senador Barack Obama; el hoy presidente hace una precisa reconstrucción de las divisiones que impiden la conversación entre republicanos y demócratas; entre conservadores y liberales. Hijo de una madre liberal que fue producto de los años 60s; pero nieto de unos abuelos demócratas pero conservadores hasta el punto de haber votado por Nixon (hecho que su hija jamás les perdonó); Obama cree entender que dentro de las divisiones entre una y otra posición política; el ciudadano promedio de los Estados Unidos lo que añora es un país con cierto orden y estabilidad; con ciertas reglas que les permitan pisar seguros y presagiar el destino del país. Este orden se resquebrajó después de la intervención en Vietnam, cuando los jóvenes gritaron que no iban a pelear más guerras por otros; y la contracultura empezó a reclamar derechos para los grupos que hasta entonces habían permanecido más o menos en silencio, respetuosos del status quo: los gays, los latinos, los negros, los defensores del aborto, entre otros.

En un viaje por el estado de Illinois, que puede ser muy azul en Chicago pero bastante rojo en las zonas rurales; Obama creyó haber visto las imágenes de su madre y de sus abuelos; de los vecinos con los cuales creció. Gente que solo quiere paz para trabajar y un estado que les permita saber que si algo pasa no están completamente desamparados.

La prosa de Obama es simple, sin adornos. Sin embargo; siempre mantiene un ritmo entusiasta, tan convincente como el mejor de sus discursos. Describe sus primeros encuentros con los votantes; su primera visita a George W. Bush; la primera jornada de votación en el Congreso; con una vívida descripción de la Casa Blanca y del Capitolio, con el interior de las carpetas de los asientos garabateadas con los nombres de los senadores que antes se sentaron en ellas.

Obama describe el estilo político usado por republicanos y demócratas como un torneo pugilístico a lo “todo vale”; donde no es importante encontrar o trabajar hacia el encuentro de concordancias; sino demoler al adversario. Aprovechar sus flaquezas–y algunas veces su ingenuidad y buenas intenciones– para destrozarlo y ganar puntos para su partido.

Es un libro muy bien escrito. No sólo una guía para su plan político–y ya vemos hoy lo difícil que le ha resultado conseguir buena voluntad de un congreso que desde el primer momento manifestó que “su único objetivo era que Obama no fuera reelegido presidente en 2012″– sino también un testimonio de esperanza; un proyecto para quien quiera construir una carrera en política.

Obama describe en este libro las estrategias de desprestigio usadas contra otras iniciativas o candidatos demócratas;  las mismas que utilizó la maquinaria republicana–entre 2008 y 2012–desesperada por demoler su imagen.  Menciona los comentarios de demócratas escandalizados por la bajeza y rudeza de los insultos inferidos en programas conservadores; y también su réplica, casi convencido de que estos individuos en control de los medios ultra conservadores dicen lo que dicen para aumentar su sintonía y vender más ejemplares de sus libros.

No creo que los peruanos hayamos caído aún en este grado de violencia  y enfrentamiento entre bandos. Creo que la pobre democracia que tenemos; esa multitud de partiditos y personalidades que cada elección apuesta por la lotería del Congreso; tiene muchas deficiencias, pero aún permite, en casos precisos, en temas esenciales, convergencia de opiniones basadas en el sentido común y en el bienestar del país ¿O tal vez soy un ingenuo y no es así? Pasados los años del carpetazo, creo que las bancadas políticas tienen un poco más de apertura para apoyar o condenar incluso a los miembros de su propio partido. Tal vez sea un pequeño signo positivo de un sistema político que desde todos los otros ángulos no es más que una catástrofe.

Dicho esto, tras sólo haber leído el 10% de su libro; lo que me queda bastante claro es que el presidente de los Estados Unidos es un hombre que no sólo está muy bien preparado para el cargo que ostenta; sino que también sigue creyendo en lo que lo atrajo a la política: crear oportunidades para todos; apoyar desde el gobierno a quienes lo necesitan; defender la libertad económica y religiosa del individuo; pero oponiéndose con toda su alma a que siga siendo la clase media trabajadora–y no la pequeña clase privilegiada quien pague con sacrificios una deuda fenomenal, adquirida tras el desmanejo económico y las aventuras bélicas promovidas por el gobierno de George W. Bush.

Obama no es un comunista. Él cree en la mínima intervención del estado. Pero no estará jamás del lado de una minoría de privilegiados si se trata de sacrificar los privilegios ganados y las victorias políticas de la clase media, la clase trabajadora y las minorías.

