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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Conversación nocturna con Vera

A comienzos de octubre de este 2020, tuve una Conversación nocturna con Hernán Vera Álvarez. En ella, Vera se refirió con mucho cariño a mi novela País de hartos.

Fue un placer conversar sobre la novela, sobre autores peruanos que quiero (y que no quiero), sobre literatura escrita en Nueva York, sobre las taras latinoamericanas —argentinas y peruanas—, sobre la experiencia del que deja todo y cambia de vida en los Estados Unidos, sobre Los Bárbaros y el trabajo de Chatos Inhumanos.

Una agradable noche literaria -desde las 11 pm hasta casi la 1 de la mañana- que ha quedado registrada en este podcast de Suburbano Ediciones. Gracias también Pedro Medina León por haber hecho crecer este espacio para la literatura en castellano escrita en los Estados Unidos.

El pueblo de Veneno

No tendría que pasar algo así solo en el pequeño pueblo de Uruguay que me encontré en Veneno:

El inmigrante llega a la cantina de su pueblo natal. Los hombres que juegan cartas pretenden no reconocerlo. El personaje, Tapita, pone un billete de diez dólares sobre la barra y el cantinero le dice que se los acepta “solo si ya se va”.

“Vivo en Nueva York hace trece años”, le dice Tapita a un borracho que lo mira con sospecha y que luego se retira, como si Tapita fuera un apestado, como si algo no estuviera bien en que un hombre de Toledo, ese pueblo de polvo uruguayo, viviera tan lejos de allí.

Tantos lugares que se sienten como pequeños y barridos por el tiempo cuando uno se va. Solo recobran su importancia cuando uno descubre que sin ese lugar no seríamos nada. Tal vez por eso el apuro en sembrarse otra vez, en echar raíces. Porque si no el inmigrante se siente como un árbol al que han arrancado de la tierra. Un tronco que no consigue estar de pie.

Si bien el evento que da forma a la novela es el asesinato de un uruguayo acusado de incendiar un hotel en Texas, el tema principal de la historia es el desarraigo. Esa palabra tan dolorosa alrededor de la cual Fontana teje la historia del asesino Tapita.

 

 

Pedaleo

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Pedaleo. Como un animal, sin orden, sin gracia, sin esa belleza de los que pasan veloces y encorvados sobre el timón como gacelas. Mi bicicleta es vieja, el color naranja se despinta, el timón si lo mueves demasiado gira hacia ambos lados. Sospecho que pronto la bicicleta se romperá. Mientras tanto, pedaleo.

Tengo 47 años pienso. No los siento. Anoche escuchaba que Chiri Basilis le comentaba a Pedro Mairal en Tachame el Nobel que el problema con estar a punto de cumplir los 50 es que él sentía que recién estaba entendiendo cómo se vivía. Que tenía tantos proyectos en la cabeza. Así me siento a veces.

Otras yo soy el pesimista, el aguafiestas que dice que ya viví lo suficiente y que me puedo morir. El que explica que sus cenizas tienen que ser arrojadas frente al mar de Silaca.

Pedaleo a las 6 de la mañana por una calle que se llama Kings Point Road: la punta del rey. Me meto por una calle que se llama Norfolk y cruzo la avenida Springs Fire Road para entrar en el destino final: Gerard Drive. Esta calle es como un sueño: una punta de tierra con mar a un lado y un lago al otro. Sobre el lago se ven los altos nidos de las águilas, los botes de los vecinos que mece el agua, el mar se ve hasta donde alcanza la vista.

De algunas de las entradas a las casas aparecen los conejos a mirarme pasar. Los saludo.

Se siente bien estar aquí. No sé si el  mundo se va a acabar y tampoco sé si eso me interesa. Algo tan distinto de cuando estoy parado, o cuando leo (leer, política sobre todo: ese pecado).

Tengo 47 años, es una mañana espléndida, le digo adiós a los conejos.

Pedaleo.

