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The New York Street

Un blog lleno de historias

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In the Bronx

En los suburbios

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog Apuntes en Nueva Ítaca en la revista Suburbano de Miami:


Llegué a Nueva York en un vuelo sin accidentes desde Londres. Un primo lejano, de quien conservaba el vago recuerdo de una fiesta de carnavales en La Punta ( ese balneario embellecido por los inmigrantes italianos que llegaron al puerto del Callao en los 1900, mágico apéndice de tierra que un tsunami puede tragarse de un solo bocado) me recogió del aeropuerto John F. Kennedy y cruzamos a bordo de su Hyundai rojo fuego, las calles en cuadrícula de la Ciudad de la Furia. Desde el asiento del piloto me apuntó Times Square, tomó el desvío hacia uno de los túneles y me llevó hasta la ciudad de Hoboken, cruzando el río Hudson, para que pudiera contemplar desde Nueva Jersey esa fortaleza de rascacielos iluminados enfrentándose al paredón de los Palisades: Manhattan. Era fines de noviembre y hacía frío. Mi primo–que además de la colección completa de La Fania y de Héctor Lavoe posee una bien surtida discoteca de rock en español en la maletera–pulsó los controles del equipo de sonido y sonó la guitarra de “En camino”, una de las canciones mejor concebidas entre la discografía de Soda Stereo.

Entonces yo, después de 6 meses de intenso camino, aterrizando en Nueva York tras andar varado en Europa sin un centavo en los bolsillos, me apropié de esa canción. Aquel tema que habla de desvíos y espejismos fue la culminación de una pequeña odisea que había comenzado seis meses antes en Lima, y que había seguido mientras mochileaba por España, Portugal, Francia, Alemania e Inglaterra. En aquél momento en que mi primo cruzaba el puente George Washington para llevarme a su casa, las últimas luces que vi al despegar del aeropuerto Jorge Chávez de Lima ya eran para mí una imagen brumosa.

Mi primo cruzó la parte alta del Bronx y nos metimos en un territorio desconocido: los suburbios. Desde Lima, una tarde me dieron malas noticias: el país se derrumbaba. Nuestro dictador había renunciado por fax y la sociedad se estaba reorganizando para salvar la debilitada democracia con un gobierno de transición. Los hombres que habían transitado muy orondos con saco y corbata por la historia peruana de fines del siglo XX, estaban desfilando hacia la prisión. El consejo de mi familia era que yo esperara en Estados Unidos a que se aclarara el horizonte político y económico. Conociendo la historia peruana, aquello podía tomar años.

En diciembre enfrió aún más. Una tía me había prestado un pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio en una calle llamada New. El edificio se caía a pedazos, pero en aquél momento en que mi vida parecía comenzar de nuevo, “New” parecía el nombre apropiado. Desde la ventana de aquél departamento vi caer los primeros copos de la temporada. Pronto los suburbios se cubrieron de nieve. Ya las voces moderadas de mi familia me habían aconsejado que me acomodase al frío y esperase tiempos mejores en el estudio de la calle New. No tenía trabajo ni dinero. En un pequeño conciliábulo de primos, ellos acordaron darme un número de seguro social y conseguirme empleo, gracias a sus contactos, en la garita de un centro médico. Allí, mientras regaba las escasas flores del estacionamiento, abriendo las puertas a los dueños del edificio y apretando el botón de una cerca eléctrica para que estacionaran los autos de los pacientes, en un horario de lunes a viernes y de 8 de la mañana a cinco de la tarde, podía ganar más dinero que en los tres empleos “prestigiosos” que había dejado en Lima antes de viajar a Europa; trabajos con horarios que iban de 7 de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo. Con ese primer trabajo y con esporádicos empleos estacionando autos en un club de golf solo para ciudadanos judíos, pude pagar mi renta en el estudio de la calle New. Además, entre pequeños gastos de ropa y comida, ahorré para comprar una computadora y un viejo Honda.