Allí, en esa posición, también estoy yo.

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Misturas y mescolanzas

Julio Hancco cultiva 185 especies de papa en las alturas del Cuzco.

“Mistura es una mezcla bonita” dice Gastón, en el documental The Power of Food de Patricia Pérez. Mis estudiantes miran y se ríen de buena gana con los comentarios del chef Javier Wong: “¿Puedes comer lomo saltado todos los días? No, porque aburre. ¿Se puede comer cebiche todos los días? Claro que sí. El cebiche es adictivo”.

¿Es una reseña? Sí es una reseña. Es una reseña positiva de un evento que sucede todos los años. “¿En dónde profesor?” En Lima. “¿Y cuántas variedades de papas dice que cultiva? ¿185? Y yo solo conozco 3…”

“Es que en nuestros países hay de todo ¿no es cierto?” “¿El pescado del cebiche no se cocina no?” “¡Se cura con el limón!” “¿Cómo se le dice a ese grupo de gente que canta y baila? ¿Comparsa?”

“Yo lo ví a ese Gastón Acurio, estaba con un chef español muy famoso y habían inventado un tipo de dulce. No sé si se hizo conocido o no.”

Y el documental se va desde la feria en Lima hasta las alturas del Cuzco, donde Don Julio Hancco, que solo ha terminado tercero de primaria, sabe cómo sacarle a la tierra 185 variedades de papa. Habla quechua y sus palabras me hacen recordar las imágenes de ciertas páginas de Los ríos profundos que he venido leyendo en el tren, los cantos a los cernícalos que saltan desde los acantilados y se prenden de los cóndores con sus uñas.

En Mistura encontramos  a “El Chinito” y el mejor arroz chaufa, a los panaderos que compiten por una medalla, a Doña Grimanesa con la receta secreta de sus anticuchos, cocinando los palitos mientras recibe pedidos en el celular; a las comparsas que pasan frente a la cámara diciendo: “Solo se vive una vez”.

Se ha armado un pequeño alboroto en la clase cuando les digo que he descubierto que el diccionario de la Real Academia incluye “pompa” como “bomba de agua y “bloque” como “grupo de casas”. “Eso no está bien…” dice Gustavo, apesadumbrado. Hace una semana, él defendía la pureza del español que se está perdiendo a manos del spanglish.

¿Es el spanglish una mezcla bonita? ¿Es una mistura? ¿O es un injerto abominable que crece y engorda corrompiendo al español?¿Es el spanglish el heraldo negro que nos manda la muerte?

Mis alumnos comparten bocaditos que han traído a la clase y se desean felicidades antes de partir a celebrar Acción de Gracias. “Feliz día del pavo” dicen algunos.

Hoy la noche acaba con buenas noticias. Se resumen en la foto del rostro sonriente de Hillary Clinton anunciando el cese de las hostilidades entre Israel y la ciudad de Gaza; y en este texto explicativo del New York Times acerca del rol del presidente de los Estados Unidos que ha mantenido una comunicación telefónica constante con el líder egipcio: “a singular partnership developing between Mr. Morsi, who is the most important international ally for Hamas, and Mr. Obama, who plays essentially the same role for Israel…”

El artículo dice que la inusual colaboración–Morsi pertenece a la organización extremista Muslim Broterhood– se debe a que el mandatario egipcio parece ser un interlocutor orientado a la resolución de problemas; ha sido franco, ha ido directo al grano. Uno de los testigos presentes durante las conversaciones telefónicas ha declarado que hubo una conexión inmediata entre Morsi y Obama.

¿Será otra mezcla bonita?

Sobre tumbas, comerciales y política

El comercial salió en junio y los votantes en noviembre decían que era casi el único que recordaban.

En el imaginario popular, tal vez no hay imagen más terrible que la del asesino que te obliga a cavar tu propia tumba. Es una escena que hemos vista repetida en la literatura y en la cinematografía ya sea con mafiosos, con nazis o con sicarios del narcotráfico.

Las últimas elecciones usaron esta misma figura para posicionar a uno de los candidatos en la mente de los votantes, con excelentes resultados.

La periodista Jane Mayer, en la edición más reciente de la revista The New Yorker, escribe sobre la efectividad de un anuncio publicitario que salió en junio de este año en los canales de televisión de Ohio y que sirvió para posicionar a Mitt Romney como enemigo de la clase trabajadora.

Del universo de votantes entrevistados después del proceso electoral en noviembre, más del cincuenta por ciento mencionaba recordar “muy vívidamente” la historia de Mike Earnest, contada en un comercial de 30 segundos.

