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The New York Street

Un blog lleno de historias

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Libros

Un hombre flaco

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José Muñoz me trajo el libro de España. Se demoró casi 20 minutos en entregármelo. Parecía sentir la obligación de darme primero una relación de lo que le había gustado del texto. Así que allí estuve todo ese tiempo en su despacho, escuchándolo, mientras él me hablaba desde su silla y balanceaba el libro con una mano: Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro de Daniel Titinger. El libro es un perfil periodístico de Julio Ramón Ribeyro, en base a las conversaciones con su esposa, sus amigos y familiares.

Mientras escuchaba a José, resistía la tentación de arrebatarle el libro y largarme a leerlo.

“Se lee en una noche” me dijo José, quien desde que descubrió a Ribeyro hace algunos años no ha dejado de amarlo. Cuando yo ya sostenía el botín y me quería ir a buscar un sitio solitario para empezar la lectura, él me retuvo para seguir hablando de los cuentos que más le gustaban. Me dijo el título de dos de ellos: “Los jacarandás” y “El ropero, los viejos y la muerte”. Fue a un armario, abrió unos cajones, sacó unas fotocopias subrayadas y me leyó:

porque sabía que pronto iba a morirse y que ya no necesitaba del espejo para reunirse con sus abuelos, no en otra vida, porque él era un descreído, sino en ese mundo que ya lo subyugaba, como antes los libros y las flores: el de la nada.

José terminó el cuento, suspiró y me dejó ir.

Empecé a leer el libro en el sofá de mi despacho en la universidad. Retomé la lectura en el tren rumbo a casa. Lo seguí leyendo a la mañana siguiente en el subterráneo que me lleva a Manhattan y en el que me regresa al Bronx. Casi lo terminé en un sillón debajo de una lámpara en mi sala. Por fin, tumbado en la cama, llegué a la página 166, al Y no dijo nada más con que Titinger termina.

El libro es un testimonio del cariño de los lectores peruanos al trabajo del escritor y a la figura de Ribeyro. El texto, ese coro de voces que ha compilado Titinger, contribuye a ver al escritor como un todo, con las distintas facetas de su vida agrupadas en la página. Es una fotografía tridimensional de su personalidad.

Desde que leí “Solo para fumadores” en un fin de semana en Pulpos, allá por el año 1992, había quedado conmovido por el mito del escritor que se moría de hambre en París. Es una imagen de Ribeyro que se reforzó con la lectura de sus diarios. Como si se me curara al leerlo una herida muy vieja, sentí alivio al enterarme, gracias a Un hombre flaco, que buena parte de su vida en París Ribeyro la pasó en el departamento de lujo que compró su esposa, que los viernes se deshacía de sus obligaciones de embajador para almorzar y brindar con sus amigos, que se enamoró de una muchacha en Lima y que se la trajo para conocer con ella Nueva York─de donde regresó muy mal─, que murió sin dejar el cigarrillo, pintando y metiéndose al mar al anochecer, celebrando la vida, después de haber sido testigo del principio de la canonización de su obra y haber recibido los aplausos y el cariño de quienes lo leían con entusiasmo.

Un hombre flaco es un libro, primero que nada, para quienes leen a Ribeyro con entusiasmo. Es una obra de amor, escrita para satisfacción de sus lectores.

Bienvenidos a San Gregorio

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Queremos que México salga adelante. ¿Díganme cómo? Así laboriosos: haciendo que gire la rueda de la fortuna con pistoleros contratados: muerte: ponte la venda, no mires, te llevamos a un pueblo llamado San Gregorio: te soltamos a bordo de una camioneta BMW para que te encargues de la familia Montaño, de esos muchachos Martina y Candelario, de ese Valente: insolente, que después de laborar, vuelve a su humilde hogar: ambición desmedida: una pizzería para el pueblo de San Gregorio. Mata al prójimo: muéstranos el camino.

Dice Francisco Goldman que el torrente de palabras con que describe a México Daniel Sada, lo tenemos que poner a contraluz de la escasez con que Rulfo describía los inhóspitos desiertos mexicanos. Rulfo tenía toda la intención de hacernos llorar de pena. Sada quiere que nos desternillemos de risa. El humor dramático: risa sanadora, curativa.

Juan Villoro dice que Sada ha plantado exhuberancia en el desierto abandonado. Sus frases son como baldes de agua. Entramos a San Gregorio y un paisano quiera darnos la bienvenida. Nos sienta y nos dice: tómate un vaso de cerveza y ahora te cuento: esto pasa en mi Mágico querido.

