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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Crónica de viajes

Salir de viaje

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A esa aventura llegó como siempre había llegado en las mañanas al colegio: su madre, encargada de conducir a la familia cuando los tiempos eran estrechos y se imponía una misión imposible en Lima, puso dos llantas del auto sobre una vereda e improvisó un atajo frente a un atolladero de triciclos cerca de la Avenida Iquitos.

Los portones de la compañía de autobuses ya se estaban abriendo–con amontonamiento de fruteros ambulantes, vendedoras de cigarrillos al detalle y pasajeros de último minuto: esos que esperaban que el autobús volteara la esquina para ocupar a mitad de precio los asientos vacíos. Su padre se paró frente al autobús e hizo aspavientos para que el chofer le abriera la puerta a su hijo (su madre gritaba desde el auto: ¡Gordo, que no se vayan!)  y el hijo de 21 años sacó de la maletera un mochilón, se lo montó sobre la espalda, subió al bus y se sentó en el asiento reservado al lado de una amiga que lo miraba sin mucha sorpresa: conocía a esa familia y sabía que llegaba siempre tarde pero llegaba.

En aquel viaje cruzaron el desierto de Atacama, tomaron el tren al sur y tiraron dedo hasta Ancud en Chiloé, bailaron Lobo hombre en París en la discoteca más austral del mundo (la misma madrugada en que casi son arrollados por un caballo), cruzaron los Andes conversando con quienes los llevaron, presenciaron una granizada comiendo pizza y durmieron sobre un colchón de hippies con el dolor de una conjuntivitis en las afueras de una ciudad extraña. Entonces, una mañana, pusieron los pies en Buenos Aires.

Las fechas de salida de nuestra vida deberían de perdurar en la memoria. Salir de viaje tendría que ser siempre un día memorable.

Nada puede superar–aún–la mañana en que el muchacho llegó con anticipación al terminal (que en Brasil tiene el magnífico nombre de rodoviaria) y decidió su destino apuntando con el dedo a unas letras que formaban el bello nombre: Río de Janeiro. Desde entonces, en cada partida, él pretende repetir la experiencia y simular que sale hacia una gran aventura: la que alcance un lugar desconocido donde su vida, de manera inesperada, cambiará de rumbo.

Vallejo: Camino a Santiago de Chuco

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Los festivales de nuestros pueblos muchas veces son sinónimos de desorganización. Fiestas folklóricas o literarias y peregrinaciones culturales casi siempre llevan el riesgo implícito de la falta de programación, las carencias arregladas al último minuto, la mala cama y la mala comida con la ira que éstas conllevan, la última hora siempre improvisada.

Sin embargo, a pesar de uno que otro problema, la peregrinación organizada por el grupo “Capulí, Vallejo y su tierra” a la ciudad de Santiago de Chuco, fue una excepción a la regla. Dividiéndose entre sus obligaciones como catedrático de San Marcos, investigador, escritor  y presidente de una organización de santiaguinos que honra a su poeta, Danilo Sánchez pone frente a sus invitados cada año, desde hace 14, un festival cultural que tiene en el centro de las celebraciones al pueblo mismo, quien participa con animada entrega los tres días que dura la fiesta en tierras santiaguinas.

El evento, que se realiza cada mes de mayo, empieza en Lima. Este año, en la Casa de la Literatura Peruana, se reunieron una buena cantidad de estudiosos y admiradores de César Vallejo. El día de la inuguración tuvo un auditorio repleto y una velada que incluía discursos, poesía, música e himnos–de muy buen gusto–a la memoria del poeta. Fue mi primera vez en la vieja estación de Desamparados y me llenaron de orgullo los peruanos que trabajaron para preservarla y mantenerla. También me causó intriga la noticia, difundida meses atrás, de los intentos de algunos burócratas por transformar la casona en oficinas palaciegas. La casa de la literatura peruana es magnífica. Si es que otra vez trataran de tomarla, cuéntenme en la primera fila para defenderla.

Las conferencias del día siguiente no tuvieron tanto público. Sí dejaron claro la variedad de los invitados que llegaron a las celebraciones. Había una pequeña delegación de casi cada uno de los países de nuestro continente americano. Todos ellos tenían una historia de amor con Vallejo que contarnos. Algunos habían pasado del amor a la pasión, y algunos –gajes de estos eventos– con peor gusto y menos preparación que otros.

Lo más interesante no siguió en la breve estadía en Trujillo (a pesar de la pomposa ceremonia organizada por los vallejianos en un edificio imponente y de pésima acústica al lado de la Plaza de Armas); sino en Santiago de Chuco, a donde llegamos el viernes 16 de mayo, después de 6 horas de pintoresco viaje en autobús. El recibimiento, a cargo del comité santiaguino de Capulí, incluyó el fervor de cientos de niños y adultos, cuyo afecto se prolongó en aplausos, vítores y bandas de música, mientras desfilábamos con letreros y pancartas alrededor de las calles del pueblo. Este afecto se prolongó durante los tres días que estuvimos con ellos.

