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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York Street

El plan de vida

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“Si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes”

Woody Allen

¿Alguna vez pensé en vivir en inglés? No. Jamás.

Que recuerde, hasta antes de aterrizar en Nueva York, los Estados Unidos aparecían para mí como una película de acción a la que se va sólo para comer canchita y después se olvida. Tal vez se podía disfrutar un rato con los efectos especiales, pero pensaba que al salir del cine, olvidaría el filme para siempre.

Luego, la experiencia se ha convertido en una película que ya se va por los 13 años, en la cual ha habido drama, algo de acción, misterio, terror y pornografía. Hubo buenos momentos de cine independiente lationoamericano –con poquísimo presupuesto–, romance a la europea (ese donde se escuchan todos los ruidos de la naturaleza) y a la americana, con la música a todo volumen y el cuarto a oscuras.

¿Mis planes de vida? Bien, gracias. Si no planeé esta vida, para qué planear la que sigue. Escribo. Me imagino que en algún momento saldrán las siguientes novelas, los siguientes cuentos, la película basada en mis libros –para que algún amigo vago por fin sepa de qué se tratan. También vendrán el trabajo de mis sueños, los hijos, mi primer millón.

Este mes de agosto empiezo el Doctorado. En español, porque me gusta ese maldito idioma que paga mal a los escritores y periodistas pero es el único en el que sueño y en el que lloro. Porque como bien decía Carlos Fuentes (traducido del mexicano): “Me podrás decir son of a bitch y no me importa, pero si me dices conchatumadre, me jode bastante.”

Son cinco años más de doctorado en el Graduate Center. Felizmente me he ganado una beca y será la primera vez en mi larga estadía en Estados Unidos en que mis estudios no me van a costar  (por lo menos dólares, estoy seguro que sí vendrán la sangre, el sudor y las lágrimas) ¿Planes de vida? Ninguno.

Lo demás es silencio.

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Con Salter en Buensalvaje

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James Salter at Amster Yard. Instituto Cervantes of New York (2013)

Este mes de julio, la buena revista literaria limeña Buensalvaje, sacó esta nota que le hice al escritor James Salter. Salter acaba de publicar una de las mejores novelas del 2013 ( All That Is ). La conversación se realizó en el Instituto Cervantes de Nueva York:

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«James Salter en Manhattan»

Un encuentro con el más famoso de los escritores no famosos

Por Ulises Gonzales


En sus memorias, Quemar los días (1997), James Salter menciona su primera cena en París. En esta, entre catorce invitados, hay una mujer bellísima: una actriz peruana con un vestido negro de seda. Tan hermosa que uno de los invitados, mayor que ella, la toma del brazo, se la lleva a un lado y le dice «No sé quién te habrá acompañado aquí esta noche. Pero sí sé que no te vas a ir con él. Eso es definitivo». Han pasado 50 años desde aquella noche. En ese lapso, Salter ha escrito algunas novelas y cuentos bastante celebrados. Un perfil publicado recientemente en The New Yorker lo consagra como el más famoso entre los escritores no famosos. El 10 de junio cumplió 88 años. Se le ve bien y la memoria no le falla. Antes de hablar de sus libros, se me ocurre preguntarle si recuerda a aquella peruana. «Claro que la recuerdo. Era la esposa de Mickey Knox (el actor que interpreta al mafioso Matty Parisi en El Padrino III). Era una de dos hermanas peruanas. La otra hermana se casó con Norman Mailer. No sé si sabes la historia: Mailer la apuñaló. Una discusión en la cocina, cogió un cuchillo y se lo metió por un costado. Eso fue hace mucho tiempo. Bellísima. Todas las mujeres son bellas en Perú –me interroga con sus ojos azules, muy abiertos–, ¿no es cierto?». En una escena de su última novela, All That Is (2013, aún inédita en español), dos de los personajes debaten el nombre para bautizar a una niña. Uno de los protagonistas menciona uno que podría sonar exótico para los lectores anglosajones: Quisqueya. Cuando se le pide explicaciones sobre el origen del nombre, el personaje responde: «Es de una princesa peruana». Le pregunto a Salter si existe algún tipo de relación entre él y el Perú. «Ninguna. Tal vez muy dentro de mi subconsciente», responde. Me mira con curiosidad.

