A principios de septiembre de 2026, la periodista Patricia del Río tuvo la generosidad de invitarme a su programa en el canal de RPP TV para conversar sobre la edición peruana de mi libro de crónicas La vida papaya en Nueva York. Fue una buena ocasión para recordar el proceso de la escritura y algunos aspectos de mi decisión de salir del Perú y mis primeros años como inmigrante en los Estados Unidos. Aquí la entrevista completa:

Mi piel es más oscura que la de mis hijos. Sin embargo, este verano uno de ellos se está acercando al mismo tono que el mío. Supongo que mi color tiene que ver esa juventud que pasé tostándome sin crema protectora. Miro a mi hijo que corre sobre la arena, se sumerge en el mar, sale de él, se echa sobre una toalla a mirar a los salvavidas jugando al vóleibol.
Si le pregunto «¿Necesitas una camiseta?», siempre dice que no.
Siento algo de angustia que tal vez tendrá que ver con las campañas de cremas y las decenas de artículos sobre el cáncer de piel. Intento ser un padre que vela por su hijo. Ese que corre y se mete al mar. Ese al que no le importa cómo su piel consigue el color de la melaza.
Qué tiempos los de Lima: esos veranos de los 80s y los 90s en el sur del mundo donde te quemabas y te pelabas con regularidad. La piel que se caía se parecía al concolón que yo escarbaba de la olla de arroz.
Claro que ahí estaba el tono de piel que querías: el playero, el que te asemejaba –o al menos eso creías– a los cuerpos de los comerciales de Pilsen, de Cristal.
¿Habrá algo que conecta lo que piensa tu hijo cuando corre por la arena de una playa en Nueva York con lo que pensaba ese tipo (yo) que se tumbaba sobre una toalla en las playas de Lima ? ¿Habrá un pulso genético que lo empuja a él –como me empujaba a mí– a absorber con persistencia e intensidad la vitamina D?
Un compañero de la Facultad llamaba «el gringo» al sol. Mi hijo, que tiene un lado gringo y solía tener la piel algo más clara que la mía, este verano parece haberse tomado en serio lo de su color playero.

El café de esta mañana no es una urgencia. Es algo similar–sin serlo–a una rutina. Consiste en entrar a la cocina, mirar que esté limpio el percolador y llenarlo con agua del caño; echarle café (siempre pensando en la cantidad porque de eso dependerá el sabor), y enchufar la máquina.
No sé por qué lo hago. Tal vez porque he desarrollado esta singular forma de empezar el día sin comer hasta pasadas las 11 de la mañana. Lo único que me permito es agua y café. En algún lugar leí que puede ayudarme a perder peso. Lo cierto es que no estoy tan seguro y mi peso oscila siempre entre los mismos números. Entonces se trata de una rutina «semi inconsciente».
Si bien eso no existe ¿Cierto? O se piensa algo o no se piensa. Y ya sabemos que mi vida dista mucho de ser la del que mira concentrado todo lo que está haciendo.
No lo iba a hacer pero me provoca escribir algunas notas sobre La vida a plazos de Don Jacobo Lerner. Es un libro de fragmentos reordenados. Por ejemplo: el personaje Efraín es una exploración. Lo que le da consistencia al experimento son las entradas de Alma Hebrea, una publicación no sé si fidedigna, no sé si existió, pero que remite a una sociedad de judíos establecidos en el Perú, desde fines de los años 1920s hasta mediados de los años 1930.
(Sé que existía el Club Hebraica, sobre la Avenida La Molina, sé que existía el León Pinelo, donde estudiaron algunos amigos de la de Lima como Rosemberg ¿qué será de él? Y sé –por Luis C. y algún otro amigo– que hay una comunidad vibrante, involucrada con la sociedad peruana en general).
¿Es valiosa la novela? Claro que sí. Y la edición de Las afueras (la diagramación, el espacio, el diseño de la caja) creo que permite disfrutar de la experiencia de lectura. Si bien no tengo una edición anterior me permito creer que esto es esencial en este libro que aparece 40 años después de su primera impresión.
Pensé en las similitudes con País de Jauja pero en ese libro hay mucho más desarrollo de los personajes. Acá en La vida a plazos lo que hay son bocetos de ellos y un sostenido esfuerzo de abstracción que tal vez era la única manera de estampar la experiencia del judaísmo peruano en esos años, sobre todo en ese territorio provincial y a la vez tan conectado a Lima y en cierta medida mirando hacia Europa que era el Chepén donde nació su autor, Isaac Goldemberg. Por ejemplo: la conversación entre Efraín y la araña o la escena en que los niños entran a la casa del judío para asustar a la ciega y son descubiertos. O la escena del incendio.
