Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

abril 2011

La escuela Perú

Foto Flicker/Vigilancia

La política peruana es tan mala o peor que el fútbol peruano. Hay que desenmascarar a quienes usan el miedo para impulsarnos a votar por uno de los candidatos. Pero lo mínimo que podemos hacer en esta segunda vuelta es escoger una estrategia de desarrollo social y económico que pueda funcionar. Y no me gusta la estrategia del autogol.

Recuerdo y entiendo a quienes ven indignados la posibilidad de que la hija de Alberto Fujimori vuelva al poder. Cómo olvidar que se fue del gobierno mandándonos un fax desde el Japón y que intentó postular al congreso japonés demostrando que lo único que le interesaba era una tajada de poder. Fujimori sabía que si regresaba al Perú se le iba a someter a un juicio, así que es bastante jalado de los pelos el intento de sus partidarios por querer retratarlo como una víctima. Pero la repugnancia por los chanchullos que sucedieron durante el gobierno dictatorial de Fujimori también me obliga a recordar que antes de él otros políticos prometieron inclusión social cargada de demagogia. Y no quiero que un gobierno de Humala se trate de otro experimento de izquierda como el aprista de 1985. El modelo de crecimiento económico empezado en 1990 y continuado tanto por el presidente Paniagua como por Toledo y García, debe ser mejorado y corregido. Pero no debemos dejar que la economía y la sociedad peruana sean sometidas a otro tipo de experimento, que se aplique una ideología nacionalista trasnochada que ya probó ser ineficaz, contraria al crecimiento económico.

Yo pegué carteles de niño. Con mi primo prepárabamos el engrudo por la tarde y por la noche recorríamos el pueblo empapelando las puertas de las casas con la fotografía del rostro sonrosado del ex presidente Beláunde. ¡Adelante, Perú! decía el poster. En mi inocencia, creía que pertencer a un partido político y querer al Perú eran la misma cosa.

En Lima, otro de mis tíos me sacó de la ignorancia: Belaúnde representaba a los grupos que siempre habían estado en el poder. Si yo quería que mi país cambie, tenía que darle todo mi apoyo al APRA.

Para que mi aprendizaje fuera más didáctico, mi tío me llenó las manos de estrellitas que se podían pegar en las ventanas de mi cuarto y posters para adornar las paredes de mi habitación; además me obsequió un disco de vinilo con canciones en ambos lados. En uno de ellos, la voz grave del cantante me situaba enmedio de una batalla en los alrededores de Trujillo, entre hombres que derramaban su sangre luchando por las ideas de un pensador que se llamaba Victor Raúl. ¡Qué viva el APRA mis compañeros, que viva el pueblo que ha de triunfar! decía la canción y mi imaginación volaba al infinito y más allá. Desde el otro lado del disco, otra voz estentórea entonaba la Marsellesa aprista, que yo ya había escuchado desde el nido en su versión original y por lo tanto me apestaba a copia. Los posters que mi tío me daba decían todos “Armando” y el nuevo slógan para que el Perú sea por fin próspero era: ¡La estrella alumbrará nuestro destino!

Se dieron las elecciones, en las que yo participé como encuestador: a mis ocho años no encontraba nada más divertido en las reuniones de los adultos, que pasear por la sala de la casa entre la gente y pedirle sus intenciones de voto. Los resultados eran bastante parejos, pero en todos ellos ganaba Armando Villanueva, el hombre del partido del pueblo.

Cuál no sería mi decepción cuando escuché mi primer flash electoral y supe que el país le había dado la victoria a un anciano que fue cargado en hombros hasta el patio de Palacio de Gobierno. El APRA perdió por un margen pequeño. Debió contentarse con observar como los partidarios del arquitecto–que parecía ver muy bien hacia el futuro a pesar de sus pobladas cejas blancas–se aliaba con el PPC y establecía un modelo de libre mercado, mientras corregía los excesos anti democráticos de la dictadura de Morales Bermúdez ( a quien solo recuerdo en una pose de dictador bastante alicaído, sobre todo cuando lo comparo con la imagen altanera que tenía del todopoderoso de aquella época, el bigotudo Pinochet).

Aparte del crecimiento de Sendero Luminoso, el gobierno del arquitecto Beláunde fue bastante malo. Él era un buen orador y al parecer un hombre honesto y soñador, pero pronto quedó claro que sus recetas económicas y sociales funcionaban mal. La importación indiscriminada liquidó lo poco que quedaba de la industria nacional, la deuda del país creció a un ritmo vertiginoso y las obras que deberían ser la consecuencia directa de lo préstamos  no se concretaban o seguían invisibles. Hubo pequeñas crisis, como las lluvias del fenómeno del Niño y una escaramuza con Ecuador (el famoso Falso Paquisha) que Belaúnde no supo manejar como los peruanos hubiéramos querido. El tema de fronteras con el Ecuador no se resolvió y–mientras llovía en la costa norte y escaseaban los alimentos en Lima–fue patética la incapacidad del gobierno para reconectar aquella región del país. La burocracia era enorme y el partido Acción Popular no parecía bien preparado para reducirla sino para incrementarla. La migración a Lima se aceleró con los avances del terrorismo en la sierra. El alcalde Orrego–otra victoria en las urnas para AP–parecía todo un caballero, pero tampoco estaba muy preparado para lidiar con la migración, las invasiones ilegales y el caótico comercio ambulatorio.

Algo de orden regresó a Lima con la elección de Alfonso Barrantes Lingán como alcalde, quien con su programa de los Vasos de Leche y su decisión de incorporar a las damas en el recojo de la basura limeña, alivió un poco la impresión de una ciudad que se enfrentaba repentinamente a las cosecuencias de cientos años de centralismo y desorganización.

Así llegaron las elecciones de 1985, y los peruanos como yo –que seguían creyendo en la estrella que alumbraría nuestro destino–enfrentamos el más duro de nuestros reveses. ¡Cómo olvidarnos! Apenas tenía 13 años y me parecía maravilloso escuchar los discursos de ese caballero melenudo, de rostro fresco y sonriente, de verbo cultivado; hipnotizándome con frases como “no al pago de la deuda” “el Perú podrá llegar a ser una potencia económica en tres años”. No recuerdo haber asistido a ningún mítin político, pero sí  haber creído, embobado, las promesas de transformación, y de pan con libertad. Creí, ciego de optimismo, que este hombre de solo 35 años podía ser el cambio que el Perú necesitaba: el comienzo del bienestar, de un socialismo con desarrollo económico.

No hay nada que se compare, ni siquiera el mismo Alan de hoy, con la imagen de ese muchacho de voz clara, agitando un pañuelo blanco desde lo alto de un balcón de Palacio de Gobierno en 1985, hipnotizándonos a todos para que en aras de los intereses nacionales desconozcamos los compromisos económicos que habíamos firmado por nuestros préstamos del FMI (préstamos que se esfumaron en los bolsillos de quién sabe quién), para pagar la deuda solo en las cantidades que lo permitían nuestros ingresos (dedicar al pago de la deuda no más del 5% de nuestras exportaciones). Ni Ollanta , ni Keiko, ni PPK, ni Alejandro tienen ese don que tenía el muchacho aprista encantador de serpientes. Esa lengua  hechicera que hizo lo suyo con sus compatriotas de todas las razas y de todas las edades. De un día para otro el nombre Alan se multiplicó en las maternidades de todo el Perú. Recuerdo ver llegar a mi tío a la casa para enseñarme fotos de las paredes en Buenos Aires donde las pancartas socialistas decían algo así como “Patria mía, dame un presidente como Alan García”.

Alan: el terrible error. La incapacidad multiplicada por mil. La improvisación multiplicada por un millón. La demagogia representada en un solo hombre. Alan García Perez, un socialista que prometió sacar al Perú de la pobreza con las recetas aprendidas de su maestro y guía Víctor Raúl; aliviar las penas del pobre dándole prioridad a la agricultura y a los campesinos; descentralizando el poder de Lima y dándoselo a las regiones, distribuyendo la riqueza entre los pobres, cuidando a los menos favorecidos con programas de trabajo temporal (PAIT); mientras hacía uso de su carisma y su sonrisa para tratar de conquistar a los inversionistas internacionales, para que vieran las potencialidades de un país como el nuestro, de grandes recursos.

A los dos años en el poder, ya todo se había derrumbado. Los poderes económicos se vieron amenazados por sus bravuconadas el 28 de julio de 1987 y le cortaron el poco respaldo que hasta entonces tenía. Empezaron a desenmascararse las promesas falsas, el manejo irresponsable de los recursos, las pocas posibilidades del Perú como inversión. Sendero Luminoso jamás le dio tregua y Alan García les respondió dando la orden para liquidar a todos los presos ya rendidos tras el motín en la cárcel de la isla El Frontón.

