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The New York Street

Un blog lleno de historias

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New York City

De neoyorquinos y de bárbaros

Artículo originalmente publicado en la edición  número 256 de la revista Ideele de Lima.

Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library
Portada Los Bárbaros 4/ César Vallejo frente a la New York Public Library

 

A propósito de una  nueva y prometedora aventura literaria.

La isla de Manhattan fue comprada a los indios que poblaban esa región por un puñado de florines holandeses. Poco tiempo después de fundada, la ciudad ya se había convertido en el símbolo del dinero en este lado del Atlántico. Con el progreso, la isla se llenó de aventureros miserables, inmigrantes que vivían hacinados en casuchas en el invierno y en el verano pasaban la noche desparramados en los callejones. La desigualdad social siempre ha sido el lado oscuro de Manhattan. La ciudad tendría hasta hoy un enorme problema de imagen de marca si no hubiera sido por, entre otras cosas, el arte. Los artistas descubrieron algo notable entre sus mil contradicciones. Bob Dylan, por ejemplo, tras pasar una temporada invernal en la pobreza, terminó alabándola y despreciándola al mismo tiempo en la letra de Talkin’ to New York, una de sus primeras canciones.

Hasta hace unas décadas, la Europa y la Latinoamérica intelectual miraban con desprecio a esta ciudad de empresarios ignorantes forrados en dinero, sin pasado cultural, sin arte. El cambio fue lento y generacional. Sabemos que hasta en las mejores familias siempre aparece un heredero con ambiciones artísticas para quien el dinero tiene escaso valor. Alguno de los tataranietos de los primeros barones de la bolsa debió de convencer a sus habitantes de que una ciudad de primer nivel necesitaba capital cultural. Los millonarios neoyorquinos se dedicaron a comprarlo: reservaron grandes espacios para galerías, centros culturales y museos, se trajeron templos egipcios hasta la isla, piedra por piedra.

Nueva York no fue considerada la capital del arte si no hasta las últimas décadas del siglo XX. Los artistas que notaron cómo el dinero desbordaba los bolsillos de estos ricos necesitados de buen gusto, empezaron a llegar aquí a ofrecer sus servicios. Así sucedió el acto de magia: los artistas no identificaron en esta ciudad a un monstruo sino que percibieron las características de una epopeya: la Babilonia de nuestros tiempos se estaba construyendo frente a sus ojos.

Es preciso anotar que los neoyorquinos querían comprar una cultura pero no la multiculturalidad multilingüística de la que ahora gozan: los inmigrantes que pisaron Manhattan ansiosos de dólares, lo primero que dejaron atrás fue su ropa vieja. Lo segundo fue su idioma. Así que este fenómeno de una ola de escritores que llegan a escribir en español entre sus calles es bastante nuevo. Si bien tiene antecedentes interesantes: José Martí describió a Nueva York en español, a lo largo de múltiples crónicas pagadas y publicadas por los periódicos latinoamericanos de su época. Federico García Lorca también pensó a Nueva York en español y transformó ante sus lectores esta máquina de hacer dinero en un poema.

A los escritores del siglo XXI también nos convence el sonido del metal: el dinero viene hoy en forma de becas. Las universidades ofrecen un plan de cinco años que incluye una pequeña suma de dólares─suficiente para caminar a diario entre sus bibliotecas públicas y para participar ─sin morirse de hambre─ de la oferta cultural buena, bonita y barata que ofrece la ciudad de Nueva York. En realidad muchas universidades de Estados Unidos ofrecen becas similares, pero solo las que están ubicadas en Manhattan (o cerca de ella) pueden ofrecer como parte del paquete la manzana acaramelada: la experiencia única de vivir en la ciudad de la que tanto nos ha comentado la literatura o el cine. Todos sabemos además, que hoy no se puede caminar bajo las luces de Times Square sin imaginarnos a los personajes de Marvel y DC lanzańdose a salvar el día frente a los pantallones de luz.

En una de aquellas universidades, en las aulas del Programa de Literaturas Hispánicas y Luso Brasileñas del Graduate Center de la Universidad Pública de la Ciudad de Nueva York (CUNY) nació la idea de Los Bárbaros. Me refiero a esta revista en formato de un libro de 100 páginas, que viene publicando la obra de algunos de estos hispanohablantes que sobreviven en Nueva York gracias a las becas de estudios: fotografía, historieta, ilustración, cuento, poesía, crónica literaria. En Los Bárbaros hay un poco de todo lo que puede caber en un libro.

Los Bárbaros fue el resultado de una epifanía foucaultiana. Sucedió en una clase de crítica literaria, a fines del semestre de otoño de 2013. El mexicano Oswaldo Zavala, un Doctor en Literatura egresado de Austin y de La Sorbona, especializado en Bolaño y en las literaturas de la frontera, hablaba de Foucault y de Borges en una sola oración. Él les recordaba a sus estudiantes que las facultades de literatura de las universidades de los Estados Unidos, si bien estuvieron dominadas en algún momento por la crítica francesa, los ensayos de Tel Quel y la literatura pensada desde Europa (Cortázar, Sarduy, Vargas Llosa, Donoso), hoy ya estaban 100% conquistadas por la literatura y la crítica reflexionada desde la hispanidad. Desde la lectura de un ensayo de Alfonso Reyes, Zavala recordó unos versos de Kavafis para hacerle saber a sus estudiantes que los bárbaros que pensaban en español habían tomado el control. Los profesores de francés ahora languidecían en algún rincón de las facultades de idiomas mientras los hispanohablantes aparecían vigorosos, en una ola constante, ocupando puestos en una academia estadounidense que estaba viviendo su cuarto de hora de amor por el idioma castellano. Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges: el viejo y el joven Borges encontrados en un vagón del tren subterráneo, el joven Borges leyendo la traducción al inglés de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Quienes estudiamos la literatura del mundo hispano desde Nueva York─en Columbia University, NYU, CUNY─y en las universidades satélite─Princeton, Yale, Brown, Rutgers, UPenn─somos los protagonistas de ese fenómeno. Los lectores de Ideele podrían sospechar que alguien nos está inflando el mito. Tal vez, si no fuera porque Antonio Muñoz Molina enseña en NYU, Vargas Llosa viene un semestre sí y otro no a CUNY y a Princeton ─donde también estuvo enseñando Piglia y a donde llega con regularidad Villoro. Tal vez pensaríamos que nos han inflando el mito, si es que no pasaran por esta ciudad cada dos por tres los nombres más importantes de la literatura hispanoamericana.

La revista Los Bárbaros germinó en esas aulas de CUNY con el objetivo explícito de convertirse en el registro impreso más importante de estos años de literatura en español en la ciudad. Este mes de diciembre llegamos al número 6 con un especial dedicado a las autoras: Las Bárbaras.