El libro está muy bien escrito. Se disfruta más tal vez porque se aprende sobre una experiencia que representa a una comunidad. No me gustó más que País de Jauja (lo digo porque me parece que las críticas ambiguas no son honestas). Sí lo recomiendo. Es un libro muy interesante.
Además tiene el añadido que el autor es uno de los símbolos más importantes de la presencia intelectual peruana en la vida neoyorquina. Alguna vez fui a la presentación de un libro de Issac en McNally. Él colaboró con mucho gusto en un par de libros de Los Bárbaros.
Ya se acabó el café. Y casi son las 11. A ver qué como.

A propósito de la publicación de La vida papaya en Nueva York, el escritor chileno radicado en Chicago, Antonio Díaz Oliva (Ado), me hizo esta entrevista sobre mis gustos literarios, influencias y otros temas relacionados con la publicación de mis ensayos personales. La entrevista completa, en la web de SUBURBANO, está en este enlace.
La vida son momentos y las obsesiones son muy pocas y se repiten a lo largo de la vida. Y quien ha leído mucho sabe que todo lo que se escribe hoy, ya lo escribió de algún modo Homero, ya lo puso en escena Sófocles. En la vida hay espacio para las aventuras, pero es bastante corta. Si uno quiere respetar cierto nivel de escritura no se puede decir demasiado. Especialmente si se vive, como yo lo estoy intentando, con lealtad hacia los tuyos, tus amigos, tu familia, con respeto por tus raíces.
No tendría que pasar algo así solo en el pequeño pueblo de Uruguay que me encontré en Veneno:
El inmigrante llega a la cantina de su pueblo natal. Los hombres que juegan cartas pretenden no reconocerlo. El personaje, Tapita, pone un billete de diez dólares sobre la barra y el cantinero le dice que se los acepta «solo si ya se va».
«Vivo en Nueva York hace trece años», le dice Tapita a un borracho que lo mira con sospecha y que luego se retira, como si Tapita fuera un apestado, como si algo no estuviera bien en que un hombre de Toledo, ese pueblo de polvo uruguayo, viviera tan lejos de allí.
Tantos lugares que se sienten como pequeños y barridos por el tiempo cuando uno se va. Solo recobran su importancia cuando uno descubre que sin ese lugar no seríamos nada. Tal vez por eso el apuro en sembrarse otra vez, en echar raíces. Porque si no el inmigrante se siente como un árbol al que han arrancado de la tierra. Un tronco que no consigue estar de pie.
Si bien el evento que da forma a la novela es el asesinato de un uruguayo acusado de incendiar un hotel en Texas, el tema principal de la historia es el desarraigo. Esa palabra tan dolorosa alrededor de la cual Fontana teje la historia del asesino Tapita.
Corren los primeros años del siglo XXI y la vida se pone difícil para los ilegales que viven en Nueva York.
Después de los atentados del año 2001 el gobierno ha impuesto una serie de medidas que complican aún más la vida de quienes residen en esta ciudad sin visa de los Estados Unidos ni tarjeta verde.
Para colmo de males, la MTA decide que para mejorar el lamentable servicio de transporte público que le brinda a sus usuarios, debe de aumentar –de manera drástica– el costo de los pasajes y las MetroCard ¿Quién puede ayudar a los pobres latinoamericanos que sobreviven, mal que bien, paralizados entre las amenazas terroristas, los aumentos del costo de vida y las maniobras políticas de ese presidente impresentable llamado George W.Bush?
Así nace Ñaño: El superhéroe ilegal. Un embanderado de la justicia que hace su trabajo superheroístico en la ilegalidad porque ha entrado a EEUU cruzando la frontera por los aires, sin detenerse en los controles migratorios. Un ciudadano cuyo único documento de identidad es el que le ha expedido una nación sudamericana en permanente crisis económica y política.
El único poder de Ñaño es el poder de convencimiento. Y armado con él, viaja por los cielos de los cinco condados neoyorquinos, haciendo el bien.
«Una de las enseñanzas que me ha dado la vida ─me dijo mi padre─ es que para conseguir aquello que quieres siempre debes ir directamente. Nunca des vueltas».