Hubo fiesta. Bailes multicolores de pallo, la danza típica de los Chucos. Declamación, folklore, guitarra, teatro, adoración al sol, globos lanzados al aire, cañonazos al alba, fogatas en las esquinas, serenatas, talleres de lectura, chicha en el camino, ágapes por la noche, tajadas y café entre la multitud de la plaza, risas y sorpresas. El comité organizador se desvivió en sus atenciones.

Santiago de Chuco tiene la forma de una serpiente bicéfala. Sus dos cabezas son visibles desde el cerro Quillahirca, a donde subimos de madrugada para agradecer a la tierra, donarle chicha y celebrar el amanecer. Los Chucos vivieron allí, adorando a sus deidades hasta la llegada de los españoles. El Señorío de los Chucos se convirtió en una pequeña ciudad que fue próspera en el siglo XX, hasta los años de la Reforma Agraria, cuando se dividieron las haciendas y empezó la decadencia y la emigración santiaguina.

Vallejo no fue tan pobre como lo pinta la leyenda. Visitamos la escuela donde recibió las buenas clases del francés que le serviría para conversar en París y enamorar a Georgette. Sus hermanos y sus padres, enterrados en Santiago, fueron burgueses no tan prósperos. Algunos trabajaron de empleados bancarios, holgazanearon en los mismos cerros y vieron los mismos paisajes magníficos que hoy se asoman frente al Mirador, a la salida del pueblo.

A la entrada de Santiago, nos recibió una bellísima estatua dorada del poeta, con fondo de praderas y cielo azul. Cuando nos acercamos, los encargados del monumento pusieron a funcionar una magnífica caída de agua.

La casa del poeta ha sido bien reparada con ayuda de la empresa privada y del INC y en ella un grupo de escolares interpretaron el poema de Trilce donde Vallejo honra a sus hermanos y a su pueblo. En el cementerio, se ha reproducido la tumba de Montparnasse que los familiares no desean que sea trasladada de regreso. Conocí a un descendiente de Vallejo, un joven con las facciones de su tío bisabuelo, quien declama a los peregrinos para que imaginemos cómo era César antes de que la enfermedad mal curada lo abatiera en París.

Hay detalles negativos. Por ejemplo: la mala política del alcalde de Santiago, que en querella con los organizadores de este festival –quienes no lo apoyan en la destrucción de un hospital donado por Cuba luego del terremoto del 70– le puso candado a la Casa Municipal y pagó a las escuelas de bailarines de los pueblos aledaños para que no participaran. Maldita sea la política en estos eventos. También se critica a las bien enternadas autoridades trujillanas, que dejaron en el patio a los poetas e investigadores que llegaron desde otros países sin la indispensable corbata para ingresar a sus salones privados. Les cerraron las puertas a una cena excluyente en honor a Vallejo.

Todo lo demás fue feliz: las conversaciones que iban hasta la medianoche, las botellas de pisco mezcladas con poesía, los chistes de argentinos, de peruanos, de venezolanos, de pastuzos, de santiaguinos. Algunos músicos que han recorrido el Perú, dijeron desde el escenario que ésta es la celebración cultural más importante de nuestro territorio. Debe de serlo.

Antes de marchar hacia Santiago, durante mi primer día en Lima, encontré una edición bien conservada–Populibros– en mi biblioteca: Trilce y Los Heraldos Negros. Releí en las hojas amarillentas, esos versos que me alcanzaron en la adolescencia y que me hicieron amante de su obra. Ha pasado mucho texto y mucha poesía entre aquellas lecturas y mi vida en Nueva York. Es un milagro haber regresado, después de haber viajado por esos caminos. Un milagro que, para algunos, se repite todos los años.

Pasajero en trance (2005)


Recuerdo siempre a un compañero de escuela, que el primer día de clases, en abril, me contaba su verano esquiando en unas montañas de Chile. Recuerdo las narraciones de mis primos hermanos, cuyos padres tenían más dinero que los míos, recontando sus periplos por ciudades europeas. Alguna vez pregunté a mi padre si podríamos irnos de viaje y la respuesta fue que no había dinero suficiente. No me estoy quejando de mi infancia. Disponía de más comodidades que las del peruano medio y mis vacaciones eran al lado del dulce río de la pequeña chacra de mis abuelos y el frío mar de la costa arequipeña, entre la calidez pueblerina de agricultores y marisqueadores, los parientes de mi madre. ¿Pero que había más allá de las fronteras de mi país? Esa era mi gran pregunta.