Nosotros, dijo Zavala, éramos los bárbaros que estaba esperando el imperio americano y─por supuesto─ ya habíamos llegado. A eso se debe que la primera portada de Los Bárbaros invoque a un cuento de Borges

Desde marzo de 2014, Los Bárbaros se ha presentado en sucesivas jornadas literarias en universidades de la ciudad, en la librería McNally Jackson (el ágora neoyorquina, administrada por el librero uruguayo Javier Molea, por donde pasan todos los escritores hispanoamericanos que quieren hacer acto de presencia en Manhattan), en el Centro Cultural Barco de Papel, una pequeña librería de Queens que sirve a los lectores de ese barrio; en Sarah Lawrence, universidad de tradición elitista de los suburbios de Westchester cuyo Departamento de Español es conducido por Eduardo Lago, novelista y periodista de El País; en el Instituto Cervantes de Manhattan, en la Book Expo América 2014, la feria del libro más importante de los EEUU; y también en la FIL de Lima 2014 (si bien el dinero de la venta de Los Bárbaros 1 y 2 en Lima ha desaparecido entre las manos de la distribuidora) y la FIL 2015 (donde se distribuyeron los números 3, 4 y 5, bajo el empuje y auspicio de la editorial Animal de Invierno).

En Los Bárbaros han publicado muchos de esos escritores contemporáneos en cuya obra Nueva York ha dejado alguna marca: Juan Villoro, Antonio Muñoz Molina, Mercedes Cebrián, Gabriela Alemán, Lina Meruane, Martín Caparrós, Alfonso Armada, Eduardo Lago, Eduardo Halfon, Ana Diz, María Negroni, Mariela Dreyfus, Isaac Goldemberg, Pablo Brescia, Roger Santiváñez, Diego Trelles Paz y Fernanda Trías. Junto a estos nombres que ya tienen una obra reconocida, se han publicado los trabajos de artistas que llegaron y recién empiezan a hacerse un nombre en el universo de las letras en castellano: poetas como Lena Retamoso, Soledad Marambio, Ethel Barja o Almudena Vidorreta; narradoras como Mariana Graciano, Sara Cordón, Úrsula Fuentesberain, Isabel Díaz, Esteban Mayorga, Claudia Salazar, Jennifer Thorndike, Carolina Tobar, Francisco Ángeles o Alexis Iparraguirre; historietistas e ilustradores como Jesús Cossio, David Galliquio, Eduardo Yaguas, Renso & Amadeo Gonzales, Diego Guerra, Jugo Gástrico, y Manuel Gómez Burns; fotógrafos como Mike Fernández y Diana Bejarano; artistas plásticos como Jorge Maita, el autor de nuestra última carátula. Está claro que la falta de espacio nos impide mencionarlos a todos.

Los Bárbaros es un proyecto ambicioso que ha empezado con el corazón lleno y con los bolsillos vacíos. No tiene otros auspiciadores que los autores que donan sus textos, los artistas que donan sus obras para ser publicadas, las librerías, los centros culturales y las universidades que le brindan los espacios para presentarse. En 2015 el proyecto ha crecido con la aparición de los programas de radio en formato podcast dirigidos por la periodista argentina Teodelina Basovilbaso. Ella entrevista a escritores que publican en la revista y organiza clubes de lectura con sus obras. El próximo paso de Los Bárbaros es la edición de un libro antológico que cubra sus primeros dos años de vida. Además, está en los planes la realización de un programa de televisión que intente abarcar en imaǵenes estos años en los que la cultura neoyorquina en castellano sigue ganando espacios. Existe un proyecto para publicar una antología online de trabajos traducidos al inglés, para organizar un concurso literario y hay invitaciones para presentar la revista en bibliotecas públicas, universidades, conferencias y festivales literarios en el continente.

El número 4 de la revista estuvo dedicado a la poesía. En la portada, César Vallejo posaba agarrado de su sombrero, apoyado contra los leones de la New York Public Library. El número 5 estuvo dedicado a la crónica literaria, con una carátula en la que Don Quijote y Sancho se abrían paso entre el tráfico de Broadway y la 42 en Times Square. El número 6 fue solo para escritoras y el número 7, el primero del 2016, estará dedicado a eso que los hispanoamericanos acostumbrados a la pulcritud con la que se dice adiós la gente en Santa María, a la alharaca con la que se hace el amor en Macondo y a la naturalidad con que marchan los muertos por Comala, llamamos literatura fantástica.

La revista ha lanzado ya la convocatoria para los siguientes números. Estos aparecerán en la primavera, en el verano y en el otoño de 2016. Los Bárbaros sigue buscando a esas mujeres y hombres que trabajan en su obra mientras intentan amoldarse al mundo del norte y que, sin embargo, no pueden dejar de pensar jamás en aquello que sucede en el sur.

Aquella tarde en Brooklyn

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“Una de las enseñanzas que me ha dado la vida ─me dijo mi padre─ es que para conseguir aquello que quieres siempre debes ir directamente. Nunca des vueltas”.

Estábamos en el automóvil, una noche en Lima. Tenía 19 años, estaba a punto de viajar y creo que mi viejo sintió la necesidad de entregarme la píldora más valiosa de su sabiduría. Nunca olvidé aquel consejo. Gran parte de lo poco que he conseguido se lo debo a esas palabras. Me estoy refiriendo a mis trabajos, a mi decisión de emigrar a los 27 años, a la facilidad con la que pude recomenzar mi vida en los Estados Unidos.

Sin embargo a veces, como en esta noche de insomnio en que la luna aparece entre las hojas de los pinos que mueve el viento del invierno, en una habitación oscura en un pedazo de tierra rodeado de agua muy al este de Long Island, recuerdo otras cosas: las que perdí por mi impaciencia, por estar determinado a creer que el único camino que valía la pena recorrer para conseguir algo en la vida era el más directo.

Pienso por ejemplo en Claudia.

En 2003 yo vivía en Brooklyn. Me acababa de mudar a un pequeño cuarto detrás de una chatarrera, a media cuadra de Atlantic, esa avenida informe, larga tira de asfalto que corta la isla desde Downtown Brooklyn hasta la autopista que cruza Long Island en dirección a Montauk. Aquella mudanza había sido una decisión impetuosa. Hasta entonces había vivido con comodidad en los suburbios, cerca de un trabajo de propinas que consumía mi fin de semana pero me permitía vivir con holgura de lunes a viernes. Tenía independencia y un auto propio: un Honda del 84 de carrocería oxidada al que se le caían los parachoques. Mi inglés había mejorado en meses de clases intensivas y mi familia en los suburbios era un sistema fabuloso de cordialidades que siempre me amparaba. Sin embargo, me sentía un impostor cuando escribía y decía estar viviendo en la ciudad de Nueva York, estando tan lejos de ella.

Gracias a mis amigos, con los que compartíamos un sótano de una sola habitación llena de cucarachas en el centro de White Plains, había conocido a una muchacha peruana. Con ella mantuve una relación de constantes encuentros, siempre afiebrados, ya fuera dentro de automóviles estacionados en calles oscuras, en espacios aislados que nos brindaba la suerte, o en cuartos de motel donde recaímos cada cierto tiempo, cuando nuestros cuerpos nos pedían una noche entera, que consumíamos en faenas maravillosas que nos dejaban satisfechos y exhaustos. Tal vez podía haber seguido con ella, formalizado, encontrado la manera de solucionar nuestros respectivos problemas de inmigrantes, empezado una familia, sucumbiendo a ese destino con el que se encuentran quienes descubren en algún minuto inesperado que la vida también puede consistir en tener alguien con quien seguirse muriendo acompañado, en conseguir un empleo honrado que te de suficiente dinero para vivir.

