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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Viajes

Eternal (snows of Iceland)

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The ice over Iceland is eternal. At least in his eyes, the man escaping from who knows what. This one who met people he thought was never going to meet again and walk along the Thames with hunger.

Perhaps, he was looking for a new land. Maybe just opening his eyes, distracting himself in the chances abroad. A foreigner: he didn’t dream to be one of them. He was proud of a flag, of a history, of a piece of land surrounded by coast and mountains. He was ready to stay there forever from the very beginning.

The language: He wasn’t ever ready to open his mouth for more new words and sounds. He would have considered a nightmare the idea of being in front of other people speaking English for more than an hour. A nightmare.

Sometimes, in the new room where he stayed for a couple of years, the nightmare was about going back and being caught in his old land, not being able to come back to New York. All of a sudden, the dream was to stay in this new place, to hold hands with strangers, to get a new history.

Five in the morning: the alarm brought him back to the world of the real: A job. And he started a trip to a place where people called him by his name without knowing anything (anything!) about his life, his parents, his ideas, his successes, his failures. To start anew. To be someone else. To scratch the previous dream: to be a foreigner, a someone who barely could speak the language. To be the new stranger in the neighborhood.

On days like this, when he opens the curtains in the morning, and sees the first white of the snows on the ground, he always thinks about Iceland: the last stop coming from London to New York, before becoming an immigrant, a stutterer.

The morning when the plane landed at Reykjavik airport, he was looking at the eternal ice of Iceland as a free man for the last time. The next stop, in New York, he decided to stay and to become someone else. And he did.

 

 

Diarios de motocicleta

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“Viva Chile po” grita Milal y el eco rebota entre los picos nevados que rodean el lago. Es el borde entre Argentina y Chile, el comienzo de la gran aventura sudamericana. “Cuando seamos viejos deberíamos regresar y poner un hospital acá” dice Fuser. Su amigo asiente, es una idea brillante: trabajar haciendo lo que más les gusta, en ese paisaje espectacular de la frontera.

“¿Es tu primera vez fuera del país?” le pregunta. “Sí claro” dice él. Afuera está el desierto más seco del mundo y el autobús de Flota Barrios hará 36 horas de ruta entre Arica y Santiago. Es 1987. Ella se llama Carolina y es la terramoza. Tiene los ojos enormes, las manos muy delicadas. Con una sonrisa coqueta les explica a los dos hermanos peruanos que la admiran que ella también es fan de Soda Stéreo. Ellos acaban de comprar el casete de Signos en Arica. Uno de los alicientes de este viaje es llegar hasta Buenos Aires, la ciudad donde viven Cerati, Bossio y Alberti.

Al salir de Chañaral, después de la parada para almorzar, la música que sale de los parlantes del autobús es Nada Personal. Carolina les dice que ha convencido al chofer para que toque su caset. Él se queda dormido escuchando “Imágenes retro”. Se despierta ─ve que su madre intenta dormir, su padre apunta datos en una libreta, su hermano y su hermana duermen. A través de la ventana sigue mirando el desierto, ese paisaje de arena endurecida que cambia de color hasta que se hace de noche.

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En la mina de Chuquicamata Fuser se enfrenta con uno de los capataces de la compañía minera.  Esa era la palabreja que usaba su viejo cuando no quería decir una grosería. “Chu…quicamata” y los hijos se quedaban intrigados. Sabían que la costumbre venía de los 10 años que su papá vivió de niño en Santiago. Eso de compañías mineras que se apropian de todo también lo había leído él en los libros de Manuel Scorza.

El canoso chofer argentino que los lleva desde Santiago hasta Mendoza viste con saco y corbata como si no existiera el verano sofocante de Santiago. Entre la cordillera sin embargo, hace mucho frío. Cuando se detienen a tomar fotos, el chofer apunta al Aconcagua, se aleja un poco y enciende un cigarrillo. Su madre les pide que se coloquen juntos  “A ver, los tres hermanos…”

Cuando pasan el cartel que anuncia la frontera, él dice: “La tierra del rock”. Cuando Milal y Fuser entran a los pueblos del sur chileno el rock ni siquiera se ha inventado. Los pies de los muchachos se movían con el mambo. Entre el mambo y el tango se crea el nombre de la balsa que los del leprosorio en el Amazonas les regalan para que sigan su camino.

El primer viaje en avión de los tres hermanos peruanos fue a una ciudad en la orilla del río Amazonas. Sus tíos vivían en una villa militar. Allí los niños correteaban descalzos hacia una piscina que se parecía mucho a la de Lima hasta que empezaron los truenos, la lluvia torrencial y los gritos: que salieran corriendo, que se metieran en la casa. Unos minutos después dejó de llover, salió el sol e hizo calor otra vez. Él tenía 7 años y jamás vio nada igual.

Eso del racismo y la desigualdad lo veía entre su familia pero sabía que si decía algo lo iban a acusar de comunista. Según su tío aprista todo se podía entender si leías los ensayos de Haya de la Torre. Había dos vasos llenos de agua y el agua que sobraba era el capital que utilizaba el imperialismo para ahogar a los países del tercer mundo. Tal vez por eso se ilusionó tanto cuando el partido de su tío alcanzó el poder. Y ya saben lo que pasó.

motocicleta1A su otro tío, el que fue alcalde por Acción Popular, casi lo mata Sendero Luminoso. Lo iban a matar sólo porque era el alcalde. No importaba si nunca robó. Tampoco si trabajaba por la utopía de darle a su pueblo luz eléctrica, agua y desagüe y descuidaba su chacra hasta el punto de quedarse tan pobre como los pobres que quiso defender. Años después, la amiga con la que viajó por el sur de Chile─quizá mientras reposaban en la playa de un lago desde donde se veía el volcán Osorno─ le contó la historia de los padres de sus amigas populistas que se hicieron millonarios de modo indebido.