Casi no ha estado en Latinoamérica. Hace algunos años pasó por Brasil, para promocionar una traducción al portugués. Ha visitado México, de joven, en aventuras con amigos y mujeres, alcohol y peleas que describe con detalle en 00000000. «Glamoroso y romántico» son las palabras que salen de su boca cuando le pregunto cómo se imagina nuestro continente. «Conozco Sudamérica por sus escritores y por su música». Menciona los nombres de tres países: Chile, Argentina, Brasil. «¿El Perú es seguro?».

Conoce la literatura española gracias a una intensa pasión de juventud por Federico García Lorca. «Su vida es un maravilloso marco para su obra. Me gustan las cosas que él percibe y que él quiere. Escribe de modo muy simple y asumo que sus traducciones son bastante buenas. Y lo he leído en español, en esas ediciones bilingües. Así obtienes más de la lectura. Yo lo amo». Ha leído algún texto de Vargas Llosa pero ninguna de sus novelas.

Las obras de Salter casi siempre están ubicadas en los territorios que conoce bien, en los Estados Unidos, con una maravillosa excepción:Un juego y un pasatiempo. La novela fue rechazada varias veces, antes de que un editor entendiera sus cualidades. Apenas fue publicada, se transformó en un libro clave de su obra, y su popularidad creció recomendada de boca en boca. La historia transcurre en los pueblos franceses de provincia, mientras un joven norteamericano viaja con una francesita deliciosa viviendo incontables experiencias, muchas de ellas eróticas. «Europa es diferente. Al menos para un norteamericano. Yo era muy joven entonces y los europeos marcaron en mí una gran impresión. Además, viví allí algunos romances».

Salter nació en Passaic, New Jersey, en 1925, pero vivió en Manhattan desde muy pequeño. Fue hijo único de una familia donde el dinero no faltaba. Además de una cabaña en las montañas de Colorado, hoy tiene una pequeña casa cerca de la playa, al final de Long Island, a dos horas de la ciudad. Le gusta la buena vida que comparte con su segunda esposa, pero sin ostentación. Le gusta el hogar: «Estar en la cama con tu mujer, con las sábanas limpias durante una noche bella: no hay nada mejor que eso». Trabaja en cualquier sitio donde haya calma, pero prefiere hacerlo en casa.
Si bien ha escrito guiones para el cine (trabajó un tiempo para Robert Redford y habla de él con respeto, aunque nunca se refiere con cariño a su experiencia como guionista), y ha publicado varios libros de cuentos y algunas novelas; la experiencia más importante de su vida no ha sido la literatura, sino sus años como piloto en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Alguno de ellos, durante la Guerra de Corea. En sus memorias suele describir las emociones que le brinda la escritura como experiencias menores comparadas con la adrenalina que le provocaba volar: «Ayer vinimos de Houston. Estuve dando una lectura en Texas. Es verano allí. Un verano muy caliente. Tenía un asiento con ventana. Sucede que el asiento estaba a unos dos metros y medio de la turbina del avión. Era una superficie pulida, de aluminio. Allí todas las piezas de la máquina se juntan de un modo perfecto, como en un reloj. Y esa superficie brilla con los rayos del sol. Y el avión empieza a despegar. Y ¿sabes? Casi sentí como si yo estuviera otra vez volando el avión. Eso es lo que sucede en esos aviones cuando tú eres piloto. Quiero decir, yo no estaba encima del motor, pero sí muy cerca. Y sentía que ese rugido de la turbina se desplegaba sobre mí, como si estuviera en el océano. Esa era la vida. Al fin y al cabo, yo viví aquella experiencia durante doce años. Volar: aquella parte de la vida es maravillosa. Pero tú sabes que eso no dura para siempre. Llega un punto, como también le llega a un jugador de béisbol, en que tienes que detenerte y hacer otra cosa. Yo no había llegado ahí aún, pero sabía que no quería esperar a alcanzarlo. Además, siempre tuve dentro de mí, latente, el deseo de escribir. Había escrito algunas cosas. Escribí poemas de niño, había escrito cuentos, inclusive una novela –que no era muy buena y me la rechazaron–. Decidí que había llegado el momento de convertirme en escritor… aunque me sentí muy mal cuando lo hice. Durante dos o tres años no pude escribir nada. Es decir, sí escribía, pero nada que tuviera algún valor. Me sentía fuera de lugar. Además, sabía que mis compañeros seguían volando. Fue una decisión difícil. Es como pedir el divorcio. No quieres hacerlo pero dentro de ti sabes que tienes que hacerlo, que no hay otra alternativa. Es una situación muy emotiva. Un día le dije a mi esposa lo que quería hacer. Se lo conté a otro piloto, un gran compañero. Esperé un tiempo, lo pensé mucho. Finalmente renuncié a la Fuerza Aérea. Y aquí sigo».