Si bien ella solía demostrarme un cariño que algunas veces iba más allá del momento en que despertábamos abrazados y tensos, era obvio que no era para mí. Estaba seguro─y así fue─que ella conseguiría muy pronto a algún novio que le solucionaría el tema de la residencia. Mudarme a Brooklyn, en gran parte también significaba alejarme de la comodidad y de ella y empezar otra vez.

Recuerdo el pánico de la primera mañana en que salí a encontrar mi dirección desde la estación Clinton-Washington. Sentí una duda: tal vez lo que había hecho era egoísta y terrible. Desde Lima mis padres me instaban a no alejarme de la familia. Tal vez mudarme a ese barrio era el pésimo paso que a veces dan los inmigrantes, el que los hace terminar muy mal.

La sensación de desamparo se esfumó muy pronto.  Me acomodé a esas calles con relativa facilidad. Recuerdo con cariño incluso el frío que me acompañaba durante las muchas cuadras que caminaba de madrugada hasta la lavandería más cercana en la Avenida Fulton. Vivía con una española que conocí en la escuela de inglés y a la que le gustaba leer, cantar y cocinar. Éramos muy amigos en ese departamento en el que compartíamos no solo la habitación sino también los libros. A veces organizábamos reuniones ─mejor sería decir que ella las organizaba y yo colaboraba. En los ratos libres nos sentábamos a escribir juntos, y recuerdo que alguna vez lo hicimos para imaginarnos nuestra vida, la que tenemos hoy.

Cuando estaba acomodado a esa vida entre mi universidad en el Bronx ─a la que me demoraba 90 minutos en llegar─y las calles de Brooklyn, me encontré con Claudia.

Teníamos recuerdos de nuestros compañeros comunes en la universidad. Fue alguno de ellos, en un correo electrónico, quien me anunció que Claudia llegaba a Nueva York. La fui a buscar, a la pequeña sala que había convertido con paciencia en departamento. Escuchamos, tumbados en un sofá, las canciones de su excelente colección de música brasilera. Caminamos juntos por el Parque Central, y me quedé a dormir con ella, al lado de su cabello que olía a almendras─sin tocarla, pensando que lo que tendría que suceder, en algún momento sucedería.

Una tarde, cuando llegamos desde Chinatown hasta mi departamento con bolsas de limones y pescado, nos invadió a los dos una sensación de camaradería que no creo errar si califico de mágica. El departamento de Brooklyn tenía un balcón por donde se colaba un halo de luz blanca. Tendría que ser mayo o junio, porque recuerdo una tibieza tierna que nos acompañó mientras cortábamos los limones, sazonábamos el pescado, almorzábamos y conversábamos de nosotros dos, de nuestros sueños. Ella quería ser antropóloga pero no estaba segura de cómo empezar a conseguirlo. Yo le hablaba de ser periodista otra vez, de mis clases, de las tantas personas que había empezado a conocer en la universidad.

Nos tendimos en mi cama a descansar, uno al lado del otro, como otras veces en que habíamos dormido juntos sin que pasara nada. Recuerdo haberme sacado la camiseta y haber empezado a conversar de lo que conversaba hace diez años. Claudia me escuchaba, tal vez interrumpía de vez en cuando con una voz muy suave y se reía con una dulzura que pocas veces volví a encontrar en esta ciudad. Estábamos solos en Nueva York, dos muchachos de la misma universidad, cubiertos de luz blanca, echados uno al lado del otro en una tarde de Brooklyn. Claudia apoyaba la cabeza sobre mi hombro y puso sus dedos sobre mi pecho, como queriendo tocar algo que yo llevaba escondido adentro.

Nunca pude explicar lo que pasó. Tal vez esta noche lo consiga. Creo que tiene que ver con aquellas palabras que alguna vez me dijo mi padre. Sus dedos resbalaron sobre los vellos de mi pecho y sentí que me asomaba a un mundo distinto, que aquél podía ser uno de aquellos momentos en que se abre una puerta, solo por unos segundos, para que atisbes un universo paralelo. La miré como si lo que siguiera en ese instante fuera inevitablemente el momento de poseerla. Recordé aquella noche en que vi su perfil desnudo en la oscuridad de una habitación en Manhattan y la mañana en que desperté antes que ella y me quedé observando la boca semiabierta y los ojos cerrados y tranquilos de un rostro que combinaba tan bien con el olor de las almendras.

En ese momento la miré como si fuera el salvaje delirante que acaba de descubrir la fuente del fuego. Sus dedos se desprendieron de mi pecho y yo entendí que si abría la boca para decir algo habría cruzado una línea invisible, que el camino recto que sugería mi padre me iba a conducir a un cruce de vías, que la puerta se cerraba y yo estaba a punto de quedarme adentro. Tal vez fue lo contrario. Tal vez solo tenía que abrir la boca y decirle lo que quería: que la deseaba.

Ha pasado mucho tiempo y hemos seguido siendo amigos. Alguna vez, una Nochebuena, poco después de su primer divorcio, Claudia fue la que alentó a una judía de cabello colorado para que no dudara más y se metiera en mi cama. Tiempo después, cuando ella vivía con un muchacho distinto y ya se había comprado su propio departamento en el Soho, le dije que me casaba. Me dio la bendición y un regalo muy valioso que aún conservo. Ambos hemos recorrido largos caminos. Ambos hemos sobrevivido a las tormentas. Ninguna de ellas nos ha obligado a marcharnos.

Esta noche en que no puedo dormir, me la imagino a Claudia navegando por un río de aguas apacibles en la oscuridad, bajo la sombra de alguna montaña. Los dos vamos en balsas distintas, la de ella al lado de la mía. A Claudia y a mí se nos ve despreocupados, acurrucados en las esquinas de nuestras balsas. Ambos nos dejamos llevar por la corriente, y nos saludamos en medio de la noche, apenas reconociéndonos con la luna, sin atrevernos a quebrar el silencio.

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Conferencia sobre la lluvia en Nueva York

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La obra de teatro escrita por Juan Villoro y celebrada está noche en el Graduate Center de CUNY en Manhattan, es una declaración insistente sobre el poder de las palabras.

Villoro le ha dado vida al personaje de Auto de fe de Elias Canetti y, al mismo tiempo, ha elaborado un monólogo dedicado a ese Dante que llevamos dentro, ése que observa hacia atrás, mira la mitad del camino transcurrido y recuerda las apacibles tardes en que era tan bello amar a Beatriz.

La obra puesta por la Compañía Nacional de Teatro mexicana se apoya sobre dos pilares: el texto inspirado de Villoro y la vibrante actuación de Arturo Beristáin (quien tiene que ser uno de los mejores actores de Latinoamérica). Es un soliloquio construido bajo el pretexto de un conferencista que, a punto de empezar, descubre que ha perdido los papeles de una prometedora “Conferencia sobre la lluvia”.

