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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Silaca

Se ve un pez en el Pozo de las viejas

Silaca

El pozo se alimenta con un chorro, es más sequedad que pozo, es agujero

Queda al final del camino, arrastrando los pies,

Para allá marcha mi abuela, convencida del poder curativo de la sal

Se mete una sopada, que equivale a sentarse y a mirar

El mar.

 

Allí crecí

Paciencia y silencio de un balneario sin arena

Tumbándome sobre la piedra plana y esperando

La llegada de una ola implacable

¡Ducha ducha!

Niños que buscan piedras redondas y planas mientras aprenden el secreto de las orillas

Cerros con narigones mirándonos

Por esa tierra rojiza que luce tan bien en mis pies de niño descalzo

 

Al fondo, los lobos

Muy cerca uno de otro, soy lobo tú eres loba

Hagamos lobitos.

Descansando, echándose panzazos, en el agua de Silaca.

 

Una sopada en el Pozo de las Viejas, luego armar las trenzas, volver a la casa

Encender las brasas y calentar la olla

¿Caldo de locas?¿Sudado de lapas?

 

Entre sus muslos blancos y arrugados,

En ese pozo

Cruzó un pez color pez (nada extraordinario).

Creó el reflejo de sí mismo

Y escapó con el siguiente chorro.

 

Un camino ascendente entre las rocas ingeniosas

Ropas mojadas, calor, la brisa que traen los pájaros que vuelan pronto

Lejos del pozo

En un pueblo de mar.

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Vivir

Julio Ramón Ribeyro en Miraflores. Foto de Jorge Deustua.
Julio Ramón Ribeyro en Miraflores. Foto de Jorge Deustua.

¿Qué cosa es vivir? Hoy releía Solo para fumadores y encontraba esta frase genial de Ribeyro (que se la tiene que haber leído a algún francés):  “ese simulacro de la felicidad que es la rutina”

Conversaba a la hora de almuerzo sobre las enseñanzas de Josei Toda, líder budista quien en algún momento fue acusado de blasfemo y apartado de su iglesia por reclamar que “Buda estaba en cada uno de nosotros”; que no era necesario pedirle permiso a ningún monje para encontrar el sendero iluminador del budismo.

Ayer leía en el New York Times la historia de la creadora de la página Brain Pickings, Maria Popova, que había desertado de la vida académica para dedicarse a crear una especie de enciclopedia de “datos inspiradores”.  “No vivo tan bien, pero sólo hago esto, que me gusta y me alcanza para vivir con comodidad”, declaraba al NYT esta búlgara, residente de Brooklyn.

Hoy volvía a ver, con mis estudiantes, el primer video de Fabián C. Barrio antes de salir a dar una vuelta por el mundo en su moto; parafraseando un texto llamado “Instantes” (falsamente atribuído a Borges); y una entrevista donde declaraba que “lo único valioso que tenemos es el tiempo. Depende de nosotros hacer algo con él.”

Ayer miraba conmovido la entrevista a los fallecidos chefs del restaurante limeño Nanka y veía como Lorena Valdivia lloraba al recordar con gratitud la bondad de su padre para invertir en un restaurante al que ella y su pareja le iban a dedicar su vida.

Esta mañana encontré un cuento que me publicaron en Lima hace ya 6 años y recordaba la intensa pasión con que lo reescribía, cuando en aquel momento no podía salir de los Estados Unidos y la nostalgia me quemaba.

Con mi padre, en el teléfono, recordé un instante en Curitiba en que vi pasar la muerte; y él me recordó otro momento allá por los 80s, cuando mi madre se salvó de ser arrollada por un auto frente a la Clínica San Felipe.

Leo a Julio Ramón Ribeyro, escucho a Fabián Barrio, a Lorena Valdivia, leo a Maria Popova, hablo con mi padre y con mis alumnos. Toco el rostro de mi esposa, salto la verja que impide que el conejo suba a nuestro dormitorio, me siento en una silla y les escribo.

Creo que mi destino, amables lectores, consiste en escribirles–al menos esta noche–sobre mi búsqueda de la vida y la felicidad.

Las estrellas y las olas

silaca

Nos sentamos frente al mar. El cielo era una franja blanca separada de la franja azulísima del mar. La franja azul era como de tela arrugada, con muchas marcas, una al lado de la otra. Por aquella franja blanca iba descendiendo un disco brillante. El reflejo del disco caía sobre el agua y pronto ese disco estaba reflejado por completo en el agua y las olas lo cortaban, avanzando incontenibles hacia la orilla.