Ante Sada no es posible tomarnos todo en serio, es mejor pensar que se ha dedicado a recrear en la sequedad de la arena mexicana aquella escena en la que Leopoldo Bloom le daba vueltas a la estatua desnuda frente a la gran biblioteca, buscando la respuesta a la pregunta que lo torturaba: ¿esculpieron el ano, sí o no? En Sada también se da esta venia al descalabro como motivo de risa y reflexión. Sólo así podemos entender que un padre y un hijo que han sido capos de la droga se droguen durante varios días, se queden duros esperando el futuro en la casa de un narco en los Estados Unidos. Solo así tiene sentido ese Candelario Montaño que quiere ver el mundo. Ese muchacho que deja la pizzería del padre para irse a fumar marihuana con su mejor amigo, para pedirle trabajo al padre en eso que los ha hecho ricos, equivale al “Welcome ¡Oh life!” con que Stephen Dedalus se va a ver el mundo en el final de A Portrait of the Artist as a Young Man”.

Sada ha sido influenciado por los clásicos: por Virgilio, por Homero (Sada siempre quiso ser poeta, hasta que llegó al DF y le dijeron que los poemas ya no eran como en la época del Ciego. Ahora eran abstractos y muy cortos: Sada se cambió a la prosa) y por Joyce. Su preocupación fue instalar un lenguaje moderno en el territorio donde se plantó a contarnos el mundo. Su mundo es el mundo de las culebras que se arrastan bajo el sol del desierto. Yendo de un ambiente a otro, de una cabeza a otra, burlándose de la realidad que les ha tocado vivir a sus compatriotas del campo, así se escribe El lenguaje del juego. Su esposa dice que se encerraba 12 horas a escibir, después del desayuno, y que salía para la cena con una sonrisa satisfecha, encantado de un territorio que creaba frase a frase, mientras inventaba una lengua nueva.

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Y Contarlo todo

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La publicación de La ciudad y los perros en Barcelona, en 1963, supuso el inicio de un período esencial para la literatura latinoamericana. Era la primera vez que una novela peruana se escribía con técnicas que se venían anunciando en textos de algunos precursores, y en Borges.

El auge de la doctrina marxista, la fértil discusión ideológica en París, revoluciones, dictaduras y gritos independentistas, fueron la materia prima con la que los escritores latinoamericanos, calcando a los intelectuales franceses, se convirtieron en protagonistas de la lucha política activa. Varga Llosa tuvo alumnos aplicados: Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina, por citar sólo dos ejemplos, jamás han evitado mencionar la importancia que tuvo en su carrera la lectura de La ciudad y los perros. Vargas Llosa ha estado vinculado, ya sea por su palabra o por sus letras, a los eventos intelectuales y políticos de los últimos 50 años.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, las casas editoriales han estado buscando a su reemplazo.

En apenas dos años, el nombre del Nóbel ha sido utilizado como carnada para atraer a los lectores hacia las novelas de dos escritores.  Entre los peruanos, la influencia es más terrible y por eso el juego de las semejanzas para profetizar a una figura central de nuestras letras se da con mayor frecuencia y fracasa con mayor ruido.

Diego Trelles Paz y su novela Bioy, cargaron en el 2012 el peso de aquella comparación: “Si Vargas Llosa tuviera treinta años y sus orígenes fueran otros pero la potencia narrativa la misma, podría haber firmado este libro. La ciudad y los perros 2.0” decía el escritor Gabi Martínez en la contraportada, marcando desde el inicio el viaje del lector por sus páginas. Trelles, recién terminados sus estudios de doctorado en los Estados Unidos, apareció en los medios peruanos con esa promesa de satisfacer al destino. Algunas críticas fueron demoledoras. “Incapacidad para crear personajes…la historia se va deshaciendo sin solución…hegemónica banalidad” son algunas de las puyas lanzadas por el crítico Yrigoyen desde la revista literaria buensalvaje. Lo que parecía molestarle a muchos no era tanto la calidad de Trelles para contar su historia sino un aspecto que Yrigoyen también mencionaba en su reseña:”precedida por una hábil campaña publicitaria”. La habilidad, consistía en la facilidad con la que Planeta sugería una similitud entre Bioy y La ciudad y los perros. A Trelles Paz se le juzgaba por la mentira marquetera de querer comparar a un escritor novel con un Vargas Llosa ya consagrado. La novela sufre desde el principio en los rangos académicos –que tienen que lidiar con una comparación planteada para hablar de Bioy. La estrategia es útil para posicionar a un autor en el mercado. Luego, éste tiene que defender su calidad midiéndose con la vara del Nóbel.