Yo tenía 15 años cuando Alan García intentó estatizar la banca. Joven que hoy tienes 15 años: no sabes lo que fue aquello.

Nuestro dinero no servía para nada. Eran pocos los destinos posibles por carretera en las vacaciones, no solo porque las pistas no existían o eran más huecos que pistas, sino porque la mitad del país vivía en estado de emergencia y entrar en aquellas zonas restringidas era exponerte a ser víctima de las redadas de Sendero o de los abusos del ejército que gobernaba sin control.  Mi memoria más vívida de aquellos años eran las historias de mis primos en el pueblo: todos habían visto a senderistas, todos sospechaban de todos, a mi tío el alcalde lo habían amenazado de muerte. Y los viajes de regreso a Lima eran siempre parecidos, duraban mil horas y había que conducir pegando la cara al parabrisas, esquivando las zanjas y los socavones, atentos a la policía que te detenía en cualquier momento para pedirte la libreta electoral y la militar. Y las noticias no eran nunca esperanzadoras. Todos los días habían nuevos rumores de que Alan García y los militares estaban preparando un autogolpe para poder ser defenestrado con cierta dignidad democrática e irse a otro lugar donde su fracaso no lo persiguiera. El riesgo de una dictadura era siempre inminente.

Había que convivir con la realidad patética de supermercados recién inaugurados donde nunca había ningún alimento,  formándose frente a camiones que aparecían de la nada para repartir bolsas de leche, o haciendo enormes colas frente a las estaciones de gasolina para poder comprar combustible un día antes del incremento recién anunciado. A todo esto, sumémosle el racismo de uno y otro lado, la incoherencia de los planteamientos de la izquierda, los patéticos intentos de la derecha por querer enrostrarle al APRA todos los males como si AP y PPC no hubieran tenido también gran parte de la culpa de ese desastre socioeconómico en el que nos encontrábamos ahogados. Un hombre de 90 años, Luis Alberto Sánchez, recibió la cartera de primer ministro y con sus 70 años de experiencia en la política peruana nadie recuerda que haya podido hacer nada. El pan que desayunábamos en la mañana estaba hecho a base de la nacionalista kiwicha, cada vez más pequeño a pesar de que pagábamos el mismo precio. Ese experimento duró lo que duró su gobierno. Fue un desastre.

Y después vinieron los 90. En 1992 la imagen siniestra de Abimael Guzmán estaba detrás de rejas, Alan García en Europa y los congresistas elegidos por el pueblo atrincherados, vociferando mientras que todo se resolvía por decretos.

Después de la derrota del Frente Democrático–una alianza del Movimiento Libertad con AP, SODE y el PPC que parecía convocar a todos los peruanos brillantes para lavarle la cara al Perú antes de entrar al siglo XXI–empezó mi apatía política. Izquierda y derecha habían intentado aplicar sus planes de gobierno y los resultados habían sido desastrosos. Aún en los peores años del gobierno aprista, mantuve escondido en el fondo del ropero de mi cuarto de adolescente, el poster que me regaló mi tío en la campaña de 1985, con el rostro a colores de Alan García. Me avergonzaba de haberle creído. De cierto modo aún era un incrédulo: no me convencía del todo de que aquél socialismo, ese pan con libertad nacionalista, esa rebeldía en lo que yo había creído con firmeza, que era la receta para el desarrollo del Perú no era nada más que una mentira. Recuerdo las palabras de mi tío cuando escuchábamos el mensaje de nacionalización en las fiestas patrias de 1987 y yo exclamaba con 15 años que aquello no podía estar bien, que Alan estaba precipitándose, que nacionalizar no podía ser una buena opción. “Eso es lo que se merecen esos banqueros de mierda, sobrino. Vas a ver que a partir de ahora todo va a mejorar”, me dijo.

En 1989, a los 17 años, muy desilusionado de Alan y su izquierdismo trasnochado, creí que Mario Vargas Llosa era la última oportunidad para que los peruanos estableciéramos planes de gobierno coherentes y enderezáramos ese país en el que nos había tocado vivir.

Jamás voté por Fujimori. El 90 no lo hice porque aún no tenía libreta electoral–y era 100% fredemista– y el 95 porque vicié mi voto, ya que me parecía que el dictador de todos modos iba a ganar y quería, inocentemente, protestar ante la irresponsabilidad de haber asumido todos los poderes y destrozado el sistema democrático.

Pero, a diferencia de los dos anteriores gobiernos, en ese país de los 90, hubo cambios y transformaciones básicas.  Había un clima de tranquilidad y optimismo que jamás conocí en los gobiernos de Belaúnde y de García. Los problemas crónicos del Perú, los que parecía que iban a frenar para siempre las posibilidades de desarrollo, parecían ir resolviéndose como si alguien los estuviera chequeando en una lista de deberes:la reincorporación del Perú en la comunidad financiera internacional;  la firma del tratado de paz con el Ecuador; la reorganización del sistema tributario; la simplificación de los trámites burocráticos; la reducción del papel del Estado en el aparato productivo con la venta de empresas públicas, y el registro y titulación de peruanos con casas y terrenos productos de invasiones ilegales e inmigración. Incluso el problema del narcotráfico, que parecía tan grave como el que vivía Colombia en los 80s, pareció disminuir en los 90s.

Algo más sencillo pero que a mí me tocó mucho: la carretera por la que yo iba a mi pueblo con regularidad, ese pueblo donde empapelaba las paredes a los 8 años con el rostro de Belaúnde, fue reconstruida y por fin supe lo que era tener un sistema de carreteras bien asfaltadas y comunicación rápida entre la capital y los pueblos, algo que ya había visto–y me había causado gran envidia–en un viaje por tierra desde Arica hasta Santiago de Chile en 1987.

Es obvio que mucho del dinero de la venta de empresas se derivó a bolsillos de particulares o del asesor Montesinos. Es obvio que los peruanos vivimos bajo una manipulación constante de la información.

Pero a diferencia de los dos gobiernos anteriores–de los que yo puedo dar mi testimonio–durante esos años en que gobernó Fujimori se vieron avances significativos. Es cierto que los mayores avances en aquél período de gobierno entre 1990-2000 se debieron no al talento innato del dictador Alberto Fujimori, sino a la aplicación de un modelo económico liberal, que hizo al Perú beneficiario de una ola de inversiones extranjeras, la misma ola que había beneficiado y permitido el desarrollo de otra economía de la región,  la chilena,  entre 1982 y 1990.

Por otro lado, la centralización del poder en un solo hombre y su grupo de ayayeros políticos, simplificó el proceso de decisiones y de debates.

No es lo mejor en una democracia.

Esta semana vi otra vez imágenes de los vladivideos. Me dio asco. Y entendí mejor a quienes me han escrito en sus comentarios sobre la Segunda Vuelta, acerca de mantener intacta nuestra capacidad de indignación. Pero la justicia peruana pudo enjuiciar a los responsables y mandarlos a prisión. Espero que sigan allí. Igual que Abimael Guzmán, otro fanático que creyó que experimentando una guerra popular con su ideología trasnochada podía hacerle un bien al país. A él le debo un intento de asesinato a un miembro de mi familia–en el frustrado intento por tomar el pueblo donde mi tío era alcalde– y dos bombas que acercaron la guerra a la espalda de mi casa, destruyendo los vidrios de todas las residencias de nuestro barrio de clase media. Creo que su captura hizo posible cualquier tipo de desarrollo en el país desde 1992 y no me gusta cuando alguien llama a ese fanático asesino “un preso político”.

Canela

Saúl carga la cara mal afeitada. Cabalga su yegua albina siguiendo la línea irregular de las laderas traicioneras al borde del Chañaral. Ha matado la mayor parte del día tendido sobre la grama de sus sembríos y le parece que se merece el descanso, que el maldito sol le está jugando un truco. Su yegua aligera el paso, escudriña la tierra, rebusca con las pezuñas entre las piedras: mata el tiempo, también.

Al final Saúl ve aparecer a Lorena, a paso lento entre los granados de la casa hacienda, cruzando la acequia frente a las matas de membrillos, avanzando sobre la reseca costra del cauce del río, sin ningún temor: Lorena, la que busca y encuentra, la que lleva la voz, envuelta en un vestido que la cubre como si fuese sólo un vapor, una idea. Viene a darle alcance. Saúl inspecciona el cielo. Todo está planeado y sin embargo aún le tiemblan las manos, le siente el frío a esa caspa de agua que le moja la palma.