Era una tarde fresca y yo acababa de descubrir tus ojos claros, enormes. ¿De qué hablábamos? Quisiera saberlo, pero mis recuerdos son mudos. Nos veo a los dos intercambiando miradas, nos veo descalzos y disforzados, apretados sobre un asiento de concreto, junto a los otros. Por un rato éramos parte del grupo, prestábamos atención a los otros. Ellos también se portaban disforzados, pasando la botella de cerveza y el único vaso; alimentando las horas con conversación banal, esperando a que cayera el sol; que la noche inundara las casas pues el generador no funcionaba y la playa sin él volvía a ser como antes: cuando tú y yo éramos niños y marchábamos por aquí y por allá, entre las piedras; correteando a las lagartijas; esquivando las piedras calientes camino a las pozas, saltando y haciendo equilibrio; sumergiéndonos uno detrás del otro en las pozas de agua helada.

Veo eso en mis recuerdos, pero no escucho nada. Sé que miraba el sol porque lo hacíamos tantas veces, a la misma hora, siempre el mismo grupo de chiquillos, verano tras verano, tarde tras tarde. Sé que era la primera vez que te veía tan grande, porque a esa edad todos solemos dispararnos de pronto hacia la madurez.

Veo ese universo en mis recuerdos y veo la llegada de la noche. Entonces ya éramos sólo tú y yo; y sólo le prestábamos atención a nuestros detalles y a nuestros olores; ésos que aparecen cuando dos cuerpos adolescentes están más cerca el uno del otro, cuando las manos comienzan a tocarse y de repente nuestros labios.

Yo estaba entrando a la plaza y llegaba la camioneta con ella. Era de día. Julián, Ramiro y yo regresábamos del mar, yo cargaba dos costalillos de lapas. Mi tía Cecilia estaba de copilota y el tío Alejandro manejaba. Ella iba en el asiento de atrás, pegada a la ventanilla, con el cabello largo y rubio.

Todos me conocen. Saben que yo estoy solo en la playa porque mis padres… Bueno, a mis padres todos los conocen y saben de mis hermanos también. Y si bien a mí no me importa, también saben que uno de ellos está en la cárcel por romperle la cabeza a un jaquino en una pelea. Tal vez también me pongan otros apodos porque saben, o empiezan a darse cuenta, que yo no hago lo mismo que sus hijos hacen. No me extrañaría si a mis espaldas mis tíos me llaman “fumón”; o les piden a sus hijas que presten más atención cuando estén conmigo. Me siguen tratando igual, hasta donde yo puedo percibir.

La tía Cecilia me vio con los costalillos. Acababan de llegar de Lima. Ella dijo que me acercara y nos dimos un gran abrazo; salió mi prima de la camioneta, a ella sí no la veía hace unos tres años. El tío saludó pero sin ser tan efusivo. Siempre ha sido así el tío, lacónico y poco expresivo; pero nadie me puede culpar por sospechar de él. Creo que se portó así, medio distante, porque le han contado. De todos modos, nos dimos un abrazo y les dije que podía sacar más lapas la mañana siguiente, si querían, porque mis costalillos ya tenían dueña.

La tía Amparo iba a hacerme un picante de lapas, porque la tía Amparo está con la cadera mala, se cayó de la yegua en el cerco. Cocina rico y si yo le llevo lapas, mi tía me prepara un picante y sopa y al día siguiente puedo ir a tomar desayuno y la tía no me mira de ningún modo diferente, creo que es porque sabe que su nieto también…que los dos somos muy amigos. En fin. Mi tía Amparo ha tirado un colchón en el asiento de cemento, frente al mar. Allí puedo dormir, al fresco. Allí puedo sentarme a jugar cartas. La he invitado a mi primita para que vaya más tarde, cuando termine de instalarse en la casa: Carmen.

Carmen. Carmen. Carmen. Tengo que memorizarme su nombre porque me ha gustado cómo me miró. Allá en Lima ella sigue de novia con Juanillo, pero Juanillo nunca viene a la playa (a veces, tal vez para la yunza).  Carmen podría ir conmigo a la yunza este verano. Y esta tarde, cuando baje el sol, nos sentamos todos los primos afuera de la casa de la tía Amparo a conversar, a jugar cartas. No dije “a tomar” porque el tío estaba demasiado cerca, pero ya lo saben igual. Allá te espero, dije.  Y Carmencita sonrió y la tía Cecilia dijo “yo la mando”.