Tras la reforma agraria, algunos parientes leales al gobierno del General Velasco se aprovecharon del cargo. Formaron cooperativas y se quedaron con el dinero destinado a comprar máquinas e insumos. Tal vez por eso desconfiaba tanto de la izquierda.

Formado en un colegio demócrata, a él no se le ocurrió otra cosa que criticar el Fujimorazo. A pesar de que─como muchos en su colegio─ también tiene historias con Keiko Fujimori y sus hermanos. Su mejor anécdota fujimorista sin embargo es aquella de cuando caminaba con su amigo Kanamori frente a la Universidad de Lima y en pleno proceso electoral de 1990 alguien les gritó desde un carro: “Estoy contigo Chino”. Su familia suele olvidarse de los rumores que decían que Vladimiro Montesinos pensaba apropiarse de las tierras frente al mar donde pasan todos los veranos en Arequipa para vendérselas a una empresa de hoteles. Montesinos tuvo tanto poder que nadie le pudo haber dicho que no. También se olvidan de que una de las mejores amigas de la universidad de su hija está convencida de que Montesinos mandó matar a su papá.

Él sabe que admiran en el viejo Fujimori lo que a los otros políticos peruanos les falta: callarse la boca un poco y trabajar más. También que le diera más armas y poder a la policía para combatir a la delincuencia y que reconstruyera las carreteras por las que no se podía transitar. Eso de trabajar mucho es una herencia de sus padres: a mediados de los 1900 ser inmigrante japonés equivalía a ser peruano de segunda clase. Que yo sepa los descendientes japoneses de mi generación saben hablar hasta por los codos y que nadie los obligue a trabajar más de lo necesario. Y son buenas personas, pero también lo son mis amigos hijos de inmigrantes chinos, de palestinos y de judíos. Fujimori ganó en 1990─esa es su teoría─primero porque Vargas Llosa no tuvo manija para controlar a los imbéciles que inundaron el Perú con su propaganda para senadores y diputados. Parecía que el desastroso gobierno de Alan García no había afectado sus enormes billeteras. Segundo: porque la gente creyó─y Fujimori se encargó de reforzar esa idea─que si ganaba, el todopoderoso Japón nos iba a venir a dar una mano. Creían que el emperador nos iba a regalar suficiente dinero e inversión como para escapar de la pobreza extrema.

motocicleta6“¿Cómo es que los españoles pudieron arrasar una civilización capaz de construir Machu Picchu para levantar una ciudad tan horrible como Lima?” se pregunta Fuser. Consideremos que en los años 50s Lima no era ni la décima parte de lo cochina que era entre 1980 y 1990. Espero que nunca se les olvide a los limeños que fue Alberto Andrade, un gordo mestizo, un empresario de clase media alta, el que rescató a Lima del estado de abandono en el que estaba. No fue un político de partido. Antes que él los alcaldes se limitaban a obedecer lo que dictaba la cúpula desde Palacio. Sino hubiera estado Andrade en la Municipalidad quién sabe lo que hubiera hecho el gobierno de Fujimori con Lima. La ciudad se habría llenado de obras de mal gusto, como esa pista mal diseñada y ese museo/restaurante construido con apuro sobre el Cerro San Cristóbal: gran ejemplo de una buena idea mal ejecutada.

Los viajes nos abren los ojos. A Fuser se le abrieron tanto que se convirtió en el Che Guevara.

Después del primer viaje a Chile y Argentina él hizo otro más largo, esta vez solo, hasta Rio de Janeiro. Cruzó Bolivia, después recorrió Argentina sin un centavo, con una amiga, tirando dedo.  Con muy poco dinero llegó y pasó tres semanas en Bogotá. Fue a Europa. Salió de Galicia, recorrió Portugal con muy poco dinero, tiró dedo y terminó en Nuremberg de copiloto de un camión. Estuvo casi un mes en Londres y llegó sin saber muy bien cómo hasta Nueva York. En esos viajes pidió dinero a extraños. Durmió en una vereda, estuvo a punto de morir. Ahora sabe identificar acentos y se orienta bien frente a un mapa. Hoy se cree capaz de juzgar a las personas olvidándose de su color de piel.

También aprendió a no creerle a los que sueltan aquello de que “esas cosas solo pasan en este país”. Los paises son bordes artificiales y siempre llenos de sangre.

Todos los fotogramas de esta entrada pertenecen a Diarios de motocicleta, el filme dirigido por Walter Salles basado en los diarios escritos por el joven Ernesto Guevara durante un viaje de juventud por Sudamérica en 1950.

 

 

 

 

 

 

 

El Restrepo

Camino al Sur. El Restrepo es un barrio con cierto aire a zona industrial. Las calles son como figuras geométricas y en una de aquellas,  angosta, se apiñan los hoteles escondidos, las puertas de entrada a rinconcitos y garajes.

“10,000. 3 horas” dice un cartel en uno de los edificios. Aceptamos. No nos hacen preguntas, solo nos extienden una llave de  habitación en el tercer piso. Por un megáfono se anuncia que estamos subiendo. Tal vez es un tema de seguridad.

“Estense listos” dicen. Limpian los trastos. Y entonces ella hace un movimiento entusiasmado con los dedos (juega con ellos) y con los ojos.

