A principios de septiembre de 2026, la periodista Patricia del Río tuvo la generosidad de invitarme a su programa en el canal de RPP TV para conversar sobre la edición peruana de mi libro de crónicas La vida papaya en Nueva York. Fue una buena ocasión para recordar el proceso de la escritura y algunos aspectos de mi decisión de salir del Perú y mis primeros años como inmigrante en los Estados Unidos. Aquí la entrevista completa:

Estos libros que aparecen de la nada, cuyo nombre se te cruza de repente. Como esas llamadas que crees que son spam y las ignoras. Las pasas. Pero claro: al final contestas.
Así fue como llegó El infinito en un junco. Se me antojaba un libro banal. Entonces alguien en el taller lo recomendó. Y alguien más. Lo busqué en Internet. Muy caro. Me encantan los libros de Siruela pero era muy caro. Los costos de envío ya eran más de lo que podía pagar. Hasta que un día en el invierno, tal vez caía aún la nieve (porque este 2022 ha sido muy extraño), ahí estaba a un precio amable. Apreté un botón en la web. Pim. Mañana llega.
Y claro: el disfrute, la sorpresa. Toda esta información junta, de una manera tan hermosa. Busqué la foto de la autora: no era la anciana librera que yo imaginaba sino una chica joven, hermosa, de Zaragoza. Una nerd de biblioteca con ese brillo fantástico en los ojos que parece que nos viene a los humanos como regalo, tras la lectura de ciertos libros. La dicha del conocimiento.
Por esos días en que empezaba con Vallejo, escuché un discurso de Juan Villoro en Michoacán en el que hablaba de la importancia de la lectura. El escritor mexicano me llevó hasta una imagen de San Agustín mirando a San Ambrosio, asombrado de verlo leer en silencio. Vallejo también lo menciona. Leer en silencio: esa revolución.
Después de leer algunos capítulos tuve que abrir La Ilíada y La Odisea, irme a leer lo que dice Plutarco de Cleopatra (en mi querida traducción de Dryden para la Modern Library). Hoy leí una entrevista con Jesús Marchamalo que me recordó que este gusto por lo que ha escrito Vallejo tiene mucho que ver con la fascinación que sentí al leer Ex-Libris de Anne Fadiman.
Aún no termino El infinito en un junco porque–con la escritura de la tesis– es poquísimo el tiempo que me queda para leer por placer. Y sí, es placer. Del mejor.
Alfonso Armada soñó con hacer una revista de periodismo serio. El sueño ─ mezcla de pasión, insensatez y locura─ se produjo mientras Armada miraba el río Este de Manhattan, detrás de los ventanales de la cafetería del edificio de las Naciones Unidas. Fronterad nació en 2009.
A principios del año 2011 yo tenía un solo cuento publicado. Éste había aparecido en una antología impresa en Lima, el año 2008. Desde entonces yo había trabajado mucho la historia y me interesaba volver a publicarla, esta vez en la web . En esa búsqueda, leí en algún espacio literario que alguien mencionaba al editor de esa revista. Decidí escribirle.

Armada me dijo que la historia le había encantado pero que necesitaba tiempo para que la trabajara el ilustrador. Así apareció mi cuento «Visitando la playa» en marzo de 2011, con una ilustración de Raúl. Me gustó tanto el resultado que ─lanzando los dados de la suerte─ le propuse escribir una bitácora desde la experiencia de vivir en Nueva York. Así nació el blog Newyópolis, acompañado por la bella cabecera ilustrada de Dodot. Quedé desde entonces enganchado a este proyecto que a fines de 2014 cumplió 5 años publicando, semanalmente, contenidos originales, escritos por autores que viven a ambos lados del Atlántico.

A fines de 2013, Fronterad publicó en papel una primera colección de textos. Apareció en la revista Five, junto con los artículos de otras cuatro revistas periodísticas que trabajan en formatos online: Alternativas económicas, Materia, Periodismo Humano y Jot Down. Armada me invitó a participar con un texto que resumiera el contenido de mi blog. Así apareció «Las posibilidades de Nueva York» una breve crónica que pretendía resumir, en menos de 600 palabras, la situación casi kafkiana de quienes alguna mañana nos dimos cuenta de que nos habíamos transformado en un insecto de complicada definición: un neoyorquino latinoamericano. En Five, entre una selección de textos provenientes de la experiencia fronteriza, Armada describía su aventura editorial , titulándola: «Elogio de la sutileza»:
Nos gusta huir del trazo grueso, de la ideología que aplica plantillas de acero y hormigón a nuestra escurridiza naturaleza, la economía, el arte y los sueños. Porque las fronteras son fruto de la historia, pero como los insectos de la poeta polaca Wislawa Szymborska, se pueden salvar, de noche y de día, con una linterna azul, con un mapa y una alforja llena de deseos. Un afán lleno de cómplices.