Me gusta venir a pescar. No me importa la manejada: 7 horas. Lo hago sin pensar. Salgo de la oficina el viernes, meto ropa para el fin de semana, mis cosas de pescar; en la noche –solo, con mi hermano, o con algunos de  mis primos, si quieren ir–manejo de corrido hasta la playa.

Sólo paro un poco antes de Ica. Hay un quiosco donde se detienen todos los camioneros. Me tomo un buen caldo de gallina y llego a la playa al amanecer. Me gusta llegar bien de mañana porque el olor del mar entra en mis poros. El camino de bajada a la playa no es bueno; si estoy solo, prefiero bajar a mirar. A veces está lleno de grietas, sobre todo al principio de la temporada; después le pasan la cuchilla y para febrero está mucho mejor y puedo bajar sin pararme; a veces incluso a velocidad.

A mi novia no le gusta venir. Ella casi no toma y le molesta verme tomando. También le gusta pescar; y yo le he dicho que así siempre ha sido y que nunca me ha visto borracho. No entiende. Ella ha crecido en Lima pero también tiene familia en Paramonga y dice que allá chupan pero no tanto como acá. Se van a la playa, tampoco hay electricidad, tienen casitas al lado del mar; pero que cuando se apaga la luz no se quedan tomando hasta el día siguiente.

Su papá es un borracho y ella tiene miedo que yo sea igual que él. Las peores bombas han sido con su padre. Las únicas veces en que he regresado a casa a vomitar bilis han sido con él. Mi suegro es un fuera de serie pero toma demasiado. “No tomo como él, mi amor”, yo le digo. Ella no puede distinguir las cantidades ni entender la diferencia entre esas borracheras y esta manera tan ligera de tomar: acá en la playa compartimos la botella y el vaso; mis primos casi no tienen dinero y siempre soy yo el que pone la cajita el sábado en la noche. “Es el único día que tomo mi amor. Ese es todo mi vacilón”, le digo; pero ella no entiende.

Yo voy el fin de semana a la playa, sólo a pescar. El sábado duermo un rato en la casa de la tía Mirabel, a veces toda la mañana; almuerzo algo ligero y me voy de pesca. Eso me aloca: la pesca trepado en las peñas, lanzando el cordel a las olas, viendo el mar que revienta contra las rocas; el mar azul que me calma, que me hace sentir que la vida vale la pena.

Espero morir después de haber vivido todos mis veranos entre estas rocas. Quiero, si es posible, pescar hasta el último día de mi vida. Morir regresando de pescar, con mi cuerpo todavía oliendo a mar.

Esta noche no ha sido distinta de las otras. Mis primos son muy divertidos, son todos menores que yo, ninguno carga mucha plata y todos me gorrean. A mí me gusta invitarles la caja de cerveza. Me hace sentir muy bien. Al Peto que tiene sus padres pero como si no los tuviera; al primo Carlos que viene desde Lima y que casi nunca veo porque va muy poco al pueblo y éste es el primer verano en que viene todos los fines de semana; al primo Ramiro, siempre tan calladito.

Hoy lo he visto a Ramiro un poco alterado porque se apareció la primita, la hija de la tía Cecilia que está muy linda. Tiene los mismos ojos de la tía y su cabello es rubio, medio rojo como son muchas de las primas Guardia; y la chiquilla es muy coqueta. El pobre Ramiro no sabe ni cómo conversarle. Le temblaba la mano cuando tenía que pasarle el vaso y la botella, porque él estaba parado al final del asiento y ella estaba al otro lado y Ramiro tenía que darse toda la vuelta para llegar hasta ella; y yo podía ver cómo se ponía nervioso Ramiro cuando ella le coqueteaba al recibir la botella y el vaso.

Mala suerte para Ramiro. Ahí estaban los otros dos pegados a Carmen como lapas. El primo Carlos que la vio desde que se acercaba y de frente se sentó al lado de ella y empezó a conversarle; y eso le gustó a la chiquilla. El Peto se fregó porque él también estaba dando vueltas y conversándole; pero desde que Carlos se sentó a su lado, Carmen sólo le hablaba a él. A Ramiro eso lo tenía medio celoso, pero qué vamos a hacer. Lástima que sea la única chiquilla de su edad en la playa, porque también están las hijas del potón Carmelo pero ésas vienen recién en febrero para la yunza.