Cuando ella está más cerca, lo necesario para verle las líneas del rostro, Saúl hace girar al animal sólo para que Lorena lo admire. Ya no es posible admirar a esas horas. Todo ha sido teñido de un tono anaranjado y triste. Lorena lo observa, aguarda a que Saúl acomode la grupa de la yegua y le ofrezca la mano para treparla. Saúl la seca al pasar, la palma contra los pelos del lomo. Sin embargo no puede evitar que Lorena toque su nerviosismo, su milímetro de duda húmeda en esa palma que todavía le teme a las consecuencias, a pesar de encontrarse cuarteada, recia y muy bien entrenada en el campo.

Así cabalgan ahora ambos, apretados sobre el lomo, al lado del río Chañaral, por el cauce seco, entre las rocas.

–¿Eso es todo? le pregunta Lorena, cuyo cuerpo se convierte poco a poco en sólo una sombra, en una mancha negra que avanza por la banda del río, muy adelante del perfil de la hacienda que desaparece en la oscuridad de la quebrada, muy hacia el fondo.

“Eso es todo”, piensa Saúl. Asiente en silencio. Siguen por la quebrada, aceptando el paso con el que la yegua los decide llevar. Se les hace de noche en la pampa. La cruzan en silencio, escuchando aquí y allá los quejidos de los zorros y las pataletas de los guanacos. Antes de la hora de la cena ya están entrando en el pueblo, pegados a las pircas de las chacras. No hay luz eléctrica y faltan almas en esas calles.

Cortan camino por el lado de la iglesia, hasta la sombra de una casa que hasta hace algunas semanas estaba tapada por el polvo y las telas de araña. La yegua se acomoda por un portón de acero e ingresa con ellos a las caballerizas. Huele a alfalfa. Mientras Saúl amarra a la yegua, ya apenas si se puede ver. Le levanta el vestido a Lorena. Sus dedos se meten entre las piernas y palpan una humedad más desesperada que la suya.

–Hace tiempo que nadie me toca, dice Lorena, sabiendo que él no necesita la explicación. En la oscuridad, gracias a un hilo de luz de luna, aún se puede adivinar al lado de la yegua, la forma de la cama de heno. Allí se tienden. Él quiere demorarse en las lamidas. Le teme al apuro y a la impaciencia, pero ella le exige que proceda.

Cuando le vinieron a decir que Lorena se casaba con ese bueno para nada, Saúl cerró la casa y vendió sus últimas reses. Se fue a la costa: buceó para los turistas, entretuvo a las criaturas paseándolas en botes con forma de banano–hizo el ridículo. Al regresar al pueblo, para ordenar sus tierras y regalarlas, lo encontraron los compañeros y le dijeron que Lorena había estado indagando por él.

Por cierta razón que entonces Saúl no entiende del todo, al final del primer chorro desesperado, la hombría se le vuelve a levantar. Saúl apoya las manos contra la piel de Lorena, pensando si le debe pedir permiso. Pero Lorena le exige que proceda, que presienta donde su carne tiembla con más fuerza. Saúl lo hace, sin darle crédito a ese estúpido dolor de viejas tardes cabizbajas, de octubres en los que sólo creía en la venganza.

Lorena tiene piel canela, y eso es todo lo que Saúl andaba buscando.

Segunda vuelta

Andes en el departamento del Cuzco. Foto MonoAndes/Flickr

Ver a los muchachos pitucos insultando a la mayoría de los peruanos que votaron por Humala, despotricando en sus páginas de Facebook contra un Perú desinformado y que se merece “lo que se viene con Humala” nos hace pensar por momentos, a mí al menos, si esa pitucada no se merece un gobierno que la ponga en vereda.

Pero solo por momentos. Gente desubicada, millonarios desinformados, hijos de papá que se creen más por la familia de donde proceden o la playa donde vacacionan hay en todos los países. Ese no es el tema. No debería ser. De todos modos racismo y clasismo hay de ambos lados. Sé que muchísimos peruanos se jactan de poderte endilgar en una sola exclamación una raza y luego agregarle el conchatumadre como si ese fuera el más brillante de los insultos. Aún abunda en nuestro país esa gente que baja la ventanilla del carro de pronto y suelta con desparpajo un ¡”negro-cholo-serrano-zambo-chino o blanquiñoso” conchatumadre! y después se acomoda en el asiento del auto y se va manejando orgullosa.

Uno de mis amigos del colegio, descendiente chino, en la época previa a la segunda vuelta de 1990, fue víctima de las conchasumadreadas de sus vecinos, unos chicos rubios y muy blancos de no más de 15 años, que lo insultaban desde el otro lado de su pared por ser chino, asumiendo que era “japonés” y que él iba a votar por Fujimori en 1990 contra la que esa vez era la opción de “la gente decente”: Mario Vargas Llosa. (y mi amigo y sus padres no solo eran fredemistas, sino que además habían sido entusiastas donantes y asistentes a los mítines del Movimiento Libertad) Uno de mis peores desencantos políticos sucedió en 1990 cuando el FREDEMO–que yo consideraba como la mejor opción para mi país–perdió las elecciones. Apenas se conocieron los resultados de la segunda vuelta, todos los programas de apoyo social que se habían implementado antes de las elecciones, y que daban la impresión de que se trataba de un movimiento político con un proyecto social, se cancelaron abruptamente. La plata se retiró y muchísima gente empezó a salir a las calles con sus polos estampados “yo no voté por él”. El año 2000, al asistir a un mitín de Toledo, vi también con temor, junto a un amigo nisei, como una señora gritaba a voz en cuello “Chino conchatumadre” y mantenía los ojos fijos en mi amigo,  como si tener los mismos ojitos lo equiparara a ser parte del equipo de Fujimori.

El Perú tiene que superar estas taras racistas. Deben haber leyes más severas contra las agresiones verbales y físicas. No debería haber impunidad para quien desprecie en público a otro peruano por su color de piel o su origen social. Racismo hay en todos los países pero es una lacra. Y habrá racistas en uno y otro bando en estas elecciones presidenciales en que Humala y Fujimori disputen el derecho a ser presidentes del Perú. Sin ir muy lejos, recuerden que fue Pérez de Cuellar, ilustre secretario general de las Naciones Unidas y perdedor de las elecciones de 1995 contra Alberto Fujimori quien dijo muy orondo “cuando yo era niño los japoneses solo me cortaban el pelo en la peluquería”. Y este movimiento “etno-cacerista” de donde proviene Ollanta Humala también está fundado sobre conceptos de odio racial, de supremacía de una raza nacional que debe mandar sobre otra raza “importada”.

Un amigo me exigió que si yo le reconocía cosas buenas al gobierno de Fujimori debería decirlas sin temor. Reconozco que Fujimori hizo cosas buenas, le contesté. Pero lo importante al momento de juzgar a la hija que ahora es candidata no son las cosas buenas sino las malas. ¿Vamos a poder confiar en que su gobierno será el mejor entre las dos opciones? Una de mis teorías es que los grandes culpables de los atropellos que cometió Fujimori en su gobierno fuimos los peruanos, quienes le dimos carta blanca, asustados ante la perspectiva de que las únicas alternativas eran él o el caos: el terrorismo, la incertidumbre financiera, el aislamiento internacional.

Quienes critican a Fujimori tratando de menospreciar sus logros caen en el mismo error de quienes lo alaban sin darle importancia a sus defectos. Los abusos del poder permitieron que su gobierno fuera bastante efectivo en la pacificación nacional y la estabilidad económica. Discrepo con quienes dicen que la captura de Abimael y la derrota de Sendero era inminente sin Fujimori. Discrepo con quienes dicen que todo lo bueno económicamente fue un espejismo para robar a manos llenas.

Hubo progreso económico y el estado se modernizó y se hizo mucho más eficiente. Toledo ni nadie hubieran podido manejar un país con intis millón, repudiado por el FMI, con el dólar MUC y un ingreso por recaudación tributaria cercano a cero.Era un ataque común en aquél tiempo decir que el modelo económico de Fujimori se lo había robado a Vargas Llosa. Ahora resulta que todo lo bueno que sucedió entre 1990 y el 2000 no fue obra de Alberto Fujimori, pero sí todo lo malo.

¿Corrupción? Sí, la hubo. Pero también la hubo y a manos llenas en el gobierno de Belaúnde AP-PPC 1980-1985; en el de Alan García entre 1985 y 1990; ¿Violaciones de los derechos humanos? Las hubo también en el gobierno de Belaúnde, con las primeras incursiones de la policía y la marina en Ayacucho en la batalla perdida contra Sendero Luminoso. Y las hubo en el gobierno de Alan García, con la matanza en El Frontón y las aniquilaciones selectivas del comando Rodrigo Franco.