¡Vénganse!

Este 2015, como parte de las celebraciones por los cinco años de Fronterad, Armada me invitó a formar parte de un libro llamado Antolojía (la j como homenaje a Juan Ramón Jiménez) que llegó a mis manos en enero. Es una edición bellísima que los invito a adquirir y a leer aquí. Se trata de una selección de las historias que aparecieron online. Son 400 páginas de deliciosa lectura. Entre ellas está incluído un «Breve diccionario de la crónica hispanoamericana» de Lino González Veiguela─que ya he compartido con mis alumnos de periodismo─ así sea para que sepan las precariedades con las que se enfrentan quienes aman el periodismo literario: esos Quijotes dispuestos a sacrificar cientos de horas por una pasión, por orgullo y por ─si hay suerte─ un puñado de dólares. Antolojía contiene además diversos artículos sobre arte, ciencia, literatura y política ─desde las secciones «Arpa», «Periodismo elegante», «Mientras tanto» y «Acordeón»─ que tienen la virtud de mantenerse relevantes a pesar del tiempo transcurrido. Es que lo que publica FronteraD pertenece a una categoría que a mí me gustaría denominar periodismo para siempre: textos que uno lee para aproximarse, de una manera hermosa, a la realidad.
Son cinco años batallando viernes a viernes contra el ruido. Desde esta calle de Nueva York honramos a Alfonso Armada y a su equipo, por enseñarnos que los sueños, con paciencia y trabajo, se pueden convertir en una revista periodística semanal de tanta calidad.
Escribir el cuento «Hostal Antún» me ha tomado algunos meses. Quisiera creer que el extenso trabajo de edición y reescritura ha contribuido a mejorar la idea original. No lo sé. De lo único de lo que estoy seguro es que es un placer verlo tan bellamente publicado. El cuento aparece hoy aquí en la prestigiosa revista literaria digital mexicana Hermano Cerdo. Espero que les guste.
José Muñoz me trajo el libro de España. Se demoró casi 20 minutos en entregármelo. Parecía sentir la obligación de darme primero una relación de lo que le había gustado del texto. Así que allí estuve todo ese tiempo en su despacho, escuchándolo, mientras él me hablaba desde su silla y balanceaba el libro con una mano: Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro de Daniel Titinger. El libro es un perfil periodístico de Julio Ramón Ribeyro, en base a las conversaciones con su esposa, sus amigos y familiares.
Mientras escuchaba a José, resistía la tentación de arrebatarle el libro y largarme a leerlo.
«Se lee en una noche» me dijo José, quien desde que descubrió a Ribeyro hace algunos años no ha dejado de amarlo. Cuando yo ya sostenía el botín y me quería ir a buscar un sitio solitario para empezar la lectura, él me retuvo para seguir hablando de los cuentos que más le gustaban. Me dijo el título de dos de ellos: «Los jacarandás» y «El ropero, los viejos y la muerte». Fue a un armario, abrió unos cajones, sacó unas fotocopias subrayadas y me leyó:
porque sabía que pronto iba a morirse y que ya no necesitaba del espejo para reunirse con sus abuelos, no en otra vida, porque él era un descreído, sino en ese mundo que ya lo subyugaba, como antes los libros y las flores: el de la nada.
José terminó el cuento, suspiró y me dejó ir.
Empecé a leer el libro en el sofá de mi despacho en la universidad. Retomé la lectura en el tren rumbo a casa. Lo seguí leyendo a la mañana siguiente en el subterráneo que me lleva a Manhattan y en el que me regresa al Bronx. Casi lo terminé en un sillón debajo de una lámpara en mi sala. Por fin, tumbado en la cama, llegué a la página 166, al Y no dijo nada más con que Titinger termina.
El libro es un testimonio del cariño de los lectores peruanos al trabajo del escritor y a la figura de Ribeyro. El texto, ese coro de voces que ha compilado Titinger, contribuye a ver al escritor como un todo, con las distintas facetas de su vida agrupadas en la página. Es una fotografía tridimensional de su personalidad.