Y poco a poco se fue toda la luz y nosotros seguimos tomando hasta que se acabó la caja. Y no sé si fue mi idea, yo creo que escuché que pasaba algo entre ellos, pero es imposible ver nada cuando se va la luz en la playa. Es imposible. De todos modos ya estaba pensando en irme a dormir; para ir a pescar temprano, que es lo que me gusta hacer los domingos, antes de empezar, otra vez, la manejada para Lima.

De noche todo se inunda de estrellas. Carmen nunca había tenido 16 años en la playa y yo nunca había estado con una chica de ojos tan claros como los de Carmen.

Nos besamos. Estábamos aún pegados uno al otro y a mi lado estaba el primo Julián y al lado de ella estaba parado el Peto que seguía hablando de la fiesta de la yunza. De vez en cuando escuchaba que el primo Ramiro se paraba y venía por el otro lado y le alcanzaba a ella el vaso. Mientras se lo terminaba, ella me besaba.

No puedo escuchar nada, mis memorias siguen siendo mudas. Puedo ver a Carmen, que en la oscuridad dirigía mis manos hacia su cuerpo y, levantándose la blusa, me ofrecía que la bese y yo la besaba. Mi lengua estaba caliente pero más caliente era la piel de Carmen. Ramiro se fue primero y Julián siguió. También se fueron los dos chiquillos García y al final se fue Peto, que hablaba hasta por las orejas. También se despidió y me alcanzó su mano de dedos nudosos en la oscuridad; se la apreté y me dijo “Adiós primo”.

Ofrecí acompañarla a su casa y, en el silencio de la playa, ella me dijo que estaba con Juanillo; que también era nuestro primo; pero como su madre se había casado en Lima con un piurano ya no eran tan primos como ella y yo.

¿Nosotros somos primos? Bueno, tu mamá y mi mamá son primas en segundo grado. En realidad el parentesco venía por el lado de los abuelos. En la época de los abuelos, el mundo de la playa era mucho más limitado que hoy. Eran sólo cuatro familias las que venían a pasar la temporada, desde la Navidad hasta marzo. Las cuatro familias tendían a mezclarse entre ellas. “Nosotros vivimos en Lima. Somos distintos”.

Las estrellas estaban salpicadas en la oscuridad, como granos de sol. No alumbraban; sus destellos alcanzaban apenas para darnos ánimos o para enseñarnos que cada momento que vivíamos era como ellas. Eran estrellas íntimas, pequeñas.

Esos momentos siguen allí en nuestra memoria.  Miramos al pasado y los vemos: desparramados como estrellas. Siguen vívidos, coloridos y silenciosos; con su pequeña luz propia; aún hermosos.

(Este cuento ha sido publicado en diciembre del año 2012 por la revista SUBURBANO de Miami)

Aquella salsa

Las canciones de Marc Anthony me hacen recordar la Panamericana Sur. Especialmente una curva en la carretera, a la altura de la quebrada de Agua Salada, donde recibí mi primera lección de salsa:

Escucha hijito. Ésto es música–dijo mi prima, mientras sonstenía el timón de su auto con una mano y con la otra trataba de hacer funcionar la casetera.

La carretera iba al borde de un precipicio. Desde la tapa me miraba un flaco de lentes y despeinado. No recuerdo si fue una sensación cercana al vértigo, ni si aquella tuvo que ver con la fuerza con que aquella música se fijó en mi memoria. Sólo sé que años después–muchos años después–aún escucho cualquier canción de Marc Anthony y vuelve a repetirse en mi cabeza aquella carretera al borde de los acantilados. ¿A dónde íbamos? La Panamericana Sur, que estuvo a punto de desaparecer durante los 80’s, había sido completamente reparada. Las líneas amarillas y blancas brillaban sobre el nuevo asfalto. El viaje entre la playa de Silaca y el puerto de Chala duraba la mitad que cuando la carretera estaba parchada de agujeros. Por lo tanto, no pudieron ser más de cuarenta minutos de música.

No me importa su vida sexual (ni con Jennifer López ni con Miss Puerto Rico);  pero lo escucho y aquella carretera aparece en mi memoria con la música de fondo y un Tercel azul que chilla en las curvas a casi 100  kilómetros por hora…

Jamás fui salsero: un salsero sabe bailar y yo no lo sé. Mi torpeza se extiende hasta la pubertad (¿14 años?), hasta la espalda de una muchacha que me tuvo que detener porque en medio de un quinceañero, sin darme cuenta de nada, siguiendo el ritmo de la salsa con mis dedos en su espalda, estaba a punto de desabrochar su brassiere.