Era un cuarto pequeño. Una cama grande con sábanas que parecían no estar tan limpias.  En el televisior programaban una película que solo se podía ver en las habitaciones del hotel. Porno del peor. Eran dos morenos obesos: obesos como yo. Me miro en el espejo mientras ella se coloca de espaldas para que yo me deshaga de su brassiere.  Y entonces me río. Como un gran tonto, intentando encontrar una frase que se ajuste al momento.  Y me hundo en ella. En El Restrepo.

De aquella vaga memoria solo me queda firme, la espléndida imagen de tu rostro encendido mientras tus caderas se movían; y la de tu silencioso duchazo antes de irnos.

Lo salvaje

Christopher McCandless recorrió Estados Unidos y México sin dinero y sin documentos, leyendo a Thoreau, Jack London y a Boris Pasternak. Esta foto fue encontrada en su cámara, sin revelar, por unos cazadores que encontraron su cuerpo, dos semanas después de su muerte, entre los bosques de Alaska.

¿Cuántas razones tenemos para no conocer el mundo? Pocos seres humanos se dan el lujo de recorrer las trochas de lugares considerados exóticos, o de deambular por valles que no figuran en el mapa, compartiendo noches con las estrellas, pasando hambre con la ilusión de guardar algún dinero para llegar más allá, para vivir la próxima aventura.

Para algunos de nosotros, la próxima aventura es una entrada apurada en una oficina o en un salón de clase, una cadena de minutos que se suceden desde la hora de entrada hasta la hora de salida. Para otros, aventura es conocer. Perderse entre gente a la que jamás hemos visto, vivir algún tiempo sin ningún plan, dejar que esa gelatina que une a cada parte de lo que existe en el universo nos envuelva y nos haga sentir parte de un todo gigantesco, de un organismo único compuesto por individuos, por naturalezas, y por espacios distintos.

El deseo de conocer nos lleva a conocer. Y nada puede reemplazar a esa sensación de estar allí. Lo sabes tú también. Aquello que aprendió Thoreau viviendo al lado de una laguna en New England o Christopher McCandless en su viaje de descubrimiento hasta Alaska, no lo podrás comprender del todo ni aún leyendo varias veces Walden, ni repasando una y otra vez las escenas de Into the Wild. Cada una de esas historias pertenece a sus protagonistas. Ellos sacaron de aquellas experiencias enseñanzas, que les permitieron lidiar con sus propios conflictos y obsesiones. Lo que sí se puede encontrar muy claro en ambos casos –y en el de muchos otros que antes y después de ellos vivieron aventuras parecidas– es que gran parte de la felicidad de esa experiencia es compartirla, así sea solo para servir de guía y motivar a que otros individos –tal vez más jóvenes o más temerosos del mundo– se animen a vivir sus vidas, y a no dejarse vencer por la falta de dinero o esas otras miles de razones que uno se pone para no agarrar una maleta y viajar por el mundo.

Se puede ser feliz estando solo. Se puede ser absolutamente feliz sin tener un centavo en el bolsillo y sin saber qué depara el siguiente día. Se puede vivir a plenitud y encontrar respuestas a preguntas trascendentales que jamás nos enseñará un libro o una película. Un hombre puede reinventarse y dejar por algún tiempo la sociedad.  Puede también encontrar la paz en un espacio sin demasiadas reglas ni trabas: un mundo que aún existe, que sigue allí, esperándonos.

Oceánico

El mar me ilusiona. Recuerdo haber estado caminando por Madrid, observando un punto “donde tenía que estar el mar”. Al no encontrarlo sentí que la geografía había fallado. No me parecía posible vivir bien en una ciudad lejos del océano. En Ubatuba una argentina me dijo que conocía Lima. Su avión se quedó una noche de más y la mandaron a dormir a un hotel en el mugroso centro de los años 80s. Le pregunté si se había asomado por la Costa Verde, si había camnado por los malecones de Miraflores y Barranco. Me respondió que no sabía que Lima estaba al lado del mar. Casi le digo “¿cómo se te ocurre?”.

En el invierno, mi hermano y yo íbamos a bogar en La Punta. Usualmente los ejercicios sucedían en un pedazo de mar calmo y estancado detrás de los rompeolas. Lo más riesgoso era darse la vuelta, mojarse y perder los remos en la maraña de plantas bajo el agua. Pero un sábado con sol nos lanzaron a competir en las regatas a mar abierto. Tenía 9 años y fue la primera vez que sentí con intensidad la fuerza del océano.

Tenía tal vez 15 cuando seguí a mis primos y salté desde una peña enorme que miraba hacia el mar abierto. Desde allí arriba parecía sencillo nadar en esa inmensidad y regresar. Sin embargo, allí adentro, demasiado consciente de que solo contaba con mis brazos para volver hasta las peñas, nunca me abandonó la idea de morir ahogado.

Alfonso Reyes tiene un buen ensayo en que escribe sobre los griegos y el mar. Se llama “Un dios del camino” y está incluído en una bella antología de sus estudios helénicos, editado por Fondo de Cultura: Junta de sombras. Allí Reyes desmitifica la imagen del griego que se trepa apenas puede a su barquichuelo y se va a navegar en busca de aventuras. “A ser dable, se prefería rodear los golfos y radas, mejor que cruzarlos”, dice Reyes.

Estando en camino a Puerto Montt conocí un ferry. Es un crucero breve pero rodeado de automóviles y familias ruidosas. En Nueva York, el ferry gratuito que cruza hasta Staten Island es una experiencia que siempre recomiendo.