En 1987 mi padre empezó a hacer más trabajos independientes, plata extra a su magro salario de empleado bancario y de repente hubo dinero para “El viaje”. Toda la familia, los cinco. No en avión como me contaban mis amigos del colegio si no en autobús. Nos iríamos hasta Buenos Aires, a visitar a la buena amiga y comadre de mi mamá. Llevaríamos a su ahijada, la pelirroja Carolina, que a los 11 años guardaría para siempre el recuerdo de este idílico viaje familiar hasta las riberas del Mar del Plata.

Mi madre recuerda mejor que yo la alegría de mi primera incursión en tierras extranjeras. Cruzamos el desierto hasta Santiago en un bus de la Flota Barrios, escuchando Soda Stereo que era el grupo de moda. Atravesamos los Andes con un viejo taxista mendocino, escandalizado al escucharnos decir “Estamos entrando a la tierra del rock”. Mi padre tuvo que sobornar al vendedor de los boletos de la estación ferroviaria para conseguir cinco pasajes en un tren de Mendoza a Buenos Aires que iba casi vacío. Vivimos en la casa de la comadre y volvimos en el autobús, haciendo felices escalas en Antofagasta, en Iquique –para visitar la entonces próspera Zona Franca–, y en Arica.

En 1992 volví a hacer el viaje por tierra a Buenos Aires pero me seguí de largo hasta Río de Janeiro. Me anunciaron por teléfono la muerte de mi abuelo, un recuerdo que acompaña siempre mi escandaloso descubrimiento de los hilos dentales de Copacabana y la noche de fiesta pre carnavalesca en una discoteca de Ipanema. En un bus de Paraná hacia Rio Grande, conocí a una rubia de senos implacables que me enseñó a brindarle placer a una mujer guardando el más completo silencio. Aprendí portugués en el litoral de Sao Paulo y las playas de Florianópolis y gasté tres rollos de fotos deslumbrado con las Cataratas de Iguazú. Pasé miércoles de ceniza con unos amigos en una playa cerca de Porto Alegre, crucé a pie la frontera con el Paraguay y volví a mi tierra en un bus de la tarde, haciendo una escala en Chile para comparar las olas de Viña del Mar con los recuerdos de mi primera visita.

En 1993 hice el mismo viaje a Brasil, esta vez cruzando el paisaje boliviano, enfrentando la desesperante pasividad de los campesinos de Desaguadero, el silencio bruto de los paceños que me negaron un baño limpio, el clima meridional de Cochabamba y la tropical y emergente Santa Cruz. El tren bala boliviano–que de bala nada–me brindó los mejores recuerdos del Pantanal del Brasil, asomado a ellos sobre el borde de una puerta del vagón, junto a la que se convertiría en mi mejor compañera de viajes, Rossana–alias la Roca–Díaz.

Me la encontré en el andén de la estación de tren de Santa Cruz y viajamos juntos hasta Sao Paulo donde nos encontramos con un brasilero que partía de aventuras a Inglaterra y la India. Me perdí unos días en la europeizada Curitiba; volví a Iguazú y a la sofocante Buenos Aires antes de regresar en un Ormeño–de oferta–, directo a Lima.

En 1995 el Perú estuvo en guerra con el Ecuador y se frustró una bien planeada expedición a Bogotá. Rossana me convenció a partir con ella hacia Santiago. Cogimos el tren al sur hasta la isla de Chiloé, bañándonos en las playas heladas de todos los pueblos grandes entre Valdivia y Castro. En mi memoria permanece magnífico el recuerdo del volcán de Osorno y el viento del tramo en barco hasta el desembarcadero de Ancud.

Regresamos a Santiago para el concierto de los Rolling Stones, que por primera vez en su 25 años de historia posaban sus pies en Sudamérica. Luego de los Rolling, aprendí con Rossana a vivir de mochilero en 15 días de aventura por las carreteras, tirando dedo hasta Buenos Aires y de regreso hasta Lima, sobreviviendo con 40 dólares en los bolsillos. Es interminable la lista de camiones, autos y camionetas que se compadecieron de la peruana con pinta de argentina rockera, pidiendo que la jalaran al borde de las recién privatizadas carreteras argentinas. Dormimos en una estación de bomberos en un pueblito cercano a Luján, en los sillones de la estación de policía de Tocopilla, en un bulín prestado en San Martín, y sobre un colchón hippie bajo el ruido de una granizada apocalíptica en las afueras de San Luis.

En 1996 fui hacia el norte. Un video de Mano Negra reavivó los deseos de conocer Colombia. Meses antes había conocido en Lima a la vocalista de Los Aterciopelados y me atolondró con el recuento del Rock al Parque, que se realizaba cada año en Bogotá. Ese fue el pretexto. Con 180 valiosos dólares en una época de fructífero desempleo, tomé un bus directo a Tumbes y de allí me las ingenié para cruzar Ecuador y llegar a Ipiales en Colombia. En el bus desde la frontera hasta Quito, una terramoza gentil de majestuosas nalgas morenas se me entregó alrededor de la medianoche. Fueron tres intensas horas en el último asiento del autobús, mientras por las cortinas oteaba un interminable paisaje de plantaciones de bananos.