Mis mejores memorias: sentado sobre una silla Comodoy, pegado a la pared, en el salón de la casa de mis primos, durante las fiestas de año nuevo familiares, viendo a tíos y a tías bailando Fuma el barco y Caballo viejo.

También están los recuerdos incómodos: una y otra mujer queriendo enseñarme a mover los hombros, las caderas, a enderezar lo que parecía no enderezable.  Mi madre forzándome a bailar con ella, mi hermana forzándome a bailar con ella. Y en otras ocasiones me veo feliz, ebrio, aprendiendo a dar vueltitas, a repetir el mismo paso una y otra vez, o marchando abrazado al tren interminable mientras los parlantes anunciaban que yo dejé mi corazón que sólo vive, en un mágico rincón de mi Caribe.

Pero si escucho: Yo que te conozco bien, me atrevería a jurar que vas a regresar que tocarás mi puerta... la memoria viaja hacia una geografía específica y a un tiempo específico de mi adolescencia.

Creo que se debe a cierto tipo de barrera inconsciente: a mí me gustaba andar con los chancabuques altos y la camisa de franela. No me gustaba el sistema. Me gustaba el rock subterráneo y no la salsa, porque la salsa era parte del sistema. Todo lo que sucedía en la radio era parte del sistema. Y para aquel muchacho que era yo, el iluso que creía marchar a los márgenes de la sociedad, Marc Anthony no podía pasar aquella barrera.

Sin embargo, él la pasó.

Hoy lo escucho en el auto mientras marcho a comprar lo que necesito para sobrevivir al desastre. Por estas calles de troncos caídos, su voz sigue llevándome a una época en que la música y el amor eran lo más importante. Avanzando con cautela hacia una tienda A&P, sin querer pensar en otra cosa que una lista de víveres, aparece su voz y mi mente viaja hacia el pasado, hacia aquella carretera donde Llegaste a mí.

Oceánico

El mar me ilusiona. Recuerdo haber estado caminando por Madrid, observando un punto “donde tenía que estar el mar”. Al no encontrarlo sentí que la geografía había fallado. No me parecía posible vivir bien en una ciudad lejos del océano. En Ubatuba una argentina me dijo que conocía Lima. Su avión se quedó una noche de más y la mandaron a dormir a un hotel en el mugroso centro de los años 80s. Le pregunté si se había asomado por la Costa Verde, si había camnado por los malecones de Miraflores y Barranco. Me respondió que no sabía que Lima estaba al lado del mar. Casi le digo “¿cómo se te ocurre?”.

En el invierno, mi hermano y yo íbamos a bogar en La Punta. Usualmente los ejercicios sucedían en un pedazo de mar calmo y estancado detrás de los rompeolas. Lo más riesgoso era darse la vuelta, mojarse y perder los remos en la maraña de plantas bajo el agua. Pero un sábado con sol nos lanzaron a competir en las regatas a mar abierto. Tenía 9 años y fue la primera vez que sentí con intensidad la fuerza del océano.

Tenía tal vez 15 cuando seguí a mis primos y salté desde una peña enorme que miraba hacia el mar abierto. Desde allí arriba parecía sencillo nadar en esa inmensidad y regresar. Sin embargo, allí adentro, demasiado consciente de que solo contaba con mis brazos para volver hasta las peñas, nunca me abandonó la idea de morir ahogado.

Alfonso Reyes tiene un buen ensayo en que escribe sobre los griegos y el mar. Se llama “Un dios del camino” y está incluído en una bella antología de sus estudios helénicos, editado por Fondo de Cultura: Junta de sombras. Allí Reyes desmitifica la imagen del griego que se trepa apenas puede a su barquichuelo y se va a navegar en busca de aventuras. “A ser dable, se prefería rodear los golfos y radas, mejor que cruzarlos”, dice Reyes.

Estando en camino a Puerto Montt conocí un ferry. Es un crucero breve pero rodeado de automóviles y familias ruidosas. En Nueva York, el ferry gratuito que cruza hasta Staten Island es una experiencia que siempre recomiendo.

En Lima manejaba de más solo para poder encaramarme con mi refrigerio–un taco, un sánguche–sobre esas rocas al lado del Salto del Fraile, observando el mar. Cuando llego a una ciudad me llama el agua. Ese mundo líquido me promete en silencio, me lleva a otros mundos sin que yo me haya movido.

Visitando la playa, publicado en FronteraD.