Así llegamos a fines de 2013 y, utilizando una agresiva campaña de medios, Mondadori junta a Vargas Llosa y al escritor Jeremías Gamboa en los salones repletos de la Feria del Libro de Guadalajara para proclamar la llegada del sucesor. La estrategia es una copia–más ambiciosa y con mayor presupuesto–de la de Planeta con Bioy. Ahora el lector, interesado en leer a Gamboa, se ve enredado desde antes de entrar a las páginas de la novela, por una sola pregunta: ¿Se parece o no se parece?¿Es Gamboa el nuevo Vargas Llosa? La respuesta es no.

El crítico, a quien también se le ha preguntado lo mismo, tiene que responder y acusar el mismo descubrimiento de Yrigoyen: “precedida de una hábil campaña publicitaria”. Luego sucede lo que tiene que suceder. Empiezan las reseñas negativas, las que se lanzan en contra del libro, acusando una estafa promovida por la editorial: “507 páginas que defraudan las promesas del departamento de ventas” dice Guillermo Espinosa Estrada en su comentario en El Universal.

¿Tenía que suceder? Las comparaciones con Vargas Llosa son innecesarias. Muchos escritores peruanos necesitamos medirnos con el héroe que nos entregó La ciudad y los perros. Sin embargo, el intelectual que floreció en aquel mundo donde París era una luz y Odría era la personificación de una sociedad abyecta, no puede germinar del mismo modo en una ciudad que mira hacia Nueva York, desde barrios que, por más periféricos que sean–todas las combis de Lima terminan en Santa Anita–están conectados al universo vía Claro, Cable Mágico y Movistar.

Gabriel Lisboa, el protagonista de Contarlo todo,  merced a ese departamento de ventas de Mondadori,  tal vez permanezca algunos años más en la memoria de unos cuantos miles de lectores engañados por la comparación. Sin embargo, a quienes nos gusta sentirnos orgullosos de nuestros héroes literarios, lamentaremos que se pretenda coronar a un escritor sólo con las armas del mercado. Es cierto que el escritor tiene que comer. Es verdad que resulta penoso que algunos de nosotros tengamos que estacionar automóviles, atender mesas o congelarnos sin calefacción para seguir escribiendo. Sería ideal que las fuerzas del mercado pudieran hacer realidad (todos los meses) el sueño del novel escritor con talento que puede sólo escribir bien y vivir con holgura entre Lima y Londres, mientras espera que se le conceda el Premio Nóbel. La realidad es que así no es.

No habrá otro Vargas Llosa. Los escritores que vengan, los que pretendan convencernos de su calidad, como Gamboa o como Trelles Paz, pueden asumir su figura como reto. Pueden apoyar sus ambiciones políticas en la carrera de Vargas Llosa, si bien necesitan empezar el camino midiéndose con otros nombres, invocando otros universos, alejados de ese padre creador del Jaguar, El poeta y El esclavo.

La mujer de blanco

Richard Harris, el actor principal en "Viajes de Gulliver", filme de 1977.
Richard Harris, el actor principal en “Viajes de Gulliver”, filme de 1977.

En las calles del pueblo, de noche. No teníamos que alejarnos demasiado. Era terrible pensar que de pronto, entre las matas de los olivos, en alguna acequia estrecha por donde era necesario pasar (o saltar) podía aparecer

La mujer de blanco

Siempre me gustaba recordar los consejos de mi padre: “Témele a los vivos, no a los muertos”. Creo que he aplicado su consejo en muchas ocasiones, optando por el sentido común, derrotando a las suposiciones y a los misterios inexplicables ¿Pero cómo vencer, en la niñez, a esos ojos fijos de tus primos que te narran la terrorífica historia que le ha sucedido a alguno de tus parientes, a uno de aquellos chiquillos que tú conoces, caminando de noche por las carreteras que llevan al pueblo, tropezando de pronto con

La mujer de blanco

Es verdad que después aligerábamos la tensión replicando–a la luz del lamparín de queroseno o de aquellas Petromax con bombilla de tela, que iluminaban como el mejor florescente, los techos de troncos, las paredes de adobe recubiertas de cal– lo que le haríamos, si la viéramos, a la mujer de blanco. Y nos reíamos simulando las proezas (a veces violentas, otras veces eróticas) a que someteríamos a su cuerpo de tela, a esa representación cuyo propósito era ahuyentarnos, impedir que nos aventuremos en los cerros donde probablemente se agazapaban animales y peores destinos que la mesa con luz donde matábamos el tiempo contándonos historias o jugando a las cartas.