En Bogotá, además de llenarme la cabeza de nombres de bandas colombianas, me enamoré de una mujer de Villavicencio que decía llevar en el estómago tenias voraces desde muy niña. Recuerdo su cuerpo apenas cubierto con una minúscula tanga blanca, caminando entre las sombras de una habitación frente a la plaza del Chorro de Quevedo en La Candelaria. Allí conocí también al Divine, un tablista de lenguas barbas y largo cabello lacio, que sonreía con la misma paz que una vez me sorprendió en Lima el hijo menor de Bob Marley. El Divine caminaba siempre flanqueado por dos sacerdotisas: dos mujerones de rostro angelical que le seguían por las calles del centro, alrededor de la Carrera 13, suplicando donaciones para que el Divine financiara los porritos y las botellas de vino con las que me agasajaron, él y sus amigos, en un salsódromo casi íntimo, una casita minúscula cerca de la Jimenez llamado El Goce. Siempre vuelve a mi memoria el grafitti garabateado con gruesas letras de pintura fosforescente sobre el lavatorio del baño: “El país se derrumba y nosotros…de rumba”.

Luego de volver a Lima, tres viajes al Cuzco y un amor intenso mas no correspondido, de aquellos que todo lo transforman en cenizas, viajé a Europa.

Para entonces había conseguido tres trabajos que me daban holgura económica y me dispuse a conocer a bordo de los trenes la geografía europea en mis primeras vacaciones de 30 días. Era 1999 y ya se empezaba a percibir en la economía del país un olor a podrido proveniente del Asia. Estaba casi seguro que aquella sería mi última oportunidad para recorrer Europa así que planifiqué conocerlo todo. De París hasta Burdeos, para hacer el amor doucement con una francesa poeta de ardiente sonrisa, al lado de una próspera granja de cerdos y patos y en el estrecho colchón de un cuarto de estudiantes en la ciudad universitaria, escuchando a lo lejos las guitarras de los gitanos; y luego a Italia: Roma, Florencia, Nápoles, Sorrento, Pompeya y Venecia en una semana. Atravecé Suiza por Berna hasta Frankfurt en Alemania y de allí a España, desde Galicia hasta Barcelona y la parada final para tomar el avión de regreso en Madrid. Se me quedaron las ganas de ir a Holanda e Inglaterra, pero los trámites de visa, en Europa, demoraban más de una semana. Era demasiado.

En 2000 tuve otras vacaciones de un mes. La crisis asiática había contaminado todo y la economía se caía a pedazos. Todos hablaban del temido desempleo, a lo que se sumaba la inestabilidad política generada por las luchas por el poder previas a las elecciones generales. Un sábado por la tarde decidí empezar mis vacaciones con una amiga fotógrafa, manejando mi camioneta hasta el Ecuador. La vida era muy barata y muy tranquila. Conocimos Guayaquil, Santo Domingo de los Colorados, Quito, el ídilico albergue de Tongoyape, las playas azules de Esmeralda y por algunas horas la Cuenca histórica de apariencia virreinal. Regresé a Lima preparado para aconsejarle a todo el que me preguntara que realizara aquél viaje. El último tramo lo manejé desde Pimentel hasta Lima parando esporádicamente para beber un café y merendar algún bizcocho. Recuerdo haber conversado con los paisanos en los restaurantes de la carretera, diciendo que iban a votar por Fujimori, pero sin convicción. Se empezaba a percibir entre ellos el torbellino generado por la lucha entre los poderes políticos y económicos que terminaría por arrebatarle el poder al señor dictador.

En Lima ya no tenía sino un empleo y aquél no me ofrecía lo mismo de antes. Me imagino que mi historia no es peor que las muchas historias de quienes abandonaron el país. Mi jefe era un tipo insoportable y enfermizo al que le interesaban nada los horarios normales de trabajo. De lunes a sábado, de siete de la mañana a diez de la noche. A veces más. Empecé a sentir un dolor en la espalda cada mañana que ahora asocio con el comienzo de un ataque de estrés. Los proyectos que me habían ofrecido al contratarme en 1998 estaban todos archivados a la espera de tiempos mejores. Decidí partir. El dueño de la compañía, al que aprecio como el mejor de los amigos, me aconsejó lo mismo.

El 10 de julio de 2000 salí de Lima. Mi plan era volver a Europa, donde mi amiga Rossana me había ofrecido armar una productora y ponernos a trabajar en proyectos de cine. Como algunas veces sucede, aquél “proyecto” era sólo eso.

Viajé con ella y su esposo alrededor de Galicia. Luego de un mes de abusiva vagancia, con el dinero escaso, ella me sugirió partir. Me fui de mochilero hasta Lisboa, durmiendo en calles, caminando de noche para ahorrarme el dinero del alojamiento, o esperando a la puerta de las estaciones de trenes, que abran para dormir la mañana en una de sus bancas de madera. A la salida de un teatro en el centro histórico de Porto, donde yo trataba de conciliar el sueño sentado sobre el borde de la vereda y apoyado en mi mochila, una mujer elegante y cubierta de pieles me miró con desprecio.