Desde que leí «Solo para fumadores» en un fin de semana en Pulpos, allá por el año 1992, había quedado conmovido por el mito del escritor que se moría de hambre en París. Es una imagen de Ribeyro que se reforzó con la lectura de sus diarios. Como si se me curara al leerlo una herida muy vieja, sentí alivio al enterarme, gracias a Un hombre flaco, que buena parte de su vida en París Ribeyro la pasó en el departamento de lujo que compró su esposa, que los viernes se deshacía de sus obligaciones de embajador para almorzar y brindar con sus amigos, que se enamoró de una muchacha en Lima y que se la trajo para conocer con ella Nueva York─de donde regresó muy mal─, que murió sin dejar el cigarrillo, pintando y metiéndose al mar al anochecer, celebrando la vida, después de haber sido testigo del principio de la canonización de su obra y haber recibido los aplausos y el cariño de quienes lo leían con entusiasmo.
Un hombre flaco es un libro, primero que nada, para quienes leen a Ribeyro con entusiasmo. Es una obra de amor, escrita para satisfacción de sus lectores.
La publicación de La ciudad y los perros en Barcelona, en 1963, supuso el inicio de un período esencial para la literatura latinoamericana. Era la primera vez que una novela peruana se escribía con técnicas que se venían anunciando en textos de algunos precursores, y en Borges.
El auge de la doctrina marxista, la fértil discusión ideológica en París, revoluciones, dictaduras y gritos independentistas, fueron la materia prima con la que los escritores latinoamericanos, calcando a los intelectuales franceses, se convirtieron en protagonistas de la lucha política activa. Varga Llosa tuvo alumnos aplicados: Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina, por citar sólo dos ejemplos, jamás han evitado mencionar la importancia que tuvo en su carrera la lectura de La ciudad y los perros. Vargas Llosa ha estado vinculado, ya sea por su palabra o por sus letras, a los eventos intelectuales y políticos de los últimos 50 años.
Sin embargo, desde hace algún tiempo, las casas editoriales han estado buscando a su reemplazo.
En apenas dos años, el nombre del Nóbel ha sido utilizado como carnada para atraer a los lectores hacia las novelas de dos escritores. Entre los peruanos, la influencia es más terrible y por eso el juego de las semejanzas para profetizar a una figura central de nuestras letras se da con mayor frecuencia y fracasa con mayor ruido.
Diego Trelles Paz y su novela Bioy, cargaron en el 2012 el peso de aquella comparación: «Si Vargas Llosa tuviera treinta años y sus orígenes fueran otros pero la potencia narrativa la misma, podría haber firmado este libro. La ciudad y los perros 2.0» decía el escritor Gabi Martínez en la contraportada, marcando desde el inicio el viaje del lector por sus páginas. Trelles, recién terminados sus estudios de doctorado en los Estados Unidos, apareció en los medios peruanos con esa promesa de satisfacer al destino. Algunas críticas fueron demoledoras. «Incapacidad para crear personajes…la historia se va deshaciendo sin solución…hegemónica banalidad» son algunas de las puyas lanzadas por el crítico Yrigoyen desde la revista literaria buensalvaje. Lo que parecía molestarle a muchos no era tanto la calidad de Trelles para contar su historia sino un aspecto que Yrigoyen también mencionaba en su reseña:»precedida por una hábil campaña publicitaria». La habilidad, consistía en la facilidad con la que Planeta sugería una similitud entre Bioy y La ciudad y los perros. A Trelles Paz se le juzgaba por la mentira marquetera de querer comparar a un escritor novel con un Vargas Llosa ya consagrado. La novela sufre desde el principio en los rangos académicos –que tienen que lidiar con una comparación planteada para hablar de Bioy. La estrategia es útil para posicionar a un autor en el mercado. Luego, éste tiene que defender su calidad midiéndose con la vara del Nóbel.
Así llegamos a fines de 2013 y, utilizando una agresiva campaña de medios, Mondadori junta a Vargas Llosa y al escritor Jeremías Gamboa en los salones repletos de la Feria del Libro de Guadalajara para proclamar la llegada del sucesor. La estrategia es una copia–más ambiciosa y con mayor presupuesto–de la de Planeta con Bioy. Ahora el lector, interesado en leer a Gamboa, se ve enredado desde antes de entrar a las páginas de la novela, por una sola pregunta: ¿Se parece o no se parece?¿Es Gamboa el nuevo Vargas Llosa? La respuesta es no.
El crítico, a quien también se le ha preguntado lo mismo, tiene que responder y acusar el mismo descubrimiento de Yrigoyen: «precedida de una hábil campaña publicitaria». Luego sucede lo que tiene que suceder. Empiezan las reseñas negativas, las que se lanzan en contra del libro, acusando una estafa promovida por la editorial: «507 páginas que defraudan las promesas del departamento de ventas» dice Guillermo Espinosa Estrada en su comentario en El Universal.