Fue un invierno frío. Yo creía, ilusamente, que habiendo visto a personajes del cine con aventuras entre calles tapadas por el hielo, ya conocía aquella sensación de la nieve escabulléndose entre los zapatos y las medias, o el salvaje frío filoso de la nevada congelándote el rostro y las manos. Tenía el vívido recuerdo de una escena de una película de aquel genio del cine que fue Ingmar Bergman: sus personajes marchaban sobre la nieve que cubría la ciudad de Upsala. Llegó el día en el cual tuve que caminar en una tormenta de nieve, y con cada paso que daba, el sonido del hielo machacado por mis zapatos me recordaba aquella película y me hacía ver mi absoluta ignorancia limeña acerca de temperaturas inclementes.

Sin embargo, aprendí. Mi siguiente invierno fue menos cruento y al subsiguiente ya me atrevía a aconsejar a algún recién llegado sobre tal o cual marca de botas, o sobre la inconveniencia de intentar abrir un paraguas en una tormenta.

Cuando por fin llegó el momento de mudarme a vivir en la ciudad, en Brooklyn, uno de los corazones del monstruo neoyorquino, mis familiares que habían vivido toda a su vida de inmigrantes en ese pueblo a cuarenta minutos de Manhattan, no podían entenderlo: ¿qué le puedes ver a Nueva York? me decían. Desde Lima mi madre me instó a permanecer cerca de ellos. Como si la pesadilla del terrorismo no hubiera sido suficiente para disuadirme de mudarme a esa ciudad. Yo dije que los suburbios no tenían el encanto del concreto de la metrópolis, que la única razón para dejar el Perú era para disfrutar a plenitud de la vitalidad de aquella isla mitológica; dije que tenía que vivir en Nueva York para poder saber de lo que hablaban los escritores que habían utilizado su mejor ingenio y pluma para describirla y–una y otra vez–reinventarla.

Viví en varios departamentos en la ciudad de Nueva York. Desde mi primera habitación se podía ver el Empire State y el departamento tenía una terraza con una vista preciosa a un cementerio de chatarra. Como todo neoyorquino viví con ratones y con cucarachas. Otro departamento quedaba en el piso arriba de un club social albanés, a dos lotes de distancia de una bodega dominicana donde podía pedir emparedados a la medianoche. Comprando allí mis víveres o haciendo mi cola frente a la caja para pagarlos, aprendí lo poco que sé sobre la cultura reguetonera, gracias a la radio a todo volumen de la señora bodeguera. Mi último departamento en la ciudad de Nueva York tenía garaje privado y desde la ventana de la habitación–que compartía con quien entonces era mi novia– podíamos ver el río Hudson y los Palisades, aquella imponente pared de piedra que tanto me recordaba mi primera noche en Estados Unidos. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprarnos una casa, la lógica de formar una familia nos empujó otra vez cruzando las fronteras de la metrópolis, hasta uno de aquellos pueblitos en los suburbios donde había empezado mi vida en Norteamérica.

Esta mañana he bajado a contemplar el arroyo que pasa frente a mi propiedad. Frente a mi casa hay una reserva natural y la sensación de los árboles alrededor me hacen creer que estoy en una ciudad apartada cuando en realidad solo vivo a 40 millas de Manhattan. El cauce de ese arroyo termina una media milla hacia el oeste, en el río Hudson. Cuando llueve su caudal aumenta y desde mi pequeña oficina en la casa, mientras escribo, puedo escuchar el correr del agua. De vez en cuando, mi esposa sorprende a los venados alimentándose con las flores de nuestro jardín; y alguna vez hemos descubierto a una familia de mapaches banqueteándose en nuestros tachos de basura. Hay una buena distancia entre mi casa y la del vecino; entre ambas hay árboles que esta primavera se han llenado de flores blancas. Debajo de las ventanas de mi sala, asoman ya las primeras rosas y despuntan–de todos los colores–los tulipanes. En una de las esquinas del jardín crecen espárragos y debajo de las escaleras que llevan a mi cocina crecen matas de menta.