Un camionero de gorda sonrisa, que conocí llegando a Lisboa, me ofreció un trabajo de ayudante en un viaje de dos semanas hacia Nuremberg en Alemania. Transportaba bajo la lona de la tolva un aparatoso cargamento de corchos para embotelladoras de vino francesas y una rueda de tren monumental destinada a una planta de la Siemens en Alemania. Fueron 15 días de instructivo camino por las ordenadas autopistas de Portugal, España, Francia y Alemania, bebiendo vino portugués y alimentandonos con improvisadas parrilladas a la vera de las rutas locales, conversando con otros camioneros solitarios que se ganaban la vida por las carreteras europeas.

Llegando a las afueras de San Sebastián me despedí de mi amigo camionero. Pasé una semana en una casa a media hora de la playa de La Concha, escuchando el mar que reventaba contra el hierro del Peine del Viento, disfrutando del clima de fin de verano y del ambiente de fiesta del famoso festival de cine de esta capital del País Vasco.

Al volver a Galicia una periodista que había conocido en mi primer mes en Coruña, me ofreció trabajar como encargado de la página de cine, televisión y espectáculos de La Opinión, una aventura editorial que no tenía ni dos semanas de historia y que pretendía convertirse en la alternativa de los coruñeses ante el todopoderoso La Voz de Galicia. Hice muy buenos amigos allí y junté el dinero que necesitaba para seguir viaje.

Al cumplirse el tiempo de mi visa europea (tres meses) me quedaban dos opciones. O quedarme de ilegal en España o seguir hacia Londres. Mi amiga Rossana, que había sufrido recientemente todas las visicitudes de la ilegalidad, me sugirió partir. Su piel blanca la había librado de la discriminación y del racismo de la policía, pero incluso así había sufrido crueles experiencias en las manos de los servicios de inmigración.

Así que el día que cumplí 28 años, 1 de noviembre de 2000, aterrizaba con escasos dólares y una maleta cansada en el aeropuerto de Heathrow. Los amigos de La Opinión me habían despedido con interminables copas de champagne y dos de ellos se habían tomado la molestia de recibir mi cumpleaños en un bar de Santiago de Compostela antes de acompañarme al aeropuerto.

En A Coruña los españoles me habían comentado lo sencillo que era conseguir trabajo en Londres así que iba allí con esa esperanza. Descubrí que era relativamente fácil para los europeos, pero no para los sudamericanos sin permiso de trabajo. Mi magra bolsa de viaje con la que pensaba sobrevivir holgadamente al menos durante el primer mes, se agotó en menos de dos semanas. Sólo conseguí un trabajo para repartir revistas en una salida del subterráneo.

En un estado de desesperanza económica, fueron las visitas a los museos, gratuitos, y la lectura de libros en la sala de la biblioteca de Londres, los que aliviaron un poco mi pena.

Me veo aún boquiabierto ante la exposición de los frisos del Partenón, expuestos en el célebre museo del Imperio Británico. Y recuerdo mi descubrimiento, casi por casualidad, de la vitrina blindada donde, solitaria, se exponía la brillantez oscura e hipnótica de la Piedra de Rosetta.

Dejé Londres, tapizado de hojas amarillas, el 27 de noviembre de 2000. Por si no había sido suficiente mi breve experiencia londinense con el temprano invierno del hemisferio norte, el avión hizo escala en Islandia, para que comprobara como lucía un país sepultado por la nieve. Era una noche fría de otoño, y mi avión aterrizaba, dejándome ilusionado y quebrado en el aeropuerto Kennedy.

En septiembre del año 2001 vi por primera vez el humo cubriendo la ciudad desde una esquina entre Park Avenue y la calle 34; en 2002 me mudé a Brooklyn y compartí mi habitación con una mujer asombrosa, reflejo de la mezcla de nacionalidades de Nueva York. Posee tres pasaportes: europeo, cubano e israelí. A punto de vencerse el término de su estadía de tres meses, Rachel consiguió un empleo en el departamento de español de las Naciones Unidas y aún sigue allí.

Estudié inglés por dos años, terminando la escuela ingresé a la universidad Lehman en el Bronx, donde terminé una segunda especialidad en periodismo. El año 2004, a pocas semanas de graduarme, el decano me ofreció trabajo como profesor. A fines de agosto de este año 2005, tras varios meses de intensas lecturas y dueño de un renovado amor por las letras, empecé mis estudios de maestría en literatura inglesa.

Han pasado 17 años desde que crucé las fronteras hacia Arica y cinco años desde que vi por última vez el cielo color gris de Lima. Y al recontar mis viajes y experiencias experimento la dulce y amarga sensación de saber que aún hay lugares que no conozco como otros a los que deseo volver.

