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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Entrevista en Hablemos Escritoras

Adriana Pacheco, del extraordinario proyecto Habemos Escritoras (curadores literarias), conversó conmigo acerca del presente y el futuro de Los Bárbaros, sobre la comunydad de escritores en Nueva York, y algunas cosas más.

Los invito a visitar el enlace y darse una vuelta por las más de 100 entrevistas en que Pacheco –desde la ciudad de Austin en Texas– ha entrevistado no solo a autoras sino también a editorxs, traductorxs, directorxs, estableciendo un puente entre proyectos que se han establecido en diferentes puntos dentro y fuera de los Estados Unidos.

Espero que les guste la entrevista y que disfruten el podcast.

Entrevista Entrelíneas (Enero 2021)

El podcast literario Entrelíneas colgó esta entrevista que me hizo la editora Claudia Giribaldi en diciembre 2020.

En 30 minutos, conversamos sobre mi llegada a los Estados Unidos, mis primeros trabajos eventuales –con un Social Security bamba– los inicios en el periodismo y la Maestría en Literatura Inglesa. Y traté de explicarle cómo así un dibujante de comics en Lima se transformó en editor de Los Bárbaros y en fundador de los Chatos Inhumanos en Nueva York.

Claudia también me forzó a leerles el prólogo de Los Bárbaros 8, sobre “Escoger” y Hunter S. Thompson. (mentira, lo hice con gusto)

Muchas gracias Claudia y Entrelíneas.

Conversación nocturna con Vera

A comienzos de octubre de este 2020, tuve una Conversación nocturna con Hernán Vera Álvarez. En ella, Vera se refirió con mucho cariño a mi novela País de hartos.

Fue un placer conversar sobre la novela, sobre autores peruanos que quiero (y que no quiero), sobre literatura escrita en Nueva York, sobre las taras latinoamericanas —argentinas y peruanas—, sobre la experiencia del que deja todo y cambia de vida en los Estados Unidos, sobre Los Bárbaros y el trabajo de Chatos Inhumanos.

Una agradable noche literaria -desde las 11 pm hasta casi la 1 de la mañana- que ha quedado registrada en este podcast de Suburbano Ediciones. Gracias también Pedro Medina León por haber hecho crecer este espacio para la literatura en castellano escrita en los Estados Unidos.

El pueblo de Veneno

No tendría que pasar algo así solo en el pequeño pueblo de Uruguay que me encontré en Veneno:

El inmigrante llega a la cantina de su pueblo natal. Los hombres que juegan cartas pretenden no reconocerlo. El personaje, Tapita, pone un billete de diez dólares sobre la barra y el cantinero le dice que se los acepta “solo si ya se va”.

“Vivo en Nueva York hace trece años”, le dice Tapita a un borracho que lo mira con sospecha y que luego se retira, como si Tapita fuera un apestado, como si algo no estuviera bien en que un hombre de Toledo, ese pueblo de polvo uruguayo, viviera tan lejos de allí.

Tantos lugares que se sienten como pequeños y barridos por el tiempo cuando uno se va. Solo recobran su importancia cuando uno descubre que sin ese lugar no seríamos nada. Tal vez por eso el apuro en sembrarse otra vez, en echar raíces. Porque si no el inmigrante se siente como un árbol al que han arrancado de la tierra. Un tronco que no consigue estar de pie.

Si bien el evento que da forma a la novela es el asesinato de un uruguayo acusado de incendiar un hotel en Texas, el tema principal de la historia es el desarraigo. Esa palabra tan dolorosa alrededor de la cual Fontana teje la historia del asesino Tapita.

 

 

Pedaleo

gerarddrivebikes

Pedaleo. Como un animal, sin orden, sin gracia, sin esa belleza de los que pasan veloces y encorvados sobre el timón como gacelas. Mi bicicleta es vieja, el color naranja se despinta, el timón si lo mueves demasiado gira hacia ambos lados. Sospecho que pronto la bicicleta se romperá. Mientras tanto, pedaleo.