Earnest trabajaba en una planta papelera en Indiana. Un día, sus empleadores le pidieron a él y a otro grupo de empleados, que levantaran un gran estrado de casi 10 metros de ancho. Una vez levantado, los empleadores pidieron que los trabajadores de la planta, los tres turnos, se formaran frente al estrado. Allí apareció un grupo de representantes de Bain Capital–la compañia de capitales que dirigía Mitt Romney, famosa por comprar empresas, reorganizarlas y luego revenderlas con un gran margen de ganancia–para anunciarles que la fábrica se clausuraba y que todos los trabajadores estaban despedidos.

“Mitt Romney ganó más de 100 millones de dólares al cerrar  la planta papelera; al mismo tiempo que destruía nuestras vidas. Así que cuando levanté ese estrado, fue como si hubiera fabricado mi propio ataúd. Pensar en eso me enferma.”

Se me ocurre sólo un ejemplo de aviso de campaña política publicitario tan efectivo. Es aquel famoso anuncio aprista, utilizando imágenes de Pink Floyd, para criticar las políticas del Shock del FREDEMO. Aquel anuncio atacaba el temor de los peruanos al cataclismo de la subida de precios y el despido masivo con la misma efectividad que este anuncio describía a Romney como un “enterrador”, un mercenario del capitalismo.

Earnest cuenta que consiguió trabajo reparando maquinaria para Chrysler y que ahora está jubilado.”El señor Obama nos dio a mí y a Chrysler una segunda oportunidad. Me siento muy satisfecho con ese comercial. Yo sólo dije la verdad. Tal cual”.

La marimba del Colorado

Este artículo ha sido publicado originalmente en el blog Newyópolis de la revista FronteraD.

La premiada miniserie describe un mundo que gira alrededor del consumo de la marihuana.

A principios de su gobierno, Obama organizó una conferencia via internet con los ciudadanos de los Estados Unidos.  Recuerdo que uno de los primeros comentarios del presidente, en un tono entre sarcástico y preocupado (el país estaba aún metido de lleno en la crisis financiera), fue la cantidad de solicitudes que le habían llegado pidiendo la legalización de la marihuana.

En las elecciones del 6 de noviembre, dos consultas populares en Washington y en Colorado han legalizado la marihuana para consumo recreativo (Massachusetts también la ha legalizado con fines medicinales, tal como es aceptada en California). ¿Se veía venir?

Pasar por la adolescencia sin haber consumido marihuana siempre fue difícil. Más aún después de que los hippies la hicieran parte de su parafernalia y Bob Marley conquistara al mundo con sus canciones de paz, amor y ganja. Una droga con propiedades relajantes. Si hay gente que toma café para estar más alerta ¿Por qué no dejar que algunos fumen marihuana para estar más relajados?

Drogas: la humanidad siempre ha vivido con ellas. Cada vez que los gobiernos han intentado controlar su consumo, la consecuencia inmediata ha sido el aumento en el precio y la aparición de mafias ¿Por qué no legalizarla?

Siempre dije que no probaba drogas por temor a que me vayan a gustar. En mi adolescencia, el alcohol y la nicotina fueron mis únicas sustancias “recreativas”. Las veces en que me ofrecieron marihuana –ese tronchito que iba de mano en mano en las reuniones de la facultad–dije que no. No debido a “sólidos principios familiares” sino por miedo a enviciarme.  Alguna noche de juerga en el barrio bohemio de  Barranco, también me alcanzaron un recipiente transparente lleno de un polvito blanco. Dije que no. Es verdad que por temor, pero también porque no tenía ni idea de lo que tenía que hacer con eso.

Tal vez porque ninguno de mis padres “se mete” nada –aparte de esas copas de más en Navidad, cuando a las 4 de la mañana mi padre manejaba de regreso a casa sin manos y en zig zag–, o quizá porque la mayor parte de mis compañeros y amigos crecieron del mismo modo, nunca probé la marihuana.

Hasta los 21 años. Entonces, picado por la curiosidad, en un campamento fuera de Lima, le pedí a uno de mis amigos (y profetas del uso moderado del cannabis) que me preparara un troncho perfecto. Tirado en una hamaca, mirando el mar, empecé a fumar. Sólo recuerdo haberme reído de más (lo cual suelo hacer de todos modos, sin necesidad de estar stone).

Luego de aquella experiencia, acepté los tronchos, muy de vez en cuando, más convencido de que aquél era un vicio que yo podía controlar. Sin embargo, tal vez por mi escaso dinero –o por tacañería–, si bien probé hierba (y en España hachís) jamás la compré, ni me volví un fumador.