[Humillantes]Escenas de barrio

 

Tómbolas del alma en que, a dedo, dos capitanes te designaban como el malazo. Primero escogían a los que tiraban bola. Después a los más o menos. Al final: el relleno. El grito de victoria cuando te vinieron a buscar, un sábado. Necesitaban uno más, te traían el short y la camiseta rojas. Corrieron hacia la canchita del colegio Lisson. Fue un mal partido, haces lo que puedes. Tu corazón palpita, aceptas: No sirves para el fútbol.

*

Los viejos de Yi eran dueños de la bodega donde comprabas figuritas para el álbum de moda: Érase una vez el hombre, Sankuokai, El porqué de las cosas. Yi, y los que se juntaban contigo en la esquina de Los Mineros con Los Mecánicos, eran tres o cuatro años más grandes. Tú los escuchabas. Se te ocurre decirle a Yi que no diga “mierda”, que no diga “putamadre”. Tus viejos te han enseñado a no decir malas palabras. La cara con la que te mira. Eres una lorna.

*

Al maricón de César no le gustaba perder. Sacaba pa fuera el poto fofo que ya tenía a los ocho años. Su mamá, en asquerosa complicidad, lo llamaba.  “Cesiiiiiitar, a comeeeer”, gritaba la vieja desde la casa y el pavo triste se iba corriendo. Y nosotros teníamos que quedarnos con uno menos en el equipo.  A veces era su pelota y se la llevaba. No le gustaba perder al huevón.  Por eso una vez en su casa, me robó mis canicas. Se llevó mis dos cholones y varias ojo de leche. No dije nada. Supuse que a los tramposos les llega la venganza en algún momento. Tal vez hoy.

*

“Agárrate uno, si este huevón tiene varios”, dice Bolvo. Y tú le crees porque el papá de Edmundo es político y seguro que le sobra la plata. Y después llega Edmundo y dice “¿Quién se ha choreado un casete? Habían seis” y tú tienes que comerte la vergüenza y sacar el casete de la maleta donde lo habías metido. Y Bolvo se caga de la risa.

*

Dicen que su papá es gerente de los caramelos Ambrosoli, pero al Loco Güili lo único que le vacila es la droga y la hermana del Tío Chivo. Hace tiempo que no lo ves, pero esa tarde en que estás en la redondela del parque con tu amigo de la universidad, el Loco Güili aparece. Quiere invitarte un preparado en un botellón de Coca Cola, casi vacío. Se ve feo y caliente. Cuando ustedes dicen que pasan, Güili les grita que “si se creen más que él”. Se calma y les pide 20 soles para ir a comprar unos quetes a Santa Felicia. No tienes plata pero tu amigo le da un billete de 20. Güili jura por su madrecita que va a regresar, compra al toque y ya viene. Ya viene.

*

Javier te cuenta que se corre la paja con el sostén de su mamá. Y te mira preguntándote si tú también. Lo más normal. No sé qué cara habrás puesto. Tú te corrías la paja con las calatas en blanco y negro de Caretas que colocabas en fila sobre la alfombra de tu casa. Y con la última página de la revista Zeta que Rucho escondía bajo el colchón del catre en Jaquí. Además,  la vieja de Javier es muy fea y muy gorda, piensas “¿Cómo va a ser?”

*

La pobre Blanca se fue sin decir chau. Quién le manda contarle a la novia de tu hermano que eran enamorados. Que si podían ir al cine los cuatro. Tenías muy presente la historia del primo tuyo al que la empleada acusó de haber embarazado. Blanca te quería quitar el jebe cada vez que te lo ponías. Unos años después volteaste tu cama y encontraste un corazón de lapicero del tamaño del colchón, con tus iniciales y la de ella. Extraño es el amor.

 

 

 

 

Gente de pantalla

Y de pronto la gente de pantalla se aparece en tu vida/ Presionados por quién sabe qué pedazo de tiempo/ Alguna esfera azul/ Una campanada enmedio de la noche/ Así como aquella doña que soñaba con croquetas del cuerpo de un torero/ Se aparecen y te dan la mano y sonríen y se vuelven tan simpáticos como en la vida irreal/ La gente de pantalla proyecta una nueva imagen y esa imagen se toca con la tuya. Y bum.