Y a los que recuerdan el 5 de abril como un día nefasto (que lo fue, era la prueba de que los partidos políticos no podían servirle a otros intereses que a los suyos propios, y acá incluyo tanto a los partidos de la derecha como a los de la izquierda y el APRA demagoga) no recuerdan que la constitución y las leyes de 1979 le garantizaban, en caso de ser capturado, un juicio justo a Abimael Guzmán. Con esas leyes que los congresistas se negaban a revisar  y mejorar–sin olvidarnos que había simpatizantes senderistas infiltrados en el Congreso de la República–era muy posible que de haber sido capturado Abimael Guzmán en 1992, hubiera salido libre con rapidez, debido a la falta de pruebas. Y los jueces jamás hubieran podido dictar una sentencia contra un senderista sin ser víctimas de la mano siniestra de Sendero que amenazaba su vida y la de sus familiares. La gran derrota de Sendero, de la que se jacta Fujimori, no hubiera sido posible sin jueces sin rostro, sin ventajas carcelarias para quienes colaboraran denunciando a sus compañeros, sin la máquina aceitada desde el SIN por el nefasto Montesinos.

¿Fue una guerra sucia? Sí. Fue asquerosa. Pero la alternativa era seguir viviendo con Sendero Luminoso indefinidamente. Los peruanos de aquella época no queríamos eso. Es sencillo hablar ahora de lo que se pudo haber hecho. Pero no lo hicieron AP ni el PPC ni el APRA, que demostraron ser bastante ineficaces para luchar no solo contra ese problema de la subversión sino contra otros: el desastre del Niño en 1982 paralizó el país durante casi un año ( prueba de aquella tragedia está en la novela de Bryce Echenique “La última mudanza de Felipe Carrillo”). Belaúnde no supo manejar los recursos y hubo una época en la cual no había azúcar ni arroz por ningún lado. Ese gobierno se despidió en 1985 con 5% de aprobación. Si alguien te ha dicho que el Perú democrático del arquitecto Belaúnde fue mejor que la dictadura de Fujimori es un mentiroso, un descarado. Fortunas como las de Raúl Diez Canseco–y otras tantas cercanas al arquitecto–se afianzaron en esos cinco años. Mientras el presidente Belaúnde daba clases de democracia, con prensa libre y fronteras abiertas a la importación,  el país se derrumbaba en todos los frentes. Y del gobierno de Alan García y el APRA mejor no hablar.

La prueba de que los mayores culpables de que hubiera corrupción durante el gobierno de Fujimori fuimos los peruanos, son los videos del servicio de inteligencia ¿El poder corrompe? Sí. Mea culpa, peruanos, por dejar que un gobierno ejerza el poder sin control, por esperar a ver los videos de la corrupción para darnos cuenta de la podredumbre que se había asentado en el poder. Por no cuestionar. Por no mirar más allá de los medios comprados y manipulados. Por sentarnos a ver “Luz María”, “Natacha” y “De Dos a Cuatro” y olvidar que le estábamos dejando toda la responsabilidad de nuestro futuro a una sola persona.

Con buenas o malas intenciones, Fujimori fue un dictador. Pero a este monstruo lo dejamos crecer los peruanos, lo aplaudimos tanto que se la creyó. Claro que durante esos diez años de dictadura los partidos políticos fueron tan ineficaces produciendo alternativas que cuando por fin se fue Alberto Fujimori a Japón,  el próximo presidente no fue uno de ellos sino otro candidato improvisado: Alejandro Toledo.

Algunos amigos que quieren votar por Humala dicen que quienes comparan a Ollanta Humala con Hugo Chávez están desinformados. Que los que van a votar por Keiko son los mismos racistas pitucos que votaron por PPK. Creo que el voto por Humala en verdad es un voto de descontento. Algo que Alejandro Toledo expresó muy bien en su discurso de aceptación de la derrota: “El progreso económico no está llegando a todos”.

Pero también creo que los antifujimoristas están ridiculizando a quienes van a votar por Keiko Fujimori como si se tratase de idiotas que no tienen el respeto a los derechos humanos y a la democracia entre sus prioridades. Se les caricaturiza como gente sin conciencia y olvidadizos. Uno de los problemas mayores de los antifujimoristas es esa “caricatura” que hacen del votante de Keiko: un pelele ciego y sordo que cree que se necesita mano dura para que el país no se desintegre.

Creo que el votante de Keiko es una persona que ha vivido el desastre previo a Fujimori. El votante de Keiko ha visto lo que propone Humala y no cree que sea capaz de mantener sus promesas de cambio, integración y respeto a la pluralidad de opiniones una vez en el poder.

Los votantes de Keiko desconfiaron de Toledo porque es obvio que miente demasiado, que su matrimonio fue arreglado antes de las elecciones,  como que le gusta la juerga y la buena vida, la cual–como la universidad de Keiko o los viajes en helicóptero de Kenyi–también fue pagada por el pueblo peruano. Y detestan bastante a su esposa, manipuladora, capaz de sacarle provecho al odio racial para beneficio de su candidatura.

El votante de Keiko habrá escuchado lo que dice Humala: “Abimael es un preso político” y se habrá sentido en la Luna, porque ese candidato que dice representar al Perú más profundo, al peruano honesto que vive de su cosecha, ve los horrores de Sendero Luminoso desde una perspectiva extraña. Humala al decir aquello, ignora el horror de Sendero Luminoso. El votante de Keiko no se identifica con esa frase infeliz ni con otras frases peligrosas como “Velasco fue un buen presidente”, “Hay que transformar la constitución” o “hay que estatizar los medios de comunicación limeños”. El votante de Keiko, en resumen, no es un ser estúpido, como lo pintan esas personas que ponen en sus perfiles “No a Keiko”. El votante de Keiko no quiere cambiar el modelo económico ni acepta que los grandes problemas del Perú son la dependencia y el entreguismo a Chile. El votante de Keiko no quiere otro péndulo hacia la izquierda porque cree que esa no es la manera de alcanzar el progreso.

La manera de competir de igual a igual con Chile no es expulsando o haciéndole la vida difícil a los chilenos, sino seguir creciendo, compitiendo, mejorando. Me alegraría mucho que Keiko Fujimori también dijera que hay que ser más estrictos con los inversores foráneos, porque HAY QUE SER MAS ESTRICTOS CON LOS INVERSORES FORANEOS. Pero facilitando la inversión y la competencia. No pueden venir los inversores solo a beneficiarse de la “mano de obra barata”. Los peruanos también queremos estabilidad laboral: pero no la mafia de los sindicatos que reinaba antes de Fujimori. No hay que hablar de persecusiones sindicales y achacarle todo el problema a Alberto Fujimori. Hubo intransigencia del CGTP, del SUTEP, de la CTP. Ese país de sindicatos mafiosos tampoco iba a ningún lado. Queremos sindicatos, pero modernos, que peleen por los trabajadores y no por unas ideologías trasnochadas y mal entendidas. Así que habrá que pedirle a Keiko Fujimori que ofrezca un plan para que las empresas den estabilidad y beneficios suficientes a sus trabajadores eficientes.

Pero no se puede justificar el voto por Humala por el ” odio a los pitucos” . El mayor castigo de los pitucos es ese pesado vacío en sus estúpidas cabecitas que les permite ver progreso solo si va acompañado de centros comerciales y luces de neón.

Y hay que gobernar el Perú sin despreciar a los ricos, sin ahuyentarlos. Porque hubo épocas–antes del gobierno de Alberto Fujimori–en que para ser rico en el Perú se precisaba, o un jugoso “contrato-convenio-robo” con el Estado o una extensa plantación de coca en la selva. Los peruanos somos emprendedores y trabajadores. El votante de Keiko también es un empresario al que le asusta la palabra “estatización”, “nacionalización” o “control de la libertad de expresión”. Al votante de Keiko lo que más le interesa no es la lucha de clases sino que “lo dejen trabajar”.

El votante de Keiko no le cree a Humala. Pero el votante de Keiko tampoco debería ser ciego. Debe ver que esa señora gordita está rodeada de un montón de los lameculos de su padre. El votante de Keiko tiene que saber que su voto esta vez no puede ser un voto a ciegas. Un desastre fujimorista apuraría un gobierno radical tan malo o peor que la perspectiva de Ollanta Humala en el poder.

Fujimori es una mejor alternativa de gobierno que Humala pero el votante debería exigirle mucho más a Keiko. Limpiar la imagen de su padre también requiere rodearse de gente capacitada y dejar que los corruptos se pudran en la cárcel.

¿A quién le interesan estas reflexiones? A mí más que a nadie. Tratando de explicarme por qué prefiero a Fujimori que a Humala. Por qué me parece que esta es otra guerra de aquella que libran de vez en cuando las figuras inútiles de los partidos políticos tradicionales, los trasnochados, los que ya se equivocaron una vez en 1990, los que me hicieron creerles que por ser “demócratas puros” eran mejores que los políticos pragmáticos.