La emoción de sus novelas se construye frase a frase. Salter ha vivido muchos años con el apodo de «maestro de la frase perfecta». En aquel perfil de The New Yorker que lo ha puesto otra vez en la boca de los neoyorquinos, Salter confiesa que con sus novelas quiere demostrar que también es capaz de escribir escenas e historias memorables. All That Is es memorable. «Sabía que quería escribir una historia que abarcara desde el período de la Segunda Guerra Mundial hasta más o menos la época actual. Conozco personas en la Marina y he escuchado las historias que me contaron. Sé bastante acerca del Océano Pacífico, así que sitúo el comienzo de la novela allí».

All That Is empieza en el mar. Salter nos obliga a mirar el conflicto desde ambos bandos. Estados Unidos está a punto de desembarcar en Okinawa. Nos da detalles de las fuerzas imperiales, nos habla de los hombres y mujeres que han saltado al vacío para no ser derrotados, y de los sacrificios que los japoneses están dispuestos a pagar antes de ser vencidos. En ese retrato gigante de la guerra, narrado casi con la misma precisión relojera con la que describe la maquinaria de un avión de combate, el escritor conmina al lector a fijarse en los seres humanos que desfilan por las páginas: vemos a Kimmel saltando al mar cuando los kamikazes se lanzan sobre la flota norteamericana; sabemos que será rescatado, que su nuevo barco será hundido, que volverá a naufragar y que lo volverán a rescatar. Sabemos que este personaje irá por la vida contando los hechos acontecidos durante estas pocas horas de un solo día, los que definieron su biografía. Salter hace que también nos fijemos en su compañero de camarote, otro joven soldado que sobrevive a la batalla naval con el mismo pánico y que recuerda muy bien a ciertas muchachas que encuentra, mientras está uniformado. Ese soldado se llama Philip Bowman, y es el protagonista que regresará a Manhattan y se convertirá en editor. Se casará, será infiel, se volverá a enamorar, será traicionado, traicionará, y volverá a enamorarse mientras cae la nieve en Nueva York.

La novela avanza como un tren con paradas. Bowman sigue siempre en el tren, otros personajes se bajan en las distintas estaciones y Salter los sigue por unas páginas, nos cuenta detalles de su vida y, poco a poco, estos personajes se desvanecen. Capítulo tras capítulo, el narrador amenaza con abandonar también a Bowman, mas nunca lo hace. Este conoce a una muchacha: una belleza sureña con rancho y caballos. Se casan, a pesar de que ambas familias predicen el desastre. Al finalizar la relación, Bowman acepta vivir la vida según viene y lo vemos avanzar: es un hombre bueno. Vemos también las relaciones intensas en las que parece comprometerse y asistimos a la lenta disolución de las emociones que lo unen con ellas. Conoce a una mujer en un taxi y se enamora. Compran una casa cerca de la playa. La relación progresa sin mayores tropiezos y entonces… hay un giro inesperado. Constatamos: lo han agarrado de idiota. Bowman deambula por la novela, el lector cree que se merece mejor suerte. La suerte llega, y de repente él hace algo que no pensábamos que fuera capaz de hacer. El lector asiente, complacido.

Al preguntarle a Salter sobre dos episodios principales de su novela, me hace ver, con energía, que yo no he entendido al personaje. Me explica las motivaciones de Bowman como si fuera un padre aleccionando a su hijo. Es delicioso escucharlo mencionar los detalles que llevaron a su prota-gonista a actuar de determinada manera, a enamorarse otra vez, o, según yo, a buscar revancha. Me repite el argumento, frases enteras, me dirige hacia donde él quiere llevar a sus lectores: «Sucedió. Fue un accidente. Y (a Bowman) empieza a parecerle, con cierta claridad, que él podría hacer lo que hace. No creo que hubiera ningún cálculo largo y siniestro. Digamos, no se tumbó y esperó por su nueva mujer, como una araña. Jugó con ella. De allí llegaron a, digamos, un acto sexual no muy claro. Es decir, sucedió, pero ninguno de los dos estaba demasiado involucrado. Y es entonces que le vino la idea. Nada siniestro. ¿No fue muy bonito lo que hizo? Supongo que no. ¿Es algo horrible? ¡Sucede todos los días! Me sorprende la reacción emocional de los lectores. Sé que es un poco chocante, cuando lo lees, porque no te lo esperas. Casi te esperas que se enamoren. Pero si lees con cuidado, te darás cuenta que él sabe que no se va a enamorar. Y entonces sucede lo que sucede».

