A principios de septiembre de 2026, la periodista Patricia del Río tuvo la generosidad de invitarme a su programa en el canal de RPP TV para conversar sobre la edición peruana de mi libro de crónicas La vida papaya en Nueva York. Fue una buena ocasión para recordar el proceso de la escritura y algunos aspectos de mi decisión de salir del Perú y mis primeros años como inmigrante en los Estados Unidos. Aquí la entrevista completa:
Cuando llueve y hace frío manejo con los niños hacia la
biblioteca.
Cuando hace calor y hemos estado mucho en la playa
detengo el auto y entramos un rato a leer.
Si tengo trabajo o si quiero escribir este poema
después de comer arroz con tomate y palta en el patio
mirando cómo las niñeras intentan que Gustavito
el niño con gustos gourmet
se termine su pasta
Busco un tablón de madera en el que apoyarme
Intento no pensar en la lluvia o en el sol
o en Kim que hace muecas cuando me ve pasar
(y alguna vez me regaló un libro de Pessoa)
y no distraerme con la señora Gabriela que me habla de New Orleans
del niño que cuida y está en tutoría
de la pareja que la trae a la playa y la trata tan bien
de sus tres hijos que ya no quieren venir y
de cómo se conoció con su esposo, un soldado que visitaba Aguas Calientes
Y si lo consigo escribo un poema
en esta biblioteca.

Frente a nuestra casa había un olivo. Lo plantó mi abuelo con una rama que se trajo de su chacra cuando yo era un bebé y él vino a visitarnos. Ya tendría yo 10 años cuando aparecieron en la puerta los de una iglesia y nos pidieron permiso para podar unas ramas que usarían en la Semana Santa. Cortaron unas aquí y unas allá, bendijeron el árbol y regresaron por más al siguiente año. Y así.
Tengo una sola foto del olivo. Mi hermana se he trepado entre sus ramas y sonríe.
Mi abuelo también plantó un ciruelo y un durazno. Mi hermano y yo jugábamos ahí al fútbol y los troncos eran los postes del arco.
El olivo creció solo frente al rompemuelles que teníamos en la pista. A veces mi madre dejaba la manguera con un chorrito de agua para que se regara. Era una manguera vieja y fea porque alguna vez dejó allí una hermosa con un aparato de metal que dispersaba el agua y se la robaron.
La casa son tres pisos sólidos, amurallados Ahí entrábamos bien todos hasta que los hijos nos compramos autos para ir a trabajar. Mi madre decidió que frente a ese olivo podía abrir otro portón, un garaje para que nos estacionáramos adentro. No se puede dejar un carro solo en esa calle y mi madre es práctica. Así que mandó a cortar el olivo.
A veces los jardineros del barrio arrastraban sobre la vereda de la calle Los Químicos las matas y los troncos que podaban envueltos con unas telas enormes. Doblaban con ellas por Los Forestales, cruzaban la pista y arrojaban el contenido de las telas en el descampado al centro de la Avenida Javier Prado.
No sé quién cortó el olivo que plantó mi abuelo. Quizás un jardinero se llevó una ramita, la replantó y creció en algún lugar de Lima. Quizás.

Hace dos tardes caía la lluvia torrencial sobre el balcón de la casa. Los relámpagos y los truenos hacían que este mundo se pareciera al de ciertas escenas de la película: las de ese barco rompiéndose en pedazos a causa de la tormenta convocada por la furia de Poseidón.
Elliot Page (antes conocida como Ellen Page) es el huevón que pone la cara cuando llegan los troyanos a llevarse el caballo. Elena de Troya es mexicana y es negra. Eumeo es colombiano: la mejor actuación de la película.
Camilo Torres me regaló La Odisea. Recuerdo cómo me decía en un chifa del Village, demorándose en cada sílaba, el nombre del traductor: Segalá y Estalalla. Eso se me quedó más grabado que el nombre de Clytemnestra.
La traducción al inglés la compré yo. Es un librito con bordes dorados, marcador de tela, precio de amigo, editado por Barnes and Noble. «Tienes que leer –dijo Torres– la traducción de T. E. Lawrence» . Es el mismo Lawrence de Arabia que escribió Los siete pilares de la sabiduría y que se mata en un accidente de moto al comienzo de la película de David Lean.
Ahora me entero por Wikipedia que Segalá y Estalella murió en 1938 durante el bombardeo de Barcelona lanzado por los aviadores italianos fascistas. El General Franco no lo estimaba al gran helenista. Gloria a Segalá.
¿Qué sentí al ver The Odyssey? Placer y algo de espanto al constatar –de nuevo– que las guerras de antes se peleaban así. Los héroes avanzaban por las territorios y las trincheras como avanza Kirk Douglas en Paths of Glory: llenos de pavor alentando a sus hombres (o tocando el silbato como Douglas), subidos de adrenalina como Matt Damon en la panza del caballo, o muy atentos para salvar el pellejo como el soldado que limpia la espada de sangre, veloz, antes de que la retire el troyano.
Alguien escribió que a esta película le falta sentido del humor. Tal vez. Sin embargo lo que más recuerdo de mi lectura de La Odisea, de la prosa de Segalá y de Lawrence, son las imágenes y no el humor. Algunas de ellas son importantísimas, como ese momento en que Euriclea reconoce la cicatriz dejada por el jabalí en la pierna de Odiseo:
«Now as the old woman took up his leg and stroked her hands gently along it she knew the scar by its feel. She let go the foot, which with his chin splashed down into the tub and upset it instantly with a noisy clatter (…) In Eurycleia’s heart such joy and sorrow fought for mastery that her eyes filled with tears and her voice was stifled in her throat.» (Lawrence)
Esta escena, unos segundos, te toca muchísimo más si alguna vez leíste –como yo, tal vez con Torres, entre los estantes atiborrados de libros del Strand que existía en el Southport– Odysseus’ Scar, el ensayo de Auerbach con el que empieza Mímesis. Traduzco una frase que encuentro subrayada en mi libro ( lo leí allá por 2005, así que este subrayado tiene 21 años ):
«El goce de la existencia física es el objetivo del poema, su mayor ambición es que percibamos eso». (Al hacer este ejercicio me doy cuenta de cómo uno podría pasarse días encontrando una traducción justa. La mía me parece apurada pero esto que leen en castellano me ha tomado unos veinte minutos. No estoy muy feliz pero quiero seguir. Si pueden lean el original).
¿Se siente la película? Sí.
Una amiga en Francia reporta que el cine entero estalló de alegría y en aplausos cuando Matt Damon, disfrazado de mendigo, consiguió levantar el arco y pasar la flecha entre los ojos formados por las hachas: «Seguidamente probó la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido muy semejante al piar de una golondrina (…) apuntó al blanco, despidió la saeta y no erró a ninguna de las segures, desde el primer agujero hasta el último; la flecha que el bronce hacía poderosa, las atravesó todas y salió afuera» (Segalá y Estalella).
Reporto antes ustedes que yo –ayer por la tarde en el cine Jacob Burns donde vi la película de Nolan en 35mm con, tal vez, unas setenta personas más en la sala– en la escena donde Telémaco reconoce a Matt Damon como su padre, sentí en la garganta algo similar a lo que le pasa a Euriclea en el poema homérico.
En la película no se abusa de los flashbacks explicativos y eso se agradece. La vieja Euriclea ve la cicatriz y Nolan decide no ponernos más que sus ojos lagrimeantes y a Damon que con la mirada la obliga a callar. Hay unas cuantas escenas flojas. Quizá esas en las que aparece Zendaya, estirando la mano, dolorosa, con la túnica tapándole todo el cuerpo. O los de Charlize metiéndole a Damon en la boca pétalos de flor de loto.
Disfruté de una película que es muy conservadora. Nolan no se atreve ni siquiera a matar un animal frente a la cámara. A las sirenas apenas si se les ve. El sexo apenas se insinúa.
Uno de los atributos del libro es que –a diferencia de La Ilíada– en el poema con las aventuras de Odiseo se percibe la sugerente, detallista y coqueta mirada femenina. Algunos han arriesgado la teoría de que el poema lo pudo haber escrito una mujer.
Y esta película, con sus muchas virtudes, se nota que la dirigió Christopher Nolan.

Algunas imágenes de la edición que tengo de La Odisea, traducida por Segalá y Estalella y publicada por Aguilar en 1963.

Si bien está bastante dicho que todo creador se inspira en su realidad, es sólo muy de vez en cuando que me encuentro con grandes ejemplos que validan el ejercicio de usar la vida propia como la máxima materia prima de una obra. Esto me ha pasado hoy al escuchar la entrevista de Sam Fragoso a Noah Baumbach en Talk Easy. La empecé a escuchar el viernes e intrigado por los primeros minutos, busqué mi viejo DVD de The Squid and the Whale (todavía con su sticker de descuento de Virgin Megastore). Ver esa película de nuevo ha sido una gran experiencia.
A diferencia de la primera vez que la vi, allá por 2007, muchas escenas resonaron con mis experiencias y se formaron interesantes conexiones entre la película y los lugares (en Brooklyn) donde se mueve esta familia de padres divorciados y los dos hijos que los sufren. El padre es un hombre blanco pedante e insoportable de esos que abundan en círculos académicos neoyorquinos. La madre es cariñosa, infiel y promiscua. Así Baumbach dijera que había mucho de ficción en su historia, quienes conocían a sus padres asumieron –sin que ellos pudieran hacer otra cosa que negarlo– que todo era verdad. Aquí otra obviedad: es fabuloso cuando la realidad y la ficción se encuentran en el proceso de la escritura.
En la entrevista, Baumbach establece algunas influencias en su película que yo no hubiera entendido en 2007. Por ejemplo su deuda con Peter Bogdanovich, ese director de cine que murió con apenas un fragmento de la fama que alguna vez tuvo (cuyo trabajo he utilizado muchas veces en mis clases de cine, por ejemplo su libro sobre John Ford o su hermoso documental sobre Buster Keaton), y los paralelos entre la vida de Baumbach y Norah Ephron, a quien su madre también enseño que Everything is copy (todo lo que te pasa en la vida es material para tu obra). No sabía que la película Heartburn, basada en la única novela que escribió la autora/ periodista/ guionista y directora de cine, fue filmada en la casa de los Baumbach en Park Slope.
No sé si fue la entrevista o The Squid and the Whale, pero esta mañana, manejando por las calles nevadas de Westchester, me vinieron a la cabeza una serie de situaciones entre 2007 y 2015 que había olvidado. Ciertos nombres, ciertas escenas, aparecieron mientras observaba la nieve y ahí se quedaron. Eran como diminutas películas que interpelaban a mi inspiración.
«Escríbenos», parecían decirme.

A veces me he encontrado con esos artículos que te dicen cosas como esta «el mejor signo de la madurez es cuando sabes qué es lo que te gusta y lo que no te gusta». La conclusión es que al estar seguro de lo que a uno no le gusta, se deja de perder tiempo y se disfruta mejor la vida.
Pues vamos a eso. ¿Qué me gusta? Sospecho que va a sonar a viejo aburrido, pero la verdad es que lo que más valoro es la paz. Paz, para mí, es lo que me decía mi viejo de mocoso: «No hay nada mejor en la vida que irse a dormir todas las noches con la conciencia tranquila». Es decir: no haberle hecho daño a nadie, no deberle nada a nadie, no tener que esconderte de nadie. Vargas Llosa decía que la tranquilidad en el hogar era lo que le había permitido dedicarse a su obra. Y en su discurso al recibir el Nobel empezó a llorar agradeciéndole a su esposa Patricia. (Tal vez recordando las desilusiones que ella se había tragado para que él fuera por allí haciéndose famoso.)