Un hombre enternado en el congreso vale igual que un trabajador en el campo. Esa es la democracia. Respetémosla, seamos críticos, votemos por un Perú más serio, porque en los términos en los que está planteándose la rivalidad entre fujimoristas y humalistas,  puede convertirse en el mismo chiste de siempre.

Antes de la primera vuelta me pareció que las mejores opciones para gobernar el país eran las de Alejandro Toledo y la de PPK. Ahora, de cara a la segunda vuelta, como muchos de los votantes de Keiko Fujimori, voy a apoyar esa opción, que me parece mucho más favorable para el país que la de Ollanta Humala. Voy a darle el beneficio de la duda y alegrarme de que una mujer recoletana sea la primera presidenta del Perú.

E inmediatamente me voy a poner, como deberíamos de ponernos todos los peruanos, salga quien salga, en la tribuna de la oposición, vigilando que la tragedia del pasado no se repita.

Es la distancia

A veces no teníamos ni para comprar comida. Nos sentábamos en nuestro plastiquito y poníamos en exhibición sus cuadros de la semana anterior, las reproducciones de mis fotos y una que otra figurita de arcilla. En todo el día nadie se detenía a mirarlos. Y allí estábamos Yuyo y yo, cada vez más tensos. No solo porque no íbamos a no comer nada al volver a casa sino también porque esa Olga lo había invitado a su hotel a conversar de arte ¿Y quién era yo para decirle que no fuera? Sin embargo se me ocurría, allí sentada, sin nada en el estómago, que Yuyo no le estaba poniendo suficientes ganas a ésto porque al fin y al cabo él se iba a ir a pasar la noche con ella y yo era la que me regresaba a casa con el estómago vacío.

Queso sabía cómo era pasar hambre. No la quiso interrumpir.No le pareció apropiado. En Europa él también había pasado hambre. Vagando por Portugal después de haber fracasado en París, de haber sido expulsado de Frankfurt. Cuando no le alcanzaba el dinero para comprar ningún boleto de regreso y ya se iba haciendo a la idea de vivir en la pobreza, de la incertidumbre del día siguiente. Felizmente en Lisboa los metros no tenía que pagarlos. Queso se metía a los vagones. Le parecía la idea más revolucionaria del mundo: que nadie le controlase, que el transporte estuviera al alcance de quienes lo pudieran pagar y también de quienes andaran por aquellos días cortos de efectivo, como él.

Pero la Gringa seguía hablando–ahora ya sentados en un rincón de La Noche–, Queso con otro vaso de chilcano de pisco y ella con otra botella de cerveza, observando a un grupo de adolescentes sentados alrededor de una mesa larga de madera. Queso empezó a estudiarlos ¿Cuál de ellos estaría perdidamente enamorado de cuál de ellas? ¿Quién de ellas le rompería el corazón a quién de ese grupo? Porque estaba seguro que su historia no podía ser mejor ni peor que todas las historias de desamor que había escuchado hasta entonces. Queso habría estado muriéndose de hambre en Europa, pero por culpa del amor otros chiquillos se cortaban las venas. Yuyo ni siquiera ofrecía acompañarla a la casa. De allí nomás cogía su parte de las cosas y las bolsas, y la dejaba a la Gringa sentada sobre los plastiquitos para que regresara con los costales, cuesta arriba hacia la casa. Estaban muy cerca del hotel de Olga, no tenía sentido que él se cansara subiendo hasta la casa, para unos minutos después tener que recorrer todo el camino en sentido contrario. “Esto es lo que siempre he querido”, se repetía la Gringa durante la noche mirando las estrellas a través de la claraboya encima de su cama; en silencio porque todos sus casetes y discos los había escuchado hasta la saciedad con Yuyo, y escucharlos la ponían mal. ¿De eso se trataba realizar los sueños? Había motas de polvo flotando frente a sus ojos. Y la Gringa quería autoconvencerse de que no sentía celos.  Y no le bastaba, dijo la Gringa, decirse a sí misma que no tenía ningún derecho a ningún tipo de celos porque ella no era la enamorada de Yuyo. Era solo “su compañera” y eso les aseguraba a ambos absoluta libertad para hacer y deshacer su vida del modo que quisieran. Esas habían sido las reglas que se impusieron antes de mudarse de Lima. Las que iban a asegurarles que su vida–juntos pero separados–transcurriría sin mayores dramas: Yuyo focalizado en sus pinturas, ella en sus fotografías.

El hambre la estaba obligando a desviarse de su meta. La hacía sentirse recelosa de relaciones que no le deberían importar a nadie más que a Yuyo. La Gringa creyó que tal vez era la incertidumbre (¿y si Yuyo se enamora de alguna de esas muchachas y decide abandonar el proyecto? ¿valdría la pena quedarse sola en esa ciudad sin él? Trató de convencerse de que lo que estaba sintiendo era producto del futuro incierto. No pudo. Siguió sin dormir, viendo como esos espíritus negativos flotaban frente a sus ojos: polvo que cae del cielo para enterrarla, dándose cuenta de que lo que sentía en ese momento ya no era hambre, ni celos, sino un tenaz deseo de morirse.

A la mañana siguiente Yuyo apareció en la casa con bolsas de alimentos, latas de comida, huevos, jugos, arroz, menestras y una hogaza de pan. Empezó a cocinar mientras ella escuchaba desde su habitación, olía el aceite mientras él lo calentaba y luego los cuatro pasos desde la cocina y los dos golpes con calma en la puerta de la habitación para decirle a La Gringa que el desayuno estaba listo. Ella se sentó a la mesa y allí en su silla hizo el gesto como de estar sacándose las legañas, e hizo como que se desperezaba mirando los huevos y el arroz en el plato, el pan y la mantequilla a un lado–tal vez ya imaginándose que necesitaba un pedacito de turrón de Doña Pepa en esa mesa–incapaz de arruinarle la sonrisa de felicidad a Yuyo para decirle que no había podido dormir durante toda la noche.

¿No eran celos, sabes Queso? Era mi incredulidad de que Yuyo no se percatara de que había una manera mucho mejor de vivir este sueño. Un sueño perfecto donde ambos teníamos que estar juntos para disfrutarlo con intensidad. Un universo donde a mí no me importara que las ideas para sus cuadros–que yo le dictaba mientras me despertaba en la mañana–, él las copiara al día siguiente sin darme ningún crédito. Porque en ese sueño seríamos los dos parte de lo mismo y nos podríamos morir de hambre y tener otras relaciones, pero sin olvidarnos que los dos eramos parte de la misma unidad, que nos debíamos el uno al otro, más que a nada en el mundo. Era una pena tremenda que él no se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo al dejarme ir. No me dolía que me hiciera a un lado, sino que no se diera cuenta de que ninguna realidad iba a ser mejor que aquella donde los dos éramos cómplices, dijo la Gringa mientras sorbía su primera cerveza en La Noche. Y la Gringa desayunaba con Yuyo, pretendiendo que estaba de mejor ánimo. Y Yuyo anunciaba que lo habían invitado a una exposición en Lima, que partía ya y que le iba a dejar comida para toda la semana. A la Gringa le daba igual si le dejaban comida o no. Lo único que la hacía sufrir era ver como Yuyo decidía dejar la posibilidad de un sueño que podía ser perfecto, por la imperfección de una aventura de algunas semanas. No eran celos. En esos pensamientos no había una tercera persona a la cual odiar sino solo Yuyo, solo él. Su figura demacrada, sus ojos hundiéndose más y más y alejándose otra vez, incapaz de quedarse al lado de la Gringa como si todo lo que habían vivido no fuera suficiente para convencerlo de que su felicidad no podía ser sino con ella. Se iba por una semana y regresaba. Tocaba la puerta o iba a buscarla por la ciudad y no le preocupaba encontrarla siempre sola, como si lo supiese, como si no se diera cuenta de que ella no tenía que estar sola, que le estaba dando otra chance, esperando a que Yuyo abra los ojos y se fije en lo que se estaba perdiendo, en la posibilidad que estaba dejando pasar.

Entonces La Gringa conoció al colombiano y le cayó bien. Lo invitó a la casa y se sirvió comida con él y le cayó muy bien, tanto que lo despidió temprano y se excusó de todas las maneras para no verlo por la noche en un bar donde él iba a estar con unos amigos, todos de paso hacia Ecuador. Y cuando apareció Yuyo después de un fin de semana con Olga–que regresó dos días para comprar unas artesanías que no pudo conseguir en ningún otro lado en Sudamérica–, La Gringa le contó a Yuyo sobre este muchacho colombiano (porque ella seguía respetando las reglas de contárselo todo, a pesar de que Yuyo hacía tiempo que las había olvidado y se guardaba grandes trozos de sus horas con Olga solo para él). Y hubo un detalle en su historia, acerca de la sonrisa del muchacho, que hizo que Yuyo se sobresalte y que no escuchase la historia como escuchaba las otras que ella le contaba e hiciera preguntas. No, ninguna pregunta, una leve mueca que no se le movió del rostro ese día ni el siguiente;  justo por los días en los cuales La Gringa le dijo a Yuyo que había estado conversando por teléfono con su primo Queso, que iba a venir a visitarlos.

