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The New York Street

Un blog lleno de historias

fecha

17 marzo, 2011

Equipo de barrio

Photo eriotropus/ Flickr

El equipo de Marcelo, los muchachos que se juntaban cada mañana en la esquina del parque de su barrio eran: El chino Lau, hijo del dueño de la bodega, veloz para los insultos y el encuentro cara a cara; Carlos, que vivía cruzando la calle de Marcelo, sabía repartir la pelota por las bandas, bajaba pronto a defender el arco, no hacía figuras pero sabía dar pases precisos; Víctor, el mayor: sus piruetas con los pies embravecían a los rivales más duros–sobre todo a los panaderos de Santa Felicia–, nunca se quitaba su camiseta con el 10 de la selección y jamás aparecía hasta que Carlos silbaba la seña convenida: un silbido de dos soplos largos y uno corto; Ramirito, hijo de un senador del partido del viejo presidente: vivía en otra urbanización, a cinco minutos en bicicleta, dominaba con limitaciones y a veces sus jugadas arriesgaban la propia valla, pero siempre era titular porque traía su Tango de cuero, que hasta entonces los amigos del barrio sólo habían visto en la televisión; Enrique–con sus breves pelos negros en la barbilla, al que todos llamaban Tío Chivo– era el arquero, nunca se lanzaba en situaciones de riesgo, sin embargo sabía órdenar la defensa y salir del área con la pelota ( y Víctor siempre lo defendía cuando le marcaban un gol cojudo, porque estaba enamorado de su hermana mayor y porque era el único del grupo al que le gustaba tapar); Paulo: el más alto, el más gordo y el más fanfarrón de los niños del barrio, que sabía barrerse en la defensa pero siempre abandonaba el área por irse a atacar y era lento para regresar. A los rivales les encantaba patearlo. Si su equipo iba perdiendo, la mamá de Paulo aparecía en la esquina del parque para gritar: “Pauliiiiito” y el gordo Paulo abandonaba corriendo el parque, detrás de su mamá. El Chino Lau lo despedía insultándolo, jurando que la próxima vez lo reventaría a patadas.

Marcelo y su hermano eran los más pequeños del grupo. En ocasiones normales iban a la defensa, donde hacían lo mejor posible por patear a los rivales y no dejar que la bola llegara hasta el área de Tio Chivo. Cuando eran demasiados, o cuando enfrentaban rivales más fuertes–como Santa Felicia–, Víctor los mandaba a sentar. A ellos y a Paulo. El equipo de Santa Felicia lo integraban mecánicos, panaderos y albañiles, y su capitán era un carnicero que jugaba siempre descalzo y embestía las piernas. A Marcelo nunca lo dejaron jugar contra el equipo de Santa Felicia, así que hasta cierto punto le alegraba que  sus amigos siempre perdieran.

–Los de Santa Felicia huelen a mierda–dijo el chino Lau, una de las tardes en que regresaban a casa derrotados.

­–Lau ¿Por qué siempre tienes que decir mierda? ¿Por qué siempre dices malas palabras?–preguntó Marcelo.

–Algún día tú también dirás muchas lisuras, cojudo. Y ese día te acordarás de mí.

“Eat. Drink. Be Irish”17 de marzo

Foto Jamienyc/Flickr

Una horda de jóvenes vestidos de verde. Antenitas de vinyl verdes. Tréboles de papel color verde, camisetas verdes y de pronto un gordo sonriente que camina con su madre ( o su hermana mayor) y ambos con un polo blanco y un lema estampado en el algodón: “Eat Drink Be Irish” (letras verdes).

Saint Patrick’s Day.  Alguien se equivocó de santo allá en Lima, este es el patrón que nos tocaba. Todos y cada uno de los miembros de la legión que se desparramaba esta mañana por el estacionamiento de la estación de trenes de Croton Harmon tenía una cara que decía: “Hoy voy a emborracharme hasta vomitar”. ¿Nada nuevo no? Tengo muchos amigos que salían todos los fines de semana con esa misma cara, sin santo patrono por el cual brindar.

En el bar de nuestra ciudad las puertas se abren hoy a las 7 de la mañana para ofrecer “Kegs and Eggs” un apetitoso desayuno irlandés combinado con una de las más sabrosas cervezas: Guiness. Una espléndida ocasión para acordarnos de todo lo que le debemos a Irlanda. Bastó leerme la última novela de Vargas Llosa para saber que si no hubiera sido por la furiosa tarea de un irlandés en la Amazonía peruana, Roger Casement, miles de indígenas de tribus selváticas hubieran perecido quién sabe durante cuantos años más, ante la vista y paciencia de los pobladores de Iquitos quienes aún siguen añorando la dorada época del caucho cuando aquella era una ciudad llena de moda y privilegios basadas en la explotación de los nativos, esos seres humanos que despectivamente aún muchas personas en el Perú llaman “los chunchos”.

Pero como fan de la buena literatura, le debo muchísimo a Irlanda. Empezando por ese magnífico libro satírico: Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, hasta esa maravillosa novela llamada The Portrait of an Artist as a Young Man de James Joyce. Y seguro que mucha de la buena poesía que se ha escrito en el siglo XX ha sido un tipo de respuesta a W.B. Yeats–empezando por Joyce y terminando con Seamus Heaney (con quien tuve una suerte de complicada experiencia al escucharlo leer en Manhattan), quien aún me fascina cuando lo escucho en CD leyendo su versión del  Beowulf.

Además ¿Qué tipo de persona sería yo si no hubiera escuchado a U2? With Or Without You, Where the Streets Have No Name y Sunday Bloody Sunday son casi las únicas canciones cuya letra en inglés me memoricé cuando era un púber y aún las considero mis “canciones emblemas” para el amor, para la soledad y la libertad; y para la ira contra las injusticias (en ese orden). Los vi el año pasado en New Jersey y disfruté cada una de las canciones como un chancho. Y por último, Ulysses de Joyce, esa novela que estamos leyendo en el Graduate Center todos los lunes con el profesor Epstein y que me hace evocar cada semana a Dublín, con Epstein muy cocho–demasiado–recitándonos todos los chistes, explicándonos todos los dobles sentidos y cantándones las canciones satíricas populares que enriquecen y complican al mismo tiempo el texto de Joyce; o recordándonos su primer paseo por Dublín (allá por 1950), su ascenso a la torre Martello, sus paseos por Sandymount Strand, sus aventuras por las callejuelas de Dublín, que hoy no se deben parecer en nada a las que caminaba Mr. Leopold Bloom.

Así que le debemos mucho a Irlanda, aunque sea esa sana tradición de emborracharnos en olor de santidad. Feliz Saint Patrick’s Day. Come, diviértete y emborráchate. Sé irlandés or Póg mo thóin

(Actualización (12:49 p.m.):el cartero ha llegado a la casa con un sombrero verde tamaño extra large, con un trébol amarillo pegado al frente. Y después de entregar la correspondencia supongo que se irá a chupar. El cartero también tiene derecho.)

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