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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Shakespeare

Oración

Mi lenguaje tiene que ser preciso y claro

Claro como la medialuna de la noche en que

Admiré tu cabello.

Diáfano como el timbre de tu voz

Al suplicarme cariño.

Natural: como Shakespeare

Porque él me gusta

Pero a ti te amo

Propósito

Una boca dulzona que besa el glande rojo

Ojos que voltean hacia la pared, entre sonidos

Luz de madrugadas que reverbera entre las piernas.

La suavidad de los dedos, el brillo de las mejillas,

La carne tibia: sexo.

 

Si a veces se nos entibia el deseo es por desidia

Si nos cuesta pararnos en tu nombre

Es cuestión de práctica. Cuerpo que dominas.

Todos somos demonio y Dios al mismo tiempo

Fuerza y placer, debilidad y tibieza.

 

Vea la intensidad con que cogemos las riendas

Para no parecer malos. Porque si quisiéramos

Viviríamos de redondeces fortuitas, de palpos eventuales.

 

¿Se puede vivir tranquilo con tan solo recuerdos?

Vivir para recordarlos

Suficientemente tensos para ser sólo uno

Una vez que sea necesario

El respeto a uno mismo y a su pasado

A la necesidad.

 

Necesitamos ¿y qué?

De aquellos deseos también estamos fabricados

De esa bruta paciencia para buscar el placer

Y no convertirnos en cenizas antes de tiempo.

 

Plagar el cielo con la sensualidad, con la contemporánea belleza

Con que surge una y otra vez el sexo

Que repite que quiere brindarnos todo

Que se resiste a ser anulado.

 

De eso se trata.

Stephen entre Escila y Caribdis, Vallejo en Sandymount Strand

Una maleta más que entra en la sala, la puerta a la Quinta Avenida, el cortaviento empapado. Breve caminata desde la 35. Son solo 31 minutos desde Kingsbridge Road. A la sombra del Empire State. Y antes cogía el 4 pero el D es mejor, mucho mejor. Siempre hay asiento, hoy he venido bien sentado leyendo a Ellmann y a Gilbert. Una chica miraba la portada del libro bien agarrada a su cartera.

Epstein se arrastra desde su oficina en estos pasillos del cuarto piso del Graduate Center con diseño dedicado a Borges. 4432 en la pared, doblar a la derecha, puerta abierta. Uno siempre se pierde. Felizmente hay una pintura que señala con un dedo. Pasamos el dedo.  Allí están todas las cabezas de siempre, preparadas para la entrada de Hamlet, las teorías de Stephen. Comenzamos:”La escena es la oscuridad” dice Epstein. Su teoría del espacio oscuro: fantasmagoria. Este es el segundo capítulo en un interior oscuro. No sé por qué recuerdo una casa en las afueras de Chaclacayo. Te asomabas a la oscuridad y los murciélagos empezaban a volar, como esas imágenes de Gravity’s Rainbow: Rocketman entrando a la ciudad destruída, a un sótano donde se ve la caca de los murciélagos sobre el piso de madera y El hombre cohete se pasea entre los sobrevivientes…

Epstein y la luz.  Parece no incomodarle el andador, la semana pasada lo vi entrar al baño sin dificultad. La semana pasada les dije a mis estudiantes un chiste tonto y uno de ellos sabía el acertijo de la esfinge. Epstein empieza a describir al portero de la Biblioteca Nacional de Dublín. Un cuáquero. Es amable pero quiere demostrar que ha leído tal o cual libro, darse aires frente a los literatos que se reúnen a conversar sobre Hamlet: el tema del día. Todo el capítulo 9 del libro alrededor de la teoría del artista adolescente peleando con sus argumentos contra las seis cabezas de Escila, los naturalistas, los platónicos, a los que Stephen opone Aristóteles y su visión del mundo real: más importante que el espiritual. “¿Cómo te atreves a hablar de lo espiritual si no has entendido la realidad?”

La biblioteca está igual que cuando Bloom y Dedalus llegaron allí; Bloom venía del museo, después de cerciorarse si las esculturas de las diosas desnudas tenían o no un agujero en el ano. “No se habla mucho de esto, dice Epstein, pero Joyce tenía una gran idea del estilo de composición de Beethoven” (¿exagera Epstein?). Todo el libro está escrito siguiendo el método que utilizó Beethoven para componer su Novena Sinfonía. Ayer leyendo Gravity’s Rainbow: la gente ya no va a los conciertos porque ahí va una sarta de ignorantes que prefieren una sencilla melodía de Rossini que algo más elaborado de Beethoven. La música debe llegar al alma no solo al oído, la buena música tiene que tocarte el corazón. Y recuerden que en Shakespeare todos los personajes buenos tienen un gusto musical. Claro que Joyce consideraba a Ibsen mejor dramaturgo que a Shakespeare.

A Epstein le encanta interrumpir la clase para recitarnos: tal o cual verso libre de la época en que Joyce escribía, canciones populares, rimas con doble sentido. Mi mujer es descendiente de este personaje, apunta esa página: un crítico literario dublinés que leyó lo primero que publicó Joyce y todo ese grupo retratado en las salas de la biblioteca. Esos naturalistas contra los que Stephen desenvaina su espada, tratando de probar que Shakespeare ha sido engañado, que su esposa le ha sacado la vuelta con sus propios hermanos: de allí viene la decisión de ponerle a sus villanos los nombres de sus hermanos de sangre. (Nada en su teoría disparatada que Dedalus sea capaz de probar,  pero suficientes argumentos como para establecerse una reputación en los círculos intelectuales de la ciudad). El fantasma del rey estaba en el purgatorio (los protestantes no creen en el purgatorio, por eso el 90% de los ingleses que vio el primer montaje de Hamlet creía que el fantasma del rey era el Diablo. Tenía que ser él, de otor modo no se explicaba que andara vagando por Dinamarca). Pero la única manera de que el rey, muerto mientras dormía, supiera que lo habían envenenado era porque alguien se lo dijo después.

La rabia de Shakespeare, el artista, alimenta sus primeras obras, esas obras sobre la rabia que siente, alimentan la obra escrita acerca de la obra con rabia y esta nueva obra rabiosa sobre sus obras creadas con rabia genera una rabiosa obra de rabia sobre rabia. Todo un torbellino de Caribdis donde Stephen podría ahogarse solo, tratando de esquivar a Escila–sus propios fantasmas–que lo persigue desde el lecho de su madre moribunda. Ganar por ganar, argumentar por el placer de argumentar. “Tiene que haber conocido el Tractatus Coislinianus–dice Epstein–, lo debe haber leído cuando estaba en París. Solo así se explica que Joyce utilice el diminutivo de Sócrates (Socratididion) para generar una risa, el placer más directo e instantáneo, según el estudio perdido sobre la comedia de Aristóteles. Mucho antes que Umberto Eco hablara de ese manuscrito perdido en El nombre de la rosa. Y allí está también en las páginas la figura  del hombre oscuro, el arreglista, poniendo frases, cambiando estilos, para que las cabezas que hablan contra Stephen tengan voces de los tiempos isabelinos”.

La luz insuficiente del cuarto de reuniones, varios vasos de café sobre la mesa, las ediciones de Gabler siendo interrogadas, subrayadas. Mi reino por una canción de Epstein sacada de los tiempos de Joyce. James era un buen tipo, que puso a sus enemigos en fila y con nombre propio en el capítulo 9 de su novela. Allí empezó el verano de su alegría. Los comentarios breves–algunos muy acertados– y algunas risas, las perlas que son sus ojos clavados en el texto, en esa letras negras sobre papel blanco (bueno, crema paliducho); como ese paseito de Stephen por la playa Sandymount Strand,  en un día jueves que escribo estas líneas, porque tiene que ser un jueves, 16 de junio de 1904, cuando sucede todo.

Porque ese poema de Vallejo–quien ya había pasado su midway on our life’s journey– no es sino un enorme homenaje a Stephen Dedalus, imaginando versos en Sandymount Strand, colocando piedras negras sobre piedras blancas, letras negras sobre un pedazo de papel arrancado de una carta, solo al lado del mar, decidiendo su destino, como una imparable corriente que fluye–como la orina sobre la playa–desde su subconsciente, una marea que abarca ese momento, todas sus dudas sobre Dios y la inmortalidad, la evolución del hombre; y también los fantasmas que lo acosan, que lo obligan a crear cosas, a tener sueños; como lo hacen también con este muchacho dublinés, este poeta que imagina versos en Dublín, mientras piensa y camina con dirección a París.

El rostro de William Shakespeare (The Cobbe portrait)

Una mañana, entre los primeros rayos gualdos que traía la primavera de 2005, sentado en una deslucida butaca de salón de clases, escuché leer a Shakespeare por primera vez.

Es decir del original, porque vivir en este siglo significa haberlo escuchado al menos en alguna de sus tantas líneas robadas por otros autores, cineastas, músicos o publicistas. El profesor Clement Dunbar empezaba su clase 308 sobre Shakespeare leyendo uno de los Sonetos:

When forty winters shall besiege thy brow
And dig deep trenches in thy beauty’s field,
Thy youth’s proud livery, so gazed on now,
Will be a tattered weed of small worth held…

En meses sucesivos escuché por su boca al desventurado Dromio, a la astuta Portia, al intrigante Ricardo III, al osado Enrique V, al vacilante Hamlet, a la víbora de Iago y a la inocente Miranda; y me fui de aquél semestre con el amor incondicional con que se van todos los que le conocieron (tal vez con la excepción de Tolstoi, que le profesaba un rencor edípico).

Y ese primer día el profesor Dunbar nos dijo que, de ponernos a transcribir lo fáctico sobre la vida del bardo de Stratford-upon-Avon, nos bastaría para la tarea apenas una página, pues tan poco se sabe sobre Shakespeare.

Entonces ¿Cómo así se han escrito tantos libros sobre él?

En la respuesta a esta pregunta yace parte del talento divinizador de los ingleses: porque lo aman.

Si bien cuatro siglos casi se han terminado desde la muerte del poeta, sólo existía de él aquella imagen grave en blanco y negro que embellece la mayoría de las publicaciones sobre su obra. Hasta hoy.

Recojo el New York Times de mi puerta, esta mañana, y me saluda desde la primera página el nuevo gran hallazgo de Ios ingleses: el rostro de Shakespeare. El retrato, secuestrado en una colección privada de más de 300 años, ha vuelto a la vida muy parecido al pésimo actor que lo interpretara en Shakespeare enamorado.

Tengo mis dudas.

No es que me disguste verle por fin el color de los cachetes a Shakespeare y el tono rojizo de la barba a quien escribió algunas de las páginas más extraordinarias de la literatura. Sin embargo, este retrato pareciera ser–espero equivocarme–una de aquellas falsificaciones fanáticas que suelen fabricar los ingleses enamorados.

Hamlet in the Park

Cuando Hamlet camina por el estrado pensando en la posibilidad del suicidio, uno imagina al propio Shakespeare debatiéndose entre la necesidad de seguir creando o la tentación de la muerte.

En la cola, bajo los árboles de Central Park, como un afortunado lector sentado en mi banca de madera, uno de los muchachos que trabaja para el Public Theater me ofrece –además de polos, camisetas sin manga, jarros y gorritos–declamar uno de los monólogos más famosos del príncipe de Dinamarca. “To be or not to be…” Una chica de enorme sonrisa–que ha estado discutiéndole si tiene ropita de Shakespeare para perros salchicha– le suplica que lo haga. El chico empieza y termina y recibe tibios aplausos (porque si bien él demuestra su buena memoria, es difícil aplaudirla a las 9 de la mañana).

Recuerdo la carraspera del profesor Dunbar antes de empezar a declamar esas líneas de Shakespeare en clase. Lo hacía también de memoria, con mucha más convicción que el muchacho de los polos y las gorras. “Se ha demostrado que durante las 24 horas del día, sin parar, alguien, en alguna parte del mundo está poniendo Hamlet en escena” nos dijo antes de abrir su gorda edición de la Norton, mientras yo repasaba con el índice mi ya subrayada, verde edición anotada de la Folger.

Dos días después de la función, buscando matar el tiempo en Sag Harbor, hurgando en la librería del Gato Negro, desde la primera página de una antología de Akhmatova, me saluda su reacción ante las frases descarnadas que le grita el danés a la descorazonada Ofelia: ” To the nunnery!…”

Hay tanto Hamlet en este mundo, que no se puede creer.

Anatomy of my poetry

Don’t sing to me Vallejo, better tell me, confess
There wherever you suffer,
Bone over bone, tear over bone
Tell me if like Arguedas says, there is certain destiny
That picks a poet among the lice and let him understand
Shakespeare, Hugo, Pound but not Joyce,
Never Joyce (and well, depending,
I had a very good time with Dedalus)

Tell me Vallejo who I have to call, to fax, to mail
To get your wit, your poetry
And get rid of miserable melancholy
Do they hang out together nowadays?

They come and go, it’s true
But if I try to get, to grab them, they left my empty hand…
O Poet audacis naturae miraculum, take your heralds back!
Viceroy of poetry,
Give me power gimme grief to sing.

Certain books shall strike me yet
Yours is one, but certainly there are more
None of them cover the world
However they cover the word they say

Courage and patience over despair
And your cular especta triumph
Inspire the journey anyway
New translation eh? Getting popular? Damn!
Little too late maybe but receive the crown
Enjoy, and period period period.

Patrick Stewart es Macbeth


Photo: The New York Press

Anoche vimos Las reglas del juego de Renoir y Frances quedó impactada por la escena de la cacería (masacre) de los conejos. ¡Me preguntó si había escogido la película a propósito!

El clima ha estado tan malo como toda la semana. En la clase de latín hemos empezado con las traducciones del inglés al latín que resultan mucho más complicadas que en el sentido inverso. En la clase de mitología, la profesora Bernardo ha comentado sobre la frase de César a Bruto (Et tu Brute?) que Shakespeare tergiversa, pues en la boca de Julio César, que sólo conversaba con sus pares en griego, la misma frase tiene carácter apotropaico, no reflejaría su corazón partido por la traición sino más bien el profundo deseo de mal para quien le está haciendo mal.

Dos kekitos de Magnolia de por medio (perdido en el West Village, con la casaca hasta la nariz y el gorro hasta la barbilla) y un pollito de Pardo’s Chicken (el pollo más jugoso que otras veces, las yuquitas un poco mejores y una ensalada al vapor bastante buena), el tren 2 hasta el BAM para la función de esta noche: Macbeth, con Patrick Stewart (Capitán Picard de Star Trek) en el papel principal.

El teatro Harvey del BAM (Brooklyn Academic of Music) es una reliquia de fines del siglo 19. Fue abandonado tras la decadencia del centro de Brooklyn en los 70s y 80s (violencia y empobrecimiento de todo el sector) y restaurado y recuperado para las artes a fines de los 90s. Dicen que el entonces director de BAM tuvo que entrar a través de una ventana rota en el segundo piso pues todos los accesos normales estaban sumamante deteriorados. Aparte de los delincuenciales 80 peldaños que hay que escalar para llegar a la galería, el diseño es perfecto, pues respeta la decadencia del edificio, lo que resalta–paradójicamante–los detalles que quedan de su esplendor original.

La puesta en escena es sencilla y eficiente. El efecto dramático es potenciado con sonidos grabados, proyecciones en la pared y efectivos cortes entre escenas. La aparición del fantasma de Banquo es chocante, perfecta para ir al intemedio; igual que el informe del soldado moribundo, al principio, atendido por las tres brujas vestidas de enfermeras; y la carnicería en el castillo de los Macduff. Cuatrocientos años después de haber sido representada por primera vez, todavía se nos pone la piel de gallina al adivinar la suerte de las criaturas o al ver las dagas ensangrentadas con que regresa Lady Macbeth.

Patrick Stewart, actor cuajado en Shakespeare hasta mediana edad, a quien el destino puso como capitán de una nave más longeva y afortunada de lo que pronosticaron a su nacimiento, refleja con gran calidad el deterioro mental del hombre poderoso derrotado por los fantasmas de sus víctimas. Lady Macbeth también da la talla: manipulando, ocultando, tramando, y lavando infructuosamente sus desgraciadas manos de reina mala.

Después de haberme perdido King Lear en el BAM con Ian McKellen ( entradas agotadas) valió la pena comprar los boletos esta vez con más anticipación. El teatro estaba lleno. No sé si muchos vinieron sólo a ver a Picard, pero de todos modos se llevaron a casa un gran Macbeth (Tengo entendido que esta puesta en escena fue la sensación teatral de Londres durante el 2007).

Hacking in Fury at a Block of Wood

Portada de la primera edición de la novela de James Joyce: "El retrato del artista adolescente"

Líneas acerca del Retrato de un artista adolescente. De libros de Joyce y también de textos vinculados a su obra. Viene al caso porque Frances me regaló la biografía de Joyce por Richard Ellmann y porque el fin de semana me leí más de la mitad de Dublineses:

His anger was also a form of homage. (277)
(Es lo que siempre he pensado del episodio del cactus. Ese debe ser el principio de mi homenaje personal a la Patas Doradas.)

We are your kinsmen

Que otros se jacten de las páginas que han escrito/ a mi me enorgullecen las que he leído (Borges)

Del brusco aprendizaje de Estéfano
me queda la niebla de Dublín
y su corazón de dudas (yo)

Un mar que traga adolescentes rebeldes (Diré como nacisteis, Cernuda)

Y este pedacito es genial. Lo encontré en el diario de José María Arguedas incluido en la introducción a El zorro de arriba, el zorro de abajo:
“Así somos los escritores de provincias, estos que de haber sido comidos por los piojos llegamos a entender a Shakespeare, a Rimbaud, a Poe, a Quevedo pero no el Ulises

A View of Anglophone Literature


Este fue mi intento por enlazar los cinco libros que leí para mi curso World Anglophone Literature.

Mi punto es demostrar que hay una conexión entre la lectura de grandes obras y la escritura de grandes obras. Que la calidad de lo que uno lee se manifiesta en lo que uno escribe. Ese es uno de mis objetivos al decidir estudiar literatura inglesa. Se puede hablar de la originalidad de un gran escritor pero no se puede negar que ellos tomaron esa magia creativa de las grandes obras que los formaron. Hay trazos de Dickens en el Middlemarch de George Eliot, hay rastros de Faulkner en Cien Años de Soledad y en la obra de Vargas Llosa. Hay Kafka en Coetzee y Shakespeare y Sófocles en todos los grandes escritores que alguna vez leyeron al dramaturgo inglés o al griego y se identificaron con los grandes temas de sus obras.

En los Versos Satánicos creí haber encontrado un homenaje de Rushdie a Othello, sin embargo resulta que también es un tributo a La Tempestad, a Hamlet, a Macbeth y a Julio Cesar. Y si hubiera leído más Shakespeare seguro que seguiría encontrando similitudes con los personajes, los temas y los escenarios del libro de Rushdie.

Los escritores que hemos leido este semestre se agrupan en lo que algunos intelectuales denominan el post colonialismo, como si la literatura inglesa fuera un yugo del que hay que liberarse para poder crear. Este trabajo prueba que una de las caracteristicas que agrupa a estos cinco autores, es precisamente su admiracion por autores “coloniales”, por los maestros ingleses, cuya influencia se puede trazar con cierta facilidad.

Volvi a mencionarle a la clase que Garcia Marquez se sentiria ofendido si lo etiquetan de escritor post colonialista. Ya es bastante malo que lo consideren parte de un movimiento con un nombre tan feo como el Boom.

En la primera línea de Mitad de un sol amarillo de la nigeriana Ngozi, encuentro una línea que me lleva directamente hasta Don Quijote y en el principio de Dios de las cosas diminutas de Arundhati Roy, encuentro el homenaje no tan en clave a The Waste Land de T.S. Eliot.

Another Way of Criticism
By Ulises Gonzales

George Steiner says that the best answer to a work of art is another work of art (8). He says that “each performance of a dramatic text or musical score is a critique in the most vital sense of the term: it is an act of penetrative response” (7). He calls that “responsible criticism.” The five books that we have read for this class echo Steiner’s theory because they are creative answers to other books that the authors have read before.

Through the texts written by Azar Nafisi, we can find traces of the author’s readings. We can feel the love of Nafisi for Henry James and Vladimir Nabokov, her passion like her students for The Great Gatsby. We can feel the poetry of T.S.Eliot and the lyricism of English poets and Indian traditions in the world of Arundhati Roy. We can trace the passion for Robert Browning and the whole English literature in the books that Odenigbo gives to Ugwu to read in Ngozi’s Half of a Yellow Sun.

We can feel how Coetzee builds his own world starting from that images given in the original poem by Kavafis. And trough Salman Rushdie and his Satanic Verses, we can feel the powerful images of The Tempest when the plane crashes; we can see the witches of Macbeth operating under the disguise of demons and archangels and feel the hate of Iago coming trough the body of Saladin Chamcha calling the jealousy of Othello to destroy the life of Gibreel.

In reading these five books, certainly we are reading the books that inspired these authors, the ones that helped them to accomplish the task of writing their novels. Steiner writes that if there was a world without critics, the criticism would be practiced by the artists. These five authors, choosing their subjects, the voice to tell their stories, the structure of their plots and even the description of their characters; are exercising the task of a critic.