 

 

Tenía gripe y obsesiones

Sospecho que tenía gripe

Y ganas de joder.

Claro que en esos años yo era muy joven

Y esas palabras no entraban en mi amor por ella

Así que sufría, de 8 am, después del pan con mantequilla

Hasta las 6 en que entraba a buscarla

Me desparramaba en su sofá

Y la admiraba

Tres veces le dije que la amaba

Otras muchas, en silencio, la amé

Ella me despistó

Con su temprana edad, con su

Cinismo ignorante o mal aprendido

Su vocación

de heroína de Flaubert

Y alguna vez lloré, pero después canté,

Escribí una novela

Me tomé una botella contando esta historia.

Ella tenía gripe

Y esta noche, me la ha pasado.

Soplo en la noche de Madrid

y le mando un beso

Volado.

 

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

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A la edad en que su hijo ha cumplido los tres años, un padre ha dedicado cinco días de su vida a cambiar pañales.

Me han pasado una lista de diez cosas que debería de saber, y ésta no me la puedo sacar de la cabeza. Serán cinco días completos dedicados a limpiar potos, frotar potos, sacar y poner pañales. Supongo que en los casos de mellizos el tiempo se amplía un poco más. Claro que habría que considerar que en algunas ocasiones el padre no es el único que los cambia. Pongamos que restando las ayudas todo se limita a cinco días entre los dos niños: 120 horas dedicados a la caca y a la pichi.

Habrá que poner la idea de ese tiempo al lado de las horas en que uno los mira con la boca semiabierta ─porque aprenden nuevos trucos, porque hacen un gesto por primera vez─ y al lado de los minutos del día dedicados a mirarlos a los ojos y hablarles. Otro dato que recuerdo de esa lista de diez: A los dos años, los niños aprenden cinco palabras nuevas por día. Si bien todavía no los cumplen, para ver qué pasa les susurro (mientras empujo su coche por la calle Kings Point): mar, playa, árboles, cielo, sol.

“Estas son sus palabras de hoy”, les digo. Me miran, no dicen nada.

Mis pocos recuerdos de su edad están relacionados con el agua. Siempre tuve una imagen estática de la playa de Silaca: las rocas y el mar reventando contra ellas. Sólo la pude sacar de mi cabeza cuando regresé de adolescente. Mi madre me dijo que la última vez que estuve ahí no había cumplido el año. Hay una foto mía de bebé, enrollado en una manta, al lado del Pozo de Piero. Otro recuerdo es en Las Lagunas de La Molina. Mi madre y su prima caminaban entre unas cañas, alguien lanzaba piedras al agua. En las fotos de ese día, yo era un bebé. También recuerdo los chorros de agua en la Costa Verde, esas mañanas en que íbamos a Chorillos en el escarabajo blanco de mi madre, cuando aún no entraba al nido.

¿Qué recordarán mis hijos de este día? Sé que si no lo escribo será otro más de muchos: esas mañanas de verano en que los dos se despertaban aún sin dominar un idioma preciso, en que los sentaba a la mesa en sus sillas para que desayunaran un poco de avena y comieran unas frutas. Luego ellos me hacían señas de que querían salir. Se trepaban en el coche, hacían como que sabían ajustarse el cinturón. Salíamos a la calle y los bajaba de espaldas por los tres peldaños de la entrada.

Algunos días yo estoy más despierto que en otros. En éste apenas si había abierto los ojos. No eran ni las siete. Salir a caminar era parte del proceso para despertarme. Hacía calor. Antes de doblar la esquina de la calle Kings Point  ya habíamos pasado los restos de una ardilla atropellada. Doblando por  la calle Water Hole nos habíamos encontrado con un venado que parecía esperar algo.

Saludé a un par de empleados de una compañía de jardinería, en castellano. Ellos respondieron con un “buenos días” sin demasiado acento  (¿colombianos, mexicanos, ecuatorianos?) Ojalá se les haya quedado grabada a los niños la gentileza con que esos hombres ensombrerados le desean buen día a uno.