Salter ha mencionado, en sus memorias, la frustración que le provocó, en algún momento, la escasa aceptación popular de sus obras. La única novela que le brindó buenas regalías, suficientes para escribir sin preocuparse por un par de años, fue Pilotos de caza, que fue llevada al cine (adaptación con la que nunca estuvo de acuerdo y de la cual prefiere no hablar). Si bien tuvo siempre presente el deseo de convertirse en escritor, lo hizo no para ser uno más, sino para brillar. «Uno escribe para recibir elogios. Escribe para alcanzar la gloria. Tú quieres escribir y que la gente lea lo que escribiste y que admire tu escritura. Pero los elogios son solo una evidencia de la gloria. No es lo real. El verdadero placer es cuando se te acerca un lector que te dice algo acerca de tu obra e inmediatamente reconoces que esa es la persona para quien tú escribes».

Pilotos de caza es un recuento de las aventuras de un batallón de aviadores en Corea. La escribió aún siendo piloto, a escondidas, porque temía que los otros soldados lo menospreciaran. Dice que «ni siquiera leía en público», temeroso de ser señalado como un intelectual. Como siempre escribió con seudónimo –su verdadero apellido, judío, es Horowitz–, cuando sus compañeros se dieron cuenta de que Pilotos de caza estaba siendo publicada por entregas en una revista literaria, nadie sospechó de él. «Incluso después de abandonar la Fuerza Aérea, yo pensaba que había algo vergonzoso en querer dedicar mi vida solo a estar sentado y escribir».

El primer rechazo editorial de Un juego y un pasatiempo lo hundió en una depresión: le había dedicado mucho tiempo y se había convencido de que se trataba de una gran historia. Algo similar ha pasado con sus siguientes libros. Salter ha ganado premios importantes (All That Is es una favorita para el Pulitzer), si bien jamás ha alcanzado la popularidad en las ventas de otros escritores que admira, como Bellow, como Hemingway, como Faulkner. Sin embargo, su obra sigue entusiasmando a quienes lo descubren. «El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima», escribe uno de los últimos conversos, Antonio Muñoz Molina. El escritor español, que vive en Nueva York, había comprado una de sus novelas (Años luz) pero no la abrió. No sabía nada de su autor, apenas un comentario favorable de un amigo suyo. Redescubrió aquel libro durante el invierno, refundido en un estante. Lo leyó en una noche y entonces no pudo dejar de leer todo lo que consiguió del escritor. Entonces escribió el artículo en El País («Noches leyendo a James Salter») que hizo que en las siguientes semanas se agotaran sus libros en España.

Salter manifiesta interés. «¿Qué dice ese artículo?». «Que todos aquellos que quieran ser buenos escritores deberían de leerlo». «¿Solo eso? Debe ser un artículo muy corto». Dice que quisiera conocer a Muñoz Molina. «Tal vez tomarnos un trago», sugiere, mientras se pone los anteojos e intenta leer El País en el iPhone (pronto desiste al ver que es demasiado extenso).

Ha pasado casi una hora de entrevista y Salter se levanta: tiene otros compromisos. Le pregunto si necesita un taxi. Dice que ha llegado caminando y que se irá del mismo modo. Lo hace erguido, con elegancia. Afirma que le agrada el ambiente escogido para nuestro encuentro: el Amster Yard del Instituto Cervantes. «¡Viva Cervantes!», nos dice en su mal pronunciado español. Y avanzando por una vereda de Manhattan, Salter se va.

*Agradecimiento especial al escritor Héctor Velarde.


Ulises Gonzales (Lima, 1972) tiene una maestría en Literatura inglesa por Lehman College, donde es catedrático. Ha publicado ensayos y relatos en publicaciones de distintos países, así como la novela País de hartos.