Tengo 47 años pienso. No los siento. Anoche escuchaba que Chiri Basilis le comentaba a Pedro Mairal en Tachame el Nobel que el problema con estar a punto de cumplir los 50 es que él sentía que recién estaba entendiendo cómo se vivía. Que tenía tantos proyectos en la cabeza. Así me siento a veces.

Otras yo soy el pesimista, el aguafiestas que dice que ya viví lo suficiente y que me puedo morir. El que explica que sus cenizas tienen que ser arrojadas frente al mar de Silaca.

Pedaleo a las 6 de la mañana por una calle que se llama Kings Point Road: la punta del rey. Me meto por una calle que se llama Norfolk y cruzo la avenida Springs Fire Road para entrar en el destino final: Gerard Drive. Esta calle es como un sueño: una punta de tierra con mar a un lado y un lago al otro. Sobre el lago se ven los altos nidos de las águilas, los botes de los vecinos que mece el agua, el mar se ve hasta donde alcanza la vista.

De algunas de las entradas a las casas aparecen los conejos a mirarme pasar. Los saludo.

Se siente bien estar aquí. No sé si el  mundo se va a acabar y tampoco sé si eso me interesa. Algo tan distinto de cuando estoy parado, o cuando leo (leer, política sobre todo: ese pecado).

Tengo 47 años, es una mañana espléndida, le digo adiós a los conejos.

Pedaleo.

[Humillantes]Escenas de barrio

 

Tómbolas del alma en que, a dedo, dos capitanes te designaban como el malazo. Primero escogían a los que tiraban bola. Después a los más o menos. Al final: el relleno. El grito de victoria cuando te vinieron a buscar, un sábado. Necesitaban uno más, te traían el short y la camiseta rojas. Corrieron hacia la canchita del colegio Lisson. Fue un mal partido, haces lo que puedes. Tu corazón palpita, aceptas: No sirves para el fútbol.

*

Los viejos de Yi eran dueños de la bodega donde comprabas figuritas para el álbum de moda: Érase una vez el hombre, Sankuokai, El porqué de las cosas. Yi, y los que se juntaban contigo en la esquina de Los Mineros con Los Mecánicos, eran tres o cuatro años más grandes. Tú los escuchabas. Se te ocurre decirle a Yi que no diga “mierda”, que no diga “putamadre”. Tus viejos te han enseñado a no decir malas palabras. La cara con la que te mira. Eres una lorna.

*

Al maricón de César no le gustaba perder. Sacaba pa fuera el poto fofo que ya tenía a los ocho años. Su mamá, en asquerosa complicidad, lo llamaba.  “Cesiiiiiitar, a comeeeer”, gritaba la vieja desde la casa y el pavo triste se iba corriendo. Y nosotros teníamos que quedarnos con uno menos en el equipo.  A veces era su pelota y se la llevaba. No le gustaba perder al huevón.  Por eso una vez en su casa, me robó mis canicas. Se llevó mis dos cholones y varias ojo de leche. No dije nada. Supuse que a los tramposos les llega la venganza en algún momento. Tal vez hoy.

*

“Agárrate uno, si este huevón tiene varios”, dice Bolvo. Y tú le crees porque el papá de Edmundo es político y seguro que le sobra la plata. Y después llega Edmundo y dice “¿Quién se ha choreado un casete? Habían seis” y tú tienes que comerte la vergüenza y sacar el casete de la maleta donde lo habías metido. Y Bolvo se caga de la risa.

*

Dicen que su papá es gerente de los caramelos Ambrosoli, pero al Loco Güili lo único que le vacila es la droga y la hermana del Tío Chivo. Hace tiempo que no lo ves, pero esa tarde en que estás en la redondela del parque con tu amigo de la universidad, el Loco Güili aparece. Quiere invitarte un preparado en un botellón de Coca Cola, casi vacío. Se ve feo y caliente. Cuando ustedes dicen que pasan, Güili les grita que “si se creen más que él”. Se calma y les pide 20 soles para ir a comprar unos quetes a Santa Felicia. No tienes plata pero tu amigo le da un billete de 20. Güili jura por su madrecita que va a regresar, compra al toque y ya viene. Ya viene.