Desde la tragedia del conferencista, se arma un discurso donde se amarran los traumas personales, los episodios cotidianos y las reflexiones —llenas de citas— de este personaje, que trabaja en una biblioteca al lado del obeso compañero Mendívil y ha convertido su casa en un anexo feliz, donde los libros se amontonan incluso en la cocina, para desesperación de su mujer.

La búsqueda de la felicidad, que se parece asumir como la travesía en pos de una pareja ideal, ofrece los mejores momentos de este monólogo que Villoro y Beristáin se encargan de fabricar con un ritmo que jamás declina (a pesar de que se prolonga más de 90 minutos) hasta un desenlace que, sin ser feliz, es generoso con quien se ha desnudado ante el público, improvisando ante el auditorio una conferencia excepcional sobre sus miedos, sus esperanzas, y su enorme fe en el placer inagotable que nos brindan los libros.

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El viento también mueve las hojas por acá

 

la foto

Quisiera que hubieras visto mi rostro cuando me dijo que le había gustado.

“Así fue. Tal y como lo cuentas”.

Los hechos habían sucedido como los había imaginado. Como que los soñé. Pero no los soñé. No estuve allí. Nunca estuve allí. Fui un viajero de capital haciendo una escala en el pueblo. Me acerqué al forado que se hizo entre nuestra casa y el puesto de policía. Busqué con cara de tonto entre las piedritas en la pista sin asfaltar alrededor de la plaza, como si después de un año aún fuera posible encontrar casquillos de bala. ¿Quién me lo habrá contado? Con pelos y señales. Sabía que La Gringa era la encargada de lanzar el ataque desde los cerros de la quebrada, bajar hasta el pueblo y organizar a la gente asustada. No sabía que uno de ellos pertenecía a las huestes del Malón: ese hijodeputa que degolló a sangre fría a un policía, más allá de Pueblo Nuevo (eso ya es Ayacucho), sin saber que su hermano, militar, iba a viajar con un grupo armado hasta esa zona para buscarlo, que lo iba a acorralar y lo iba a matar de a poquitos en la plaza, cortándole los testículos, los dedos de la mano, los pies, que se iba a acercar hasta su cuerpo moribundo, a escuchar un último deseo y recibir de Malón el escupitajo con su sangre.

En esa quebrada sin río

Sin cielo serrano, sin hoces y sin martillos, de un botazo

destrozándole la cara

Murió Malón de varios tiros,

A manos del hermano de quien molió a balazos.

Jamás pidió perdón.

 

Tampoco supe (lástima, la novela ya está escrita) que fue por intermedio del alcalde (que sabía adelantarse a los hechos porque paró tantos años de arriba a abajo por la quebrada con su padre) que mandaron los refuerzos que evitaron que el pueblo cayera en manos de los terroristas.

” Acarí lo tomaron y mataron al alcalde. Él era contemporáneo de mi papá. Mi papá se subió a la camioneta con 20 botellas de vino y se fue a Arequipa. El comandante que estaba a cargo pidió un vaso y probó. Carajo, de dónde ha sacado esta delicia. A ver ¿qué me va a pedir?”

Solo quería que mandaran refuerzos. Temía que bajaran a matarlo igual que al alcalde de Acarí. Tú sabes cómo es mi papá. Conversaron de todo, se cagaron de risa, se tomaron varias botellas juntos. Se cayeron muy bien. Ordenó que fueran al pueblo 40 refuerzos. Pero no cualquier refuerzo: 40 policías contrainsurgentes. Esos que estaban entrenados para la lucha antiterrorista. También mandó a tres espías a trabajar en las chacras de la quebrada. Esos tres espías fueron la clave de todo. Ellos se comunicaron con la comisaría apenas vieron que los terrucos empezaban a organizarse para bajar. Cuando estuvieron listos para atacar el pueblo, la policía ya los estaba esperando.

“Hasta la cantidad de los que mataron fue así como tú cuentas”.

En la chacra, de niño, yo olía el viento. Por la tarde, cuando la brisa movía las ramas, se escuchaba un ruido muy débil y había un olor especial que llegaba hasta la casa. A veces, en Nueva York (como el jueves pasado en Amagansett) encuentro otra vez ese olor: Por unos segundos aparece en mi cabeza la imagen completa de la puesta de sol en la quebrada, el ruido del viento y las hojas, el olor a hierba que me alcanzaba en la mecedora debajo del enramado donde leía alguna novela (¿Rayuela?)

Durante el día (cómo sabían que yo era un inútil para el campo) mientras ellos cosechaban el algodón, ensanchaban o tapaban las zanjas que llevaban el agua, yo tenía permiso para pasearme por el cerro, patear las piedras que resbalaban hasta la acequia, irme caminando hasta el estanque, vagar debajo de los árboles, recordando cómo alguna vez mi abuela cosechaba ahí, al lado del agua, las almendras, mientras sus nietos, colgados como monos de la ramas, abríamos las vainas y nos llenábamos la boca del algodón dulce de los pacaes.

Entonces yo solo apuntaba (No sé qué. Ni siquiera sé dónde quedaron esas libretas de notas. Creo que me fijaba en ciertos detalles de las frutas, del agua que caía en un chorro muy débil por uno de los lados del estanque.) Durante el almuerzo me quedaba en la cocina. Después de cenar me quedaba en el comedor, preguntándoles cómo se llamaba ese maíz que trituraban, mezclaban con azúcar fina y se comían de postre. Quería saber cómo se llamaban esos pájaros que seguían volando entre la paja del techo de la bodega hasta que se cerraba la noche sobre la chacra y sólo se escuchaba el ruido del viento y aparecían las estrellas.

La violencia era solo una sospecha, y nadie entendía por qué mi tío quería volver a ser candidato a alcalde si ese pueblo no tenía salvación.

Cada noche, esos niños con los que no podía competir en el verano porque sabían caminar entre las piedras (descalzos) mucho mejor que yo,  y también sabían sacar mariscos de las rocas del fondo del pozo con una red amarrada a la cintura, mientras alguien les avisaba si la ola venía; se metían al mar con zapatos (jamás pude hacerlo: encontraba tan poco placentero eso de meterme al mar con los pies envueltos), esos niños que vivían en ese pueblo todas las demás estaciones, dormían sabiendo que podía ser la última.  Y a veces se iban al cine, a mirar películas en un televisor de 24 pulgadas. Allí los encontró el ruido de las balas.

Supe que abandonaron todo. Era el año 1990. Yo acababa de ingresar a la universidad y el mundo en que vivíamos se estaba derrumbando sin que supiéramos que se podía hacer algo para salvarlo. Éramos clase media alta y creíamos en eso que dice el himno nacional: seámoslo siempre. Ya nos habían ofrecido emigrar pero estábamos esperando primero a que se hunda el barco. Se hundía de a pocos. Las últimas esperanzas estaban puestas en una elección presidencial que nos había colocado a todos contra todos.

En la universidad, con mis compañeros, recorrimos las cárceles de Lima buscando a gente a quien el pastel les hubiera arruinado la vida por completo: encontramos a algunos cuantos, nos los pusieron enfrente para que los filmáramos: había un tipo que cada semana terminaba en prisión. Otro día nos llevaron a Castro Castro para que le hiciéramos una entrevista a El Padrino, representante legal de los presos. Entramos a Santa Mónica. En cada uno de esos penales éramos recibidos como unos payasos a quienes nadie conoce, que son bienvenidos porque vienen acompañados de los dueños del circo.