Y me agrada todavía definir mi situación como la de un pasajero en trance, a medio camino, viviendo en Nueva York.

Niagara Falls


El barco Maid of the Mist parte de la base de la torre de observación y navega cerca de dos grandes cataratas del Niagara. Pasa a cierta distancia de una de ellas y muuy cerca de la más grande. Por eso resulta indispensable llevar el poncho plástico azul, si uno no quiere mojarse.

La noche anterior llegamos justo antes de los fuegos artificiales, cinco minutos después de las 10 de la noche, se ven bien las cataratas de noche pero no se aprecia igual que de día, cuando se puede ver en toda su dimensión la caída del agua.Las cataratas de Iguazú son más espectaculares. Sí. Pero estas también son impresionantes.
Hay otras cosas que visitar, una caminata hasta la base de una de las cataratas, pero como no tenemos mucho tiempo y queremos llegar pronto, nos contentamos con el viaje en el barco. La ciudad Niagra Falls, parece ser una ciudad en decadencia. Se ven edificios y hoteles que parecen haber tenido su época de esplendor en los 50s o 60s. Lo que más me impresionó a mí fue ver la gran cantidad de visitantes de la India. Por todos lados ves turistas de rasgos hindús. Miki dice al bajar con ellos al elevador hacia el barco, que el olor de ellos no es muy agradable. Acá mi compadre necesita una buena lavada de ala , reclama Miki.
Ya ha pasado el susto del puente con el Canadá, el auto sale disparado en contra y sobre la puerta automática. Incluso nos tomamos una foto en la entrada al cruce peatonal. La hindú que administra el hostal tiene pinta de estafadora. El desayuno en el Little Italy estuvo rico, la mesera se parece a una de las tías de Knollwood. Hay conexión pobre en Internet pero Lissette me manda unas fotos artísticas muy bien tomadas. Desde Lima Carolina llama y le confirmo que ya compré en Internet la Tanita que necesitaba para sus pacientes de nutrición. Desde Lima también, Enrica me confirma que compró las entradas para la ópera. Somos temporada de ópera en Nueva York. Ahora falta que Steve confirme las entradas para Shakespeare in the Park, pero no ha llamado y YA ES TARDE.. Tal vez mañana lunes. Cristi también llama para invitarnos a su restaurante en la 38. Y en la tele, después del pollito Castañeda habla sobre sus planes para un segundo período. Hablan del tren eléctrico. Qué malos recuerdos de aquel tren fantasma…

Haciendo ni Michigan ( Holidays in The Wolverine State )

 

Estas eran las vacacioncitas indispensables antes de empezar otra vez la universidad. Kinde representa una de las caras de los Estados Unidos que no se ve en Nueva York. Es un pueblo pequeño, dependiente de la agricultura y de algunos pequeños negocios (sobre todo ahora que a la industria automovilística de Detroit, la capital del estado, no le va tan bien)

Esta región en particular es muy activa en materia turística. Alrededor del Lago Huron, que limita a un lado con los Estados Unidos y al otro con el Canadá, hay un par de decenas de pueblitos que dan al lago, con playas y hoteles que viven mayormente de los ingresos generados durante el verano. Una de las playas más grandes está en Port Austin que fue donde pasamos un par de mañanas disfrutando del agua dulce y apacible del lago, de la arena y el sol, que no quema tanto en estos días de fines de verano.

A fines de septiembre del 2002 ya había visitado Michigan con Lucho, el hermano de Miki, pero habíamos estado más con la familia de Jo, que fue la madre adoptiva de Coqui, mi cuñado, cuando Coqui estuvo como estudiante de intercambio en 1985. Jo vive en Caseville (área de Sands Point) otro balneario importante del Condado del Lago Huron. Esta vez también la visitamos a Jo y a su segundo esposo, Tom.

Mike condujo hasta Sands Point y Jo nos hizo pasar una tarde agradable con ellos, mostrándonos las fotos de sus nietos, nietas, hijos, hijas y también la nueva adquisición: a los 70 años se acaba de comprar una moto Kawasaki 400, y recién ha terminado el curso de dos semanas para conducir motocicleta. Tom está feliz porque Jo siempre se quejaba que no le gustaba ir en el asiento de atrás de su moto. Jo habla de viajar a Perú pero a Tom no le gusta la idea. Si bien es motociclista y navegante (tiene un pequeño yate anclado en el muelle de su casa en Sands Point) acaba hace unos días de sacar por primera vez su pasaporte. Tiene más de 70 años y aún no le gusta la idea de viajar fuera de los Estados Unidos.