De joven nunca tuve problemas escogiendo dónde me gustaría pasar el verano. Mi familia tiene acceso, desde hace más de un siglo, a una playa casi privada. Las familias de los veraneantes vienen del mismo pueblo, y todos ellos están emparentados de uno u otro modo.

La playa se llama Silaca y queda a poco más de 590 kilómetros de Lima.

De Silaca guardo muchas memorias. Casi todas maravillosas. Muchas de ellas están condensadas en este cuentito llamado “Visitando la playa” que he revisado y reescrito varias veces desde el año 2005. Es un cuento escrito en un estilo muy clásico, sin más pretensiones que rendirle un homenaje a un paisaje y a la familia de mi madre, que siempre me recibió con los brazos abiertos, que me alimentó, que me cuidó y que aguantó los errores que cometía este limeñito sin conocimiento de los códigos del pueblo, que llegaba allí para alimentar sus fantasías de escritor. Hoy, este cuento  ha sido publicado por el generoso equipo editorial de la revista española online Frontera D, que reviso regularmente desde que hace ya algún tiempo me llegara un cuento publicado en ella por Edmundo Paz Soldán.

El epígrafe de mi cuento es de Hamlet:  el drama de un joven privilegiado lleno de dudas y de inseguridades. Así es el personaje principal de Visitando la playa y así me veo yo en ese tiempo, cuando visitaba esa playa, olvidándome de la Lima donde la mayor parte de mis amigos pasaban otro tipo de vacaciones; sintiéndome privilegiado por acceder a ese universo donde podía experimentar otras sensaciones; amar y desear de un modo distinto que en la ciudad.

Ahora, ya publicado, estoy seguro de que no lo volveré a revisar. Esta versión en FronteraD es la definitiva.  Ojalá les guste. El cuento viene con una preciosa ilustración de Raúl.

Summertime

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2 de enero
Cinco individuos caminan entre los piedrones de Silaca. La luz es espléndida. Hay un tipo particular de silencio que se quiebra con sus suelas. Las lagartijas los observan desde las ranuras entre las rocas: con las patas tensas, listas para la huída. En el cielo, las aves marchan en bandadas y se susurran en su lengua. En el mar los lobos gruñen, dicen algo sobre la calidad del agua, la consistencia azul del océano. Había cinco individuos atravezando este paisaje, conscientes de cierta magia brindada por el principio del año 2011.

***

Los dedos sobre los erizos, estos luchan pero pierden. Una roca en forma de punta de lanza acuchilla las espinas y cuando las puas flotan en el mar, los pececillos se amontonan para comerse la carne del erizo que se aferra a la roca. Un hombre se lanza al Pozo de los Hombres, con la piedra en una mano y, desde otro ángulo, intenta limpiar las rocas por donde luego tendrá que encaramarse para salir.

***

El perro (Athos) salta, brinca, corretea con la lengua colgándole sobre la arena mojada de la playa mientras el brillo del atardecer hace de él una sombra que camina por la orilla. Al hombre le cuesta aceptar que traerlo a la playa fue la mejor decisión. En ese momento a solas, caminar con el perro lo llena de felicidad. Se fija en su propio estado de ánimo. En su paciente recorrido después de haber regresado de un chapuzón en La Batea, fresco, buceando en el agua helada. Mira las huellas que dejan él y Athos en la arena de Tanaka; disfruta como un cerdo ese momento de disipación total, de ningún problema. Presiente que en esos instantes de dejadez completa está cierta semilla importante para sus próximos libros, que aquella caminata es parte de la investigación para su novela y tal vez parte de la trama.


Y esto lo escribe el mismo hombre, ahora rodeado de nieve. Mirando las estalactitas que cuelgan de la casa de los vecinos y la luz blanca de su barrio. Lo escribe después de haber estado una tarde picando la nieve y pensando que Dios es un raspadillero. ¿Es el mismo hombre?

Mudanzas/ MONÓLOGO DE LA MAMÁ NOY

Sé que ha llegado el verano porque en las habitaciones ya no se siente el fresco que en primavera todavía suele colarse entre la quincha y las cañas del techo. Desde el amanecer, entre los dinteles de madera de olivo, se mete el polvo caliente y llena los cuartos. Una mañana me levanté oliendo el calor y le dije a él, que siempre se despierta antes que yo pero se queda acostado con los ojos abiertos: “Organicemos el verano”.

