Eneas enmedio de la batalla

William Styron se llamaba, era arrogante y medía siete pies. Cuando sus manos azotaron las aguas de Normandía llevaba diez días desde que probara el último postre de manzanas de su madre y sin embargo su gusto aún era espléndido y su fuerza descomunal. Había crecido entre los atardeceres fértiles del lago Huron y los campos de frejoles negros donde aprendió el arte de la caza. Su padre le había enseñado a matar y también lo llevó hasta el puerto para despedirlo cuando marchó con su regimiento hacia la guerra. “Hazlo por tu patria, William” dijo el viejo Styron y William dejó atrás la leche de la madre, aspiró por última vez el aroma de la nación americana y subió con sus botas relucientes al barco. Irradiaba valor entre esas cejas tibias bajo las cuales descansaban sus ojos.

Habían pasado muchas tardes desde aquella primera en que empezaron a cruzar el océano y William había aprendido a ganarse el respeto de los hombres y sobre todo la amistad de un compañero del que ahora era inseparable. El fiel George Plimpton, querido, loco, siempre dispuesto a dejarse embaucar por la tosca felicidad animal y pueblerina de William. Buen jugador de fútbol como William si bien lo suyo no eran los deportes–en los que también destacaba sobre los demás hombres–, sino la guerra. Los compañeros miraban a William hacerse de las armas y aprendían, lo escuchaban hablar de América y aprendían. Se necesitaba tener la cabeza bien centrada y no tenerle miedo al futuro para hacer lo que él hizo: Decidió ser el primero en saltar a la playa de Normandía.

Y allí venían los americanos, haciendo bailar el agua de la playa,  jubilosos en el ánimo de la victoria, sintiendo la presencia de sus héroes cerca de sus hombros, levantando la vista gloriosa hacia su estandarte, bendiciendo las estrellas y las bandas, el trapo azul, blanco y rojo. Saltó y corrió hacia la playa sin que lo rozaran las balas, recordó que su madre lo había bendecido para que ésto no suceda. Con esa certeza levantó su arma, buscando los venados de Michigan escondiéndose detrás de las dunas de Normandía, y empezó a disparar. Así una bala fue a dar en la nuca del general Richard Kruspe, padre ejemplar, buen soldado, héroe nazi, que creyó volver a ver a su familia hasta que el trueno salido del cañón de William alcanzó sus muelas y la lengua se le volteó entre los dientes. De nuevo Styron dirigió su arma y sintió la voz de su madre, que amó a Lincoln alguna vez, que llenó la casa con retratos de Roosevelt, fuerte, mostrándole la dirección de las balas que salieron hacia los ojos del jugador de dados teniente Rudolf Diesel, buen amigo pero mal amante, y entraron por ambos y terminaron con sus sueños de bicicleta en las colinas de la alta Bavaria, con sus recuerdos al lado de su novia y su primer encuentro con Hitler, que le dedicó una sonrisa y le acarició el cabello. Diesel cayó pesadamente con la mandíbula partida y cubierto de sangre sobre la arena empapada de la playa. William siguió haciendo sonar sus botas sobre el agua, que se abría espantada a su paso; y apuntó a la garganta del capitán Lotte Reiniger, creyente del poder curativo de la cebada, que pensaba en los ojos de una puta francesa cuando lo alcanzó la bala y ésta penetró bajo el paladar y en el hueso del cerebro, hizo un hueco en el cráneo y salió hacia el cielo con las voces de sus memorias de una noche parisina y de cenas familiares con chocolate caliente. Cayó pesado el cuerpo de Lotte, que había ganado kilos desde la ocupación pero aún pensaba regresar a su vida militar en Nederselters; se torcieron un poco sus huesos y crujieron mientras caía reventado sobre la sangre de otros hombres que morían con él, otros buenos nazis, buenos alemanes.

Entonces lo vio acercarse a la playa Wermer Kohlmeyer, que venía ese día al encuentro de su muerte. Diecinueve años después que lo anunciaron a la vida las campanadas de la iglesia de Santa María en Geifswald; y en lugar de correr como el cobarde Karl Mai, hijo de Mittweida; Wermer le salió a encarar y le puso el fusil a Styron mirándole la cara. Pero había algo en la voluntad americana de Styron que no dejó que la bala lo alcanzase, o era como decía la profecía que bien conocía su madre,  que si bien su hijo William dejaría el cuerpo en esa guerra no era aún su hora; o fue quizá el aura invencible de los pioneros polacos que poblaron los Grandes Lagos y que guiaban la mano de William en su nueva lucha de independencia contra los soberbios prusianos,  que mejoraron los reflejos aprendidos entre las matas de maíz persiguiendo a los venados en Michigan, oliéndoles el rastro, los que espantaron las balas de Wermer para que Styron pudiese reaccionar y cargar su fusil contra el alemán, que no entendió como este gigante americano pudo evitar morir y lo esperó con los brazos a un lado, resignado, como se debe esperar la llegada inevitable de la muerte cuando se tiene suficiente valor, hasta que William Styron apuntó al pecho y las balas corrieron hacia el corazón del músculo sangrante y cortaron en dos los ríos rojizos que alimentaban su cuerpo, las venas tiernas del muchacho que había aprendido a ser más fuerte y más hábil en las peleas del sábado sobre los pajonales del establo con sus siete hermanos y que en las aulas de filosofía y de historia halló las razones para amar a su ejército y a su país, como lo quería su padre Gerd Kohlmeyer, próspero mercader de sal y como lo quiso antes que él su bisabuelo Sepp Kohlmeyer, herrero de los ejércitos prusianos, de quien decía la leyenda de la ciudad que había salvado de morir al rey, cuando éste intentaba escapar con su caballo tras una escaramuza de los suecos pomeranios.

Así cayó en la tierra pesadamente el cuerpo de Wermer Kohlmeyer y su angustia se sintió en las campanadas tristes de la siguiente misa de domingo en la iglesia de Santa María, que bañaron la tristeza de su familia, las memorias amables de sus maestros en Greifswald y se escucharon sobre las ondas lívidas de las cercanas aguas del Báltico, junto con las noticia de la irrupción de América en la guerra y los vívidos fantasmas de la derrota del 18.

Ya entonces, ciego de victoria, pisando con sus botas los restos de alemanes que murieron al principio de la incertidumbre con gestos en el rostro reconciliables seguramente con las dudas de su buen catolicismo; el giganteWilliam Styron miró detras suyo y vio los dientes bien alineados de George Plimpton, sus hombros dulces que giraban detrás de él esperando su abrazo y le sonrió para decirle que estaba salvado, que habían alcanzado la playa y que otra vez, mientras esperaban la llegada de la muerte, podían ser felices.

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