Pasamos la casa que ya están terminando de construir: hemos visto el proceso completo desde nuestros paseos en el verano de 2016: la demolición de la anterior, la llegada de la madera, la instalación del garaje donde pusieron las máquinas para trabajar las vigas, la lenta construcción de la chimenea durante el invierno. Esta semana han llegado los setos y los pinos, los han plantado en el perímetro y de pronto ya no se puede ver toda la fachada. Les hago notar a los niños que han removido la tierra que da a a la calle, preparándola para la llegada del césped. Éste suele llegar en camiones, en rollos enormes. Hay un detalle que a los españoles les haría gracia: los camiones de los jardineros tienen un logo dibujado en la puerta en el que dice que pertenecen a la empresa Della Polla.

No nos hemos cruzado hoy con la pareja que hace jogging empujando el coche de su hijo: Ozzie, un cachetón lleno de rizos. Tampoco con su abuela, una profesora de música en un pueblo del interior de Virginia con quien nos hemos puesto a hablar, una mañana cualquiera, caminando por Water Hole. Ella nos ha contado que su nuera es actriz de Broadway─su última obra antes de dar a luz a Ozzie fue Mamma Mia─, que su hijo es trompetista, que ella y él se conocieron a bordo de un crucero. Dijo que los dos han puesto una compañía de entrenamiento físico, y que entre sus clientes están los Seinfeld y la Paltrow.

Hoy tampoco hemos visto a la señora de cara redonda y ojos bondadosos que le alquila una parte de la casa a una pareja de puertorriqueños de Rincón. Ella nos contó que su vecino del frente durante muchos años fue Pelé, que un antiguo novio fue futbolista del Scratch, que hoy divide su año entre East Hampton y Colorado. Tampoco hemos visto a las tres mujeres que pasean juntas a sus perros, ni a la pareja de latinos setentones con sombrero que siempre parecen estar haciéndole algo nuevo al jardín de su casa.

Antes de llegar a la playa nos ha saludado un cardenal parado sobre la rama más alta de un árbol. Al entrar en la playa se nos ha cruzado un conejo. He detenido el coche para que le digan “hola” y “adiós” mientras éste nos vigila por el rabillo del ojo y al final desaparece enseñando la cola blanca, saltando detrás de unas matas. No hay nadie en la arena de la playa, no hay pescadores en el canal, no hay empleados limpiando los botes estacionados. Tampoco esta Charlie, el encargado de mantenimiento contratado este año por  la asociación de vecinos. Ayer lo vimos lavando su viejo Cadillac color beige con una manguera, al lado de la entrada.

Vamos hasta el borde del agua, pasando frente a las duchas y a una pequeña zona techada. A los niños les gusta imitar el sonido del coche que avanza sobre las piedras de la entrada. El camino de regreso tampoco ha tenido más detalles. Las palabras que les he repetido resumen bastante bien las emociones de un día común y corriente del verano de 2017, ese año en que aún no habían cumplido dos:

Mar, playa, árboles, cielo, sol.

Coger es inevitable

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¿Por qué era tan bruta para decirle las cosas?

Hace unos días, esperando al ferry en un puerto de Manhattan, su amiga la poeta hizo una broma con la palabra coger. Pensaba en el doble sentido que tiene para ciertos hispanohablantes. Él le dijo que aquel verbo no le decía nada. En absoluto. Coger, para él, tenía la elegancia de las palabras que aluden al sexo pero no lo mencionan. La palabra que repetía su generación a media voz —luego en voz alta, conforme ellos se hacían hombres y mujeres— era otra: cachar.

En los Estados Unidos esta palabra alude al béisbol.  Es cierto que para él ya ha perdido la fuerza que tenía a los 14, a los 16. Pero allá en los 1980s, sus compañeros de escuela la susurraban en los baños, en los pasillos, en las reuniones. “Me la caché”, “Me la quiero cachar”, “Cacha riquísimo”, “Se la ha cachado no sé quién”.  Aquella palabra venía de la mano de un mundo prohibido.