El dice que el próximo domingo, al final de la misa, se irá a la sierra llevándose el ganado. El viaje le ha de tomar un par de semanas. Mientras él viaja yo desarmaré las camas, las mesas, arrumaré las sillas y colectaré fruta y vino. Tendré las alforjas llenas y los toneles preparados para cuando él vuelva. Le pediré por favor, otra vez, que no se lleve esa bolsa de hoja de coca que le envenena los nervios. ¿De qué le sirve leer sus Reader’s Digest y comprarse buenos trapos para ir a Lima a ver los toros, si acá mastica coca como los peones y habla con ellos en quechua como si fuera otro indio?

Los peones partirán hacia la playa llevándose los muebles. Cuando él regrese-tres domingos más tarde, si no se le da por meterse a la quebrada a cazar guanacos-, estaremos esperándolo con su compadre y su comadre bien arreglados, los niños bien vestidos y peinados, las yeguas preparadas y las mulas cargadas: las alforjas llenas de fruta y poronguitos de manjar blanco, los toneles calafateados y colmados de dulce vino, los cartones de cigarrillos (tengo que mandar a comprar al pueblo). Entonces, empezaremos la marcha. Espero que el calor no nos gane. A veces no es ni la mitad de diciembre y ya uno se sofoca.

Bajaremos en fila hasta el cauce seco del río, por el sendero de tierra afirmada al lado del corral, bajo las buganvilias. Cruzaremos sobre las piedras y la lama resquebrajada hasta la banda y avanzaremos por la carretera afirmada hacia la siguiente quebrada. Acamparemos entre los cerros al llegar la noche y él nos contará las historias que más le gustan a los niños, a menos que estos estén muy cansados y se duerman pronto. Si no hay niños hablará de política. Así es siempre. A su compadre Belisario le gusta escucharlo tanto que no sabe interrumpirlo. Con su jarro lleno de vino, aspira el humo de su cigarrera de carey y mira como se van consumiendo los troncos de algarrobo mientras lo escucha hablar de política, de los militares, de la guerra.

En ocasiones lo interrumpo para hacerle preguntas, pero a él no le agrada. ¿Qué sé yo de política? se queja. Si está de buen ánimo, nos contará sus viajes a Lima, nos hablará de Acho, nos describirá las calles alrededor del camal, traerá noticias de los parientes que viven en Miraflores y en San Isidro, o de negocios que se le han ocurrido conversando con los ganaderos. A veces la comadre se aburre y se va a dormir temprano. Otras veces arropa a sus hijos y vuelve a sentarse a mi lado, me agarra del brazo y conversamos en voz bajita de otras cosas: de mis hermanas, de nuestras primas, noticias de los amigos que viven en el pueblo o que se fueron a estudiar al extranjero. Si está muy cansada, lo dejará a Belisario y se irá a dormir sola. Yo me quedaré a escucharlo hasta el final. El siempre se levanta de improviso y dice ‘nos vamos a dormir’, arroja un par de leños al fuego y dispara un par de tiros a la noche para espantar a los zorros.

El segundo día de marcha siempre es el más cansado. Cabalgaremos desde el alba y no nos detendremos hasta la noche. Él encenderá el fuego mientras los demás nos acomodamos para comer y leugo a dormir. La segunda noche nunca se cuentan historias.

La tercera jornada la cabalgata será breve, como siempre. Ya casi estaremos al lado del mar. Descenderemos sobre el camino afirmado, bordeando la quebrada, entre flores de cactus y pitajayas, e ingresaremos al pueblo atravezando la plaza. Las cocineras se nos acercarán diciéndonos que el desayuno está servido y los peones se amontonarán frente al portal de la casa para ayudarnos a desmontar. Él meterá las manos a las alforjas, las retirará llenas de monedas y recompensará a todos, mientra les pide ayuda para amarrar a las bestias. Les conversará en quechua, los interrogará sobre su jornada hasta la playa, sobre el mar y la pesca, les preguntará si hay suficientes mariscos entre las peñas, si han encontrado cangrejos y erizos -que le encantan- si han visto agua en el puquial que utilizamos de lavadero, si los higos y las peras de las matas de la quebrada están maduros, si hay suficiente agua en el estanque, si sus familias están bien acomodadas, si necesitan algo. Belisario se quedará a escucharlos, pretendiendo que le agrada el sonido de su lengua-sin entenderles nada-, yo me iré con mi comadre y los niños a la casa, a revisar la mesa. Seguramente habrá que volver a calentar la leche, o tendremos que moler más café, reemplazar las aceitunas servidas por otras más frescas y tostar más cancha para los niños. Cuando la mesa esté lista, mandaré llamar a todos y nos sentaremos a desayunar.

