Jimmy Carter jogging

Se levantó de la cama como una locura pasajera, le dio vuelta a las sábanas para rebuscar las medias que por las noches le quitaban los malos sueños, se puso las zapatillas, agitadas y ligeras; y salió a correr por la calle: su aventura.

50 calorías, 75 calorías, 100 calorías…

Era un atleta. Sus músculos se quejaban con torpeza, extrañando la posición cómoda y sin pretensiones en la cama y el clima ambientado de la habitación. El frío aún mecía el viento a principios de marzo, si bien, poco a poco, la carne, la sangre, la maquinaria completa entraba en calor: 125 calorías, 150…

Cruzó la vereda, entró en esa callecita que jamás había visto, imaginó una historia: Había una vez, cerraba un portón, penetraba por la puerta de una quinta secreta por última vez, respiraba el aire frío del hielo que vio por primera vez, encendía su cigarrillo y contemplaba la calle triste y vacía; corría por Westchester, rumbo a ninguna parte, quemando calorías…355 calorías, vuelta a la derecha, “para el carro, camina…”

¿Cuántas millas?¿Cuántos minutos?¿Cuántas coincidencias con la vida accidental de tantos otros seres humanos que comparten las grutas de concreto, papel prensado, madera revestida en este barrio de los suburbios de Nueva York: Peekskill, NY 10566. ¿El número de la bestia? El atleta se pone escritor y piensa en otra historia: los accidentes numéricos que marcarán su destino, las conjunciones astrológicas que determinaron su código postal, las desgracias en el futuro que acarreará ese número imaginario decidido en junta de directorio muchos años atrás; el día que los reporteros aparecerán para entrevistarlo si es que el arroyo que pasa al lado de su propiedad pierde el rumbo o la tormenta desploma esos árboles gigantes cuya sombra agradece durante la canícula.

El atleta convertido en amo de casa entra a la cocina, gira una perilla construída de imágenes que vienen desde los 1950s: los inmigrantes italianos observando con satisfacción su jardín inmenso, llegando del hospital donde había nacido su primer hijo; la segunda hija, el tercero; los besos después del desayuno, antes de marchar al trabajo, deseándose un día sin complicaciones; un beso robado antes de que ella pudiera cerrar la puerta, las miradas hacia el arroyo cuyo sonido entretiene la mañana en la que el hijo menor partió de la casa, las despedidas de amigos a los que no volverían a ver jamás. La llegada de los primeros nietos, los avisos de la muerte, las jornadas apacibles y solitarias en las que el viejo esperaba el momento propicio para salir a regar sus plantas, a deambular por su jardín, a cosechar los manzanos para que sus nietas contemplaran asombradas los frutos rojos y los mordieran con una sonrisa. Y luego la muerte: el último recuerdo de aquella perilla de la puerta que había tocado tantas veces despidiéndose, una última vez;  y la soledad, la resignación de su hija poniendo la casa a la venta, miles de memorias vendidas en una mesa con abogado, representantes de ambos lados, una oficina con alfombra, nervios y dinero sobre la mesa…Y luego dos manos de pintura, nuevo piso, reparaciones, una pareja que mira el arroyo y el jardín amplio e imagina una casa para siempre. El atleta y amo de casa, ya convertido en escritor, imagina los ciclos infinitos, las variables y las repeticiones, las posibilidades inimaginadas de una casa con jardín en los suburbios.

Se tomó un cafecito para empezar la mañana. El sudor cubrío la frente, los músculos se acomodaron otra vez al calor ficticio del interior, la vista vagó con cierta curiosidad sobre las superficies frescas de blanco brilloso, divagando sobre los papeles que protegían la madera nueva de color cerezo, los meses de proyectos que venían para transformar una casa en un elemento absoluto y nuevo: un hogar.

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