Tanta agua debajo del puente.

En esa época leía las historietas de Juan Acevedo, con títulos de ruidos (Trann) en una revista política. Hoy vengo en un tren, al lado de un río, y salen de la memoria esas imágenes. Entonces escribo esto que sale como una flaca corriente de ese riachuelo que bordeaba el estanque, mientras veo que el viento también mueve las hojas por acá.

Hay días en que merece la pena dar gracias. Algún aguafiestas me dirá que siempre hay que dar gracias. Hoy las doy, después de haber visto un video ilustrativo sobre lo que significa el Estado Islámico y otras zonas del universo no tan placenteras donde tal vez me toque reencarnarme, para odiar que las mujeres caminen sin velo, o que mi vecino se emborrache cuando le dé la gana, o que al otro lado de mi cerca, un buen pastor decida que le gusta más la poesía que el Libro Sagrado.

Doy gracias porque con todas las imperfecciones y broncas que nos tocó afrontar en nuestra historia, mi gente sigue libre y yo sigo libre, sentado en un café, haciendo lo que quiero: escuchando a una banda de rock maldecir en vivo, a una mujer de piernas muy largas sorber con lentitud una bebida caliente, a dos jóvenes aburridos pensando en lo que quieren hacer con su vida, decidiendo tal vez en este mismo momento que no quieren hacer nada con ella, que no quieran planificar los próximos veinte años. Para qué.

Sí, claro, señor: estoy muy agradecido.

quebrada

 

 

 

Los bárbaros

Barbaros

Era una clase de teoría literaria. Era el Profesor Oswaldo Zavala mencionando a Alfonso Reyes, a Caliban, a Foucault-Barthes-Steiner-Eco convertidos en fans enamorados de Borges.

Alguien mencionó a Kavafis (recordé la novela de Coetzee) y en algún lugar del cerebro apareció la imagen: una revista que se llamaría Los bárbaros. ¿Qué día fue? Ayer les enseñaba a los sectarios el cartel original. Es un aviso en blanco y negro que pegué en la sala de lectura del departamento, con los nombres de todos ellos: mis primeros colaboradores. Me parece que era fines de noviembre. La fecha límite de entrega era el 31 de diciembre: el fin del último año sin ellos.

El 21 de marzo Los bárbaros abrieron los ojos y el mundo parecía un laberinto.

La fecha límite para el número 2 es el 30 de junio. Su aparición está proyectada para algún día a finales de agosto.

Vampiros y Nueva York

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Vi Cronos en Nueva York, la ciudad donde los vampiros salen de dia. Me gustó. Si bien jamás entendí si la acción sucedía en una callejuela de Buenos Aires o en un barrio viejo y feo del DF. Más difícil que comprender la trama de Cronos, es entender esta obsesión antigua de los humanos con los chupadores de sangre: estos condes eternos, odiadores de ajos, durmientes de ataúd.

La mejor actuación del filme, además de la de Federico Luppi (a quien recordaré para siempre con el sonido interminable de las maquinitas del reloj), es la de la niña Aurora (Tamara Shanath): la nieta que permanece siempre al lado del abuelo que cree que ha rejuvenecido, que acompaña en todas sus aventuras a este venerable vendedor de antigüedades que tiene la dignidad de tocarle la puerta al hijo de puta que le ha mandado destrozar el negocio.

¿Qué habrá sido de Tamara?¿Permanecerá en algún lugar de su memoria ese viejo actor al que se le caía la cara en una escena y en otra se metía a dormir en un féretro? ¿Recordará a la cucaracha que tuvo que aplastar para que Guillermo del Toro siguiera rodando?

Los vampiros han aparecido con cierta regularidad en mi vida. La primera vez yo tenía 7 años, y a mi hermano y a mí nos prohibieron ver el estreno de Drácula en Panamericana, en el horario de medianoche. Nos agenciamos un televisor Imaco en blanco y negro, y vimos la película hasta la primera escena en la que Drácula le mete los dientes filudos a alguien, mientras sus ojos se le irritan y la piel se le blanquea. Desenchufamos el aparato de un tirón, lo devolvimos a su encierro en el cuarto de las visitas –donde la empleada del hogar veía con nosotros Los ricos también lloran– y nos echamos asustados a dormir.

Después conocí a una vampiresa que me dejaba escucharla mientras tocaba el piano, y a otra que tocaba muy bien la guitarra. Por fin, ya en Nueva York, me tropecé con una vampiresa judía, estudiante de NYU, que tenía cierta perversión por el oboe.

Así es: asocio el deseo de sangre con los aparatos musicales. No puedo explicar por qué. Jamás he tenido oído para ningún instrumento y esa podría ser –sospecho, quizás– la razón por la que aquellas vampiresas pasaron por mi vida sin dejarme otra marca que su esfumoso recuerdo.

Con Salter en Buensalvaje

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James Salter at Amster Yard. Instituto Cervantes of New York (2013)

Este mes de julio, la buena revista literaria limeña Buensalvaje, sacó esta nota que le hice al escritor James Salter. Salter acaba de publicar una de las mejores novelas del 2013 ( All That Is ). La conversación se realizó en el Instituto Cervantes de Nueva York:

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«James Salter en Manhattan»

Un encuentro con el más famoso de los escritores no famosos

Por Ulises Gonzales


En sus memorias, Quemar los días (1997), James Salter menciona su primera cena en París. En esta, entre catorce invitados, hay una mujer bellísima: una actriz peruana con un vestido negro de seda. Tan hermosa que uno de los invitados, mayor que ella, la toma del brazo, se la lleva a un lado y le dice «No sé quién te habrá acompañado aquí esta noche. Pero sí sé que no te vas a ir con él. Eso es definitivo». Han pasado 50 años desde aquella noche. En ese lapso, Salter ha escrito algunas novelas y cuentos bastante celebrados. Un perfil publicado recientemente en The New Yorker lo consagra como el más famoso entre los escritores no famosos. El 10 de junio cumplió 88 años. Se le ve bien y la memoria no le falla. Antes de hablar de sus libros, se me ocurre preguntarle si recuerda a aquella peruana. «Claro que la recuerdo. Era la esposa de Mickey Knox (el actor que interpreta al mafioso Matty Parisi en El Padrino III). Era una de dos hermanas peruanas. La otra hermana se casó con Norman Mailer. No sé si sabes la historia: Mailer la apuñaló. Una discusión en la cocina, cogió un cuchillo y se lo metió por un costado. Eso fue hace mucho tiempo. Bellísima. Todas las mujeres son bellas en Perú –me interroga con sus ojos azules, muy abiertos–, ¿no es cierto?». En una escena de su última novela, All That Is (2013, aún inédita en español), dos de los personajes debaten el nombre para bautizar a una niña. Uno de los protagonistas menciona uno que podría sonar exótico para los lectores anglosajones: Quisqueya. Cuando se le pide explicaciones sobre el origen del nombre, el personaje responde: «Es de una princesa peruana». Le pregunto a Salter si existe algún tipo de relación entre él y el Perú. «Ninguna. Tal vez muy dentro de mi subconsciente», responde. Me mira con curiosidad.

Casi no ha estado en Latinoamérica. Hace algunos años pasó por Brasil, para promocionar una traducción al portugués. Ha visitado México, de joven, en aventuras con amigos y mujeres, alcohol y peleas que describe con detalle en 00000000. «Glamoroso y romántico» son las palabras que salen de su boca cuando le pregunto cómo se imagina nuestro continente. «Conozco Sudamérica por sus escritores y por su música». Menciona los nombres de tres países: Chile, Argentina, Brasil. «¿El Perú es seguro?».

Conoce la literatura española gracias a una intensa pasión de juventud por Federico García Lorca. «Su vida es un maravilloso marco para su obra. Me gustan las cosas que él percibe y que él quiere. Escribe de modo muy simple y asumo que sus traducciones son bastante buenas. Y lo he leído en español, en esas ediciones bilingües. Así obtienes más de la lectura. Yo lo amo». Ha leído algún texto de Vargas Llosa pero ninguna de sus novelas.

Las obras de Salter casi siempre están ubicadas en los territorios que conoce bien, en los Estados Unidos, con una maravillosa excepción:Un juego y un pasatiempo. La novela fue rechazada varias veces, antes de que un editor entendiera sus cualidades. Apenas fue publicada, se transformó en un libro clave de su obra, y su popularidad creció recomendada de boca en boca. La historia transcurre en los pueblos franceses de provincia, mientras un joven norteamericano viaja con una francesita deliciosa viviendo incontables experiencias, muchas de ellas eróticas. «Europa es diferente. Al menos para un norteamericano. Yo era muy joven entonces y los europeos marcaron en mí una gran impresión. Además, viví allí algunos romances».

Salter nació en Passaic, New Jersey, en 1925, pero vivió en Manhattan desde muy pequeño. Fue hijo único de una familia donde el dinero no faltaba. Además de una cabaña en las montañas de Colorado, hoy tiene una pequeña casa cerca de la playa, al final de Long Island, a dos horas de la ciudad. Le gusta la buena vida que comparte con su segunda esposa, pero sin ostentación. Le gusta el hogar: «Estar en la cama con tu mujer, con las sábanas limpias durante una noche bella: no hay nada mejor que eso». Trabaja en cualquier sitio donde haya calma, pero prefiere hacerlo en casa.
Si bien ha escrito guiones para el cine (trabajó un tiempo para Robert Redford y habla de él con respeto, aunque nunca se refiere con cariño a su experiencia como guionista), y ha publicado varios libros de cuentos y algunas novelas; la experiencia más importante de su vida no ha sido la literatura, sino sus años como piloto en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Alguno de ellos, durante la Guerra de Corea. En sus memorias suele describir las emociones que le brinda la escritura como experiencias menores comparadas con la adrenalina que le provocaba volar: «Ayer vinimos de Houston. Estuve dando una lectura en Texas. Es verano allí. Un verano muy caliente. Tenía un asiento con ventana. Sucede que el asiento estaba a unos dos metros y medio de la turbina del avión. Era una superficie pulida, de aluminio. Allí todas las piezas de la máquina se juntan de un modo perfecto, como en un reloj. Y esa superficie brilla con los rayos del sol. Y el avión empieza a despegar. Y ¿sabes? Casi sentí como si yo estuviera otra vez volando el avión. Eso es lo que sucede en esos aviones cuando tú eres piloto. Quiero decir, yo no estaba encima del motor, pero sí muy cerca. Y sentía que ese rugido de la turbina se desplegaba sobre mí, como si estuviera en el océano. Esa era la vida. Al fin y al cabo, yo viví aquella experiencia durante doce años. Volar: aquella parte de la vida es maravillosa. Pero tú sabes que eso no dura para siempre. Llega un punto, como también le llega a un jugador de béisbol, en que tienes que detenerte y hacer otra cosa. Yo no había llegado ahí aún, pero sabía que no quería esperar a alcanzarlo. Además, siempre tuve dentro de mí, latente, el deseo de escribir. Había escrito algunas cosas. Escribí poemas de niño, había escrito cuentos, inclusive una novela –que no era muy buena y me la rechazaron–. Decidí que había llegado el momento de convertirme en escritor… aunque me sentí muy mal cuando lo hice. Durante dos o tres años no pude escribir nada. Es decir, sí escribía, pero nada que tuviera algún valor. Me sentía fuera de lugar. Además, sabía que mis compañeros seguían volando. Fue una decisión difícil. Es como pedir el divorcio. No quieres hacerlo pero dentro de ti sabes que tienes que hacerlo, que no hay otra alternativa. Es una situación muy emotiva. Un día le dije a mi esposa lo que quería hacer. Se lo conté a otro piloto, un gran compañero. Esperé un tiempo, lo pensé mucho. Finalmente renuncié a la Fuerza Aérea. Y aquí sigo».

La emoción de sus novelas se construye frase a frase. Salter ha vivido muchos años con el apodo de «maestro de la frase perfecta». En aquel perfil de The New Yorker que lo ha puesto otra vez en la boca de los neoyorquinos, Salter confiesa que con sus novelas quiere demostrar que también es capaz de escribir escenas e historias memorables. All That Is es memorable. «Sabía que quería escribir una historia que abarcara desde el período de la Segunda Guerra Mundial hasta más o menos la época actual. Conozco personas en la Marina y he escuchado las historias que me contaron. Sé bastante acerca del Océano Pacífico, así que sitúo el comienzo de la novela allí».

All That Is empieza en el mar. Salter nos obliga a mirar el conflicto desde ambos bandos. Estados Unidos está a punto de desembarcar en Okinawa. Nos da detalles de las fuerzas imperiales, nos habla de los hombres y mujeres que han saltado al vacío para no ser derrotados, y de los sacrificios que los japoneses están dispuestos a pagar antes de ser vencidos. En ese retrato gigante de la guerra, narrado casi con la misma precisión relojera con la que describe la maquinaria de un avión de combate, el escritor conmina al lector a fijarse en los seres humanos que desfilan por las páginas: vemos a Kimmel saltando al mar cuando los kamikazes se lanzan sobre la flota norteamericana; sabemos que será rescatado, que su nuevo barco será hundido, que volverá a naufragar y que lo volverán a rescatar. Sabemos que este personaje irá por la vida contando los hechos acontecidos durante estas pocas horas de un solo día, los que definieron su biografía. Salter hace que también nos fijemos en su compañero de camarote, otro joven soldado que sobrevive a la batalla naval con el mismo pánico y que recuerda muy bien a ciertas muchachas que encuentra, mientras está uniformado. Ese soldado se llama Philip Bowman, y es el protagonista que regresará a Manhattan y se convertirá en editor. Se casará, será infiel, se volverá a enamorar, será traicionado, traicionará, y volverá a enamorarse mientras cae la nieve en Nueva York.