Es muy difícil hablar de fidelidad cuando has pasado lo que nosotros hemos pasado. Recuerda que Yuyo y yo nos volvimos a juntar cuando estaba enferma en Lima y él vino a visitarme. Él se sentía traicionado por la vida que yo llevaba en Europa, muy lejos de él. Y yo me sentí traicionada de modo inevitable, creía yo, por lo que sucedió entre él y mi prima. Así y todo conseguimos construír una buena relación en los tres años que estuvimos juntos desde que regresé. Claro que los celos…los celos. Él no es de los que explotan de celos y te lo dicen en la cara. Yuyo sigue sonriéndote y comportándose como si nada pasara. Pero cambiaban nuestras rutinas. De pronto ocurrían silencios con mucha frecuencia, él se dedicaba a sus pinturas y yo pasaba a un segundo plano. Celos injustificados: desde que regresé a Lima, con el único hombre con el que estuve fue con él. Bastaba que le mencionara el nombre de uno de mis compañeros de las clases de fotografía, de alguno de los profesores que admiraba mi trabajo o que ofrecía ayudarme a mejorar mi estilo con el revelado. Yuyo se encerraba en sí mismo, ponía sus discos de Sui Generis o de Los Abuelos y ya no éramos uno sino dos. Yuyo se perdía. Así yo estuviera a su lado en la cama. No contestaba mis preguntas, no escuchaba, no respondía. Me miraba. No era un mirada de celos, era una mirada perdida, como si algo lo estuviera agarrando y llevando a un lugar donde yo no podía meterme. Así que una mañana terminé con él. “Nada complicado”, me dije. “No podemos seguir así Yuyo. Yo te hablo y tú no me escuchas. No quieres que te ayude, no quieres hablar del futuro. No me deseas.”

Y era una de aquellas mañanas en las cuales él se levantaba de la cama, buscaba un casete que le gustaba, lo ponía y se quedaba sentado en la cama escuchándolo. A veces encendía un cigarrillo y fumaba y escuchaba. Yo le podía decir algo y él hacía un gesto como si estuviera tocando las baquetas, o rasgando la guitarra, o decía “Escucha, escucha” como si todo aquello que él quisiera decirme, todo lo importante que había que decir en ese momento estuviera en la voz de Charly García o de Miguel Abuelo. Una de esas mañanas, ya acostumbrada a ser ignorada, después del desayuno, yo le dije que no tenía sentido que sigamos juntos. Le expliqué, mientras él tomaba su café, como si yo le estuviera diciendo algo más sencillo: me voy de compras, a tomar fotos, qué sé yo. Sonrió y yo odié esa sonrisa que no decía nada. Odié sentirme culpable, porque eso era su sonrisa, su esfuerzo más intenso para que yo me sintiera culpable por hablarle de otros hombres, de mencionar a otros fotógrafos, otros profesores. Me fui y no nos volvimos a ver por varios meses.

Esa fue la época en que tú y yo nos encontramos en la galería, Queso. Esos eran los días en que yo me concentraba en ser una chica normal. Otra vez me dedicaba a mis trabajos, salía a la calle y me iba por lugares donde él y yo no habíamos ido: son tan pocos. A veces creo que cada calle de Lima y del Cuzco tiene alguna memoria de él. Que viví demasiado tiempo a su lado y que solo me queda acostumbrarme a vivir con esos “flashes” con él,  cada vez que camino por Miraflores, por Barranco, por Surco. Acá mismo en La Noche. Me sentaba, cada vez menos, ya no con tanta fuerza, pero igual me sucede: me siento contigo, miro alrededor, y aparecen en mi mente cientos de fotitos con él. Y a veces lamento no haber seguido ese camino. Tal vez hoy me habría olvidado de todo y tendría otro tipo de vida ¿no? Tal vez no.

Estábamos demasiado enredados el uno con el otro y un día se apareció, volvimos a salir, como amigos, y esa noche después de unas cervezas ya estaba yo riéndome otra vez de sus historias y conversábamos otra vez de ir al Cuzco, de quedarnos allá, de formar una colonia de artistas, de todos los planes donde estaba sobre entendido que él iba a ser un gran pintor y yo iba a ser su mujer. Y parecía correcto, Queso. Entendía que lo que había sucedido era un proceso natural de descanso. Habíamos necesitado una pausa y eso era todo. Podíamos adelantar el siguiente paso. Ninguno habló de regresar. Conversamos de contarnos todo, de ser amigos antes que nada más. Y allí fue donde tú nos encontraste Queso, en el Cuzco, unas semanas antes que él decidiera irse a Chile para visitar su neozelandesa, irse, dejarme, y en esos días en que yo también creí que tenía que dejarlo todo porque ya no aguantaba vivir en Cuzco sin él.

El regreso*

* El 2008, el día de mi regreso luego de 8 años al Perú, escribí ésto. Hablaba un poco sobre los peligros de creer que el país “se va para arriba” y que “no nos para nadie”. Analicemos otra vez, revisemos otra vez. Como dice Eduardo Adrianzén: pensemos. No tildemos a nadie de ignorante. Veamos qué pasó. El discurso de Toledo reconociendo que la gente ha manisfestado su descontento por el modelo económico, me gustó. Me hubiera gustado escucharlo así cuando se les pedía a los candidatos que eligieran un candidato de consenso. (PPK ascendía, el riesgo de tener a Humala y Fujimori en la segunda vuelta era evidente, lo lógico hubiera sido que Toledo renunciara). Estamos un poquito tarde para la primera vuelta, pero nunca es tarde para revisar y pensar. Ojalá estos líderes que tenemos se agrupen y le den espacio a los  miles de jóvenes que en estas elecciones han manifestado con emoción su interés por la política. Formar partidos y preparar a los dirigentes es la única manera de evitar candidatos y agrupaciones con programas improvisados.


Salí del Perú el 10 de julio de 2000. Regresé el 18 de diciembre de 2008. Me fui a los 27 años, regresé de 36. Tenía una tarea pendiente entonces: vivir en una ciudad diferente de Lima, aprender lo que significa vivir lejos de mi familia y mis amigos, de mi país.

Los que me conocen de antes dicen que soy un aventurero. Yo, que me conozco mejor, sé que todo partió del deseo de aprender. Y que fue una aventura calculada, sin grandes riesgos. Hubo factores inesperados y decisiones que no fue tan difícil de tomar. Fueron muchos los factores y las personas que ayudaron a que yo me quede fuera del Perú.

Escogí Nueva York. Ahora que regreso sé que escogí bien. No hubiese conocido a mi esposa, no hubiese podido trabajar y estudiar con tanta facilidad una carrera que hoy me apasiona: la literatura inglesa.

El Perú ha cambiado. Es una maravillosa experiencia ver que se está haciendo realidad, con cierta pereza, el sueño del desarrollo. El orden y la limpieza de Lima son reales, el crecimiento económico y la integración social son evidentes. Somos más marrones y más lindos los peruanos. Somos más Perú que antes. Es decir, más orgullosos de nuestras mezclas. Estamos integrados mucho más que antes y nuestro destino parece que por fin es común. De todos los peruanos, independiente de la raza y la clase social. No hay lugar en este nuevo país para el racismo y mucha gente está comprendiendo la importancia de convertirnos en una nación integrada antes de pretender ser potencia.

Otros no. Mi esperanza es que alguien ilumine a esa minoría de peruanos que aún no se han dado cuenta que el secreto del desarrollo es la disminución de las brechas de riqueza y la desaparición de las barreras sociales.

Regresé al Perú a mirar, a ver, a comparar. He comparado todo el tiempo.

He regresado a Nueva York y me he vuelto a enamorar de su color, de su cielo, de su frío y de la intensidad de su fuerza. Quiero al Perú y a su gente, pero me siento en casa entre esta gente que no habla mi idioma, entre esos edificios que no miran hacia el sur sino hacia el cielo, entre esas calles que no susurran el nombre de mi patria sino que mencionan tareas multiculturales y multinacionales.

Del Perú sólo puedo decir cosas buenas y prevenir que hay demasiadas tareas pendientes. Avisar a los que se entusiasman con los edificios grandes que aún hay rincones en el Perú donde no podrå pasar el crecimiento económico sino pasa primero la educación. Que en la misma Lima hay enormes bolsones de pobreza que amenazan con desterrar cualquier eventual progreso económico, que todos esos restaurantes de lujo, centros comerciales fabulosos y barrios enrejados están todavía rodeados de calles de miedo, de zonas pobres, de limitaciones que es necesario alcanzar y transformar.