En la Taconic, pensando en voz alta

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¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:

” Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional”.

Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.

La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.

Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina “¿Para qué?” El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.

Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor.  Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.

La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.

Ahora, a trabajar.

Sol

Se llama sol. En el invierno, al menos en éste, no cumplió con su función de calentarnos. Decoraba el paisaje, evitaba que nos deprimamos por el frío y nos sacudía de las noches más largas del invierno. Nada más.

Hoy, sol apareció. Con 80 grados y las promesas de siempre: llevarnos al mar.

En la casa tenemos unas plantas: promesas de ahorrarnos unos cuantos dólares en el supermercado y entrenernos removiendo la tierra. Las ramas se estiran en sus recipientes de plástico, buscando la luz. En el parque, frente al aire húmedo de las cataratas, nos echamos sobre las mesas de troncos a recibir la gloria amarilla. Nos falta playa

Hoy no he querido abusar de los lentes oscuros: la naturaleza parece estar escribiendo una armonía, frente a nuestros ojos, siempre lo hace el primer día de calor después del largo invierno.

No todo es maravilloso. En el camino encontramos la pulpa sanguinolienta de una ardilla recién atropellada. Un poco más allá, un tronco caído bloquea el camino. Llamo a la policía, doy las direcciones. We got it, me dice el comisario.

Es el comienzo del verano y yo cojeo. Pudo ser peor. Agradezco en silencio y respiro porque ha llegado el ciclo de la claridad.

Amén.

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Don Draper, dibujo de Amani Zhang

Un grupo de indecentes encorbatados. Se trata de subirse de un momento a otro al pupitre y decir: basta, de llenar el ambiente con insultos, de gritar lo que uno quiere ¿no es cierto? Se trata de hacer ruido: mucho ruido.

En vez del ruido intentar hacer el silencio (que no se pude hacer porque ya está allí). Sólo se requiere el no hacer. Como el amor. Nos creemos tan capaces de fabricarlo, mas ya está allí. De lo único que somos capaces es de no hacerlo, de quebrarlo, mutilarlo, etc.

Cada quien a su propio terruño. Y éste podría ser limitado, como el de aquella hormiga que trabaja de 9 a 5. Que se despierta, trabaja y muere. O como el de ese zángano que decide que va a viajar, que a ver el mundo, que va a esperar… Entonces, un buen día, alguien les toca la puerta a los dos y les dice: Ya tienen cuarenta.

La hormiga se pavonea porque tiene una buena casa, un buen carro, una familia que crece, un gran plan de retiro. El zángano no tiene nada, sino sus memorias ¿Y díganme quién duerme mejor aquella noche?¡Cómo se aferra el zángano a sus memorias! Será que le han costado caro. Que no le llegaron tan fácil como la hormiga cree.

Y a los cuarenta vemos la muerte. En forma de un tumor lejano o una pasión lenta.Casi deseamos que nos agarre una pulmonía fulminante antes que el cáncer.

Ahí están las grandes preguntas celestes mon amie. Las cosas que importan. Si te asomas al final del abismo es mejor que te las suelte.

¿Vas sintiéndote mejor? Ese pisco ya llegó a la tutuma young man? Te sientes un hombre. Y mejor aún: un hombre realizado. Y te acurrucas, como todos, en tu cama al final del día, y te duermes con las pestañas pesadas y te levantas sin haber descubierto la pólvora, sin saber si el hoy será mejor o peor que el mañana. Respiras. Y de eso se trata.

Shop Rite, Croton Harmon

Estragos del huracán en estación de trenes de Croton Harmon
Estragos del huracán en estación de trenes de Croton Harmon

Una anciana se demora la vida en la caja registradora. Tiene dos tarjetas y ninguna tiene fondos (“¿Qué hago?” se pregunta Taísha, 16 años, cajera del Shop Rite de Croton-Harmon. Hay un peruano detrás de ella que me mira, que parece no estar desesperado, que pareciera tener tiempo que perder.) “This is not fair” grita la anciana, encorvada, que no puede entender en sus gafas gigantes y su pelo teñido de color rabo de perro, que sus tarjetas se hayan quedado sin fondos y que el líquido para los ojos–con cupón a $1.90–se haya agotado.

Una anciana con más canas pero mucho menos paciencia, pregunta si la atenderán rápido. Mira una y otra vez a la anciana de las tarjetas sin fondo, abre los ojos con exageración.