El último día de nuestra estadía hemos regresado al hospitalario Bar-Hotel de Port Hope, un silencioso pueblo de pescadores, donde se arma una agradable tertulia en la barra, entre nosotros, la bar tender, un jugador de golf, un veterano de la guerra de Corea, un camionero, un pescador y otros visitantes a los que todos conocen. Tal vez lo más evidente en estos pueblos pequeños de Michigan es que la edad de los habitantes ronda entre la base 6 y la 9. El bar/bowling de Kinde al que fuimos la noche anterior, apenas tenía un par de otros parroquianos y ellos también rondaban la base 7. Es extraño porque aún es época de vacaciones. Lo que más se ve en las calles es viejos o niños. Al parecer los jovenes o no frecuentan los bares, no salen a la calle, o abandonan pronto el pueblo para irse a las ciudades.

Se respira tranquilidad y silencio. Se puede estar muchas horas en el porche de la casa de Mike sin ver pasar a nadie. Ni peatones ni vehículos. Las iglesias más importantes parecen ser la presbiteriana (a la que pertenece Mike) y la luterana. Mike, comisionado del condado, dice que ambas iglesias suelen trabajar juntas, en muchos casos.

Cuando Andrew, jefe mío y de Miguel en el club de golf nos despidió en nueva York nos deseó “good luck and get some pussy”. La buena suerte se puede conseguir en estos pueblos pero la segunda parte de sus buenos deseos, en el mejor de los casos, podría limitarse a algo entre los 50 y los 70. Gill, la hija de Mike, casada y con una hija de menos de un año, nos ofrece conseguirnos una lancha para ir a pescar, pero cae la lluvia esa noche y la mañana siguiente y el tiempo no es propicio para la pesca. También ofrece presentarnos gente, pero no es fácil con la niña que le quita todo el tiempo. Le dice a Mike que si le hubiéramos avisado, ella iba con nosotros al bowling…

El veterano de la guerra de Corea mira nuestras botellas y nos pregunta por qué le echamos un limón a la Corona. Se ríe. Me pregunta cuando nací y le digo 1972. ¿Qué estaba haciendo usted en 1972? le pregunto. Probably screwing my wife responde, y todos en el bar se cagan de risa. What part of Mexico are you from? pregunta Don el camionero. Miki le repite (por tercera vez) que somos peruanos. Don se caga de risa y nos pide disculpas. Sabe algunas palabras en español: Cabrón, cerveza..

El golfista nos ha pagado una ronda y la mujer de la barra nos ofrece dos Coronas de cortesía. Luego el amigo del veterano (que bebe Pepsi Light porque tiene que manejar) nos regala otro par de Coronas. Es más de las 7 cuando regresamos a Kinde. Se supone que ibamos a estar en la casa de Mike Gage para la cena de despedida pero yo llamo para decir que vamos a estar tarde: Nos han retenido en el Hotel de Port Hope. Mike pregunta si podemos manejar de regreso.

Hay sudaderas de varios colores y tallas y la chica de la barra nos vende una por 25 dólares. Nos tomamos una foto con esta polera con un diseño de una cerveza y la cabeza de un marcianito al lado del logo: Port Hope Hotel. ¿Por qué un marciano? le pregunto a la chica y no sabe responder.

La gente alrededor de la barra también quiere saber, pero ella no tiene una respuesta. Pero sí tiene la sudadera en otros colores por si alguien quiere una. En un rincón hay un padre y su niña jugando hockey de mesa, en la tele están pasando un partido del mundial de las ligas menores y en otra tele pequeña siempre se juegan los números de las loterías estatales de Michigan. Está metiéndose el sol entre los sembríos de maíz y de frijol de soya. Se ven flores amarillas por todos lados, eso significa que el frijol está listo para la cosecha. El maíz está vendido en su mayor parte a la compañía Pioneer que produce etanol para el combustible

Mike tiene en mismo sentido del humor de su hija Gill. Al despedirnos nos dice: Port Hope will never be the same. El sol se mete entre los sembríos de maíz. El Honda Accord verde avanza entre los cruces interminables del dedo gordo de Michigan, por las rutas llenas de casas abandonadas, tractores John Deere y semáforos de luz roja intermitente. En la playa he avanzado unas cincuenta páginas de La Guerra y la Paz. Los rusos acaban de perder en Austerlitz y Nicolás ha descubierto que no necesita amar a Sonia para ser feliz. Entre los aristocráticos galpones de Moscú, rodeado por la joven nobleza, condecorado y admirado, cabalga su brioso caballo, pensando en su amor y lealtad por el Zar.

La ruta 53 nos lleva desde Kinde hasta Imlay City a tomar desayuno. The waitress there are cuter and cuter..” dice Mike de las meseras en ese restaurante. Demás está decir que las meseras tienen más de 50 años.

