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The New York Street

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LECTURAS

Matt Damon es Odiseo

Hace dos tardes caía la lluvia torrencial sobre el balcón de la casa. Los relámpagos y los truenos hacían que este mundo se pareciera al de ciertas escenas de la película: las de ese barco rompiéndose en pedazos a causa de la tormenta convocada por la furia de Poseidón.

Elliot Page (antes conocida como Ellen Page) es el huevón que pone la cara cuando llegan los troyanos a llevarse el caballo. Elena de Troya es mexicana y es negra. Eumeo es colombiano: la mejor actuación de la película.

Camilo Torres me regaló La Odisea. Recuerdo cómo me decía en un chifa del Village, demorándose en cada sílaba, el nombre del traductor: Segalá y Estalalla. Eso se me quedó más grabado que el nombre de Clytemnestra.

La traducción al inglés la compré yo. Es un librito con bordes dorados, marcador de tela, precio de amigo, editado por Barnes and Noble. «Tienes que leer –dijo Torres– la traducción de T. E. Lawrence» . Es el mismo Lawrence de Arabia que escribió Los siete pilares de la sabiduría y que se mata en un accidente de moto al comienzo de la película de David Lean.

Ahora me entero por Wikipedia que Segalá y Estalella murió en 1938 durante el bombardeo de Barcelona lanzado por los aviadores italianos fascistas. El General Franco no lo estimaba al gran helenista. Gloria a Segalá.

¿Qué sentí al ver The Odyssey? Placer y algo de espanto al constatar –de nuevo– que las guerras de antes se peleaban así. Los héroes avanzaban por las territorios y las trincheras como avanza Kirk Douglas en Paths of Glory: llenos de pavor alentando a sus hombres (o tocando el silbato como Douglas), subidos de adrenalina como Matt Damon en la panza del caballo, o muy atentos para salvar el pellejo como el soldado que limpia la espada de sangre, veloz, antes de que la retire el troyano.

Alguien escribió que a esta película le falta sentido del humor. Tal vez. Sin embargo lo que más recuerdo de mi lectura de La Odisea, de la prosa de Segalá y de Lawrence, son las imágenes y no el humor. Algunas de ellas son importantísimas, como ese momento en que Euriclea reconoce la cicatriz dejada por el jabalí en la pierna de Odiseo:

«Now as the old woman took up his leg and stroked her hands gently along it she knew the scar by its feel. She let go the foot, which with his chin splashed down into the tub and upset it instantly with a noisy clatter (…) In Eurycleia’s heart such joy and sorrow fought for mastery that her eyes filled with tears and her voice was stifled in her throat.» (Lawrence)

Esta escena, unos segundos, te toca muchísimo más si alguna vez leíste –como yo, tal vez con Torres, entre los estantes atiborrados de libros del Strand que existía en el Southport– Odysseus’ Scar, el ensayo de Auerbach con el que empieza Mímesis. Traduzco una frase que encuentro subrayada en mi libro ( lo leí allá por 2005, así que este subrayado tiene 21 años ):

«El goce de la existencia física es el objetivo del poema, su mayor ambición es que percibamos eso». (Al hacer este ejercicio me doy cuenta de cómo uno podría pasarse días encontrando una traducción justa. La mía me parece apurada pero esto que leen en castellano me ha tomado unos veinte minutos. No estoy muy feliz pero quiero seguir. Si pueden lean el original).

¿Se siente la película? Sí.

Una amiga en Francia reporta que el cine entero estalló de alegría y en aplausos cuando Matt Damon, disfrazado de mendigo, consiguió levantar el arco y pasar la flecha entre los ojos formados por las hachas: «Seguidamente probó la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido muy semejante al piar de una golondrina (…) apuntó al blanco, despidió la saeta y no erró a ninguna de las segures, desde el primer agujero hasta el último; la flecha que el bronce hacía poderosa, las atravesó todas y salió afuera» (Segalá y Estalella).

Reporto antes ustedes que yo –ayer por la tarde en el cine Jacob Burns donde vi la película de Nolan en 35mm con, tal vez, unas setenta personas más en la sala– en la escena donde Telémaco reconoce a Matt Damon como su padre, sentí en la garganta algo similar a lo que le pasa a Euriclea en el poema homérico.

En la película no se abusa de los flashbacks explicativos y eso se agradece. La vieja Euriclea ve la cicatriz y Nolan decide no ponernos más que sus ojos lagrimeantes y a Damon que con la mirada la obliga a callar. Hay unas cuantas escenas flojas. Quizá esas en las que aparece Zendaya, estirando la mano, dolorosa, con la túnica tapándole todo el cuerpo. O los de Charlize metiéndole a Damon en la boca pétalos de flor de loto.

Disfruté de una película que es muy conservadora. Nolan no se atreve ni siquiera a matar un animal frente a la cámara. A las sirenas apenas si se les ve. El sexo apenas se insinúa.