Ni bien llego por las noches de la estación de tren, después de dictar mis clases en el Bronx, donde camino 50 minutos diarios–entre la parada del tren y la universidad–para no olvidar el gusto de caminar por la ciudad; me detengo a observar por la ventana de mi dormitorio las estrellas que alumbran el pueblo. Y sin traicionar al cariño que le profeso a la ciudad que me ha regalado tantas enseñanzas, me confieso que a mí me agrada esta forma de vida, esta combinación afortunada del campo y de la ciudad: yo también soy un hombre suburbano.

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Algunas preguntas a mi libro/ 7 de abril

¿Sabía usted que en MacSorleys la cerveza la sirven de a dos? Dos vasitos chorreando de espuma. ¿Sabía usted que los taxistas neoyorquinos después de la una de la mañana, manejan con una mano en el timón y otra en el celular? ¿Sabía usted que se puede evitar el peaje del puente Hudson desviándose por Dyckman y cruzando Inwood para agarrar el puente -sin peaje-de la Avenida Broadway?¿Sabía que se puede conseguir estacionamiento, fácil, los domingos, en una esquina de la Avenida 10?(no diré la calle para que no me roben mi sitio)

¿Sabías que los cuentos de Padre Brown son lo mejor que he descubierto el mes de abril? Tanto escuchar de Chesterton y recién ahora me pregunto por qué no lo leí antes. ¿Sabías que después de la una de la mañana es muy difícil tomar el bus 10 en el Bronx? ¿Sabías que están saliendo las primeras flores amarillas entre los troncos de invierno pelados de mi cuadra? ¿Sabías que no hay que pedir nada con salsa de tomate en el Chelsea Restaurante de la 8va Avenida?¿Sabías que la película de Oliver Stone sobre Dubya Bush es mala pero decente? ¿Sabías que la mejor manera de saber lo que pasa en el mundo es escuchando NPR? ¿Y las mejores somosas del Bronx están en el Barbeque Pit de Mosholu Avenue? ¿Que los cupcakes de Carrot Cake frente a Van Cortland Park son mucho más ricos que los famosos cupcakes de Magnolia Bakery?

¿Sabías que hoy me he desperatado con un extraño mareo?

Me mira mi libro y no me responde. Lo sabe supongo, sólo que es lacónico y bien misericorde.

El hueco en el muro

Hay un hueco en el muro, carajo dejen de ver ese video, ya lo vi como quinientas veces ,estoy harto de ver videos sobre Japón, ahora que si te pones a pensar qué cosa es eso de ver primero fotos de Valparaíso y luego escuchar videos japoneses.

 

La clase: siento haber estado como ido, el café parece que ya no me hace nada, en eso estaba pensando esta mañana. La verdad que no planifiqué levantarme a las siete y media pero una vez que lo hice me pareció lógico bañarme y venirme a Lehman. No caminé porque tenía flojera y quería usar la Metrocard que compré en la madrugada: sí funciona.

 

Muchos buses amarillos en el camino, ¡qué temprano se levantan los niños para ir al colegio! Recuerdo cuando yo iba al colegio y eran las 8:05 y ni siquiera habíamos bajado a tomar desayuno. Pero tiene su gracia viajar en el bus, no caminar sino vivir como viven los demás, ir en el mismo bus que los demás, observar como se comporta la gente.

 

Además hay un hueco en la pared, pero no me interesa tanto tocar ese tema ahora, más bien ver lo que dice Carling. Siempre quiso decir eso: no falto a una clase desde antes que ustedes hubieran nacido. 25 años. Me imagino que su frase abarca a casi todos en la clase, excepto a mí, tal vez al gordo que se para quedando dormido. Lo veo, a diferencia de otras clases esta vez no ronca. El triángulo en la pizarra es el principio: Yates, Joyce, Woolf. Me alegro de haber comenzado a leer el Ulises, debería leer otra vez el ensayo de Loayza sobre Ulises antes de ir a verlo.