No había electricidad ni alumbrado. De eso se trataba la proeza de seguir diciéndonos aventuras de miedo. El sol desaparecía a las 7 y si bien algunos –tal vez mi abuelo desde su cuarto, o algún vecino, sentado en una banca de la plaza– se distraía de la oscuridad jugando con la radio a transistores, escuchando la onda corta que botaba emisiones en japonés, en ruso, en francés corrompido por la estática, el resto era oscuridad y silencio.

Por eso recuerdo tan bien la tarde en que llegó el cine, la polvorienta camioneta con un parlante oxidado amarrado al techo, dándole vueltas a la plaza y anunciando el programa: Los viajes de Gulliver. Ya de noche, caminamos desde la casa hasta el cinema –una sala de pintura descascarada al lado de la iglesia– cargando nuestras sillas y nos pusimos a ver los periplos del enano\gigante\huésped de los yahoos que inventó Jonathan Swift. Mis primos, que sabían demasiado de ese pueblo (yo era de Lima, un turista que sólo visitaba en los veranos) se reían y gritaban desde el techo, donde se echaban para ver la función entre las rendijas, entre los agujeros que ellos mismos le hacían a la quincha.

También recuerdo el circo, con sus payasos vulgares y estrafalarios que nos hacían reír, mientras el pueblo oscurecía y el cementerio –a dos cuadras de la casa– se ocultaba en la sombra de la noche. Ya muy lejos, desde el corral a donde íbamos cuando sentíamos urgencia de usar el baño, se veían las luces del “Casino”, una casita con varias lámparas de queroseno, donde algunos hombres se pasaban la noche al ritmo de apuestas y cuentos subidos de tono.

Mi padre nunca fue al casino. Él era de Lima y pensaba que los del pueblo, los parientes de su mujer, lo iban a esquilmar. Ellos, quizá, pertenecían a ese grupo de vivos a los que había que temerles mucho más que a los muertos.

Fue otra noche, en una tienda, esa que quedaba en una esquina, en la parte de arriba del pueblo, cerca del camal, alguna vez en que mi madre aceptó ir conmigo y mis hermanos a comprarnos un alfajor o unas rosquitas de yema de huevo, cuando escuché de la boca de algún cliente, sentado sobre los costales (en el mismo rincón oscuro donde otras veces escuché rumores sobre ataques terroristas y la inminencia de una toma), de la boca de un peón que saludaba a todos los que ingresaban a la tienda con respeto, que apoyaba la espalda en uno de esos calendarios con dibujos de animales de granja que repartía Nicolini, que algo extraordinario pasaba muy arriba de la quebrada, entre cerros y fundos magnificos de los que yo sólo había oído hablar pero que aún no conocía:

“En San Luis, en la mina abandonada, han descubierto oro”, dijo.

Aquellos fueron los últimos días de la mujer de blanco.

La literatura es juego

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“Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.”

Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego

Es un poco complicado comunicarme con un tipo que cree que Charles Bukowski hizo literatura. Páginas para masturbarse, tal vez. Robert Crumb ¡Él sí! creó situaciones y personajes más perturbadores que  los del viejo Chinaski: Mr. Natural. Eso es literatura. En todo caso la que a mí me gusta. Al fin y al cabo, todo se podría resumir en gustos ¿Por qué negarle la etiqueta literaria a un libro de Harry Potter o a una novela de Tolkien? Pueden convivir en el mundo de la literatura los Onettis y las Allendes, los Bolaños y los Coelhos. Ese escritor que te pone a llorar en el momento en que una puerta se abre y aparece una anciana, después de cien páginas en lo que único que ha pasado son descripciones lindas –estoy hablando de Sebald– tal vez te sorprendería diciéndote que relee cada vez que puede alguna de las historietas de Hergé y que se pone a llorar de risa con las peores comedias en blanco y negro mexicanas.

La literatura alcanzará el final de los tiempos.  “La literatura es un juego en el que un autor se juega todo” dice Javier Cercas. También dice: “Leí a los 15 años a Borges y no me fascinó: me volvió loco”. Yo leí a Borges por primera vez en francés, un libro que conseguí en la biblioteca de la Alianza Francesa de Miraflores: Le livre de sable, me acuerdo.  Nadie en mi familia fue capaz de prestarme a Borges en castellano. No existía en la biblioteca del colegio ¿Pueden creerlo? En ese libro de cuentos en francés, Borges pasó ante mí indiferente. Aquél detalle, justificará en el futuro, ante los críticos, estoy convencido, que mis novelas sean menos interesantes que las de Cercas.