En Lima manejaba de más solo para poder encaramarme con mi refrigerio–un taco, un sánguche–sobre esas rocas al lado del Salto del Fraile, observando el mar. Cuando llego a una ciudad me llama el agua. Ese mundo líquido me promete en silencio, me lleva a otros mundos sin que yo me haya movido.

Un puchito en San Luis

El piloto de la camioneta les ofreció un cigarrillo como si les ofreciera un bote salvavidas. Los había encontrado a ambos, Renato y María, tirando dedo al borde de la carretera que cruzaba la pampa rumbo a la ciudad. Eran las 8 de la tarde. Renato y María se habían detenido a pocos pasos de un grifo de carretera, luego de caminar un par de kilómetros desde la salida de la ciudad de San Luis. Llevaban casi todo el día en los bordes de la autopista, pues venían cruzando la montaña, con la idea de llegar al otro lado del continente antes del día siguiente.

Renato y María aceptaron el cigarrito, subieron sus maletas a la vieja camioneta pick up, y se fueron con él, que no les prometió llevarlos hasta la siguiente ciudad–porque el siguiente pueblo estaba a más de dos horas de camino–pero sí les ofreció alojarlos en su casa. El hombre se llamaba Vicente, su esposa se llamaba Sofía, y sus tres hijas pequeñas se llamaban Rina, Elena y Catalina.

Vicente y Sofía, cuando tenían 22 años, habían recorrido Argentina a bordo de aquella camioneta. En el verano  hacía mucho calor durante las madrugadas, así que cargaban con ellos un colchón dos plazas, al que llamaban El Muerto. Tiraban el colchón sobre la tolva y dormían al aire libre. De norte a sur, de este a oeste del país. Fueron sus años hippies. Después Vicente intentó hacer empresa en la capital, llegó a tener un chalecito clase media en Ituzaingó, un pueblo a una hora de tren desde la estación de Constitución; pero se aburrió de eso y de la vida sedentaria y se movió para San Luis. Con esa camioneta repartía las galletitas que su hermano, dueño de una fábrica en Buenos Aires, le enviaba todas las semanas. Era un trabajo que le daba lo necesario para comer, para educar a sus hijas y para no deberle nada a nadie.

De la carretera se abría una pequeña trocha, y desde allí el carro entraba hasta su casa de campo: terraza de troncos cubierta de vides, árboles frutales, un huerto donde sembraban hortalizas y legumbres. Vicente tenía una barba larga y blanca, el jean gastado,  la camiseta descolorida y una frente amplia. Su esposa era más bien menuda, muy delgada y enfundada en unos blue jeans desgastados pero bien ajustados que dejaba ver unas piernas bien conservadas. Llevaba el pelo negro lacio y largo, cargaba siempre una sonrisa de niña traviesa y llevaba con ella unos ojitos pequeños que se le achinaban cuando sonreía.

Apenas entraron en la casa y se saludaron, cuando empezó una lluvia torrencial. Renato y María cruzaron una mirada, pensando qué hubiera sido de su viaje por la carretera si Vicente no los hubiera recogido. Se imaginaron corriendo a buscar guarida debajo del techo del grifo. Vicente les ofreció sentarse, conversar, otro cigarrillo y cervezas. Ese fue el comienzo de una seguidilla de ofrecimientos, que se dió a lo largo de la noche, porque a ambos anfitriones les encantaba hablar con gente que viajaba, les encantaba volver a hablar de su travesía desde los Andes hasta la Patagonia; les encantaba decir que estaban felices en esa pequeña casa en medio de la nada y que la vida de la ciudad nunca podía compararse con el esplendor de una buena parrillada bajo el sol de San Luis. Además, lo habían hecho pensando en las niñas, que crecían mucho más tranquilas en ese ambiente campestre que en el violento  y despersonalizado centro de la capital. “Cuando terminen la escuela secundaria, las tres tendrán la posibilidad de escoger–ya maduras, ya formadas–si se van de casa, si se quedan a cosechar, a sembrar, a hacer vida de campo o se largan para la capital. Vicente les dijo a sus muchachas para salir a hacer unas compras y se subieron a la camioneta, en medio del aguacero, rumbo a la ciudad. De lo que se trataba era de comprar una pizza casera tamaño familiar, mucho más vino y cerveza y cigarrillos y comida para invitar, porque aunque María y Renato dijeron que no se molesten para nada -solo con haberles dado una cama ya habrían sido bastante felices-, ellos insistieron, porque les encantaba tener huéspedes pero nunca tenían provisiones suficientes cuando no esperaban que dos extranjeros hippies les llovieran una tarde de improviso.

Así que regresaron con varias bolsas y muchos más cuentos de su vida y de San Luis y la ciudad,  y cuando llegaban a la casa empezaron los truenos. Renato y María volvieron a mirarse; y agradecieron por haberlos salvado de aquella pesadilla eléctrica. El granizo comenzó a destrozarlo todo. Fue como una avalancha encima de la casa. El granizo rebotaba por todos lados. Renato y María contaron asombrados que era su primera experiencia con los trozos de hielo y Vicente dijo que iba a abrir un poquito la puerta y por una hendidura sacó una varita de madera y arrastró un trozo de hielo enorme como una roca de esas que las madres usaban en la cocina para chancar ajos. Cerró la puerta apoyándose con todo su cuerpo, un poco preocupado porque la tormenta era más fuerte de lo que acostumbraba ser en el verano. Se sentaron alrededor de la mesa y empezaron a hablar bajo el persistente sonido del hielo, mientras su esposa en la cocina preparaba la pizza en el horno, pero saliendo a cada minuto para seguir la conversación y reirse y preguntarles que es lo que los había llevado hasta San Luis.