 

¿Cómo estará Camilo? Es una joda que no tenga teléfono. Carling dice que viene de un funeral. Me acerco al final de la clase a preguntarle pero es imposible siempre hay gente que se demora más de la cuenta hablando con él y no me da ganas de esperar. Como ese pato que estaba en la mañana esperando a la entrada del Computer Center, parecía que quería que le abran la puerta, usar el Internet. La gente estaba semi dormida y el pato tal vez estaba viviendo una pesadilla, quién sabe.

 

Tengo que leer el hoyo en la pared pero me imagino que será algo parecido a esto. Al menos ya escribí el poema que quería basado en el poema que leímos en clase de Yeats. No hay mejor poeta en el siglo XX. Así de categórico. Así que tengo que leer Yeats, es increíble que tenga su libro en mi casa y apenas si he hojeado un poco, igual que el Ulises, me puse la tarea de leer aunque sea unas líneas todos los días y mira donde me he quedado.

 

Ahora mismo debería estar escribiendo el ensayo que tengo pendiente sobre Walden, pero me imagino que es lo que Camilo dice: soy un diletante. No tengo que pensar en esa chica, sus besos son como apagados. Pero no voy a decir su nombre, aún tengo cierto deseo de privacidad, lo que supongo que está bien. Algo anda mal en mi cabeza ciertamente, algo falla. Así me he sentido las útlimas dos semanas, tal vez tres. ¿La mejor película? He visto muchas, pero la mejor: Hamlet , la de Laurence Olivier. En blanco y negro. Al menos creo que me está mejorando el sentido del humor. Qué lindos ojos los de ella. Qué lindos, dime si no es una muñeca. ¿Y la chica de la clase? Qué mirada, tenía como dos puntitos de luz en cada ojo. Hamlet, otra vez. Tengo que hablar de Hamlet. Brillante. El fantasma, la luz, la actuación de Olivier, la puesta en escena. Me quedo con el personaje de Richard III, sólo con él, pero como película Hamlet me parece mejor acabada. Ahora no tengo nada que decir. A veces me pasa, tenía tantas cosas de las cuales hablar y todo por culpa del hueco en la pared. Me imagino que acá tengo que detenerme.

Postdata: El reservorio de agua está vació desde hace casi un año. No es justo. Otras cosas que no son justas: todas las cosas que tengo pendientes por hacer. Dos cafés y todavía tengo sueño. Otra vez, nada. Hueco en la pared. Leer más Yeats, ensayo de Carlin, Walden, Poe, Pound. Vacío en el estómago. ¿Vendrá ella? ¿Qué hago? Hueco en la pared, más bien hueco en mi cabeza. Hueco en el estómago. Muchas lecciones que prefiero olvidar.

Wonderful springtime in the Bronx

Mi calle en el Bronx se llama Villa Avenue y es, a su manera, una especie de pueblo pequeño. Tiene dos cuadras de extensión. Tiene un bar: “Tirana”, (no porque la dueña sea mala sino porque la mayor parte de su clientela está conformada por albaneses kosovares).

 

En la esquina de la casa hay una bodega, que abre desde las 8 de la mañana hasta pasada la medianoche los días de semana y hasta casi las dos de la madrugada los viernes y sábados. Funciona casi como un centro comunitario: allí puedes dejar las llaves de tu departamento si es que llega una visita antes que vuelvas a casa del trabajo o puedes llamar de tu depa para que te preparen un sandwich (Sandwich completo: jamon, queso, tomate, lechuga, caliente, en pan grande (hero): 4.5 dolares, una cerveza Corona en botella pequeña: $1.5, un foco de 100 W: 99 c, un ticket de NY Lotto: $2, sopa grande en lata Campbell Manhattan Clam Chowder: $2.69)

 

Tenemos una lavandería en la esquina con Bedford Park, atendida por una señora mexicana ($1.5 la lavada, $0.25 por 8 minutos de secadora) y un restaurante de comida salvadoreña en la esquina de Villa y la calle 204 (Vaso de jugo de marañón: 2 dolares. Especialidad de la casa: papusas). A una cuadra y media está la entrada al tren D. (Tiempo a 42 St en Manhattan: 40 minutos aprox).