La liiteratura es como un círculo de hermanos. A veces una cofradía de vanidades, un frasco lleno de egos. Los escritores, a través de las letras, le comunicamos nuestros sueños a los desconocidos.

Nuestra vida está construída sobre las ficciones que leemos. Sin los grandes personajes de ficción no hubieran existido los discursos que revolucionaron al mundo. Claro que en el fondo, todos los escritores queremos una estatua. Nos duele reconocerlo pero a eso aspiramos, a la pose perfecta en que una fotografía nos eternizará en la contraportada de nuestro libro más leído. Es el caso de Kafka en Praga, de Marai en Budapest, del Goethe sentado en una calle de Vienna, de ese Vallejo, con los zapatos cruzados y sosteniendo el sombrero, en Santiago de Chuco ¿Dónde estará mi monumento? Se tiene que preguntar el hombre o mujer que cree que ha trascendido, el hombre de letras que cree que ha dejado obra.

Hombres y mujeres pretenciosos: la literatura es un juego, combinación que sólo un espíritu noble puede tomar como ejercicio válido. Todo es mentira: juguemos. Hay mejores cosas que hacer que escribir. Hay oceános por cruzar y montañas que faltan escalar.

El mundo de las letras: una bóveda. Oscura y helada, una página que,  para quienes viven mucho y leen poco, no significa nada.

Tantos libros (So many books)

Cosas que recuerdo de Strand (18 miles of books):
1.Encontrar una primera edición de un libro de Richard Burton (y comprármelo a precio huevo)
2.Hallar la edición de Anábasis, la segunda traducción de T.S. Eliot
3.Leer las notas al Génesis de la edición original de la Biblia de Jerusalem y las menciones a los cíclopes.
4.Los libros de la Historia de la religión, El mito del eterno retorno y los diarios personales de Eliade
5.Todos los ensayos de Ezra Pound
6.The Western Canon de Harold Bloom
7.La biografía de Oscar Wilde
8.Buscar libros de drama griego y encontrar una edición traducida de los Comentarios Reales
9.Los versos de Yates
10.Los dramas de Shakespeare
11.La colección de la Everyman Library
12.Los ensayos de Montaigne en tapa dura
13.Los libros Taschen a 10 dólares (Fotografía siglo XX, Iconos del siglo xx, Forbidden Erotica)
14.Las mujeres entre los libros
15.Sobre las escaleras buscando entre los libros pegados al techo
16.Las miradas
17.Los laberintos del sótano
18.Las horas.
19.Un libro sobre la historia del blues por Robert Crumb
20.Los ensayos de E.B. White, recomendados por Iwasaki
21. Un libro viejísimo de Joseph Conrad

He leído más en los Barnes and Noble. De aquellas librerías tengo recuerdos más placenteros (de labios, de sonrisas, de escotes, de caminatas de atardecer, entre las sillas de alguna presentación). Tengo además el autógrafo de Zadie Smith, el de James Ivory, el buen trazo de la firma de Art Spiegelman y la de Frank Miller en Sin City.

Además, he escrito cosas importantes pegado a las ventanas de Broadway. El ambiente espacioso y moderno de B & N se presta más para la lectura que los atestados pasillos, los estrechos pasadizos y el excesivo calor de los locales de Strand.

Sin embargo, me sucede algo difícil de explicar. De los Barnes and Noble recuerdo el placentero silencio de mi lectura. Entre los libros viejos de Strand, siempre me parece estar escuchando una prolongada conversación.

William Carlos Williams under the influence



William Carlos Williams under the influence
Borrowing from The Cantos to write the greatest American epic

“Ain’t it enuf that you so deeply influenced my formative years
without your wanting to influence also my later ones?”

WCW’s letter to Ezra Pound, 12 April 1954 (1)

William Carlos Williams’s aim of writing an epic using as a raw material a small New Jersey city is very ambitious. Perhaps even more ambitious than Pound’s agglutination of eras and languages in the Cantos, or Eliot’s purpose to representing the decadence of the whole modern world in The Waste Land.