Renato les contó que él había planeado un viaje al norte aquél verano. Lo más al norte que se pudiera, tal vez cruzando el Canal, si podía llegar hasta allí sin gastar mucho dinero. Pero María quería ir hacia el sur, asistir a un concierto de los Rolling Stones en Santiago; y después recorrer toda la zona de los lagos e intentar llegar hasta el Atlántico y lo más al sur que se lo permitiera el tiempo y el dinero. Renato dijo que ya estaban a punto de irse por dos caminos distintos, cuando comenzó la guerra con el país del norte. María lo llamó por teléfono apenas escuchó las noticias y a Renato no le quedó otra que acompañarla porque ese verano de verdad quería viajar; y si bien quería conocer Ecuador, Colombia y Venezuela, tampoco le disgustaba la idea de ver el sur de Chile y a los Rolling Stones. Así que estuvieron primero recorriendo de norte a sur, ahorrando al máximo la poca plata que tenían. Tomaron un tren que los llevó hasta Valdivia y después durmieron en posadas baratas hasta Puerto Montt donde el frio parecía ya provenir del Polo Sur. Después tuvieron que regresar a Santiago para el concierto y, cuando se dieron cuenta, se habían gastado casi la totalidad de su dinero entre posadas y comidas, y uno que otro gasto extra, como aquella noche que dijeron “a la mierda” y se fueron a bailar a la discoteca más austral del mundo y caminaron con el mar de la Antártida al lado y el frío encima. A la mañana siguiente a Renato casi lo atropella el caballo de una carroza que apareció de la nada cuando caminaban de regreso hacia su posada, medio congelados, pero agradecidos por la noche y aún con la voz del vocalista de La Unión cantando Lobo Hombre en París en los oídos, después de haber resonado en las paredes de aquella discoteca.

Un camión  lo cruzó de un país a otro cruzando los Andes, y luego los llevaron carros,  una furgoneta, una camioneta de aquellas con grúa articulada de la compañía telefónica, camiones y vehículos particulares. María le contó a Vicente y a su  esposa como había pescado una bacteria cuando se lavó con el agua de una pileta pública, en Mendoza. Una conjuntivitis que le transformó uno de sus ojos en una pelota de tenis.

María enseñó su ojo todavía no completamente deshinchado, aunque mucho mejor que aquella mañana cuando tuvo que gastarse una parte importante de su poco dinero en comprar una crema carísima para la conjuntivitis. Y estaban pensando seguir así a la mañana siguiente, esperando llegar al mar antes de la noche porque ya no les quedaban muchos días: María necesitaba matricularse en la universidad y Renato tenía que volver a su trabajo. La pizza estuvo lista. Vicente invitó cerveza y las niñas se fueron a dormir antes de la sobremesa, que fue donde la tormenta se puso más fuerte y se fue la luz y Sofía les informó que se había cortado el teléfono.

Prendieron las velas y siguieron conversando acerca de las diferentes lisuras e insultos de todos los países; y hablaron de Brasil y de Argentina y de Perú y de Lima y de Buenos Aires y de un lado a otro; de caminos que les faltaban por recorrer pero que ellos ya habían seguido; y de la política, la cerveza, el vino y la pizza. La mejor velada de la historia, hasta que se hizo tan tarde que Vicente sacó al Muerto, el histórico colchón que sobrevivía a los años echado sobre el ropero del dormitorio y que podía ser ofrecido a dos viajeros como Renato y María sin remordimientos; porque El Muerto se ha hecho no para la casa sino para la aventura y en este caso eran dos muchachos que bien podrían ser ellos, en una casita caliente pero en medio de la nada y El Muerto estaría satisfecho.
Amaneció en San Luis y el sol ya estaba otra vez sobre la casa y todos estaban despiertos menos Renato. Vicente ofreció preparar un asadito en el patio, al que ni María ni Renato podían decir que no. El tiempo para llegar hasta Buenos Aires y regresar hasta Lima se ponía escaso, pero la barriga de los viajeros decía que no se desperdicia un pedazo de buena carne de la pampa cuando has estado varios días al borde de mendigar comida. Así que aceptaron la carne, el vino, la cerveza y los cigarrillos otra vez; y comprobaron que la tormenta había barrido con todas las parras y todas las uvas para ese año. Era un desastre. Sin embargo Vicente dijo estar seguro –lo repitió otra vez–de que nada era grave en el campo. A diferencia de la ciudad donde la violencia, la delincuencia, el ritmo de vida, etcétera…

Esa mañana Renato y María conocieron a los perros: cinco pastores alemanes hermosos, de orejas atentas, gordos pero ágiles que oyeron ladrar enmedio de la tormenta. Los perros estaban dando vueltas por el patio de la casa, mientras Vicente calentaba la parrilla y sacaba la carne y ofrecía cientos de historias a los jóvenes hippies. Renato y María sabían que tenían que marcharse, que si no seguían su camino aquella tarde iba a ser difícil que les alcanzara el tiempo para visitar la ciudad al menos por un par de días y hacer el camino de regreso. Dijeron que partían después del almuerzo, pero Vicente y Sofía insistieron en que tenían que ir a dar una vuelta por los alrededores para enseñarles  un par de sitios preciosos a los que tenían que regresar cuando tuvieran más tiempo y estuvieran de vuelta. Y tenía que ser rápido porque ya regresaban las niñas de la escuela y había que recibirlas. Regresando del paseo sucedió la desgracia: Vicente dijo que iba a sacar la camioneta del garaje para llevarlos al camino, que las niñas ya estaban por llegar.