Estábamos en el automóvil, una noche en Lima. Tenía 19 años, estaba a punto de viajar y creo que mi viejo sintió la necesidad de entregarme la píldora más valiosa de su sabiduría. Nunca olvidé aquel consejo. Gran parte de lo poco que he conseguido se lo debo a esas palabras. Me estoy refiriendo a mis trabajos, a mi decisión de emigrar a los 27 años, a la facilidad con la que pude recomenzar mi vida en los Estados Unidos.
Sin embargo a veces, como en esta noche de insomnio en que la luna aparece entre las hojas de los pinos que mueve el viento del invierno, en una habitación oscura en un pedazo de tierra rodeado de agua muy al este de Long Island, recuerdo otras cosas: las que perdí por mi impaciencia, por estar determinado a creer que el único camino que valía la pena recorrer para conseguir algo en la vida era el más directo.
Pienso por ejemplo en Claudia.
En 2003 yo vivía en Brooklyn. Me acababa de mudar a un pequeño cuarto detrás de una chatarrera, a media cuadra de Atlantic, esa avenida informe, larga tira de asfalto que corta la isla desde Downtown Brooklyn hasta la autopista que cruza Long Island en dirección a Montauk. Aquella mudanza había sido una decisión impetuosa. Hasta entonces había vivido con comodidad en los suburbios, cerca de un trabajo de propinas que consumía mi fin de semana pero me permitía vivir con holgura de lunes a viernes. Tenía independencia y un auto propio: un Honda del 84 de carrocería oxidada al que se le caían los parachoques. Mi inglés había mejorado en meses de clases intensivas y mi familia en los suburbios era un sistema fabuloso de cordialidades que siempre me amparaba. Sin embargo, me sentía un impostor cuando escribía y decía estar viviendo en la ciudad de Nueva York, estando tan lejos de ella.
Gracias a mis amigos, con los que compartíamos un sótano de una sola habitación llena de cucarachas en el centro de White Plains, había conocido a una muchacha peruana. Con ella mantuve una relación de constantes encuentros, siempre afiebrados, ya fuera dentro de automóviles estacionados en calles oscuras, en espacios aislados que nos brindaba la suerte, o en cuartos de motel donde recaímos cada cierto tiempo, cuando nuestros cuerpos nos pedían una noche entera, que consumíamos en faenas maravillosas que nos dejaban satisfechos y exhaustos. Tal vez podía haber seguido con ella, formalizado, encontrado la manera de solucionar nuestros respectivos problemas de inmigrantes, empezado una familia, sucumbiendo a ese destino con el que se encuentran quienes descubren en algún minuto inesperado que la vida también puede consistir en tener alguien con quien seguirse muriendo acompañado, en conseguir un empleo honrado que te de suficiente dinero para vivir.
Si bien ella solía demostrarme un cariño que algunas veces iba más allá del momento en que despertábamos abrazados y tensos, era obvio que no era para mí. Estaba seguro─y así fue─que ella conseguiría muy pronto a algún novio que le solucionaría el tema de la residencia. Mudarme a Brooklyn, en gran parte también significaba alejarme de la comodidad y de ella y empezar otra vez.
Recuerdo el pánico de la primera mañana en que salí a encontrar mi dirección desde la estación Clinton-Washington. Sentí una duda: tal vez lo que había hecho era egoísta y terrible. Desde Lima mis padres me instaban a no alejarme de la familia. Tal vez mudarme a ese barrio era el pésimo paso que a veces dan los inmigrantes, el que los hace terminar muy mal.
La sensación de desamparo se esfumó muy pronto. Me acomodé a esas calles con relativa facilidad. Recuerdo con cariño incluso el frío que me acompañaba durante las muchas cuadras que caminaba de madrugada hasta la lavandería más cercana en la Avenida Fulton. Vivía con una española que conocí en la escuela de inglés y a la que le gustaba leer, cantar y cocinar. Éramos muy amigos en ese departamento en el que compartíamos no solo la habitación sino también los libros. A veces organizábamos reuniones ─mejor sería decir que ella las organizaba y yo colaboraba. En los ratos libres nos sentábamos a escribir juntos, y recuerdo que alguna vez lo hicimos para imaginarnos nuestra vida, la que tenemos hoy.
Cuando estaba acomodado a esa vida entre mi universidad en el Bronx ─a la que me demoraba 90 minutos en llegar─y las calles de Brooklyn, me encontré con Claudia.