La novela avanza como un tren con paradas. Bowman sigue siempre en el tren, otros personajes se bajan en las distintas estaciones y Salter los sigue por unas páginas, nos cuenta detalles de su vida y, poco a poco, estos personajes se desvanecen. Capítulo tras capítulo, el narrador amenaza con abandonar también a Bowman, mas nunca lo hace. Este conoce a una muchacha: una belleza sureña con rancho y caballos. Se casan, a pesar de que ambas familias predicen el desastre. Al finalizar la relación, Bowman acepta vivir la vida según viene y lo vemos avanzar: es un hombre bueno. Vemos también las relaciones intensas en las que parece comprometerse y asistimos a la lenta disolución de las emociones que lo unen con ellas. Conoce a una mujer en un taxi y se enamora. Compran una casa cerca de la playa. La relación progresa sin mayores tropiezos y entonces… hay un giro inesperado. Constatamos: lo han agarrado de idiota. Bowman deambula por la novela, el lector cree que se merece mejor suerte. La suerte llega, y de repente él hace algo que no pensábamos que fuera capaz de hacer. El lector asiente, complacido.

Al preguntarle a Salter sobre dos episodios principales de su novela, me hace ver, con energía, que yo no he entendido al personaje. Me explica las motivaciones de Bowman como si fuera un padre aleccionando a su hijo. Es delicioso escucharlo mencionar los detalles que llevaron a su prota-gonista a actuar de determinada manera, a enamorarse otra vez, o, según yo, a buscar revancha. Me repite el argumento, frases enteras, me dirige hacia donde él quiere llevar a sus lectores: «Sucedió. Fue un accidente. Y (a Bowman) empieza a parecerle, con cierta claridad, que él podría hacer lo que hace. No creo que hubiera ningún cálculo largo y siniestro. Digamos, no se tumbó y esperó por su nueva mujer, como una araña. Jugó con ella. De allí llegaron a, digamos, un acto sexual no muy claro. Es decir, sucedió, pero ninguno de los dos estaba demasiado involucrado. Y es entonces que le vino la idea. Nada siniestro. ¿No fue muy bonito lo que hizo? Supongo que no. ¿Es algo horrible? ¡Sucede todos los días! Me sorprende la reacción emocional de los lectores. Sé que es un poco chocante, cuando lo lees, porque no te lo esperas. Casi te esperas que se enamoren. Pero si lees con cuidado, te darás cuenta que él sabe que no se va a enamorar. Y entonces sucede lo que sucede».

Salter ha mencionado, en sus memorias, la frustración que le provocó, en algún momento, la escasa aceptación popular de sus obras. La única novela que le brindó buenas regalías, suficientes para escribir sin preocuparse por un par de años, fue Pilotos de caza, que fue llevada al cine (adaptación con la que nunca estuvo de acuerdo y de la cual prefiere no hablar). Si bien tuvo siempre presente el deseo de convertirse en escritor, lo hizo no para ser uno más, sino para brillar. «Uno escribe para recibir elogios. Escribe para alcanzar la gloria. Tú quieres escribir y que la gente lea lo que escribiste y que admire tu escritura. Pero los elogios son solo una evidencia de la gloria. No es lo real. El verdadero placer es cuando se te acerca un lector que te dice algo acerca de tu obra e inmediatamente reconoces que esa es la persona para quien tú escribes».

Pilotos de caza es un recuento de las aventuras de un batallón de aviadores en Corea. La escribió aún siendo piloto, a escondidas, porque temía que los otros soldados lo menospreciaran. Dice que «ni siquiera leía en público», temeroso de ser señalado como un intelectual. Como siempre escribió con seudónimo –su verdadero apellido, judío, es Horowitz–, cuando sus compañeros se dieron cuenta de que Pilotos de caza estaba siendo publicada por entregas en una revista literaria, nadie sospechó de él. «Incluso después de abandonar la Fuerza Aérea, yo pensaba que había algo vergonzoso en querer dedicar mi vida solo a estar sentado y escribir».

El primer rechazo editorial de Un juego y un pasatiempo lo hundió en una depresión: le había dedicado mucho tiempo y se había convencido de que se trataba de una gran historia. Algo similar ha pasado con sus siguientes libros. Salter ha ganado premios importantes (All That Is es una favorita para el Pulitzer), si bien jamás ha alcanzado la popularidad en las ventas de otros escritores que admira, como Bellow, como Hemingway, como Faulkner. Sin embargo, su obra sigue entusiasmando a quienes lo descubren. «El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima», escribe uno de los últimos conversos, Antonio Muñoz Molina. El escritor español, que vive en Nueva York, había comprado una de sus novelas (Años luz) pero no la abrió. No sabía nada de su autor, apenas un comentario favorable de un amigo suyo. Redescubrió aquel libro durante el invierno, refundido en un estante. Lo leyó en una noche y entonces no pudo dejar de leer todo lo que consiguió del escritor. Entonces escribió el artículo en El País («Noches leyendo a James Salter») que hizo que en las siguientes semanas se agotaran sus libros en España.

Salter manifiesta interés. «¿Qué dice ese artículo?». «Que todos aquellos que quieran ser buenos escritores deberían de leerlo». «¿Solo eso? Debe ser un artículo muy corto». Dice que quisiera conocer a Muñoz Molina. «Tal vez tomarnos un trago», sugiere, mientras se pone los anteojos e intenta leer El País en el iPhone (pronto desiste al ver que es demasiado extenso).

Ha pasado casi una hora de entrevista y Salter se levanta: tiene otros compromisos. Le pregunto si necesita un taxi. Dice que ha llegado caminando y que se irá del mismo modo. Lo hace erguido, con elegancia. Afirma que le agrada el ambiente escogido para nuestro encuentro: el Amster Yard del Instituto Cervantes. «¡Viva Cervantes!», nos dice en su mal pronunciado español. Y avanzando por una vereda de Manhattan, Salter se va.

*Agradecimiento especial al escritor Héctor Velarde.


Ulises Gonzales (Lima, 1972) tiene una maestría en Literatura inglesa por Lehman College, donde es catedrático. Ha publicado ensayos y relatos en publicaciones de distintos países, así como la novela País de hartos.


Malditos vecinos

suburbios y arboles

Aquello de que las buenas cercas aseguran los buenos vecinos se debe aplicar solamente a quienes no tienen un árbol.

Hoy, a pesar de buenas intenciones y de constante cuidado , los vecinos que colindan con mi propiedad han invocado al infierno por culpa de una rama y dos arbolitos.

Desde que vivo aquí, la vegetación ha impedido que preste mucha atención al desorden que es la apariencia de las casas vecinas. Mis árboles, que los antiguos dueños colocaron en puntos estratégicos, si bien en invierno parecen simples adiciones (bellas) al paisaje de la casa, en el verano, cuando las hojas los cubren, nos brindan privacidad: uno de ellos impide que la ventana del baño se luzca frente a la ventana de nuestros vecinos, otro árbol impide que el interior de la sala se vea desde la calle.

Privacidad. Una palabra que nunca pensé encontrar asociada a la palabra árbol, acostumbrado como estaba a los cuadrados angostos de mi barrio de Lima, a los cercos de concreto con rejas, clavos, púas, trozos de botella y cables eléctricos entre los cuales crecimos.