Nafisi judges the violent repression of women during the Fundamentalist regime of Iran, using the voices of Lolita and Daisy Miller. The freedom of Daisy is the example that she chooses to represent the possibilities of a woman with the freedom to defy the authority of society and the “rules” imposed by a certain society. Humbert is compared to the Ayatholla and their accomplices who hate what they love. Humbert can’t convince Lolita to love her, and then he uses his strength, and his power, to try to make her docile.

Roy starts her novel-poem with “May in Ayemenem is a hot, brooding month” (Roy, 3). Like an echo to “April is the cruellest month” of T.S. Eliot. Her description of that world of Rahel’s childhood, the allusion to the river as a source of life and death, to the water, to the rain, to Nature and the wilderness where the children play, is a direct translation from The Waste Land. Later in the book, Lenin is forced by his dad to recite: “Friend Roman countrymen” (Roy, 260). and many centuries of English scholarship enter in the story through the lines from Julius Caesar, as if literature were the tentacles that keep the world of Kerala attached to the Western world, as if Shakespeare was also one of the Gods of Roy’s universe. We should not forget the permanent references to Heart of Darkness, to Kurtz, to Conrad. Even the topics of Conrad’s novel are present in Roy’s book: love for humanity, madness, and the craziness of politics.

Ngozi is called the daughter of Chinua Achebe. Her topics, her description of Africa, follows the steps of that great African writer, but when Ugwu needs to read literature Odenigbo does not give him an African author but a poem by A.E. Housman (Ngozi, 77). Ngozi even starts her novel linking Odenigbo’s character and positive influence among his people with his experience with English books: “Master was a little crazy; he had spent too many years reading books overseas”(4.) On the other hand, the mention of “crazy” and “books” together in one sentence is not an accident either. From the very first paragraph of the novel, Ngozi is giving us a glimpse of the Quixotesque adventure of her characters.

J.M. Coetzee establishes his little world of Waiting for the Barbarians, following certain rules and images given by Kavafis. But his Barbarians belong to the universe of Kafka. There is an absurdity to the situation: criminals that nobody can see and a crowd betrayed by a powerful empire that acts like an invisible force creating fear among its inhabitants. The poems is from Kavafis but the whole creation is a product in the line of Kafka’s The Castle where nobody can see the ruler of the castle but he seems to be watching everybody’s actions.

The Satanic Verses is one of the finest tributes to the magic of Shakespeare’s characters. Certainly we can trace Rushdie’s readings and find similarities to Milton, the battle for the Paradise, and the fight of the angels against God: “challenging God’s will one day they hid muttering beneath the Throne, daring to ask forbideen things: antiquestions” (94). We can’t forget that in the Satanic Verses there is a permanent play with mutations and transformations. It seems to be a permanent conversation of Rushdie with Ovid’s Metamorphoses.

The references to Shakespeare’s plays are the core of the most important passages of the Satanic Verses. Among the crisis of the plane crash, Gibreel and Saladin manage to get to an island. Rushdie’s irony is that, in this case, the island is England: “these were the first words Gibreel Farishta said when he awoke on the snowbound English beach” (10).

Here the beautiful Miranda is transformed into an old cranky woman, who seems to have found the beauty of a perfect human being in Gibreel, imagining that he is her gaucho from a forgotten kingdom in the Argentina’s pampas. Julius Caesar and Othello are mixed when Gibreel has his first attack of uncontrollable jealousy. Allie tells Gibreel: “The picture of an honourable man” and Gibreel shouts violently: “Tell me at once who the bastard is” (326).

Postmodernism allows the writer to build a world using the fragments of the reality. Satanic Verses is Rushdie’s plan to build a world using fragments from many different sources. It is a “responsible criticism” to the world where he lives. There are references to television programs and to Bollywood movies, there are myths from popular culture and myths from the Eastern world.

There is also the possibility that Rushdie is trying to find the way to tell us a new story, knowing beforehand that “in an ancient land like England there was no room for new stories” (148).

Works Cited

Coetzee, J.M. Waiting for the Barbarians. New York: Penguin, 1980.
Nafisi,Azar. Reading Lolita in Tehran. New York: Random House, 2004
Ngozi, Adiche. Half of a Yellow Sun. New York: Knopf, 2007
Steiner, George. Real Presences. Chicago: University of Chicago, 1991
Roy, Arundhati. The God of Small Things. New York: Random House, 1997
Rushdie, Salman. Satanic Verses. New York: Picador, 1988

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