Natasha está enamorada de un bailarín. “No me voy a casar con alguien que no sea un bailarín” dice mientras abraza a su hermano Nicolenka. El oficial Denisov se ha perfumado y acicalado especiaalmente para esa noche. En un pueblito abandonado, entre la retaguardia de las fuerzas conujuntas ruso-austríacas el Zar Alejandro llora desconsolado mientras Nicolás no sabe qué hacer. El príncipe Andrés trata de descifrar lo que siente por Napoléon, su héroe, al que ve entre sombras bajo un intenso e inmenso cielo. Como está muy herido, los franceses deciden dejarlo al cuidado de los habitantes de aquella provincia. Antes de despedirnos Mike nota que la bandera de los Estados Unidos frente a su casa está un poco doblada. La arregla y ella vuelve a flamear, muy poco por culpa de la llovizna. Mike Nos desea God allows you a safe trip home Las callecitas de Kinde siguen solitas. El cartelito de Kinde Village Limit nos hace adiós. Por estas rutas sólo se puede ir a 60 millas por hora.

Arriving to Kinde, Michigan

My brother Miguel was an exchange student in 1986. After 20 years we are visiting the little town in Michigan where he spent 2 months, and the family with whom he lived with over there. They haven’t seen in 20 years. We left New York on Monday morning and we arrived to Kinde almost 15 hours later

There is a green sign at the side of Kinde road that reads: Kinde Village Limit. We have been driving all the way from New York, almost 16 hours. The town is dark, you can see the shapes of the corn plants moving gently with the wind but not much else. The lights are off in most of these small one-story houses. Miguel stops thecar in front of the green sign. He takes out the camera and handle it to me: Take a picture, he says.

The brights are on and you can see the inviting sign of Kinde but nothing else. It is quiet, as most of the towns in Huron County, Michigan should be at this time of the night. I check the time on my watch: 10:30.

I take a picture. A car slowly coming from Kinde seems to stop in front of us. I can see just its lights, but somehow the way it comes and the sound of the engine running, makes me feel that someone is watching me behind that windshield. I take another picture, the flash came out and the car turns right on one of the small streets that seem to go all the way into the corn fields. I try to imagine the person behind the wheel asking himself: Is there really somebody taking a photo of that sign at this time of the night?

The wind is a little bit stronger, but it is still warm. Miguel jumps off the car and tells me to take a picture of him in front of the sign. I do it. Then he drives into the town, that seems to be empty. I can hear the breeze of the Lake Huron coming through the window. Passing in front of a body shop there is a guy working, bended in front of the hood of a car, with a lantern. He has a clear but funny accent. He gives us some directions to get to the street where Mike Gage lives. He does not know his house but seems pretty confident giving us the directions to get there.

We kept going all the way through Kinde road, looking for a flag and the Fire Department building. The town finishes and we keep going where there are just corn fields and abandoned houses.The directions are wrong, and there is nobody in the streets to ask for. We turn around over Kinde road and, at least, we find the Fire Department building.

Like in a puzzle, suddenly all the details of Mike Gage’s address fit together. Miguel drives towards a white, one-story house, the only one in the middle of a desertic street. There is an old man with white hair, a round and big belly and wearing glasses, standing in front of its main door, waving to us, We wave back: twenty years and a heart attack have passed since 1986, but Mike embraces Miguel, his Peruvian son, as if it was yesterday when he left Kinde. Mike is wearing a white T-shirt where I read: Michael Gage, Huron County Commisioner.

14 de enero: Tampa-Orlando-Miami

Un desayuno con jugo mixto, jamonada y queso, crema volteada,leche fresca y buena charla.

Esa es la manera ideal de empezar un día de vacaciones. La ruta hasta Orlando por la 4 East y luego… una perdida hasta alcanzar Kingrod nuevamente (salida 82 de la 4 East). Por la tarde muchas peleas, discusiones.

El viaje hasta Miami estuvo tranquilo pero fue demasiado tarde y se hizo mucho más tarde esperando decisiones sobre dónde pasar la noche. Por fin fuimos al Congo que resulta ser un hueco latino cerca de una de las salidas del Turnpike. Antes de ir nos hemos alojado en el Marriot de Boca Ratón, al lado de donde nos alojamos con Liliana. Es tarde, no me he quedado dormido pero me parece que no ha sido uno de los dias provechosos que yo esperaba.

A pesar de coordinar con Marrou, el negro nunca ha vuelto a llamar para confirmar lo de las entradas VIP ni nada por el estilo. Me he acostumbrado a manejar pero igual sigo prefiriendo el transporte masivo de Nueva York. Acá todo está a grandes distancias, todo requiere highways y turnpikes y estar atento a las diversas salidas. Felizmente por la noche no se congestionan las calles.Hemos regresado a las 5 a.m. Y dormiremos un par de horas si queremos llegar a Kendall a los desayunos de La Bodega.

La carta de la Roja…sin comentarios. Esperaba algo mejor, pero tampoco esperaba lo que dice. Creo que es muy sincera. Creo que me va a dar mucho gusto volver a verla, pero tal vez no tan pronto, tal vez no sea lo mejor.

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