¿Y el peruano? Este peruano observa. Es bajo, retacón, con una casaca azul medio vieja de su suegro, que lleva el cartel de una empresa de reparación de calefacción y aire acondicionado en todo el pecho. Ha procedido a dejar a su esposa en el tren, ha enrumbado a la sección de alimentos orgánicos con la lista ordenada que le han dejado: pepinillos, toronjas, peras, manzanas, pimientos rojos. Aparte de una vaga idea de ordenar la casa, lijar las patas de una mesa, leer un par de libros y prepararse un filete de pescado; este peruano no tiene nada mejor que hacer que observar. Es una observación comparativa, porque hay en esta displicencia que sucede dentro del supermercado, la prueba fatal de lo que separa a su país de los Estados Unidos: la libertad de tener paciencia.

¿Es que acaso no tenemos paciencia los peruanos? Ya se imagina las quejas y reclamos de sus familiares. Todos pacientes y supersofisticados. Esta pequeña tienda de pueblo no puede explicar nada, no puede ser ejemplo de otra cosa que de un día lento en Croton-Harmon, un jueves tardo y apagado, una mañana con resaca.

Filete de lenguado atrapado en alta mar. Un poco de aceite de oliva. Ya está salivando. Mientras tanto la anciana sin paciencia ha preguntado si la pueden atender en la caja de al costado. Claro que sí, como no. El peruano la ayuda a regresar sus cosas desde la banda móvil hasta el carrito, lo empuja con gentileza hasta la caja de al lado. Él puede esperar.

Taísha está un poco sofocada. La gerente de la tienda aparece y entonces viene la jugada maestra: la anciana saca un billete de la cartera, un billete de 20 dólares y reclama que ya le ha explicado varias veces a la muchacha que quiere pagar en efectivo. (“¿Sonrío?” piensa Taísha)  La señora de las dos tarjetas hasta ha sugerido que la sofocante cajera de pestañas largas y moño coqueto en la nuca no habla bien el inglés. Le ha pedido perdón al peruano por hacerlo esperar. (“Si escuchara mi madre, la pone en vereda” piensa Taísha) “Le voy a cobrar 16.20 ¿ok? Acá está su vuelto: $3.80 ¿ok?” Dice la mujer gerenta, con las cejas levantadas y las gafas colgándole sobre la gruesa nariz colorada.

Así es la mañana. Nada de aquello prometía la niebla camino al tren, apenas un susto con los patrulleros en el centro de la pista, esperando una pequeña distracción y una levantada de velocidad.

Miramos el río. Hemos descubierto una isla casi tocando el puerto: una isla que permanecía invisible los tres últimos años de idas y vueltas hacia el tren. Por allá se escucha a un halcón que levanta vuelo entre la neblina (Más neblina que en Lima, ¡Válgame Dios!) El peruano ha querido imitar sus aires navideños escuchando unas canciones en inglés recién bajadas al iPod, pero ellas no se sostienen, le dan dolor de cabeza. Solo piensa en su filete de lenguado, en el final de la mañana, en la tarde que ya viene.

Un Dios con sentido del humor

Esta novela de David Lodge se llamó originalmente “How Far Can You Go?” en Gran Bretaña.

Cuando vino por primera vez a Nueva York, en invierno, a mi padre le extrañó mucho el sol. El sol que no calienta. “Explícame ¿cómo es posible que haga ese solazo y tremendo frío?”

Nuestros inviernos cuentan con muchos días oscuros y depresivos; y de pronto, una mañana se aparece un sol que no calienta nada pero colorea el ánimo.

Hoy fue un día de aquellos. Un sábado reposado de lectura. Le comenté a Tommy McGirr sobre lo que decía mi padre y me dijo:

“En invierno el sol está más cerca ¿sabías o no?”

Claro que no. En la Recoleta teníamos un profesor de ciencias naturales que era una bestia. Además, nunca le presté suficiente atención a la ciencia. “En verano está más lejos pero el sol cae directo y eso crea el calor. En invierno la posición del sol hace que los rayos caigan con un ángulo, por eso no calienta”. Terminó su clase y se fue despacito por la calle, apretando su carrito solar. Qué bella tarde.

Hoy tuve una conversación con República Checa. Horas y horas de interminables comentarios estúpidos. Supongo que la intención era entretenernos los unos a los otros. De eso se trata la vida ¿no? Entretenernos mientras nos queda tiempo.