Sin embargo, a principios de julio, un hombre de rasgos orientales que dice llamarse Hai (tal vez Hi) se mudó a la casa detrás de la mía y tuvo la brillante idea de reducir sus costos de mantenimiento deshaciéndose de los árboles de su jardín. Cuatro viejos pinos gigantes fueron derribados en el lapso de algunas horas. El espectáculo que dejaron fue macabro: raíces que se extendían por el jardín sin vida, sosteniendo muñones de troncos.  Además, la masacre había dejado al descubierto una casa cuya apariencia exterior es lamentable: paredes sucias y descascaradas, puertas roídas por el uso, techos que requieren reparación.

Ahora, en vez de los árboles que recreaban un paisaje campestre – en este barrio donde la ciudad empieza a convertirse en bosque– podemos ver, desde las ventanas de nuestra casa, una estructura sucia, un jardín de tierra y los residuos dejados por el arboricidio.

Además, los jardineros contratados por Mr. Hai nos donaron una rama quebrada: nuestro árbol, cuyas hojas crecían allá en la altura enredadas con los pinos, de algún modo fueron jaladas o golpeadas al momento de la masacre. Tres días después una de ellas cayó sobre el cerco que divide a Hai de sus vecinos, los G___.

Los G___. Recién esta semana he conocido el apellido de los vecinos, porque llegó una carta, en realidad una fotocopia de una carta certificada, con sello de recibo del municipio. En esa carta, la señora, el señor y los niños Glazier –pues The G____ Family figura como el remitente– dicen que la rama se cayó porque nuestros árboles están enfermos. Solicitan eliminarlos porque presentan signos de deterioro, en especial las dos hermosas ramas que cruzan el cerco y cuelgan sobre su territorio.

Debo decir, que la casa de la familia G___ es tan fea como la del Sr. Hai. Su techo está tapado por una lona de plástico y su cerco de madera hace años que luce descuidado y a punto de colapsar. La señora G____, casada con un baterista cincuentón y dueño de un negocio musical venido a menos (lo digo basado únicamente en la apariencia de su casa, podría estar muy equivocado) es una mujer de raza negra nacida en la Provincia Constitucional del Callao. Sí, en este pueblo a 40 minutos de Manhattan, como probándome que las malas costumbres te siguen alrededor del mundo, la bruja G___ es peruana.

Lo supe hace tres años cuando vino a tocar la puerta para quejarse de otra rama que había semi colapsado y amenazaba la integridad de su jardín (los G__no tienen árboles, ni siquiera arbustos. Su patio trasero podría estar ubicado en un barrio sin lluvia de Lima) Teníamos tres meses viviendo en la casa, pero doña G__ nos torturó hasta que nosotros pagamos para que la rama sea removida, si bien nuestros abogados nos previnieron que el costo de remover ramas tenía  que ser cubierto por los G__ . Entonces nosotros queríamos ser buenos vecinos. Hoy la llamo bruja y me parece un término bastante conservador.

Un inspector de la ciudad nos visitó para verificar el reclamo. Constató que nuestros árboles lucen mejor que la casa de los G__: frondosos y saludables. Desde la cerca que nos divide, debajo de las ramas en conflicto, miramos juntos la descuidada propiedad de los G___ y decidimos que nuestros vecinos no tenían sentido de lo que lucía bien y mal. Lo de Hai le provocaba al inspector el mismo disgusto que a nosotros. Nos contó su propia historia con vecinos insoportables: uno de ellos asesinó su cerco vivo rociándole químicos a las raíces. El vecino vendió la propiedad y se mudó a Miami dejándolo con una rabia atracada en la garganta que después de muchos años aún no se le pasa.

En estas semanas, dos expertos han revisado nuestros árboles y han declarado por escrito que crecen en buen estado y que merecen larga vida. Se podarán –como lo hemos hecho antes– las ramas muertas, las que podría llevarse el viento. El resto seguirá creciendo, dándonos sombra, protegiendo nuestro derecho a ignorar un tantito la vida privada de nuestros vecinos. Se les ha protegido con un líquido que bloquerá el impacto de las bacterias; la semana próxima un hombre araña se colgará entre sus ramas para colocar un cable que impida que las ramas en algún momento se abran demasiado y colapsen.

Me gustan mis árboles. Me preocupa que mis vecinos se levanten por las mañanas, los vean y encuentren en ellos enemigos. El inspector dice estar de nuestro lado. Nos ha pedido tomar fotos que documenten la desgracia,  que serán incluídas en el expediente para promover una ordenanza municipal que impondrá penas severas para quienes quieran imitar a Hai.

El día en que sea delito atentar contra los árboles, caminaré hasta la puerta de Hai y de G___ cargando una maceta con una pequeña mata. Tendrá una tarjeta y en ella una inscripción breve y cariñosa: Planten más árboles, malditos vecinos.

En la Taconic, pensando en voz alta

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¿Qué me sorprende tanto? Tal vez es el dolor de cabeza, la sensación de agotamiento después de comerme una ensalada. Así es, amantes de los vegetales: La muchacha de la sonrisa bonita me ha preparado una dieta que está supuesta a rebajar el monstruo de 8 libras que se ha ido formando en estos meses sin ejercicio y vida sedentaria. Se ha reducido de tamaño, pero no del modo esperado. Sudo frío en ese angosto baño caliente. Creía ser afortunado: llevé un libro; ha sido peor. No me ha gustado nada de lo que he leído de Diamela Eltit: El cuarto mundo. Tal vez es un momento inapropiado para conocer a una autora de la que tus amigos te han hablado con tanto cariño. Tal vez no:

” Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional”.

Tal vez la novela mejore. O acabará con mi mala costumbre de coger lo primero que veo de un autor nuevo en el librero.

La música acompaña el camino hasta el Bronx. Son canciones que creía haber perdido. Hay una de Miguel Ríos, viejo rockero cuya música terminé por asociar sólo con los karaokes.

Esta mañana han entrado a mi casa distintas personas, todas preocupadas por hacer mi vida mejor. La más interesante ha sido la que midió mi techo para decidir si es posible instalar paneles solares. Llevaba una gorra de los Yankees y sudaba como un perro. Se tomó el vaso de agua que le ofrecí en unos cuantos segundos y me dijo que él tampoco tenía aire acondicionado en su cocina “¿Para qué?” El otro personaje es Mike, un cincuentón con barba de hippie arrepentido que trabaja para Save A Tree y está dispuesto a salvar a mis árboles por un precio módico.

Vino también un mormón. Un viejo simpático, con una corbata amarrada al cuello, a pesar del calor.  Le estreché la mano y le dije, de la manera más amable, que somos católicos. Ahora que se caiga el mundo –y no mi árbol, que maldice mi vecino porque amenaza con destruír la cabañita de su jardín.

La mejor canción de esta mañana en el auto, por la Taconic Parkway, camino al Bronx: Tweeter and The Monkey Man de los Traveling Wilburys. Es increíble lo que podían hacer Dylan, Petty, Orbison y Harrison juntos.

Ahora, a trabajar.

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