Teníamos recuerdos de nuestros compañeros comunes en la universidad. Fue alguno de ellos, en un correo electrónico, quien me anunció que Claudia llegaba a Nueva York. La fui a buscar, a la pequeña sala que había convertido con paciencia en departamento. Escuchamos, tumbados en un sofá, las canciones de su excelente colección de música brasilera. Caminamos juntos por el Parque Central, y me quedé a dormir con ella, al lado de su cabello que olía a almendras─sin tocarla, pensando que lo que tendría que suceder, en algún momento sucedería.
Una tarde, cuando llegamos desde Chinatown hasta mi departamento con bolsas de limones y pescado, nos invadió a los dos una sensación de camaradería que no creo errar si califico de mágica. El departamento de Brooklyn tenía un balcón por donde se colaba un halo de luz blanca. Tendría que ser mayo o junio, porque recuerdo una tibieza tierna que nos acompañó mientras cortábamos los limones, sazonábamos el pescado, almorzábamos y conversábamos de nosotros dos, de nuestros sueños. Ella quería ser antropóloga pero no estaba segura de cómo empezar a conseguirlo. Yo le hablaba de ser periodista otra vez, de mis clases, de las tantas personas que había empezado a conocer en la universidad.
Nos tendimos en mi cama a descansar, uno al lado del otro, como otras veces en que habíamos dormido juntos sin que pasara nada. Recuerdo haberme sacado la camiseta y haber empezado a conversar de lo que conversaba hace diez años. Claudia me escuchaba, tal vez interrumpía de vez en cuando con una voz muy suave y se reía con una dulzura que pocas veces volví a encontrar en esta ciudad. Estábamos solos en Nueva York, dos muchachos de la misma universidad, cubiertos de luz blanca, echados uno al lado del otro en una tarde de Brooklyn. Claudia apoyaba la cabeza sobre mi hombro y puso sus dedos sobre mi pecho, como queriendo tocar algo que yo llevaba escondido adentro.
Nunca pude explicar lo que pasó. Tal vez esta noche lo consiga. Creo que tiene que ver con aquellas palabras que alguna vez me dijo mi padre. Sus dedos resbalaron sobre los vellos de mi pecho y sentí que me asomaba a un mundo distinto, que aquél podía ser uno de aquellos momentos en que se abre una puerta, solo por unos segundos, para que atisbes un universo paralelo. La miré como si lo que siguiera en ese instante fuera inevitablemente el momento de poseerla. Recordé aquella noche en que vi su perfil desnudo en la oscuridad de una habitación en Manhattan y la mañana en que desperté antes que ella y me quedé observando la boca semiabierta y los ojos cerrados y tranquilos de un rostro que combinaba tan bien con el olor de las almendras.
En ese momento la miré como si fuera el salvaje delirante que acaba de descubrir la fuente del fuego. Sus dedos se desprendieron de mi pecho y yo entendí que si abría la boca para decir algo habría cruzado una línea invisible, que el camino recto que sugería mi padre me iba a conducir a un cruce de vías, que la puerta se cerraba y yo estaba a punto de quedarme adentro. Tal vez fue lo contrario. Tal vez solo tenía que abrir la boca y decirle lo que quería: que la deseaba.
Ha pasado mucho tiempo y hemos seguido siendo amigos. Alguna vez, una Nochebuena, poco después de su primer divorcio, Claudia fue la que alentó a una judía de cabello colorado para que no dudara más y se metiera en mi cama. Tiempo después, cuando ella vivía con un muchacho distinto y ya se había comprado su propio departamento en el Soho, le dije que me casaba. Me dio la bendición y un regalo muy valioso que aún conservo. Ambos hemos recorrido largos caminos. Ambos hemos sobrevivido a las tormentas. Ninguna de ellas nos ha obligado a marcharnos.
Esta noche en que no puedo dormir, me la imagino a Claudia navegando por un río de aguas apacibles en la oscuridad, bajo la sombra de alguna montaña. Los dos vamos en balsas distintas, la de ella al lado de la mía. A Claudia y a mí se nos ve despreocupados, acurrucados en las esquinas de nuestras balsas. Ambos nos dejamos llevar por la corriente, y nos saludamos en medio de la noche, apenas reconociéndonos con la luna, sin atrevernos a quebrar el silencio.