Cuando él por fin cachó con la mujer de sus sueños se sintió iluminado. Era el pasaje a una nueva realidad: los senos, los labios de la vagina, el ano. En su caso, el sexo─cree él─siempre estuvo acompañado de alguna historia. Tal vez porque las suyas siempre fueron relaciones breves, las escenas de sexo de su juventud siempre están cargadas de conversaciones, de miradas, del tanteo que se decantaba de repente─con demasiada lentitud pensaba él, porque esas experiencias siempre demoraron un siglo en concretarse─ en pasión, en la voz que temblaba mientras pronunciaba el deseo: vamos a cachar, quiero metértela, cosas así.

Con ella fue igual. Tal vez con menos lentitud. Quizá por el frío de Nueva York. Estaba solo en la habitación que rentaba en un ático, y ella subió pidiendo que le prestara la computadora. Ella empezó a escribir mientras él la miraba desde la cama. Ella pretendía estar concentrada mientras él se paraba detrás de la silla. Puso las manos en sus pechos. Tan pronto como ella se deshizo de la idea (ridícula) de terminar el email que le escribía a su padre, se encamaron. Ella susurró que era virgen. Se rió. “Virgen por el poto” terminó de decir y eso despertó en él todo lo que aún no se había despertado. Lo que hicieron aquella tarde se transformó en su ritual durante los meses siguientes en que se encontraron con regularidad: ella le ofrecía la espalda y él se montaba sobre ella y no se detenía hasta que se venían, y él la abrazaba con fuerza, mientras terminaba adentro, como si el semen fuera un líquido precioso y hubiera que exprimir cada gota.

¿Por qué era ella tan bruta para decirle las cosas?

Tal vez porque comenzaron así, como dos perros que se encuentran por la calle. Meses después, ella llegaba en el auto de su jefa y le decía “súbete”, y él subía. Luego buscaba un estacionamiento en cualquier calle oscura y cuando terminaban de hacerlo ella lo devolvía a su casa. Nunca se dijeron palabras bonitas. Se rieron mucho. Se separaron por temporadas y se volvieron a juntar, incluso cuando el buen criterio decía que no debían de volver a hacerlo. A veces lo sacaba a tomar a un bar y actuaba como resentida durante algunas horas y se negaba a aceptar la mano que él metía debajo de su blusa. Después se daba una vuelta, reaparecía, se lo llevaba hasta la esquina más oscura y lo obligaba a que se la metiera. Fue como esas historias mágicas que veinte años después uno cree que le sucedieron a otro hombre.

Tal vez las imágenes menos violentas sean las de Manhattan. Se metieron a un hotel que encontraron gracias a los consejos de un taxista. Estaba semiescondido a unas cuadras de la Estación Central, en una calle estrecha. El que atendía en la ventanilla era un ruso. Abrieron una puerta de metal y caminaron por un pasillo largo antes de meterse al dormitorio. Allí él puso las manos debajo de sus senos. Los pesó y los sintió tibios. Pensó que tenían una redondez y una temperatura perfectas. Tal vez aquella noche sí la amó. Sin embargo, ya para entonces habían de dejado de pertenecerse el uno al otro.

Mira su foto esta noche, después de mucho tiempo. La imagen no coincide con las que guarda de ella en su memoria. El rostro no cuadra con la imagen de una mujer pequeña, de cintura muy estrecha, desnuda, con el cabello pardo lacio y suelto cayéndole más abajo de los hombros, juntando las manos encima de la cabeza, con los ojos cerrados, gimiendo, gritando, exigiéndole que se luciera, mientras lo montaba y él se venía por tercera, cuarta, quinta, sexta vez. Tiene que haber sido otro hombre, piensa él.

Esta noche, en sus sueños, encuentra otros recuerdos: la noche en que sus amigos los sorprendieron en un cuarto al lado de la mesa de billar, una escena en la ducha, el día cuando le pidió que se la metiera en silencio mientras dormían los niños que ella cuidaba por las tardes, el auto en el que llegaron a toda velocidad hasta el motel de Westchester donde después de revolcarse y quedarse dormidos, al amanecer, antes de despedirse para siempre, él la miró echada, separó sus nalgas y entró en ella por última vez.