To write the 5 books of Paterson, Williams borrowed patterns and music from Eliot’s poems and ideas and sources from Ezra Pound. The rhythm and cadence of T.S. Eliot is everywhere in Paterson, and Pound’s Cantos is used by the Rutherford poet as a pattern to write his own big epic. Paterson is the “magnus opus that I’ve always wanted to do” as Williams call it in a letter to Pound in November of 1936.

The two poets that Williams disdained publicly most of his life are the ones he imitates the most. He was not happy about that influence, but he could not deny it either, as he says in this letter to Robert McAlmon:

Pound is] a one sided bastard if there ever was one, who has borrowed from everybody, including myself in the old days, but he’s done a good job, surpassingly good. And I’ve borrowed from him much more than I’ve given. Everyone has who has followed him. Yeats specially (qted, In Thirlwall, 220).

Pound’s influence is clear in all William’s first books. But by 1946, when he published the first book of Paterson, Williams thought that those influences had been erased and lost among the fabulous structure of his work. However, as the critic K.L. Goodwin says “ the one whose work has been touched at the greatest number of points by Pound, and the one who has shown the greatest ability to avoid mere imitation, is William Carlos Williams” (Goodwin, 144).

One of the main influences of Pound in Williams’s Paterson is the imagist theory of poetry. Paterson is full of images, from the beginning of the first book: the city-person is described using some of the best imagist lines written by Williams. Paterson certainly is an imagist epic, which has sudden changes of voices and breaks of verse, combined with long portions of prose. Goodwin connects this treatment of Paterson as Williams’s intention of using merely descriptions to generate sensations, avoiding any kind of subjectivity:

Many passages from Paterson are imagistic. The reason for the frequency of such passages may be that the whole poem is a symbolic treatment of man through the features of the city, Paterson, and as this symbolic connection is partly brought out through prose interludes, Williams felt that he could indulge in objective description without having to make the relationship between it and the theme explicit (Goodwin, 150-151).

When using certain images, Williams seems to be looking for them. He’s not getting what image he gets from inspiration and putting them into the poem. He seems to be looking for images that he needs to fit a certain plan. He seem to be looking for images to replace ones that he had seen before in other epic poems. Some of the images that Williams is looking for, seem to have their origin in The Cantos. I think that a good example of this kind of research is found in this lines from A Draft of XXX Cantos (1930):

City of patterned streets; again the vision:
Down in the viae stradae, toga’d the crowd, and arm’d,
Rushing in populous business,
And from parapet looked down
And North was Egypt,
The celestial Nile, blue deep,
cutting low barren land,
Old men and camels
Working the water-wheels
(Pound, 17).

The fragmented city of these lines of The Cantos, could be traced to the unreal city that T.S. Eliot evokes in The Waste Land. In Eliot’s poem there is an interest to describe poetically the interdependence of cities and water. The water manifestated as river, sea, or rain. There is a historical fact of dependance of cities and rivers. But there is also a pattern in the way Pound, Eliot and Williams use the relationship water-city, as in these lines from the Book One of Paterson (1946):

Immortal he neither moves nor rouses and is seldom
seen, thought he breathes and the subtleties of his
machinations
drawing their substance from the noise of the pouring
river
animate a thousand automatons
(Williams, 6)

The connection between the people of a city with the river and the implications of productivity and some kind of technological activity in Pound’s Cantos is there, even if transformed, in the verses of Paterson. The talent of Williams is that since Paterson is a city and a man at the same time, the figure of “populous business” of The Cantos kind of vanishes. In Paterson there is a transformation of the images coming from The Cantos. It is not very difficult to trace the steps of their change, however In The Cantos, The Nile river is a source of productivity, an instrument of “progress” who moves the water-wheels, while the “pouring” Passaic river and the “machinations” of Paterson are combined to move those thousand “automatons”. The technology is different, but both poems are connected by the idea of the river as an agent of transformation.

The particular talent of Williams is that he applies the technique of imagism not just to static objects. There is qualitative jump from the stillness of Eliot’s images in The Waste Land to the way Williams sees the world, as Goodwin writes:

Williams’s assimilation and adaptation of Imagism seems to me to be one of the most successful uses of the technique (…) He applied imagism not just to static images but to moving ones: to the swaying of the trees, the flight of birds, and the fall of water. As a result his imagistic poems lack the stillness that occurs in those of Eliot… (Goodwin, 151).