La camioneta estaba metida en un garaje techado, a un lado de la casa. Alrededor saltaban los perros. A uno de ellos le gustaba echarse detrás de la llanta. Renato lo vio, vio lo que iba a pasar, pero no pudo hacer nada. Fue demasiado rápido. La llanta patinó en la cabeza del perro, la sangre salpicó hacia todos lados mientras el animal se sacudía antes de morir. Vicente bajó del carro con la cara descompuesta por el horror. Todos los demás se habían quedado paralizados. Secándose el sudor de la frente le pidió a Renato que le ayudara con una lampa a hacer un hoyo en el patio. Tenía que ser muy rápido porque las niñas estaban por llegar. Echaron el cuerpo, un paquete de huesos que sólo unas horas antes había sido uno de los perros más alegres y vivaces sobre la tierra. Los otros perros acompañaron de cerca el pequeño entierro, sin entender mucho lo que estaba pasando.

¿Entenderían? Soló unos minutos después de la última palada de tierra, aparecieron las niñas tras la verja de una casa contigua. Traian regalos para Renato y María: una pirámide de cuarzo y un llavero de mármol con la forma de la provincia de San Luis. Aunque el clima era tenso y el silencio no disimulaba nada, las niñas parecían no haberse dado cuenta. El viaje hasta la carretera fue como la bienvenida: muy alegre. A pesar de que la garganta de Vicente aún no articulaban bien, Vicente hizo algunas bromas sobre el camino y volvió a invitarlos a quedarse si es que nadie los recogía aquella tarde. Vicente encendió un último cigarrillo con Renato, y le dijo que un día iba a viajar de nuevo hacia el norte, queria visitar Lima y comprobar si ésta había cambiado desde la última vez que llegó manejando, allá por los años 70.

Con el puchito final se abrazaron y se despidieron. El último regalo fue una bolsa gigante de galletitas para el camino y un beso en la frente. Siguieron haciendo hola y dando vueltas por allí durante la hora que les tomó encontrar un auto que los llevara. A Renato no le disgustaba mucho quedarse otra noche entre aquella familia, pero María–que era la voz de la razón cuando se trataba de viajr contra el tiempo–lo hizo razonar que ya no podían quedarse más ni abusar más de una hospitalidad exagerada como aquella.

Así que se subieron al primer camión destartalado que pasó y que se detuvo. María hizo como que no vio que el chofer tenía los bigotes sucios y manejaba sin camisa y tenía cicatrices y tatuajes. Que apestaba a alcohol y que cargaba una botella de plástico con trago en una mano y un cigarrillo en la otra mientras conducía. La familia de San Luis volvió a pasar unas horas más tarde y ya no los encontró. Entonces se alejaron en su camioneta levantando el polvo de esa trochita en medio de la nada. Mientras tanto, el camión que llevaba a María y a Renato se abrió paso entre la bruma y el calor, lento, despacio, por esa autopista que iba directo hacia un mar de plata.

En un bus

Podría empezar con la primera vez que la vi.

Hacía calor y su blusa dejaba ver  el color de su ropa interior. Llevaba una falda ajustada y unas medias oscuras que apretaban sus piernas. Se llamaba Paola. Me lo dijo cuando nos presentaron en el autobús.

A mi lado se había sentado un vendedor locuaz. Conocía el país de palmo a palmo y de lo único de lo que hablaba era de las mujeres que lo esperaban en cada pueblo.

–¿Te gusta la azafata? me preguntó. Sin darme tiempo a decir que sí, la llamó y nos presentó. Ella me dedicó una sonrisa y sus bucles negros taparon una parte de su rostro.

–¡Mira que señor culo que tiene! Y creo que le gustas…

Reí, haciéndome el desentendido. Conforme seguimos viaje, a Paola se le fue desarreglando el uniforme y pronto la vi con un botón desabrochado, por donde se veía su largo cuello y el principio de su busto.

Tras unas horas de viaje, me trajo un regalo. Había  comprado unas cañitas dulces. Frente a la mirada inquisidora de mi compañero de asiento, Paola me las entregó, diciendo que pocas veces le tocaban pasajeros tan simpáticos.

–”Ay, le gustas, le gustas, hermanito”, me dijo mi compañero,  mientras me codeaba y yo mordía mis cañas una a una, mirándola pasar.

Así se pasó la tarde en el bus. Bajó un poco el calor y Paola se acercó una vez más a buscarme conversación. Le conté algo sobre mi vida pero la presencia de mi compañero –que fingía leer un periódico– me avergonzaba.

Nos quedaban unas cinco horas más de viaje cuando nos detuvimos a cenar. Era un restaurante campestre muy descuidado, al lado del camino, enmedio de una selva de bananos. Mi compañero dijo que le había alegrado el viaje y que quería invitarme la comida. Escogió una mesa y nos sentamos. Mucha gente ordenaba al mismo tiempo, el servicio se demoraba,  y entonces aproveché para escaparme hacia los baños. Fui buscándola. No pensé encontrarla cerca de la puerta de los servicios, ni que ella me pusiera un papelito doblado en la mano y que con voz discreta me dijera: “Léelo cuando tengas un tiempo ¿sí?”

Me metí al baño, corrí el seguro y desdoblé el papel. Lo leí:

“Eres el pasajero más lindo que he atendido en mis viajes, espero que nos mantengamos en contacto y que podamos ser amigos”

No pude cenar pensando en cómo deshacerme de mi compañero de asiento. Apenas si escuché sus historias: todas tenían que ver con mujeres preciosas, amantes que lo esperaban en pueblos de miseria con la cama destendida y la comida lista. Paola estaba sentada al otro rincón del comedor, en una mesa especial con el chofer y la tripulación. Cuando llegó la hora de subirnos al autobús, allí estaba ella otra vez, mirándome con calor.

