Los cuetes no podían faltar en la Nochebuena de Lima.
Los cuetes no podían faltar en la Nochebuena de Lima.

Mi tío Santiago. ¡Qué seriedad! Con esos anteojos de marco dorado, y esas cejas semifruncidas, pareciera que estaba a punto de gritarnos o reclamarnos algo. Y de pronto,  aparecía en el jardín, parsimonioso. Con el cigarrillo encendía un paquete rojo de cohetecillos; y paso a paso, sin miedo, esperaba que la mecha estuviera en el punto preciso para lanzar el paquete al jardín donde los cuetes, todos al mismo tiempo, empezaban a reventar.

¡Feliz Navidad!

Por más que he leído crónicas y escuchado testimonios de otras gentes, de otras latitudes; por más que he participado en la celebración con otras familias con otros credos, más regalos y muchas más fotos; no soy capaz de entender la Navidad sin esa explosión  simultánea. Ese jolgorio empaquetado en China. Hasta los 27 años pasé 26 Nochebuenas con mi familia, en Lima. La única fuera de Lima, la recibí en Jaquí, Arequipa. Y la noche tal vez hubiera sido tan memorable como las otras, si al sonido de las 12 campanadas que anunciaban la medianoche no hubiera yo entrado corriendo a la casa y colisionado frente contra frente con mi hermano que salía. Después, los otros años, allí estaba el tío Santiago en el jardín,  con sus múltiples paquetes de cohetecillos chinos.

Y el tío Pancho, con otro estilo: cogiendo el cartucho de las bolas de colores apuntando al cielo. Esperando que empezaran a volar una por una, que la oscuridad limeña se coloreara para él y su familia. Y también, como si la Navidad fuera una competencia de valentía, el tío era experto en reventar cuetes en la mano. Prendía uno con la punta del cigarrillo y lo sostenía entre dos dedos, con el brazo estirado.

¡Pum! Qué valiente que es mi tío.

Navidades: música de villancicos, olor a chocolate caliente; sabor de panetón. Y en mis memorias instantáneas, las peleas fingidas con mi padre, agarrando cada uno una pierna de pavo–a lo Picapiedra–, listos para el duelo de las 12. Las guirnaldas en el árbol, el nacimiento con un pedacito de algodón cubriéndole el rostro a la pequeña figura de Jesús. ¿Los regalos eran importantes? Supongo que sí. Sólo así se explica el misterio con que se escondían los obsequios en la casa de mis primos vecinos; sólo así la preocupación de mamá y papá por ordenar con mucho tiempo el último de los placeres: el Atari (o las bicicletas, o el futbolín de mano)

De vez en cuando me encuentro con personas que sobreviven a la Navidad con melancolía. Para ellos, los recuerdos no les obligan a nada bueno. Tal vez soy un buen destilador de malas memorias. Si he llorado por quienes estaban lejos, no lo recuerdo.

Me sentiré afortunado si podemos estar otra vez, juntos a la medianoche. Entonces, guardaré con cariño los recuerdos, para que me acompañen cuando no estemos todos. La Nochebuena es la ocasión inventada para probarme que tengo fe. Es mi fiesta consagrada a la memoria selectiva; una excusa–válida–para recordar que, como decían las Azúcar Moreno: sólo se vive una vez.

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