In addition, Williams used a group of personal letters in Paterson. He intercalates them through the poem. Some of these letters are the ones from the underprivileged mother of one of his patients, Marcia Nardi to which Williams points as the letters that helped him to unify some of the main topics of his epic. Nardi’s letters were very important to the purposes of Williams to fit some of the gaps of his “magnus opus,” as Paul Mariani details in William Carlos Williams A New World Naked:

Nardi’s letter would serve to recapitulate nearly all the major themes with which his autobiographical poem had been concerned: The woman as victim, complaining, accusing, crying out in pain; the divorce between the two sexes and the danger that the woman would turn to other woman for solace; the woman as the energy and the flower of a man’s life; the poem itself as a confession of inadequacy; the socioeconomic ills that had created so many of the tensions between men and women, making of the man a false nurturer and forcing the woman into an unnatural dependency on man (…) that letter turned out to be, as Williams would explain years later, a found object paralleling Eliot’s infamous use of footnotes at the end of The Waste Land (Mariani, 462-463).

What kind of “voice” was Williams looking for? A comparison between an excerpt from Nardi’s letter and a famous one from The Cantos, proves that maybe he was looking for more than a simple voice to explain his points. Williams was looking for a voice to match this famous letter from Pound’s Canto XXVI:

To the supreme pig, the archbishop of Salzburg:
Lasting filth and perdition.
Since your exalted pustulence is too stingy
To give me a decent income
And has already assured me that here I have nothing to hope
And had better seek fortune elsewhere;
And since thereafter you have
Three times impeded my father and self intending departure
I ask you for the fourth time
To behave with more decency, and this time
Permit my departure
Wolfgang Amadeus, august 1777 (Pound, 128).

Williams found the match, in this excerpt of a long letter from Nardi that he published at the end of Paterson’s Book 2 (1948):
The anger and the indignation which I felt towards you now has served to pierce through the rough ice of that congealment which my creative faculties began to suffer from as a result of that last note from you. I find myself thinking and feeling in terms of poetry again. But over and against this is the fact that I’m even more lacking in anchorage of any kind than when I first got to know you. My loneliness is a million fathoms deeper, and my physical energies even more seriously sapped by it; and my economic situation is naturally worse, with living costs so terrible high now (Williams, 89).

There is in both letters, a feeling of the anxiety from somebody with a creative mind, suffering a state of dependence, trapped in the hands of somebody who has the power to control his destiny. It is very interesting to deduce that in this playful use of Nardi’s letter, Williams is assuming the position of “The supreme pig.”

The different voices struggling in Patterson are the different Personæ that Pound brings into The Cantos. There is the remarkable similarity between the criticism of usury made by Pound in The Cantos and criticism that Williams made of usury. As Goodwin notes, Williams “was not yet ready to follow Pound by attempting to versify it but such an attempt was made in a vehement attack on usury” (Goodwin, 156.) Williams attacks usury in these lines from Book 2 of Paterson:

The Federal Reserve System is a private enterprise…a private monopoly… (with power)…given to it by a spineless Congress (…)
They create money from nothing and lend it to private business (the same money over and over again at a high rate of interest), and also to the Government whenever it needs money in a war and peace…
(Williams, 73)

This is a very similar point of view as the one of Pound about usury. But the similarity of ideas is not the most important to confront the borrowing of ideas from The Cantos.

The main point is that, like the idea of a river as the source of life for a city and main center of the economic activity, or as the anger of the creator against his master, many of the topics defined already by Pound in his A Draft of XXX Cantos from 1930, are present in Paterson.

It is true that Williams mastered the technique of imagism. Constraining his poem to the sources provided by documents about Paterson and people of New Jersey, he created a poem that is proudly 100% American in its content. But he was following some rules established by Pound. Old Ezra defined most of the topics that could be considered in a twentieth-century epic. Writing Paterson, Williams is filling the gaps, taking out European or Asian references and filling them with American elements.

In many ways, The Cantos is also a 100% American epic, because its creator is a product of the different brooks that shaped this country. And he is the original source. In many ways The Cantos is the blue Nile that running from above, higher than spires, higher even than the office towers watered the minds of many poets of this country and developed into brilliant poems like Paterson.

Bibliography

Breslin, James E. William Carlos Williams An American Artist. New York: Oxford University Press, 1970.
Goodwin, K.L. The Influence of Ezra Pound. New York: Oxford University Press, 1966.

Mariani, Paul. William Carlos Williams A New World Naked. New York: Mc Graw-Hill, 1981

Pound, Ezra. The Cantos. London: faber and faber, 1986.

Thirlwall, John C. The Selected Letters of William Carlos Williams. New York: McDowell, Obolensky, 1957

Williams, William Carlos. Paterson. New York: New Directions, 1995.