En el Cuzco se nota mejor que en ningún otro lado el efecto distribuidor del turismo. Hay una revolución comercial de la que se benefician desde el taxista y el guía de turismo hasta el panadero de la esquina, el mesero y el vendedor de chucherías. Pero incluso a pocas horas del Cuzco hay comunidades donde la gente vive con 3 soles al día. No seamos ciegos. Eso no puede seguir así.

Esa pobreza que a veces no vemos, porque cierta belleza superficial nos venda los ojos, es la principal amenaza para el Perú posible.

Horas

Cielo raso, cielo raso, literatura.

Purga que levanta el ánimo, literatura

Veneno en carne de cañón, literatura.

De las calles, ruido y voces que siembran y cosechan.

Miradas enfermas, odios: literatura.

 

 

Y esa señora que mira el bus pasar, anteojos caídos, los brazos resignados

Que mira las nubes componerse, rebelarse, sentir miedo y caer…esa señora pudo ser mi madre

Esa madre pudo ser mi fuerza, mi guía.

Voces entonando preguntas

Cautas, inesperadas, opciones que tejen.

Lentos finales que avanzan: una vida.

Tantas cosas que nos han pasado en una vida

Muchas vidas como la de aquella señora

Esperando el momento de empezar a trabajar.

 

 

Estas comas literarias, estas divagaciones de

Tanto caminar y tanto caminar y tanto caminar

¿Y si no tuviera tiempo sería yo el mismo hombre?

¿Y si no tuviera opciones sería yo el mismo hombre?

¿Y si no leyera

Estaría el mundo fabricado

De literatura?

Partida y encuentro

¿Irse o no irse del país? Hubo una época, no muchos años atrás, en la que los abuelos amanecían y miraban la pobreza de la chacra que cosechaban, la humildad de la pequeña casa en la que pasaban sus días y se preguntaban: ¿Me voy a Lima? O el jovencito estaba ya en la edad, terminaba el colegio y las cosechas eran buenas. La pregunta entonces era: ¿Lo mando a Lima? De uno u otro modo, toda o parte de la familia terminaba en la capital. Y de allí nadie regresaba. Algunas veces la idea de emigrar empezaba como una aventura y al cabo de algunos años ya no se podía agarrar una maleta que pesaba demasiado y regresar. Pero Lima se volvió grande e inmanejable. De ser interesante se convirtió en peligrosa y las oportunidades se convertían en batallas desiguales. Irse del país siempre fue una última opción ¿Para qué? Sobre todo si no sabías dónde encontrar gente cariñosa esperándote al aterrizar. ¿Para qué? fue la primera pregunta que se hizo Queso en el avión, antes de aterrizar en Lisboa. Su vida en la oficina era insoportable. Tenía que cruzarse con la abogada al menos dos o tres veces a la semana. Además, si iba a la gerencia general y la secretaria le decía que no podían atenderlo “porque la abogada estaba reunida con el gerente de la compañía”,  Queso desarrollaba en su mente las escenas del porno más crudo mientras miraba la puerta de gerencia. Su trabajo se convertía en diez largas horas de agonía.

Uno de aquellos días, mientras mataba sus minutos de ocio al lado de la ventana de su oficina, observando el nuevo Peugeot que adquirió después de meses de contingencias y mentiras y fotocopias con préstamos de terceros­–porque su sueldo al parecer no era decente y sus facturas en garajes convertidos en cebicherías eran demasiadas–; abrió el parte. Supo lo que estaba dentro del sobre ni bien lo vio. Habían dos, ambos iguales. Uno para la familia. El otro estaba especialmente diseñado para él, de La Gringa. Ella que se había despedido de Queso en el aeropuerto del Cuzco, con la sensación de que tenía un nuevo amigo. Ella había seguido las instrucciones del Queso: el único ser humano en el planeta que no había entendido que la relación entre la Gringa y el Yuyo tenía que ser así: tormentosa, ridícula, tenía que ser un fracaso tras fracaso con explosiones. Una relación en la que jamás había que inmiscuirse, sino alejarse, cuidándose de aquellas chispas capaz de provocar grandes incendios. Diez años después, en el taxi que lo llevaba a Barranco, la Gringa ni se acordaba del breve discurso del Queso debajo de la bóveda de estrellas del Cuzco, sobre las escaleritas de su habitación, frente a patio de piedras. Un discursito ridículo, más bien. Que le había servido al Queso, todos estos años, para vivir con la convicción más o menos estúpida de que Yuyo y la Gringa habían regresado porque él se los había recomendado. La noche antes de tomar el avión a Lima, Queso le dijo a la Gringa que superen las infidelidades, y que ambos se declaren, oficialmente, el uno para el otro.

Así que esos sobres que el cartero lanzó por debajo de la puerta era su oficialización. Metió ambos en el bolsillo y no abrió el suyo hasta llegar a su oficina, después de haber pasado por gerencia, ya con el germen en la cabeza de una idea que se le ocurrió mientras conducía hacia el trabajo. Pasó por gerencia también para comprobar la situación de su abogada. “Están en reunión”, le dijo la secretaria, sentada delante de la puerta, como si no lo supiera. Queso pensó, mientras la miraba, en la vida de esa secretaria, haciendo como que no veía nada, sonriendo, negando la disponibilidad de su jefe. Diciéndole su mensaje casualmente, para que él no se diera cuenta que sospechaba. Si bien Queso sabía que la secretaria sabía.  Queso pensó en todo eso mientras ella le sonreía y le decía que el gerente general de la compañía estaba reunido con la abogada. Tal vez sabiendo, porque las mujeres se cuentan todo y alguien de la oficina le habría contado, no exactamente la abogada –que no conversaba más que con él y con los gerentes–, que ambos habían salido juntos un par de veces, que Queso se moría por ella, que…Entonces Queso siguió de largo, cerró la puerta de su oficina y se sentó a su escritorio mientras miraba por la ventana su nuevo Peugeot, azul como lo había pedido cinco meses atrás, sin sospechar que los papeleos para que le autorizaran el crédito iban a demorarse tanto. Mirándolo, tomó el parte de su bolsillo, lo cogió entre sus manos y lo abrió. Era el certificado de su firme convicción de que el amor lo puede todo. El certificado de su certeza–a pesar de las Olgas y los ingleses, de los pirañitas familiares que se meten donde nadie los ha llamado–de que aquella energía que mueve al mundo los ha llamado “pareja” y nada ni nadie podrá evitar que ellos se junten para siempre. Era también un certificado de la estupidez de Queso. Se imaginó entrando a la iglesia, rodeado de sus primos, de sus tíos, de la madre de la Gringa que lo iba a mirar igual que cuando cargaba aquellas dos fotografías para su hija envueltas en papel Kraft. Todos pensarían que en ese terno impecable parecía un simpático pingüino. Mirarían atrás en el tiempo, no muchos años atrás, ¿dos, tal vez? Y se preguntarían ¿No fue Queso quien les dijo que estaba saliendo con la Gringa? Y algunos de sus primos le dirían después de un par de vasos de whiskey, palmoteándole la espalda, que “por lo menos esa modelito se iba a quedar en la familia” ¿No era ese Queso el mismo que maldijo al Yuyo, borracho, por tratar a su novia, la Gringa, como una cualquiera, por no valorarla? El mismo Queso a quien Yuyo ayudaba a vomitar en sus primeras chupetas, con quien se emborrachaba de corrido desde el 31 de diciembre hasta el 2 de enero– si bien Queso se quedaba dormido en varios puntos de aquella maratón, para volverse a levantar y seguir tomando.  El mismo Queso a quien Yuyo abrazaba una tarde regresando de todos los bares de la ciudad imperial y besaba en el cachete porque pocas veces habían tenido oportunidad de emborracharse tan bien como esa vez.