“Seize tomorrow” leo en un anuncio sobre un nuevo libro: El arte de perder el tiempo (The Art of Procrastination). Al parecer un filósofo se dio cuenta de que era un gran vago pero, por alguna extraña razón, tenía fama de ser muy productivo. Tres años después de la idea: BUM. Ahí está el libro. “¿Qué espera para correr a comprarlo?”

Y sigo leyendo: Souls and Bodies de David Lodge. Otro autor recomendado desde Dresde.

Fíjense en esta reflexión que hace–citado dentro del libro– un personaje de Graham Green, el gran literato del dolor católico en el siglo XX: “When I was a boy I had faith in the Christian God. Life under his shadow was a very serious affair…Now that I approached the end of life it was only my sense of humour that enable me sometimes to believe in Him”.

Tengo fe ¿Pero en qué? Tendrán que entender que el sol optimista de Nueva York ya se ha ido a estas horas (8 de la noche) así que la reflexión seguirá allí girando, dando vueltas y esperando. ¿Esperando qué? ¿Sólo Dios dirá?

“Edith ha mejorado todas mis novelas”

Breve video de la conversación entre Mario Vargas Llosa y Edith Grossman, sobre la edición en inglés de “El sueño del celta”

País de nada

Salvatore Romano de Madmen. Su primer encuentro homosexual

Esta semana, la carátula del New Yorker apareció con un dibujo de dos novias en la carátula. Dos novias tomadas de la mano: marida y esposa. Hace poco tiempo, unos días después de la toma de posición pública de Obama frente al matrimonio homosexual (podría ser amparado por las leyes federales), la carátula del New Yorker puso en la carátula un dibujo del frente de la Casa Blanca con las columnas pintadas en un jubiloso color arcoiris.

La idea del matrimonio gay aún mueve las billeteras de los hipócritas que lo usan como excusa para apoyar otras ambiciones “conservadoras” de la agenda republicana (más poder para las corporaciones, menos poder para los sindicatos de trabajadores y el gobierno que los apoya). Si bien, poco a poco, la idea de que en este país un matrimonio gay puede ser amparado por el gobierno federal empieza a alejarse del ámbito de la ciencia ficción.

Hace unas semanas, en un capítulo de la tercera temporada de MadMen (2009), veía que Salvatore Romano–director del departamento de arte de la agencia Sterling Cooper–vivía su primer encuentro homosexual (protegido por el “anonimato” de una habitación de hotel y un botones libidinoso y discreto). Una temporada atrás, Salvatore rechazaba una mano varonil en un bar y, confundido, pretendía negar lo innegable: la carga eléctrica que le generaba el perfil de ciertos caballeros.

Pero en Madmen también hay personajes como el guapo, lacónico, europeo y recién contratado ejecutivo creativo quien ante las insinuaciones de sus compañeros por su “interés” en la fogosa Peggy Olsen, de buenas a primeras aclara que él es homosexual. “A mí me gustan los hombres, no las mujeres”. La ciudad de Nueva York de Madmen (1960), contenía a los dos tipos de gays. Sin embargo, aquellas “escapadas del closet” eran asumidas entre el público–los neoyorquinos que elegían a JFK en vez de a Nixon–con una enorme dosis de repugnancia.

En ese sentido, Estados Unidos algo ha avanzado. Porque cuando JCPenny escogió a Ellen DeGeneres como su imagen de marca; y los grupos conservadores quisieron censurar a JCP por escoger a una lesbiana exitosa, transparente y sexualmente feliz; Estados Unidos–la mayoría, que la ama por su personalidad y por su carisma–les dio la espalda.

¿Cambiaremos? ¿Siglos y siglos de formación retrógada podrían terminarse–al menos en la vida pública–y se esfumaría el espejismo colectivo de que el homosexualismo es una enfermedad que condena a sus víctimas a la infelicidad (y al infierno)?

¿Esos papas que alguna vez prestaron su silencio para apoyar agendas como el holocausto nazi; la esclavitud y la pederastia, cerrarán la boca cuando se les pida opinión; y se dedicarán a temas más provechosos como: la justicia social, el abuso del poder y del capital; la protección del medio ambiente y los derechos humanos?

Conversemos sobre esos problemas, amigos conservadores. Dejemos a los homosexuales en paz.

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