The Best Critical Essay


Ejem. Estoy muy orgulloso. Quisiera agradecer. No tengo palabras para..
Bueno, una breve ceremonia en el auditorio de la Art Gallery de Lehman College. La profesora Patricia Cockram se encargó de llevar una fotocopia de mis poemas para que yo se los leyera al pequeño auditorio (Yo que creía haberme salvado de eso). Y me entregaron dos diplomas. El de poesía por mis tres breves experimentos en inglés, mi mezcla de Li Po con Ingmar Bergman, García Márquez y Mircea Eliade. El otro, el que he puesto aquí, es el que mejor me hace sentir, porque es el premio al mejor ensayo crítico del programa de maestría del departamento de literatura inglesa: The Best Critical Essay in the Field of English or American Literature, por el ensayo que escribí el semestre pasado sobre las influencias de Ezra Pound y sus Cantos en el poema Paterson de William Carlos Williams. Un honor. Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido.

Waiting for the Barbarians

And now, what’s going to happen to us without barbarians?
They were, those people, a kind of solution.
Constantine P. Cavafy.Waiting for the Barbarians

The expeditionary force against the barbarians prepares for its campaign,
ravaging the earth, wasting our patrimony.
J.M.Coetzee. Waiting for the Barbarians

J.M. Coetzee’s book is a parable about the use of fear to control the masses. At the same time, Waiting for the Barbarians is the tale of a man who wants to decipher himself through the interpretation of his dreams and of other people.
Colonel Joll is fighting the Barbarians. Their power has been multiplied by the rumours: “The barbarian tribes were arming, the rumour went” (8), “A rumour begin to get the rounds that they are diseased” (13), “The rumour going about brigade headquarters … is that there will be a general offensive against the barbarians in the spring” (50), “Instead the air is full of anxious rumours” (123.)
Joll is the creation of an Empire that needs the fear to survive. Joll is the irrational product of an irrational fear.
It is impossible not to see an uncanny parallel between the current war on terror and Coetzee’s Empire. Like the Magistrate, people who opposed the invasion of Iraq were ridiculed. The power of these barbarians has been multiplied artificially by the Empire, to create a scenario where the population permits torture and unnecessary violence. There is no difference between the Barbarians and the Empire: “Of what use is … to raise the alarm when the criminal and the civil guard are the same people?” (123).
Another big subject of the book is the decadence. There is a permanent reference, to the cycles of nature opposed to the artificial cycles of the Empire: “For the duration of the winter the Empire is safe” (38), “How can I accept that disaster has overtaken my life when the world continues to move so tranquilly through its cycles?” (94), “Empire has created the time of history. Empire has located its existence not in the smooth recurrent spinning time of the cycle of the seasons but in the jugged time of raise and fall, of beginning and end, of catastrophe” (133).
The Magistrate fights his own war against aging and decadence. He discovers himself trapped in an invisible and powerful contract where he had changed his freedom for the promise of a peaceful life at the end of his life: “I have not asked for more than a quiet life in quiet times”(8), “All I want now is to live out my life in ease in a familiar world, to die in my own bed and be followed to my grave by old friends” (75).
The Magistrate is also an interpreter. One of his hobbies is to decipher the hieroglyphics on the ancient slips that he finds under the dunes. There are recurrent dreams throughout the whole book, and he tries to interpret them as if they were the clue to understanding his weaknesses, the decadence of his own desire, and his relationship with women. He knows that he is controlled by lust: “Sometimes my sex seemed to me … a stupid animal living parasitically upon me … anchored to my flesh with claws I could not detach”(45). However, the Magistrate tortures himself and not the others; he tries to live in peace with the people that he rules.
The Magistrate is a simple man. It is in his opposition to Colonel Joll, and the blindness of the Empire that he looks like a hero. He risks his life to prove himself that he is not a slave of the Empire: “I must assert my distance from Colonel Joll! … There is nothing to link me with torturers” (44), “My alliance with the guardians of the Empire is over … the bond is broken, I am a free man” (78).
The war transforms the Magistrate into a symbol against irrationality. He is the only one who seems not to be controlled by the fear of the Barbarians: “show me a Barbarian army and I will believe” (8). And he is the only one who understands the consequences of the Empire’s crimes: “ ‘When some men suffer unjustly,’ I said to myself, ‘it is the fate of those who witness their suffering to suffer the shame of it’” (139).

Waiting for the Barbarians J.M. Coetzee. Penguin Books, New York, 1980

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