*

Javier te cuenta que se corre la paja con el sostén de su mamá. Y te mira preguntándote si tú también. Lo más normal. No sé qué cara habrás puesto. Tú te corrías la paja con las calatas en blanco y negro de Caretas que colocabas en fila sobre la alfombra de tu casa. Y con la última página de la revista Zeta que Rucho escondía bajo el colchón del catre en Jaquí. Además,  la vieja de Javier es muy fea y muy gorda, piensas “¿Cómo va a ser?”

*

La pobre Blanca se fue sin decir chau. Quién le manda contarle a la novia de tu hermano que eran enamorados. Que si podían ir al cine los cuatro. Tenías muy presente la historia del primo tuyo al que la empleada acusó de haber embarazado. Blanca te quería quitar el jebe cada vez que te lo ponías. Unos años después volteaste tu cama y encontraste un corazón de lapicero del tamaño del colchón, con tus iniciales y la de ella. Extraño es el amor.

 

 

 

 

Gente de pantalla

Y de pronto la gente de pantalla se aparece en tu vida/ Presionados por quién sabe qué pedazo de tiempo/ Alguna esfera azul/ Una campanada enmedio de la noche/ Así como aquella doña que soñaba con croquetas del cuerpo de un torero/ Se aparecen y te dan la mano y sonríen y se vuelven tan simpáticos como en la vida irreal/ La gente de pantalla proyecta una nueva imagen y esa imagen se toca con la tuya. Y bum.

 

 

Tenía gripe y obsesiones

Sospecho que tenía gripe

Y ganas de joder.

Claro que en esos años yo era muy joven

Y esas palabras no entraban en mi amor por ella

Así que sufría, de 8 am, después del pan con mantequilla

Hasta las 6 en que entraba a buscarla

Me desparramaba en su sofá

Y la admiraba

Tres veces le dije que la amaba

Otras muchas, en silencio, la amé

Ella me despistó

Con su temprana edad, con su

Cinismo ignorante o mal aprendido

Su vocación

de heroína de Flaubert

Y alguna vez lloré, pero después canté,

Escribí una novela

Me tomé una botella contando esta historia.

Ella tenía gripe

Y esta noche, me la ha pasado.

Soplo en la noche de Madrid

y le mando un beso

Volado.

 

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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A la edad en que su hijo ha cumplido los tres años, un padre ha dedicado cinco días de su vida a cambiar pañales.

Me han pasado una lista de diez cosas que debería de saber, y ésta no me la puedo sacar de la cabeza. Serán cinco días completos dedicados a limpiar potos, frotar potos, sacar y poner pañales. Supongo que en los casos de mellizos el tiempo se amplía un poco más. Claro que habría que considerar que en algunas ocasiones el padre no es el único que los cambia. Pongamos que restando las ayudas todo se limita a cinco días entre los dos niños: 120 horas dedicados a la caca y a la pichi.

Habrá que poner la idea de ese tiempo al lado de las horas en que uno los mira con la boca semiabierta ─porque aprenden nuevos trucos, porque hacen un gesto por primera vez─ y al lado de los minutos del día dedicados a mirarlos a los ojos y hablarles. Otro dato que recuerdo de esa lista de diez: A los dos años, los niños aprenden cinco palabras nuevas por día. Si bien todavía no los cumplen, para ver qué pasa les susurro (mientras empujo su coche por la calle Kings Point): mar, playa, árboles, cielo, sol.

“Estas son sus palabras de hoy”, les digo. Me miran, no dicen nada.

Mis pocos recuerdos de su edad están relacionados con el agua. Siempre tuve una imagen estática de la playa de Silaca: las rocas y el mar reventando contra ellas. Sólo la pude sacar de mi cabeza cuando regresé de adolescente. Mi madre me dijo que la última vez que estuve ahí no había cumplido el año. Hay una foto mía de bebé, enrollado en una manta, al lado del Pozo de Piero. Otro recuerdo es en Las Lagunas de La Molina. Mi madre y su prima caminaban entre unas cañas, alguien lanzaba piedras al agua. En las fotos de ese día, yo era un bebé. También recuerdo los chorros de agua en la Costa Verde, esas mañanas en que íbamos a Chorillos en el escarabajo blanco de mi madre, cuando aún no entraba al nido.