 

A tres cuadras está el tren 4. (Tiempo aproximado al estadio de los Yankees: 8 minutos) Deporte favorito de los niños de Villa Avenue en primavera: basketbol (una cesta amarrada en la parte alta del poste de luz frente de la bodega, balón naranja Spalding).

 

Algunas cosas desagradables de Villa: Hoy me despertó un hijo de puta con la música árabe de su auto a todo volumen.

 

Detalles: El albanés que está pintando mi casa se llama Tony, es sobrino del dueño de mi edificio. Historia de Tony: le gustan los autos. Tanto que decidió entrar a un buen negocio: estafar a la compañía de seguros. Llegó a ser gerente de un club de golf (Knollwood, el club donde yo trabajo). Me lo encontré la semana pasada que acababa de salir de prisión. Dos años por estafar al seguro. Ahora trabaja para su tío, que es dueño de casi todos los edificios de Villa: bota la basura, pinta los edificios, arregla cosas malogradas.

 

Música más común en Villa: reggaetón. Ahora escucho mucho, en la bodega, ese rap-reggaetón-latino con Shakira y ese reggaetonero misio que grita a media canción ¡Shakeera, Shakeera!…
Hora promedio para irse a dormir: 1 am. Para levantarse: 8:30 a.m. Villa Avenue, Zip code: NY 10468.

Primero de febrero y vivir a las carreras.


Lehman college campus
Originally uploaded by Ulises Gonzales.

Se empieza a notar el ritmo creciente de las obligaciones cuando comienza el ritmo decreciente de las diversiones. Tres filmes de Netflix y dos de la biblioteca aguardan pacientemente el receso. Y sin embargo quedan cosas pendientes: la web, el curso, el script del video sobre Asako, NY Street, Resina, el libro de poemas, el Bronx Journal…y puedo seguir enumerando.

 

El tiempo para escribir este diario es cada vez menos. Ya no tengo las madrugadas libres y la ropa sucia se amontona peligrosamente por varias semanas. Y sigue el clima congelado.
Lehman no es grato si lo vives a las carreras y sin embargo me las he arreglado para dar mi primera clase de comics. Bastante decente, con el web blog elaborado , con el filme que vimos sobre la historia del arte secuencial en los Estados Unidos. He invitado a la roja para salir a cenar : Wednesday night.

Al terminar la clase he cruzado Manhattan para encontrarme con Annerys. Queremos ver Born in Brothels. En la revista del IFC dice que comienza la historia con la temeraria novia de un videasta y su pajonera idea acerca de un documental sobre sus experiencias con los hijos de las putas, descubriendo para ellos el misterio del lente desde los tugurizados burdeles de la India. No ha llegado Annerys pero ha venido Camilo con la historia triste de Paloma. El mail era precioso pero el desenlace fue el temido. La carta de respuesta, temblorosa pero decidida, dice que Borges afirma que al menos hay un final. Pero no hay final posible si la memoria de ella persiste sobre todo. Si ella aclara que valora inmensamente todos los momentos juntos pero que el detalle es no poder entregar amor a cambio de amor. Ella tiene la carta que falta de la baraja y no puede cambiarla. Menudo cuadro el de mi amigo cabizbajo mientras devora el pollo de chinos que no ha debido de probar. Yo acelero el metro para llegar a casa con la incertidumbre y el dilema. Me he dormido satisfecho por la cena y por lo invertido en mi curso. Me ha dolido la espalda por una madera de sobra en esta cama mal armada. En fin, ya ven que comienza el ciclo y otra vez las quejas y este diario se pone muy serio y sin referencias literarias. Antes de acostarme he seguido releyendo los mitos de los griegos y las nubes de Aristófanes sobre la culpabilidad injusta de los sofistas.

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