Desde principios de diciembre ya extraño el olor de las peñas y el aracanto, el aire salado y fresco que llena nuestra casa de playa. Ojalá que al llegar nos espere manso el mar. Me encantaría darme unas zambullidas y estrenar esa truza de baño que él me ha traído desde Lima. Quisiera tener la poza para mí sola por algunos días, antes de que lleguen más familias y Silaca se llene de gente.

No es que me disguste ver gente. Las tardes de los domingos, sentados todos-primos, hermanos y familias amigas- alrededor de las pozas, son las más amenas. Sin embargo, prefiero zambullirme sola en la poza, observando mis carnes blancas bajo el agua. Al menos los primeros días. Durante la temporada me agrada bajar al mar con la comadre Angela y mis hermanas, pero a principios del verano prefiero venir sola. Tal vez la truza nueva necesite arreglos, a veces me ajustan los pechos, a veces no me gusta como atrapan las piernas.

Mis hermanas se tardarán al menos una semana en llegar. Siempre que nosotros partimos ellas recién están mandando el ganado a la sierra. Me pregunto si es porque en Anqui hace más calor. Las chacras de ellas están metidas en la quebrada y los cerros tapan el sol. Ellas tienen la ventaja de no asfixiarse en sus casas hasta después de la Navidad (sin embargo sus uvas nunca son tan dulces como las nuestras).

Tal vez, como dice él, sea porque sus esposos son flojos. Sólo una vez se fue con ellos a la sierra, porque quería presentárselos al alcalde de Coracora e interceder para que les brinden buenos pastos y les protejan al ganado. No quiso mandarlos solos porque ninguno entiende el quechua. ‘No son buenos cazadores y no saben encender buenas fogatas’, me dijo él. En los cerros los zorros, gatos y lobos son hábiles ladrones de ganado. Al esposo de Marina ya le comieron varios becerros y al esposo de Adela siempre le roban el charqui y las provisiones. A veces ellos se hacen acompañar de peoncitos, pero los chiquillos igual se quedan dormidos o les da miedo. Si están despiertos y escuchan rondar a un zorro me imagino que se esconden o se hacen los que duermen.

Mi esposo siempre va sólo. Él dice que así se lo pasa mejor. Mis hermanas sugieren que le gusta acostarse con las cholas y no quiere testigos. Yo les respondo que a él siempre le ha gustado hacerse todo solo y que lo de las indias a mí no me me consta. Cierta vez apareció un indio a almorzar, camino del pueblo, y se puso a decirme que lo había conocido a mi esposo allá, que en Coracora muchos niños llevaban su nombre. Uno de sus hijitos se llamaba como él, me dijo.

Y se reía el cholo, desdentado y los ojos brillosos de borracho. Yo no hice comentarios ni preguntas, le puse el ají que les gusta masticar crudo, le dije a la cocinera que le prepare un par de alforjitas con pan y manjar blanco. ¿Para qué saber más? Mi esposo siempre que se va a Lima me trae regalos: lindos vestidos, truzas como esta que voy a estrenar. Siempre está pensando en lo que necesitan su hijos y en que hay que pagarle las escuelas. A diario trabaja desde la madrugada para zanjar acequias, alimentar y ordeñar al ganado, preparar la uva, organizar la vendimia. Siempre está haciendo negocios y buscando ojos de agua, reparando el estanque, atento a la bajada del río, para que no nos falte dinero, para que Anqui siempre se mantenga verde y los árboles cargados de fruta.

Rescates


Levanta las patas el caballo y caigo al agua
Chapucea mi orgullo
Regreso al pueblo con las nalgas mojadas

Hay un tren con apellido fulminante
Demora treinta y cuatro horas en llegar al Brasil

Cada noche jugábamos a las cartas
Suena a risa nuestra partida: Telefunken

Corriendo entre las ratas y los acantilados
Debajo del puente se ve mejor el mar

Crecimos los tres bajo el mismo techo
Sosteniendo una botella de vino
Undurraga, helada, brindamos bajo el mismo cielo

Hay tres caballos en mi sueño
y treinta algas amarradas a la cornisa
Cuatro lapas agachadas
esperando la marea alta

Solitaria lagartija que pierde la cola
entre la arena que quema y sandalias abandonadas
la fruta podrida escondida
debajo de la cama.

Hilachas de paja que marcan la hora
Descalzo, de casa en casa, busco comida
Me señalan la casa sobre la plaza:

Corre, lleva tu plato. Han hecho sopa de choros.

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