¿Qué recordarán mis hijos de este día? Sé que si no lo escribo será otro más de muchos: esas mañanas de verano en que los dos se despertaban aún sin dominar un idioma preciso, en que los sentaba a la mesa en sus sillas para que desayunaran un poco de avena y comieran unas frutas. Luego ellos me hacían señas de que querían salir. Se trepaban en el coche, hacían como que sabían ajustarse el cinturón. Salíamos a la calle y los bajaba de espaldas por los tres peldaños de la entrada.

Algunos días yo estoy más despierto que en otros. En éste apenas si había abierto los ojos. No eran ni las siete. Salir a caminar era parte del proceso para despertarme. Hacía calor. Antes de doblar la esquina de la calle Kings Point  ya habíamos pasado los restos de una ardilla atropellada. Doblando por  la calle Water Hole nos habíamos encontrado con un venado que parecía esperar algo.

Saludé a un par de empleados de una compañía de jardinería, en castellano. Ellos respondieron con un “buenos días” sin demasiado acento  (¿colombianos, mexicanos, ecuatorianos?) Ojalá se les haya quedado grabada a los niños la gentileza con que esos hombres ensombrerados le desean buen día a uno.

Pasamos la casa que ya están terminando de construir: hemos visto el proceso completo desde nuestros paseos en el verano de 2016: la demolición de la anterior, la llegada de la madera, la instalación del garaje donde pusieron las máquinas para trabajar las vigas, la lenta construcción de la chimenea durante el invierno. Esta semana han llegado los setos y los pinos, los han plantado en el perímetro y de pronto ya no se puede ver toda la fachada. Les hago notar a los niños que han removido la tierra que da a a la calle, preparándola para la llegada del césped. Éste suele llegar en camiones, en rollos enormes. Hay un detalle que a los españoles les haría gracia: los camiones de los jardineros tienen un logo dibujado en la puerta en el que dice que pertenecen a la empresa Della Polla.

No nos hemos cruzado hoy con la pareja que hace jogging empujando el coche de su hijo: Ozzie, un cachetón lleno de rizos. Tampoco con su abuela, una profesora de música en un pueblo del interior de Virginia con quien nos hemos puesto a hablar, una mañana cualquiera, caminando por Water Hole. Ella nos ha contado que su nuera es actriz de Broadway─su última obra antes de dar a luz a Ozzie fue Mamma Mia─, que su hijo es trompetista, que ella y él se conocieron a bordo de un crucero. Dijo que los dos han puesto una compañía de entrenamiento físico, y que entre sus clientes están los Seinfeld y la Paltrow.

Hoy tampoco hemos visto a la señora de cara redonda y ojos bondadosos que le alquila una parte de la casa a una pareja de puertorriqueños de Rincón. Ella nos contó que su vecino del frente durante muchos años fue Pelé, que un antiguo novio fue futbolista del Scratch, que hoy divide su año entre East Hampton y Colorado. Tampoco hemos visto a las tres mujeres que pasean juntas a sus perros, ni a la pareja de latinos setentones con sombrero que siempre parecen estar haciéndole algo nuevo al jardín de su casa.

Antes de llegar a la playa nos ha saludado un cardenal parado sobre la rama más alta de un árbol. Al entrar en la playa se nos ha cruzado un conejo. He detenido el coche para que le digan “hola” y “adiós” mientras éste nos vigila por el rabillo del ojo y al final desaparece enseñando la cola blanca, saltando detrás de unas matas. No hay nadie en la arena de la playa, no hay pescadores en el canal, no hay empleados limpiando los botes estacionados. Tampoco esta Charlie, el encargado de mantenimiento contratado este año por  la asociación de vecinos. Ayer lo vimos lavando su viejo Cadillac color beige con una manguera, al lado de la entrada.

Vamos hasta el borde del agua, pasando frente a las duchas y a una pequeña zona techada. A los niños les gusta imitar el sonido del coche que avanza sobre las piedras de la entrada. El camino de regreso tampoco ha tenido más detalles. Las palabras que les he repetido resumen bastante bien las emociones de un día común y corriente del verano de 2017, ese año en que aún no habían cumplido dos:

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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