Oscureció pronto. Me hice a la idea de que sería otro viaje sin contratiempos. Pensé que unas horas después entraríamos al terminal terreste y yo proseguiría con mi viaje. Tal vez ella me daría un teléfono y podríamos vernos luego. Mi compañero de asiento estaba distraído haciendo anotaciones en una libreta. Sospeché que Paola estaría en los últimos asientos, al lado de los lavatorios. Pedí permiso y fui hacia allá.

Estaba sentada pero no sola. Conversaba con uno de sus compañeros. Abrí la puerta del baño y me metí.

Sentía el traqueteo del carro mientras espiaba por la ventanita del lavabo el paisaje de plantaciones entre las cuales se abría paso la carretera. Pensé complacido en que por lo menos me había atrevido. No podía hacer otra cosa que esperar llegar a la ciudad.  Traté de animarme: si tenía suerte tal vez saldría de los baños y la encontraría sola. Pero si aquello sucediera ¿Qué le diría? Resignado a cualquier cosa, abrí la puerta y salí.

Allí estaba Paola, sola. Iba sentada en ese último asiento del autobús, pegada a la ventanilla. La saludé, ella hizo un ademán con los ojos y me senté a su lado.

–He leído tu carta. Quería decirte, que tú también me gustas mucho.

No era un discurso planificado, fui sincero y directo. No había planeado besarla ni que ella aceptara mi lengua que presionaba contra su paladar. Tampoco planifiqué que mis manos siguieran su propia dirección, apropiándose de sus pechos, ni que continuaran camino –provocándole un estremecimiento– hacia ese destino debajo de su falda. Mi boca sostenía la suya en un beso que nos arrancaba todo el aire.

Unas horas antes, había estado en ese mismo autobús sin saber cómo iniciar una conversación. Ahora, luego que mis dedos encontraron la ruta, le pregunté sin reparos si le gustaría complacer un deseo.La escuché murmurar algo que yo desconté como una afirmación. Luego sentí el calor de su boca, grande y tornasolada, donde se derramaron mis primeras tímidas gotas.

Recuerdo con claridad el ritmo frenético de esas horas, la calentura que me estremecía esa noche. Paola ya no era ella: en la oscuridad del autobús la vi bajarse las medias y la sentí dejarse caer sobre mí.

Apenas había luz, si bien se podían ver las espaldas y las cabezas de los pasajeros en los asientos. No supe si dormían, ajenos a lo que pasaba en la última fila; o si es que prefierieron ignorarnos. En ese momento, mientras ella y yo practicábamos un rito al que algún tipo de deidad nos había predestinado, nadie pareció percatarse de nosotros.

Un timbre sonó de improviso y una luz se encendió entre los asientos, muy adelante. Paola se subió las medias, se acomodó la blusa, la falda, y me susurró al oído: ya vuelvo. Se fue por el pasillo regalándome una visión. Regresó luego de unos minutos para acomodarse con velocidad. Y mientras copulábamos como salvajes, yo apreciaba las curvas fascinantes de su espalda, esforzándome por fotografiarlas para siempre en mi memoria,  repitiéndome a mi mismo: Nunca lo olvides. Estos recuerdos son los que hacen feliz a un hombre durante toda su vida.

Terminamos. Nos besamos. Se arregló la blusa y me ayudó a organizar el desorden dentro de mi pantalón. En la oscuridad la vi mirarme a los ojos. Un haz de luz entró por las cortinas arrejuntadas de nuestros asientos. Entonces ella me dijo: “Estamos llegando”.

Divino en Bogotá

El Divino corría olas y remataba polos de sus viajes para recursearse cuando regresaba a casa. El último negocio que se le había ocurrido, luego de ver a una morena hacer lo mismo en las calles de Santiago, era ofrecerle fotos a la gente vendiéndose como el hijo de Dios. Dos de sus mejores amigas fueron reclutadas como adoratrices, y lo seguían en la calles cerca de la Carrera Séptima y la Caracas. Ofrecían marcadores de libros con la imagen del Divino, vendían oraciones y arreglaban fotos con él, que se tomaban con la cámara de los clientes, considerando la posición del sol.

A Marcelo se lo presentaron antes de salir en grupo hacia la discoteca El Goce. “El Divino conoce tu país” le dijo la dueña de la casa, Hilda, la muchacha que había conocido la tarde anterior entre los periodistas que esperaban a que terminara el concierto en el Parque Simón Bolívar para entrevistar al cantante de La Pestilencia; y que lo había invitado a pasar unas noches en su pequeño departamento de soltera, sobre la Plaza del Chorro en La Candelaria.

“Estuve en el norte y en la ciudad de la Mugre” dice con seriedad, mientras pasa lo que resta del cigarrito a su adoratriz, que con la mirada concentrada, lo sostiene y se lo lleva. El Divino se ha cambiado la túnica blanca con la que recorre las calles de Bogotá y ahora viste una camiseta estampada de Chicama Beach. Sostiene en la mano derecha una botella de vino. “Espero que te guste la salsa”–dice él–”porque el lugar a donde vamos a ir es el mejor lugar para bailar salsa en todo Bogotá”. Marcelo asiente y mira de reojo a una de las adoratrices, que también se ha despojado del vestido vaporoso con el que llegó y luce una camiseta escotada.