¿Tenía que suceder? Las comparaciones con Vargas Llosa son innecesarias. Muchos escritores peruanos necesitamos medirnos con el héroe que nos entregó La ciudad y los perros. Sin embargo, el intelectual que floreció en aquel mundo donde París era una luz y Odría era la personificación de una sociedad abyecta, no puede germinar del mismo modo en una ciudad que mira hacia Nueva York, desde barrios que, por más periféricos que sean–todas las combis de Lima terminan en Santa Anita–están conectados al universo vía Claro, Cable Mágico y Movistar.
Gabriel Lisboa, el protagonista de Contarlo todo, merced a ese departamento de ventas de Mondadori, tal vez permanezca algunos años más en la memoria de unos cuantos miles de lectores engañados por la comparación. Sin embargo, a quienes nos gusta sentirnos orgullosos de nuestros héroes literarios, lamentaremos que se pretenda coronar a un escritor sólo con las armas del mercado. Es cierto que el escritor tiene que comer. Es verdad que resulta penoso que algunos de nosotros tengamos que estacionar automóviles, atender mesas o congelarnos sin calefacción para seguir escribiendo. Sería ideal que las fuerzas del mercado pudieran hacer realidad (todos los meses) el sueño del novel escritor con talento que puede sólo escribir bien y vivir con holgura entre Lima y Londres, mientras espera que se le conceda el Premio Nóbel. La realidad es que así no es.
No habrá otro Vargas Llosa. Los escritores que vengan, los que pretendan convencernos de su calidad, como Gamboa o como Trelles Paz, pueden asumir su figura como reto. Pueden apoyar sus ambiciones políticas en la carrera de Vargas Llosa, si bien necesitan empezar el camino midiéndose con otros nombres, invocando otros universos, alejados de ese padre creador del Jaguar, El poeta y El esclavo.
«Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego
Es un poco complicado comunicarme con un tipo que cree que Charles Bukowski hizo literatura. Páginas para masturbarse, tal vez. Robert Crumb ¡Él sí! creó situaciones y personajes más perturbadores que los del viejo Chinaski: Mr. Natural. Eso es literatura. En todo caso la que a mí me gusta. Al fin y al cabo, todo se podría resumir en gustos ¿Por qué negarle la etiqueta literaria a un libro de Harry Potter o a una novela de Tolkien? Pueden convivir en el mundo de la literatura los Onettis y las Allendes, los Bolaños y los Coelhos. Ese escritor que te pone a llorar en el momento en que una puerta se abre y aparece una anciana, después de cien páginas en lo que único que ha pasado son descripciones lindas –estoy hablando de Sebald– tal vez te sorprendería diciéndote que relee cada vez que puede alguna de las historietas de Hergé y que se pone a llorar de risa con las peores comedias en blanco y negro mexicanas.
La literatura alcanzará el final de los tiempos. «La literatura es un juego en el que un autor se juega todo» dice Javier Cercas. También dice: «Leí a los 15 años a Borges y no me fascinó: me volvió loco». Yo leí a Borges por primera vez en francés, un libro que conseguí en la biblioteca de la Alianza Francesa de Miraflores: Le livre de sable, me acuerdo. Nadie en mi familia fue capaz de prestarme a Borges en castellano. No existía en la biblioteca del colegio ¿Pueden creerlo? En ese libro de cuentos en francés, Borges pasó ante mí indiferente. Aquél detalle, justificará en el futuro, ante los críticos, estoy convencido, que mis novelas sean menos interesantes que las de Cercas.
La liiteratura es como un círculo de hermanos. A veces una cofradía de vanidades, un frasco lleno de egos. Los escritores, a través de las letras, le comunicamos nuestros sueños a los desconocidos.
Nuestra vida está construída sobre las ficciones que leemos. Sin los grandes personajes de ficción no hubieran existido los discursos que revolucionaron al mundo. Claro que en el fondo, todos los escritores queremos una estatua. Nos duele reconocerlo pero a eso aspiramos, a la pose perfecta en que una fotografía nos eternizará en la contraportada de nuestro libro más leído. Es el caso de Kafka en Praga, de Marai en Budapest, del Goethe sentado en una calle de Vienna, de ese Vallejo, con los zapatos cruzados y sosteniendo el sombrero, en Santiago de Chuco ¿Dónde estará mi monumento? Se tiene que preguntar el hombre o mujer que cree que ha trascendido, el hombre de letras que cree que ha dejado obra.
Hombres y mujeres pretenciosos: la literatura es un juego, combinación que sólo un espíritu noble puede tomar como ejercicio válido. Todo es mentira: juguemos. Hay mejores cosas que hacer que escribir. Hay oceános por cruzar y montañas que faltan escalar.
El mundo de las letras: una bóveda. Oscura y helada, una página que, para quienes viven mucho y leen poco, no significa nada.