De vez en cuando, disfruto de aquellas noches que se van más allá de lo calculado, las salidas que terminan en lugares insospechados y las decisiones que terminan en aventuras no planificadas y memorables . Muy de cuando en cuando. En el día a día, la ruptura de las «rutinas» (qué palabra tan fea) sólo puede asegurar una sensación de inestabilidad que no me entusiasma nada.
Quizá, esta idea de felicidad en la costumbre esté construida sobre algunos años en que viví para los viajes, las excursiones y los días sin planificar. Quizá la rutina que disfruto sea una compensación para la inestabilidad del emigrante, de esos años en que mi vida dependía de cuántos autos podía estacionar en un día y de no enfermarme para sobrevivir sin seguro médico.
Y la paz que busco me deja tiempo para otros dos grandes placeres: la escritura, los libros, las películas.
Esta semana tengo tres libros a medio leer. Estoy terminando (muy despacio) La vida instrucciones de uso de Perec, un libro tan ambicioso como El Quijote pero menos divertido. A veces le encuentro el gusto y puedo leer 50 páginas de corrido (como en el avión que me llevó a Austin en noviembre), pero suele pasar que no puedo leer más de un capítulo sin aburrirme. Entendiendo la fascinación de Perec por Julio Verne, este libro a veces me recuerda mi angustia cuando el Capitán Nemo, en Veinte mil leguas de viaje submarino, daba un listado gigante de animales y plantas en muchas páginas seguidas.
Otro libro (muy bueno) es Pity the Reader de Suzanne McConnell, que es un listado de consejos de Kurt Vonnegut. Por último: En diciembre, estando con la familia en Florida, descubrimos en Netflix Cheaper by The Dozen y recordé que en algún rincón tenía el libro autobiográfico de Steve Martin: Born Standing Up. Este libro es una maravilla y además se aleja (un poco) de lo intelectual y literario que pueden ser en algunos momentos los libros de Perec y de McConnell.
También me gusta escuchar podcasts. Combinan perfecto con las manejadas que debo hacer un par de veces por semana hacia el trabajo. Esta semana ha sido muy divertido volver a la última temporada de Arsénico Caviar, reencontrarme con los últimos episodios de What Now con Trevor Noah y, encontrar un podcast nuevo sobre ropa y capitalismo recomendado por Molinos en su blog Cosas que (me) pasan (Que de algún modo ha sido también la inspiración para esta entrada en el mío). El podcast se llama Articles of interest. Les va a gustar.

Los tres partimos en autobús desde el Centro de Lima y unas horas después entramos caminando, ya de noche, al barrio El Carmen en Chincha. Sobre las calles de tierra, poco iluminadas, encontramos una fiesta: limeños bailando. Muchas turistas gringas girando alrededor de un árbol, abrazadas con los vecinos negros. Escuchamos los golpes de cajón, el zapateo sobre el polvo de la calle, el rasgueo de las guitarras, un violín.
“Tutuma”, me dijeron que se llamaba el licor de uva con el que me llenaron el vaso muchas veces. También me dijeron que entrara a la cocina de la casa principal, a un pasillo de gente hambrienta donde una señora negra y grande me sirvió un plato desde un ollón. Olía delicioso. Con esa comida me senté sobre una vereda. Desde ahí pude ver cómo se desvanecían las estrellas sobre un cielo oscuro y despejado. Seguía la fiesta cuando vi salir el sol.
En esos años yo tenía tiempo y exploraba. Tal vez por eso estaba en El Carmen con dos amigos que recién se habían conocido antes de ese viaje.