Así que mientras intenta volverse a dormir esta noche (cierra los ojos y consigue recordar un detalle importante: ella siempre le hablaba con brusquedad), escucha esa voz de su amiga la poeta que le dice en el ferry de Manhattan: “coger es inevitable”. Y entiende que coger entre él y ella, jamás fue la palabra. La palabra era cachar.

Siempre cacharon como animales.

La palabra correcta trae a todas las demás. Y ellas aparecen ordenadas, como dardos precisos arrojados contra las puertas de la memoria.

NY, diciembre de 2016

A woman walks with an umbrella along the Brooklyn Promenade during snow fall in New York

Era Lima, 1992, y yo era mucho más tonto. Me levanté de la cama una madrugada con un único nombre entre los labios. Sabía dónde vivía ella, sabía que nos separaban 57 cuadras de distancia. Aferrado al volante del auto de mi padre, llegué hasta la esquina de su casa, la vi salir, puse el carro al lado de la vereda y saludé. Dije que la llevaba.

Yo venía de recorrer a solas buena parte del mundo y supuse que el futuro era más sencillo de lo que parecía. Fue un desastre. Ella bajó diciéndome que jamás pasaría nada entre nosotros. El futuro era una ilusión.

El alcohol y la vida te curan las heridas y traen algo que se parece mucho al olvido. A mí, los seres humanos con los que me puse a conversar durante aquellas noches de borrosa tristeza, me convencieron de que era indispensable transformar al amor en otra cosa. “¿Quién no ha pasado por momentos así?”, me dijo alguno. “Lo mío fue mucho peor”, me dijo el otro. En esquinas oscuras de bares, en borracheras a media luz de cantinas de playa, entre los cuerpos pegajosos de salsódromos hacinados, escuchando boleros de putas, y en ciertos libros que describen las desgracias amorosas, me enteré de familias y de fortunas que se derrumbaron por historias mucho más interesantes que la mía.

Cuando pisé Nueva York ya era un sobreviviente. No me consideraba un experto pero al cabo de ciertas noches me sorprendí a mí mismo como un animal nuevo. Algunas veces, pensé haber perdido el alma. Si acaso las buscan, encontrarán a las víctimas: aquella que quiso que perdiera la vida metiéndome en su cama, aquella que se fue mientras salía el sol, cansada de intentar arrancarme una promesa desesperada, un juramento; la que me llamaba desde larga distancia para repetirme una historia en la que yo ya no creía, la que esperaba que dejara todo como estaba y basado en la promesa de su amor me largara a buscarla.

No solemos prestarle demasiada atención a las historias de hadas que nos leyeron cuando éramos frágiles. Las que nos explicaron cómo sucedía la vida, con terrible intensidad monocromática: la vida es tan sencilla. Esas fantasías se nos graban de niño. Luego, la escasez del tiempo─esas tantas horas estudiando, buscando trabajo, manejando hacia el trabajo, trabajando para no perder el trabajo─nos condena a no reconsiderar nada de lo que aprendimos antes de que las axilas nos apestaran a hombre grande.

En esta ciudad me sobraba el tiempo. Lo reconsideré todo. El amor más que nada.

Es verdad que cuando uno cree saberlo todo, sucede aquello que nos hace ver que no sabemos nada. Es cierto que nunca terminamos de conocernos. Hoy estamos seguros de que palpitamos. Mañana, temeremos habernos convertido en hombres de yeso.

Me levanto de la cama, entro a la cocina y me preparo un café. Escribo un poema que jamás publicaré. Observo la ventana: la nieve sobre el bosque. Presiento el frío. Pienso en todos los proyectos. De repente desde otra habitación me llegan unas voces: intentan decir algo. Aún no sé si en castellano o en inglés. Son unos niños que, tal vez, me reclaman.

En ese momento me entra de nuevo la duda. ¿También les contaré los cuentos de hadas? ¿O  les diré que el amor es otra cosa, que la vida se desbanda (que es una tómbola), que la felicidad no es una fórmula y que a veces hay que perderle el miedo a convertirnos en tontos para siempre (solo sé que nada sé)?

Es Nueva York, diciembre de 2016.

 

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