Entiendo que la marihuana te despierta la creatividad. Mis compañeros de la facultad contaban que el director de cuenta los alentaba a encerrarse con el departamento creativo a fumar marihuana antes de empezar una campaña. Entiendo que para otros la cocaína cumple la misma función. También que son vicios que algunos son capaces de controlar y algunos no. Conozco amigos que fueron adictos, consiguieron dejarlo y viven felices de su decisión; conozco otros que fuman con regularidad y que de vez en cuando empolvan sus narices y no se consideran adictos. Muchos de mis amigos también han llegado a la conclusión de  que tomar cierta dosis semanal de alcohol o fumar una cantidad diaria de cigarrillos es parte importante de su personalidad.

Legalizar la marihuana en Washington y en Colorado (o en cualquier otro estado al que se le ocurra el mismo procedimiento); debería venir de la mano con leyes mucho más estrictas acerca de la ilegalidad de conducir.  Tendrían que implementarse penas muy severas para el comportamiento inadecuado en espacios públicos. La droga nos desinhibe, nos estimula y nos empuja a hacer todo tipo de idioteces.

La llamada telefónica más estúpida fue la que hice a una chica de la cual estaba muy enamorado. Sin el alcohol haciendo burbujitas en mi cerebro, jamás me hubiera atrevido a decirle lo que dije aquella noche. ¿Si hubiera fumado marihuana hubiera dicho algo más coherente? ¿Ella habría corriendo venido a mi lado? No lo creo. Bueno, me estoy desviando del tema. Malditos recuerdos.

Meses atrás, acompañé a un amigo neoyorquino a comprar su paquetito de marihuana: su dosis semanal. Fue muy sencillo: tocó la puerta, saludó, charló sobre el clima, pagó y recibó un paquetito a cambio. El “dealer” era un dominicano simpático: un miembro muy activo de la comunidad, dedicado a una actividad ilegal.

La marihuana también ha ingreado hace mucho tiempo a la cultura popular. Es común ver en los quioscos de Newyópolis publicaciones orientadas al consumidor de hierba. En televisión, una de las miniseries más interesantes acerca de este tema es la comedia Weeds, donde Elizabeth Perkins protagonizaba (hasta la penúltima temporada) a una guapísima madre de clase media que provee de marihuana a los vecinos del respetable suburbio donde vive; y que se enamora de un capo mexicano que traslada hierba “buena bonita y barata” por un túnel que cruza la frontera. (Un túnel que no tendría nada que envidiarle a la cómoda ratonera por donde, en 1990, el presidente Alan García dejó que fugaran los presos del grupo terrorista Túpac Amaru (MRTA), incluido su ex compañero de carpeta y líder del MRTA: Víctor Polay.)

Ahora se vienen las batallas legales en el Congreso. Los simpatizantes de la propuesta que ha ganado en dos estados de la Unión, tendrán que lidiar con la contradicción de legalizar el consumo de marihuana en territorios que forman parte de un país que la prohibe.

Si se ganan esas batallas, los amantes de la marihuana tal vez empiecen a cambiar sus destinos de entretenimiento y turismo: desde las permisivas calles de Amsterdam con sus coffee shops, hacia las vacaciones con sonido grunge en Seattle, o temporadas de ski ahumado entre las blancas montañas de Colorado.

¡Adelante!

Poster de campaña de Fernando Belaúnde en 1980

En 1980, mis padres y parientes vivían una primavera democrática: los militares dejaban el poder después de 11 años. En ese contexto, un arquitecto que regresaba del exilio pronunciaba la cataclísmica fórmula de su campaña: ¡Adelante Perú! Me causa extrañeza cuando escucho el nombre de Beláunde acompañado de una lista interminable de virtudes.

Muchos familiares eran acciopopulistas y recuerdo haberlos acompañado a pegar con engrudo, en las calles y en las puertas del pueblo de mi madre, los afiches a todo color del sonriente candidato de la lampa.

“No miremos atrás, marchemos hacia el destino brillante que nos espera a los peruanos”, parecía decirnos.

Este año, en inglés, la misma palabrita entró en el vocabulario político de los Estados Unidos: Forward. “¡Adelante!”, en la dirección de Barack Obama. La otra opción es –en muchos sentidos– una apuesta por las políticas aplicadas por G.W. Bush entre 2001 y 2008.

Un día antes de las elecciones, la discusión en los programas políticos ha girado en torno a los retos para ambos partidos de cara a una realidad donde, sólo en 40 años, las minorías hispanas, negras y asiáticas serán más numerosas que la población blanca.