Uno de los atributos del libro es que –a diferencia de La Ilíada– en el poema con las aventuras de Odiseo se percibe la sugerente, detallista y coqueta mirada femenina. Algunos han arriesgado la teoría de que el poema lo pudo haber escrito una mujer.

Y esta película, con sus muchas virtudes, se nota que la dirigió Christopher Nolan.

Algunas imágenes de la edición que tengo de La Odisea, traducida por Segalá y Estalella y publicada por Aguilar en 1963.

¿Qué me gusta y qué no?

A veces me he encontrado con esos artículos que te dicen cosas como esta «el mejor signo de la madurez es cuando sabes qué es lo que te gusta y lo que no te gusta». La conclusión es que al estar seguro de lo que a uno no le gusta, se deja de perder tiempo y se disfruta mejor la vida.

Pues vamos a eso. ¿Qué me gusta? Sospecho que va a sonar a viejo aburrido, pero la verdad es que lo que más valoro es la paz. Paz, para mí, es lo que me decía mi viejo de mocoso: «No hay nada mejor en la vida que irse a dormir todas las noches con la conciencia tranquila». Es decir: no haberle hecho daño a nadie, no deberle nada a nadie, no tener que esconderte de nadie. Vargas Llosa decía que la tranquilidad en el hogar era lo que le había permitido dedicarse a su obra. Y en su discurso al recibir el Nobel empezó a llorar agradeciéndole a su esposa Patricia. (Tal vez recordando las desilusiones que ella se había tragado para que él fuera por allí haciéndose famoso.)

De vez en cuando, disfruto de aquellas noches que se van más allá de lo calculado, las salidas que terminan en lugares insospechados y las decisiones que terminan en aventuras no planificadas y memorables . Muy de cuando en cuando. En el día a día, la ruptura de las «rutinas» (qué palabra tan fea) sólo puede asegurar una sensación de inestabilidad que no me entusiasma nada.

Quizá, esta idea de felicidad en la costumbre esté construida sobre algunos años en que viví para los viajes, las excursiones y los días sin planificar. Quizá la rutina que disfruto sea una compensación para la inestabilidad del emigrante, de esos años en que mi vida dependía de cuántos autos podía estacionar en un día y de no enfermarme para sobrevivir sin seguro médico.

Y la paz que busco me deja tiempo para otros dos grandes placeres: la escritura, los libros, las películas.

Esta semana tengo tres libros a medio leer. Estoy terminando (muy despacio) La vida instrucciones de uso de Perec, un libro tan ambicioso como El Quijote pero menos divertido. A veces le encuentro el gusto y puedo leer 50 páginas de corrido (como en el avión que me llevó a Austin en noviembre), pero suele pasar que no puedo leer más de un capítulo sin aburrirme. Entendiendo la fascinación de Perec por Julio Verne, este libro a veces me recuerda mi angustia cuando el Capitán Nemo, en Veinte mil leguas de viaje submarino, daba un listado gigante de animales y plantas en muchas páginas seguidas.

Otro libro (muy bueno) es Pity the Reader de Suzanne McConnell, que es un listado de consejos de Kurt Vonnegut. Por último: En diciembre, estando con la familia en Florida, descubrimos en Netflix Cheaper by The Dozen y recordé que en algún rincón tenía el libro autobiográfico de Steve Martin: Born Standing Up. Este libro es una maravilla y además se aleja (un poco) de lo intelectual y literario que pueden ser en algunos momentos los libros de Perec y de McConnell.

También me gusta escuchar podcasts. Combinan perfecto con las manejadas que debo hacer un par de veces por semana hacia el trabajo. Esta semana ha sido muy divertido volver a la última temporada de Arsénico Caviar, reencontrarme con los últimos episodios de What Now con Trevor Noah y, encontrar un podcast nuevo sobre ropa y capitalismo recomendado por Molinos en su blog Cosas que (me) pasan (Que de algún modo ha sido también la inspiración para esta entrada en el mío). El podcast se llama Articles of interest. Les va a gustar.

Agárrate el día

Pasa por la calle y encuentra un revólver. Encuentra un revólver y dispara. Dispara y empieza a correr. Al final, agotado, miras el humo que sale del cañón. Piensas en esa calle y en ese revólver.

Te la has encontrado y conversas. Has conversado y la besas. La has besado y le has dicho cuanto la deseas. La has deseado y la has tocado. La has tocado y has entrado en ella. Piensas en ella, en esa calle, en esa cama y en ese revólver.

Las nubes tienen forma de animales. Miras una nube que se cruza y piensas en los millones de hombres y mujeres que comparten contigo instantes como aquél. Son animales sanos e inocentes, que como todos nosotros, a veces lllegamos demasiado tarde al último rollo pero luego descubrimos que mejor, que estamos muy temprano para el siguiente…

Sentado en una máquina del tiempo, analizas el presente. Tienes sólo una semana. Tal vez dos, nunca lo suficiente.

Una semana para volver a llegar y empezar a poner nombres…

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