Todos caminan entre los empedrados húmedos de las callecitas estrechas de barrio, bajando hacia el corazón de la ciudad, hacia el cruce ruidoso donde una modesta puerta de madera y una luz verde los invita a pasar. “Este es el Goce, ahora a bailar” parecen decir todos, mientras llegan las primeras cervezas a sus manos, porque ellos saben que viaja sin dinero y no necesita pedirles nada. El Divino lo deja bailar con sus adoratrices y hacerle un sanguchito a la del escote atrevido. Se llena la madrugada lentamente, con un baile que respira sudor y vejez neoyorquina, cuando Rubén Blades llega a El Goce con toques de música mágica y Lavoe abre la última página de un periódico de los 70s.

Su amiga Hilda le mencionó una nota sobre la música en Medellín, las tendencias del metal pesado que se han apropiado de la escena bogotana. Nada de aquella influencia se nota en este viejo bastión del último mundo con sabor, nadie piensa en camisetas negras y sudor furioso cuando mueve sus caderas al ritmo del Gran Combo. Se sucede la noche en cansadas metáforas de adolescente que se transforman en adultos y la barba gentil del Divino lo abraza de amistad y le brinda toda la cerveza necesaria, esa ganada a punta de caminatas por la Séptima y fotos-souvenirs.

Cierra El Goce porque hay cierta norma que rige los clubes para que se callen pronto, la ley Zanahoria, y el grupo se antoja por barrios más modernos, dentro de un edificio de elevadores y vidrios nuevos, dentro de un cuarto, en un sótano donde otras bandas alternativas que rinden su pleitesía al rock sobre un escenario diminuto y frente a una bandera colombiana desgastan la madrugada a escondidas. Muy apretados, muy jóvenes, el Divino es uno más de los que disfruta del concierto con las piernas cruzadas sentado sobre el suelo del departamento.

Se marchan entre tropas de otros lados, por calles de las que Marcelo jamás sabrá los nombres. Persigue a una de las amigas que le brinda hogar sobre El Chorro y ella le ofrece una historia sacada de su infancia en Villavicencio, donde la niñez feliz y los estragos de la guerra se confunden con tenias que le arruinan el estómago. A su lado, El Divino marcha entre las dos adoratrices y discute la sencillez del mundo en un monólogo al que ellas parecen adorar. Marcelo sigue el rastro de la mujer de las llanuras y encuentra el camino hasta su cuarto donde toma solo lo necesario. Luego ella le pide que se marche, porque su amiga va a llegar de otra fiesta y duermen juntas, así que Marcelo se extravía casi a oscuras en una sala donde hay demasiada gente durmiendo en el suelo y se acurruca en un espacio en blanco.

Enmedio de la noche, siente que alguien lo está protegiendo del frío. Abre un poco los ojos, lo necesario para ver al Divino, que se ha bajado de su sofá para cubrirlo con una manta. “Duerme bien” le dice. Y Marcelo se queda para siempre con el timbre de voz con claridad profética del mensajero.

Amanece pronto en esas esquinas y la luz lo obliga a ponerse de pie. Todos duermen, él no. Marcelo camina sobre los pijamas, los trapos aventados en alcohol, las mujeres que reclaman atención, los pequeños hombres despatarrados en los rincones de la sala en posición fetal. Se deshace por la puerta y sube hasta  la azotea por los recatados escalones de la escalera de caracol del edificio. Una vecina madrugadora baja los escalones con una batea llena de ropa y ni siquiera se molesta en mirarlo. Tal vez lo odia.

Cuando mira en silencio la ciudad, su amiga Hilda aparece por las escaleras y avanza entre los tendederos de ropa para quedarse a su lado, observando una ciudad paciente, bellamente cansada.

Ella le ofrece un cigarro. Marcelo deja que Hilda se lo encienda, mira otra vez los techos de la ciudad. No sabe qué decir, así que sigue observando y aquello lo llena.

31 de marzo/ El invierno en la ciudad

Al menos este año me libré de enero, debería decir.
A las heladas tardes de febrero pude enfrentar las memorias de algunas mañanas bastante acomodadas entre la arena de la playa y la brisa del mar.
A mi piel cuarteada por el hielo le pude exigir que recordara el sudor insoportable de algunas madrugadas de moscos y fuego en una cabaña en el norte del Perú.
Hoy he salido–por primera vez en el año–pálido de ropas, y he caminado sin frío. Este es mi mejor recuerdo de hoy.
El de los ayeres de los primeros meses del año son varios: entre las lecturas a medianoche de la novela terminada, el recolectar de cuentos y el empezar a bocetear lo que comienza a asomar como un segundo libro.
Además está el viaje al sur, el cruce de la colina sobre la bahía que es el puente de Chesapeake Bay en Virginia y algunos días creyendo que los siglos se han enredado en el pasado de un pueblo colonial en Williamsburg.
Comidas largas y charlas fructíferas entre caídas de sol tras las ventanas cerradas. Y caminatas heladas en noches largas regresando de Manhattan.
Hamburguesas al lado de la carretera y cenas fabricadas con lo que la tarde proveía.
Se fueron los amaneceres oscuros y ciertas finanzas amargas. Somos dueños del futuro, otra vez. Con un pedazo semanal sobre las arenas amarillas–y falsas–de Virginia Beach.
A las películas en la cama y a los libros en los autobuses y en el subterráneo, les dedico el invierno. No he leído tanto como hubiera querido pero sí todo lo que he podido. Habrá que ordenar la casa–en eso estamos. (Miro las tablas blancas esperándome, de mi nueva oficina. Necesito hacerle dos huecos en la pared)
Los periódicos de la semana acumulándose sobre el piso, algunas caminatas al borde del río. Amor que tengo y que no me falta. Un buen invierno en la ciudad.

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