Una se llamaba Charo. La había encontrado meses antes en medio de un viaje, en Bolivia. Un tren estaba llegando a Santa Cruz de la Sierra y Charo estaba llorando porque un chico que parecía Arthur Fonzarelli –el de Happy Days, el Fonzi–se despedía de ella. “Llora por el boliviano mientras abraza el peluche que le dio su novio en Lima”, me explicó su amiga, Rossana, cuando Charo ya dormía y los tres nos íbamos en los asientos de un tren que cruzaba la selva boliviana hacia el Brasil.
En ese viaje Charo era una mujer grande y con anteojos gruesos. Nos despedimos en São Paulo y nos reencontramos cuando ella y Rossana volvían de Río de Janeiro, de una aventura con una pandilla de chicos guapos y ladrones. “Rossana estaba templada, pero hubieras visto cómo le cambió la cara cuando se dijo cuenta de que la quería estafar”, me contó Charo, riendo, mientras caminábamos entre los animales del enorme zoológico de São Paulo.
Aquel viaje intenso nos unió. Nos vimos algunas veces, fuimos al cine, salimos a comer, me invitó a su casa. Tal vez por eso cuando supo que yo quería ir a la fiesta en El Carmen, Charo se invitó.
El día en que partimos Charo estaba mucho más delgada, se había sacado las gafas y usaba lentes de contacto. Era una muchacha atractiva. Eso le pareció a mi amigo Gonzalo, que la vio por primera vez y quedó fascinado. Charo era inteligente y muy culta. Su familia –que en algún momento había tenido muchísimo dinero y una mansión frente a la Javier Prado– era un desastre. Al terminar la universidad, Charo decidió vivir en sus términos. Eso explicaba, tal vez, su viaje a Brasil y su historia con Fonzi.
Ella y Gonzalo conversaron mucho mientras viajábamos. En El Carmen vieron salir el sol uno al lado del otro. Gonzalo le puso su casaca sobre los hombros mientras caminábamos hacia la terminal de autobuses. Esa mañana en que regresamos a Lima juntos, iban acurrucados en sus asientos.
Una semana después fuimos con un grupo más grande al Festival de la Vendimia en Ica. Antes de llegar, Charo se quejó de que sus lentes de contacto eran un infierno. Dijo que el viaje le parecía horrible. Ni bien bajamos del autobús, cerca de la medianoche, Charo dijo que Ica no le gustaba y anunció que regresaba a Lima. Gonzalo sugirió que la acompañáramos. Yo dije que después de cinco horas en autobús no había forma de que yo volviera.
Di muchas vueltas esa noche entre el desorden de aquella fiesta muy mal organizada. Al día siguiente, en muy mal estado por culpa de varias botellas de un licor barato de uva que los iqueños llaman cachina, nuestro grupo volvió a Lima. Gonzalo sí se había regresado con Charo la misma noche en que llegaron, porque era obvio que estaba enamorado.
Unas semanas después ella dijo que se iba a Trujillo, a otro de esos festivales turísticos. Gonzalo me sugirió que fuéramos y yo le dije que con Charo no iba ni a la esquina. Tal vez Gonzalo se dio cuenta que lo iban a hacer sufrir y tampoco fue. Ella regresó unas semanas después, no sólo enamorada sino también embarazada de un tablista/economista de la rancia aristocracia trujillana. Al parecer, el hombre nunca se comprometió con la idea de ser padre. Durante el embarazo, Charo volvió a ser la mujer inmensa que yo conocí. Su amiga Rosanna me dijo entonces: “Cuando Charito se pone gorda, es buena, cuando adelgaza, se vuelve mala”.
Charo fue madre de una niña. Gonzalo, que siguió frecuentándola, se convirtió en el tío. Creo que también fue el padrino. Los vieron caminando por las calles de Miraflores. Charo empujaba el coche con la bebé y Gonzalo iba conversando con ella. La ayudaba, le servía, le llevaba cosas, la acompañaba al médico, cuidaba a la niña cuando Charo tenía que ir a trabajar. Tiempo después ella se casó con otro hombre y se alejaron.
No supe mucho más.