El reto es mucho más grueso para los republicanos, cuyo discurso–a veces racista y excluyente–ha espantado a los votantes moderados. Forward, tendría también que convertirse en la máxima de un partido cuya retórica ha atraído a extremistas y fanáticos de toda calaña.

Look Forward, Republicans! Sólo de este modo se podrían desenredar algunos “nudos” ideológicos. Sólo así se podría pensar en resolver muchos de los problemas de este país.

Sí se puede.


Cambio. Esperanza. Sí se puede.

Desde una plaza de Chicago el presidente elegido Barack Obama ha dado un mensaje extremadamente feliz, conciliador, de aquellos que borran heridas y abren puertas.

El senador McCain también ha abierto sus brazos al vencedor, ha reconocido con humildad sus culpas y ha dado a entender su alegría por la victoria de su rival.

Este no es el Estados Unidos que hemos visto los últimos 8 años de George Bush. Este es otro pais ¿Dónde están los conteos a medianoche, los gritos de fraude, los insultos y la cobardía? Tal vez se han escondido los cobardes ¿Han huido? ¿Aguardan al acecho?

Barack Obama es la esperanza de un pais que se ha preciado de ser durante gran parte de su historia, la esperanza del mundo. La tierra de la libertad, cuna de la democracia, patria de oportunidades. Parece que con Obama vuelve ese país.

Como decía Winston Churchill: “Podemos confiar en los estadounidenses, porque después de hacerlo todo mal, hacen lo que deben de hacer”.

Bush hizo todo mal. Extremadamente mal. Es una tragedia tanto tiempo perdido, tanto barbarismo invertido en derrumbar la confianza, la credibilidad y el liderazgo de los Estados Unidos.

No sabemos lo que pueda hacer Obama. Si la sola fe y la oratoria feliz pueda transformarse en cambio y en esperanza. Pero cuando habla a sus conciudadanos, Obama toca todas las cuerdas correctas.

Si se puede. Es hora de trabajar y sacar adelante a una nación de la cual el mundo espera mucho más. Un lugar al que millones de personas observan con esperanza, asombrados por las posibilidades de la fuerza de las ideas, el individualismo y el buen uso del capital.

Acá no ha pasado nada. Sólo se ha cambiado de líder, sólo se ha transformado la voz, sólo ha cambiado el mensaje. En vez de revancha se menciona conciliación. En vez de problemas se habla de desafíos, en vez de victorias se habla de humildad. No ha cambiado nada y ha cambiado todo. Que el futuro le sea propicio a Barack Obama.

Discurso de aceptación de Barack Obama


El candidato republicano no ha entendido lo que la gente pide en este momento: CAMBIO. El ciudadano promedio de los Estados Unidos, el inmigrante que ha llegado en busca de oportunidades, el trabajador de clase media, el intelectual que se preocupa por la imagen de su pais en el mundo, la madre que solo quiere estabilidad y seguridad para su familia, el estudiante que no quiere vivir con la angustia de no tener trabajo o no poder pagarse un seguro medico, el soldado que teme verse envuelto en otra guerra de la que no podrá salir con vida, el ciudadano americano promedio que ha visto como en dos períodos consecutivos el gobierno de George W. Bush ha dilapidado las reservas dejadas por Bill Clinton, envilecido la imagen de Estados Unidos en el mundo, depreciado el dolar, inmiscuido en dos guerras de las que no sabe como salir ni como demostrar los resultados que se habia propuesto conseguir al empezarla.

El gobierno de la bravuconada y el odio, del autosuficiente partido republicano que ha despreciado a todas las instituciones, organismos y naciones del mundo que se opusieron a su mal planeada segunda Guerra del Golfo y su toma de Baghdad, desde las Naciones Unidas hasta Greenpeace. El partido republicano y los ultra conservadores que se han burlado de la Convención de Ginebra y del Protocolo de Kyoto; que han vilipendiado a los pacifistas, a los ecologistas, a los evolucionistas. Maldita sea la hora en que los eligieron los norteamericanos.

El discurso de Barck Obama anoche en Colorado fue claro, inspirado y concreto. Estados Unidos puede ser un mejor país que lo que ha sido los últimos 8 años, Estados Unidos puede ser aún el último refugio de esperanza para quienes llegan a estas orillas en busca de un lugar donde se dignifica a quien trabaja y a quien quiere hacer dinero y prosperar en el campo que desee, en base a esfuerzo y sacrificio.

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