Queso jamás había pensado en lo que haría de darse esta nueva situación. No estaba prevenido. Tenía que estar con ellos en la iglesia, mirándolos, saludándolos, deseándoles lo mejor. Luego se subiría a su precioso Peugeot azul del año, se iría a casa, dormiría el domingo, el lunes iría a trabajar para tocar la puerta del gerente. La secretaria le sonreiría porque otra vez el gerente ni la abogada lo podían atender. “Están revisando los contratos de las nuevas impresoras” adelantaría la secretaria, como para que se despejaran las dudas y quedara claro que ella estaba al tanto de todas las cosas que sucedían dentro de la compañia. Y Queso–muy decidido– pasaría delante de la secretaria, armado. Si la puerta estaba con seguro, la abriría con una bala y entonces, al ver al gerente general cabalgando las nalgas de la abogada, con los senos apachurrados contra el escritorio, les dispararía y acabaría con su pesadilla.  Sino podía recurrir a este recurso­–porque su carácter le impedía elaborar un poco mejor los detalles de esa solución que Queso llamó en su mente “la extrema”–haría lo que hizo: marcó el teléfono de la agencia de viajes. Pidió un pasaje para Europa. Tenía que ser el mismo día del matrimonio. No sabía nada de Lisboa, solo que podía desde allí coger el tren a París y sabía quién lo iba a recibir en Francia. O en España, o en Irlanda. Para que no existiera la posibilidad de arrepentirse, Queso compró el pasaje por teléfono. Dio su número de tarjeta de crédito, su clave personal. No había cambios ni devoluciones.

Así se embarcó Queso en su viaje al olvido, avergonzado en su propio Padna. Fue gracias a esa mañana, a ese parte con certificado de felicidad incompleta, que se cruzó seis años después en el bosque de Leiría con esa enfermera de Quebec. Aquella enfermera que estaba muy enterada de la pobreza en el Perú, de los problema de epidemias y pandemias, de la falta de educación para prevenir las enfermedades venéreas y que, solo por dos noches se quedaba alojada en el albergue internacional de estudiantes al lado del castillo de Leiría, pero juró que quería conversar un poco más sobre la pobreza en su país y los proyectos que ella llevaba a cabo, y su trabajo social en Portugal con los inmigrantes africanos. “Muchos llegan de Mozambique y de Angola, ya con SIDA. Es imprescindible una campaña educativa.” Karine se llamaba ella. Era de noche y hacía un poco de frío, pero ella vestía unos pantalones cortos reversibles de montañista y una camiseta que decía “pro-inmigrante”. Se iba a un festival de verano en un pueblo, acá muy cerca, cruzando el bosque. ¡Qué casualidad! Yo también. El Queso le contó que un camionero lo había dejado en Leiría en la mañana, que venía de Porto donde trabajaba como diseñador gráfico para esta compañía que creaba libros educativos. Karine había llegado al bosque después de haberle pedido una jalada a un campesino que pasaba en su camioneta. El campesino ofreció llevarla hasta el festival. Pero de modo muy sospechoso, a mitad de camino en la carretera, el campesino le había dicho que primero iba a entrar a su casa a sacar algo, que ella lo iba a acompañar. Que iba a tomar un desvío inesperado. Y Karine dijo que no, casi gritó que la deje allí, enmedio del bosque, que ella iba a caminar. Salió casi corriendo, cayéndose mientras huía de la camioneta del campesino. ¿Es un festival muy famoso no? preguntó ella. “Famosísimo”, dijo Queso. Sus compañeros de trabajo en Porto le habían hablado todo el año acerca de ese festival: de las marionetas que representaban a cada pueblo de la zona, de los fuegos artificiales con figuras alegóricas, de las comidas que preparaban los pobladores y ofrecían sin costo a los visitantes. Solo duraba una noche. Siempre la misma noche, llueva o truene, una especie de ofrenda a sus fundadores portugueses.

Queso y Karina caminaron juntos por el bosque, entraron al pueblo y deambularon de grupo en grupo, se juntaron con la masa amontonada frente a carpas y kioskos para ver el espectáculo de las marionetas. Eran pequeñas representaciones de leyendas locales, con los muñecos vestidos a la usanza de la época medieval.  Se repetían con pequeñas variaciones. Y si bien al principio Queso las encontró singulares y divertidas, después de verlas repetirse una y otra vez durante dos horas, terminaron por aburrirlo, y encontró más entretenido observar a los padres con sus hijos jugando en las tómbolas y en los juegos de azar, en los que podías ganar una botella de vino si lanzabas los aros con puntería o un muñeco de peluche si disparabas la escopeta de aire con precisión. Pasada la medianoche empezaron los fuegos artificiales, y Karine le confesó–con una media sonrisa de pavor–que nunca había estado frente a una de estas explosiones de colores y figuras tan conmovedoras. Después de los fuegos artificiales, si bien la feria proseguía y los kioskos de juegos seguían abiertos, la mayor parte de los asistentes empezó a retirarse.  Queso buscó un carro entre los que se marchaban. Un muchacho que viajaba en una camioneta con la esposa y los hijos ofreció llevarlos si no les molestaba viajar en la parte de atrás, al descubierto. Se treparon. Si bien el clima era agradable, el viento a esas horas de la noche era intenso. Queso se quitó su sudadera y la pasó alrededor de los hombros de Karine. La abrazó mientras se tapaban la cara porque la camioneta estaba levantando polvo mientras cruzaba el bosque.  El muchacho los dejó frente a la puerta del edificio donde estaban alojados–una mansión de hacienda que había sido restaurada en su esplendor de riqueza de provincia para transformarla en albergue para mochileros eruropeos–que a esa hora estaba muy oscuro y silencioso, como el resto de la pequeña ciudad de Leiría. Cruzaron la recepción del albergue, en dirección a la zona de las habitaciones, conversando con la voz casi susurrando: “Quiero que me cuentes más de tus proyectos de salud, de prevención de enfermedades. Tal vez yo pueda ayudar con diseño gráfico” dijo Queso. “Sí, sí, me encantaría” “¿Nos podemos encontrar mañana para desayunar?” “Oh sí. Me encantaría” dijo Karine y Queso notó que ella miraba de un modo distinto, con ímpetu, y claro, pensó, si la había encontrado en pantaloncitos y camiseta enmedio de un bosque, yendo a un festival de marionetas.  Se había mandado a caminar enmedio de un bosque, sola, de noche. Cualquier persona que cruzase el océano para ayudar a otros, para dedicar su vida a salvarle la vida a inmigrantes de los cuales jamás había escuchado antes, tenía que ser impetuosa, estar llena de buena energía. Le brillaban las mejillas con un rojo intenso, su rostro casi no tenía ninguna de aquellas marcas que definen la vida. Tenía dos manos muy activas y delicadas, que movía mucho cuando conversaba. El cabello era largo y rubio, lo llevaba amarrado con una liga en colita, unas mechas se salían de la liga y caían sobre el rostro acentuando sus facciones.

Queso acompañó a Karine hasta la puerta de su habitación y se fue a la suya a dormir. Habían pasado seis años desde que salió de Lima. ¿Cómo tomaría Karine su historia? No le importaría. Repasó en su cabeza como habían sucedido las cosas: Él había salido de Leiría, mal orientado, y se había perdido al momento de cruzar el bosque. Karine había conseguido un auto que la llevara y solo ciertas circunstancias la habían obligado a huir y caminar hacia donde Queso marchaba, solo por el bosque. Se habían encontrado al final de dos caminos que partían, uno desde Quebec, con deseo de salvar a los inmigrantes de las pestes y del maltrato europeo; el otro desde su escritorio en Lima con parte matrimonial y su deseo de no hacer el ridículo en una ceremonia religiosa. “Está escrito” pensó Queso, incapaz de conciliar el sueño. Se levantó de su cama, salió al pasillo y fue hacia la habitación de Karine. Al abrir la puerta notó que ella se movía en la cama, pero que no dijo nada. Como si entre las posibilidades para aquella noche hubiera previsto aquél desenlace. Queso se acercó a la cama, Karine le hizo un espacio,  movió la cubrecama  y Queso se echó al lado ella. Se besaron, ambos labios aún estaban fríos. Él deslizó sus manos debajo de la camiseta. Ella movió también las manos, heladas, sobre su cuerpo. Karine se detuvo un instante para palpar algo dentro  del bolsillo de los pijamas de Queso. Preguntó: “¿Qué tienes aquí?” Y Queso le respondió: “Un condón”.

Adiós Dublín*

A los amigos todos en licencioso beso
Los despido
Somos los mismos hombres

Los liceo

Adelantemos esta despedida:
Con exilio y suspicacia
Con la terca persistencia
Con nuestros dedos de furia
Masturbaremos a la letra
Y auscultaremos al infierno

 

He de sembrar semillas
Con mi miembro
Con tu cabello atado a la cintura.
Alumbraré el cuartito, asomadito al catre
La manivela de porcelana vieja
El caño descascarado
La biografía mitológica
Tus mejores líneas, Joyce.

Asumiré tu genio
Tus letras, tus reservas.

 

*Escrito después de leer A Portrait of the Artist as a Young Man

Los buenos finales

No se pueden comprar los buenos finales

Tampoco los finales imposibles

Llegan con los duendes en los sueños

O los trae la paciencia con los años.

 

 

Los buenos finales llegan solos, aparecen

Saben que nadie

Los estaba esperando.

 

 

 

 

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: