1.

¿Por qué le decían Gringa, si no lo era? ¿Por qué le decían blanca? Si su sangre y su piel tenían un poco de india, de negra, de blanca mezclada con todo. Así que había que aceptar nunca ser parte de ellos, venir de una clase acomodada, ser gringa porque eso significaban sus ojos, sus modales, su forma de vestir, la música que escuchaba, los libros que leía. Mira, si escuchara a Madonna y a Michael Jackson, hasta a Cobain, mira, te atraco. Pero si yo sólo escucho a Charly, a Spinetta, a Fito. Si ni siquiera sé leer en inglés y me encanta Argüedas, Cortázar, Benedetti…

El Queso aprovechó el siguiento trago de su vaso de chilcano de pisco para mirarla otra vez, para ubicarla en esas calles donde ella caminaba todos los días, entre esos muros de nueve y dieciséis ángulos por donde la Gringa se paseaba con su cámara fotográfica intentando retratar la hora de su vida. Con esa mochilita donde cargaba sus lentes, su ojo de pez, su teleobjetivo, sus filtros, intentando retratarlos, ser fiel a sí misma, mirar más allá de donde le habían enseñado sus ojos maleducados en Lima, en colegio de niñas ni más ni menos, en una academia privada, en sus caminatas de medianoche por el malecón, aproximándose a la baranda, dejando que su cuerpo se meciera y su cabello flotara hacia el Océano Pacífico. Allí nadie la hubiera llamado Gringa, tenía razón en quejarse. ¿Por qué pues? ¿Por qué aceptar esa otra forma de racismo? ¿Por qué doblarse ante la ignorancia, ante la falta de interés por saber que este país no era solo de indios, que le pese a quien le pese existía, para bien o para mal toda una corriente de inmigración europea desde los 1500, que así ellos hayan saqueado y sembrado sus iglesias sobre las paredes de los incas, este país era más colores que marrón ¿No tenía derecho a reclamar ser llamada por su nombre? ¿Qué justicia tenía pasar tanto tiempo tratando de descifrar una cultura si te miraban todos y te catalogaban inmediatamente como extranjera. Si por lo menos te llamaran limeñita, sin ofender, pero al menos entonces podrías defenderte, asumir los vicios de venir de la capital y las culpas del abandono de la montaña por la ciudad, de la centralización, de tantos siglos en los cuales nadie se fijó que el país estaba más allá de esos cerros que rodeaban el centro de Lima. Pero por favor, el país también estaba entre estos cerros, pegado a ese mar donde ella se asomaba a mirar, a imaginar, algunas veces, que podía dejarse caer, flotar, volar hasta el suelo. Y Queso la miraba otra vez, estaban cerrando ya, le estaban pasando el papelito con la cuenta, lo estaban invitando a moverse de aquella mesa en el rincón del bar donde se había instalado tan cómodo a contemplar a La Gringa, a contemplar el pasado, su pasado, el de él, porque nunca hubo nada entre ambos, si bien todo estuvo claro de su lado, jamás se arregló esa situación tan poco franca con la que él diez años atrás (exactamente la misma fecha, pensó el Queso, exactamente, pensó otra vez y ya no supo si era el pisco que le hacía imaginar fechas o era verdad, que alguna vez, en el vértigo de una mañana él decidió comprar un pasaje e ir a visitarla). La miró de nuevo y se imaginó cómo podía caminar la Gringa con su mochilita entre tanta piedra, tanta mirada, entrando en esa caverna convertida en casa social, club y discoteca donde solían sentarse ella y el Yuyo a mirar el techo, a decirse lo hicimos, estamos viviendo nuestro sueño, hemos dejado Lima y nos hemos ido a vivir en esta ciudad y todo va a salir bien como en la canción de Charly: Seremos ambos pasajeros en trance. La Gringa un poquito más flaca que al despedirse del laboratorio que su padre la dejó armar en la casa, de sus hermanos que consintieron en acompañarla hasta el aeropuerto y a darle el adiós a esa mala idea, tal vez ya viéndose otra vez recibiéndola, cargada de una maleta muy poco pesada y tantos recuerdos un poco incómodos, un poco fuera de lugar recordar. Así entraron, ambos viviendo la novela y Queso en Lima, recordando un intento de besarla, atormentado porque sus labios quisieron acercarse y ella miró para el otro lado, donde el último disco de Spinetta sonaba a varias revoluciones por minuto y decía muchas más cosas que las que él estaba preparado para oir. La Gringa y su Yuyo vivieron la novela. Entonces, una mañana cualquiera, hace exactamente diez años, cuando Queso ya había aceptado órdenes y contraórdenes y escuchado sugerencias y buenos consejos y apelaciones al sentido común, en aquella telenovela donde él era la víctima y ellos los felices herederos de las llaves de la felicidad; Queso se revolvió entre las sábanas y se levantó queriendo volver a mirarla. Quería escaparse de todo entre sus ojos, sucumbir a cierto modo como pronunciaba ella sus ideas, al ritmo con el cual mecía su cintura cuando caminaba con él y le enseñaba ese paseíto entre Miraflores y Barranco por donde ella caminaba siempre para ver el mar. Y fue. Hubiera llegado a tiempo y a la hora al aeropuerto, pero tenían que suceder otras cosas: Se le ocurrió al Queso preguntarle por teléfono si la Gringa deseaba que le llevara algo, si extrañaba alguna cosa de Lima. Y a la Gringa se le vino el antojo del turrón de Doña Pepa, que se puede conseguir en cualquier bodega de Lima durante el mes de octubre de los milagros, pero antes y después de octubre solo se consigue en esa tiendita frente al colegio de la Gringa. En esa callecita por donde iba su movilidad, la que la dejaba en las mañanas con su falda azul y blusa blanca, las tiritas afuera y la chompa de mangas demasiado largas; “aunque tal vez–le comentó una señora de pantalones apretados que pasaba frente a la puerta metálica cerrada porque la tiendita solo abría hasta las seis– ¿ha intentado en el Centro?¿En la Avenida Tacna?” Y si bien el Queso sabía que en la Avenida Tacna era donde hacía muchas décadas se había jodido el Perú y que por allí sus compañeros de la universidad empezaban a hacer sus prácticas en la sección de deportes del diario Expreso, no tenía mucha idea de cómo se llegaba manejando hasta la avenida Tacna. Pero llegó. Allí estaba en letras gigantes y moraditas la tienda central de los turrones San José, que son–como todos los peruanos sabemos–los más suavecitos, aquellos que cualquier Gringa que se preciara, se antojaría de comer en esa temporada fría y de lluvia serrana a donde el Queso quería ir porque no soportaba no poder verla. Así y todo hubiera llegado en punto al aeropuerto del Cuzco si hubiese seguido de largo por la Via Expresa y no se le hubiese ocurrido visitar a una amiga a mitad de camino, sin saber nada de aquella ruta por la que nunca viajaba–porque, para ser francos, a los pitucos de la Universidad de Lima les interesaba muy poco manejar hasta el Centro de Lima, mucho menos de noche, para comprar turrón. Entonces chocó, lo chocaron mas bien, por detrás. Me chocaron, Gringa. Ahí se empezó a descomponer toda la idea de llegar a tiempo al Cuzco.Y así regresó muy tarde a la casa, después de pelearse al costado de la Vía Expresa con el conductor del otro automóvil porque él no quería tener la culpa de chocarlo por detrás. Porque ese malcriado no quería pagar por los faros rotos. Se acostó muy tarde y no se pudo levantar al amanecer. Así que llegó un avión después, cuando la Gringa ya se había marchado del aeropuerto, entre esas callecitas de piedra donde ella y Yuyo vendían cerámicas, pedacitos de yeso con motivos pre-incaicos, soñando todavía en que se podía construir un paraíso entre los museos de piedra, entre las paredes de esa ciudad que se parecía tan poco a su infancia, a su adolescencia. Creyendo con firmeza que podían aprender y fundar algo que se llamara hogar, futuro, familia, etc. Entonces Queso miró otra vez sobre su mesa en el rincón del bar, ese papelito que decía “Pagapé”. Antes de pagar, Queso se terminó el último trago de su chilcano de pisco y sugirió que lo más apropiado era moverse a otro local ¿no? Total la noche es tan joven. Y ya vas llegando, vas llegando otra vez al tema de fondo. La identidad que no tienes, que construyes, la identidad que se basa en demasiadas cosas al mismo tiempo pero que algunos quisieran fundamentar solo en el color de la piel, documentar basándose tan solo en el lugar de nacimiento, como si no fuera duro para quienes nacen en una nación resquebrajada desde tanto tiempo atrás, moverse en ese universo nacional donde a uno por no ser como tienes que ser, es decir cobrizo, ni escuchar la misma música que todos ellos escuchan en la radio, es decir cumbia, chicha o como quieras llamar a esa mezcla nueva y tan moderna; se pierde la peruanidad. Tanto hablan de mezclas, oye; y se dice tanto sobre el mestizaje,  entonces ¿Por qué yo tengo que ser “Gringa”? Y sin dejar de reconocer las ventajas cuando uno viaja, de poder mezclarse mucho mejor en una ciudad europea, en los Estados Unidos, donde solo ser cobrizo ya implica pertencer a una cultura que no es muy occidental. ¿No será mucho peor, digo yo Gringa–dice el Queso–parecer indio y no serlo? Es decir, si tu aspecto fuera peruano-peruano, no sería mucho más fregado viajar y que todo el mundo te pregunte si tocas quena, si escuchas música andina, si hablas quechua. Porque conozco amigos que escuchan la misma música que yo, que leen lo mismo que yo leo y viven en el mismo círculo que yo vivo, pero parecen más peruanos que yo ¿Entiendes? ¿No será más feo? Como tanta gente que se va a Italia o a Alemania a vivir, que exigen su nacionalidad por el pasaporte y reclamando derechos de sus ancestros para luego llegar a las calles de Berlín y no saber qué decir, o pisar el aeropuerto de Roma creyendo que va a ser fácil comunicarse en español, entendiendo a último momento que aquellas clasecitas que les sugirieron tomar en el Antonio Raimondi no hubieran estado nada mal…La identidad ¿Qué identidad tienes tú, Queso? Peruano, mezclado, se nota ¿o no? Mira esta nariz, mira esta boca, de indio como de blanco, qué ridículo que sería llamarte blanco, desconocerte como peruano. Y sin embargo le ha pasado, Gringa. Ha llegado a un tren, rumbo a Arica y unos hombres se le han acercado a pedirle que él “por ser chileno” les pase algún bulto por la frontera. Y no le creen, lo miran como bicho raro, aún después de haberles enseñado el DNI. Soy tan peruano como ustedes señoras y señores. Que tengas que llegar a ese punto, qué bravo. Que no te consideren su compatriota porque eres tan diferente de ellos, y en ese punto, bueno, basta comprobar la experiencia de subirse a una combi, cualquier combi. A ti te debe haber pasado: levantar la cabeza de repente, mirar alrededor y darte cuenta que el único en toda la combi que tiene tu color de piel eres tú, que todos son mucho más cobrizos. Entonces la entiendes. Para la Gringa debe ser peor, porque teniendo la piel tan blanca, los ojos tan verdes, el cabello tan amarillo, mezclada en estas callecitas, caminando como ella camina, como si el mundo jamás se fuera a terminar, como si todos tuviéramos que esperar a que ella pasara, pero a la vez con esa urgencia inmensa por entender su situación en ese rompecabezas, queriendo ser parte de un proyecto más grande y sintiendo la frustración de no poder considerarse ante los ojos de ellos, de los que pasan por su costado en el Cuzco, ni siquiera peruana. Ser extranjera de arranque. De qué te sirve entre ellos saber que eres tan nacional como ellos si sabes que te miran distinto. Y tú miras distinto también, pero quisiera creer que es porque tienes el ojo artístico, de fotógrafa. Al menos así siempre lo he entendido yo, dice el Queso. Desde que la vio en esa primera exposición de sus trabajos de diseñadora gráfica, parada en esa esquina, con una copa de vino en la mano. Tantas veces la había visto ya en esa posición. Por ejemplo, cuando la Gringa se cachueleaba como super modelo, con ese vestido blanco, al lado de un automóvil ultra moderno, repartiendo volantes sobre la marca, información adicional sobre el motor. Sin embargo, hasta ese día la había visto siempre como la novia de su primo hermano, la enamorada eterna del colegio, la artista que había conocido el Yuyo en esas fiestas de promoción a las que se colaba aprovechando que tenía una mancha de amigos que corrían tabla cuando se iba con ellos no a correr tabla sino a mirar el mar, a encontrar inspiración, para poder pintar ese cuadro inmenso que Yuyo, su primo hermano, sabía que un día iba a pintar, que iba a empezar a bocetear de joven y solo iba a culminar de viejo, poco antes de que le avisaran que se lo tenían que llevar de emergencia al hospital para que se muera: “Un cuadro eterno, Queso”–le dijo una tarde allí en el Cuzco, cuando Queso ya no lo miraba con ojos de primo hermano sino como a un rival.

Así que en esa exposición, bajo la luz blanca de aquella galería donde ambos estaban exponiendo sus diseños, cuando Queso la seguía viendo como la novia de Yuyo, se acercó a saludarla como se saluda agradecido a la mujer hermosa que se acerca cruzando la sala para darte un enorme abrazo y probarle a todos esos otros hombres que te están viendo desde sus esquinas de artistas incómodos, poco convencidos, inseguros, que no eras un “Loser” más, que no estás allí para levantarte a nadie, para ver qué liga, para mirar distraidamente si alguna chica se acerca a ver tus diseños de principiante colgados en la pared de la galería, para en secreto inflar el pecho y darte ínfulas y llenarte de dicha y amor por una extraña a la que tal vez, tal vez, te acerques a insinuar que tú eres el artista. No, esta vez allí estaba la Gringa para cruzar a toda prisa la sala y darle un abrazo como ese de las películas; y él mirándola, a su futura prima, buscando a Yuyo en algún rincón, para ir a tomarse unos tragos después de esta aburrida presentación ¡Quién quiere ver los cuadros de uno colgados! Habiendo tantos lugares para ir acá en Miraflores, o en San Isidro, o en La Noche de Barranco, listo para decirles que él los invita, porque sabes que si bien los papás de Yuyo, sus tíos, tienen algo de plata, su primo desde que se ha dedicado al arte camina siempre con una mano adelante y otra detrás, pero feliz, pensando en ese cuadro eterno que va a pintar un día con los colores del crepúsculo del mar de Lima; mientras que al Queso, la buena fortuna lo está llamando por fin, después de haber pasado un par de años sin suerte, por fin te han contratado, de presidente editorial nada menos, productor general de los proyectos artísticos de esa gran empresa gráfica, y ahora que los cheques le empiezan a aparecer gorditos y puntuales en su cuenta de ahorros, pues tal vez será la hora de invitarle unos tragos al primo, aunque sea unos años mayor que tú. Al primo y a la futura prima que por lo que parece ha decidido ponerse seria mezclando su fotografía y el diseño digital, tan seria que la han premiado, con una medallita que va a adornar la sala de la casa de sus padres, o tal vez a mezclarse primero entre las sábanas de ese cuarto catastrófico y tan de artista donde a veces los sábados Yuyo lo deja entrar, tal vez solo para que vea lo feliz que se puede ser sin dinero pero durmiendo al lado de la Gringa el fin de semana. A sentarse los tres en ese colchón radioactivo, donde todavía se respira un verano más o menos hippie, y al fin y al cabo son todos de la familia, son todos Carbajal ¿no Queso? Allí lo está buscando a su primo, el del cabello más largo de la familia, el de la sonrisa, el de las borracheras que jamás se acaban, que nunca terminan si no ha llegado una o dos veces el alba y que pueden prolongarse en varios lugares diferentes de la ciudad para conversar de la vida, del arte, de Charly “Porque Charly se tira un pedo y yo me lanzo a olerlo primo”. Así que tal vez los pueda invitar esta noche a los dos ¿Vamos?

–Hemos terminado, Queso. Hace tres meses que no estamos.

Y esas palabras tal vez explican todo. El por qué Queso está allí, con ella, diez años después. Se explica el cuándo y el cómo se entremezclan las cosas y se complican como nunca se había imaginado antes. Explica también el choque, el turrón, la caminata por el malecón donde el Queso se asomó al mar al costado de la Gringa y le dio ganas de en algún momento saltar a volar juntos. Explica la llegada en el segundo avión, la identidad, la enemistad con un primo hermano que siempre será tu primo hermano, aunque él quisiera otra cosa, aunque hubiera mil perdones, excusas de por medio, incluso oportunidades y sacrificios, llanto, desesperación, viajes interprovinciales e intercontinentales para olvidar. Caminan por el malecón después de pagar, la noche es muy joven, es cierto, y la Gringa está contando otra vez un poco lo que pasó hasta entonces, cómo así llegó a este lugar donde está ahora–con dos hijos, divorciándose–como así la encuentra después de tanto tiempo. Que sí, que quería verla, que le interesaba saber cómo se sentía. Cómo un día miró Queso la herida, y se dio cuenta de que había sanado y que tal vez, como le dijeron tantos amigos consejeros, no debió meterse en una relación en la que no tenía ningún sentido una tercera persona, un ángulo incorrecto desde todo punto de vista. Han caminado unas cuadras, el Queso ofrece tomar un taxi para ir hasta el mirador desde donde, tal vez, todavía se podrían sentar en una mesa y observar el mar. Sabe que no está pidiendo nada de más, que la Gringa sabe que las estrellas son generosas y que son otras circunstancias. Han salido de la galería y Queso ya sabe que ella no es más la novia del Yuyo. Y la Gringa está ofreciéndole a Queso salir uno de estos días al cine, ir a ver alguna película, tomarse unos tragos. Queso era muy joven y estúpido entonces, como todos los artistas frustrados de 23 años que han crecido en cierto círculo social de clase media blanca, limeñito, blanquiñoso, dejémoslo ahí, para no volver a insistir en el tema de la identidad. Y también tiene él sus rollos andando por otro lado que no le conviene ni discutir, que no debería discutir, pero por qué no. Así que salen, hace 10 años, y se van conversando por el costado del mar; y 10 años depués se van conversando por el costado del mar, entre esos diez años y este momento, entre esa Gringa y esta Gringa, entre esa noche y esta noche, todo está por explicarse.

Sentía una gran desesperanza. Por primera vez la Gringa hablaba de aquello. Yuyo no estaba vendiendo sus cuadros, no encontraban más trabajo que algunas cositas sueltas, cachuelos por aquí y por allá. La Gringa estaba tratando de que la contraten como responsable del archivo fotográfico de la Casa de la Cultura y estaba en conversaciones, pero eso podía demorar ¿Y mientras tanto? Su papá le había mandado un poco de plata, pero le daba vergüenza pedirle más. Ella se había mudado con la historia de que en el Cuzco todo sería más fácil, que la vida de artista estaría combinada con una vida económica, sin penurias y sin hambre. Era temporada de lluvias y no hay ningún turista que compre artesanías. En el teléfono se podía escuchar el crepitar de las gotas furiosas contra las piedras de las calles alrededor de la Plaza de Armas. Había silencios que él interpretaba como estrofas inexplicables, canciones que podrían explicar todo, himnos al amor que él también conocía pero de los cuales en ese instante no se sabía ninguna de las letras. ¿Era así? ¿De eso se trataba ser feliz? Los tres estaban buscando la felicidad por caminos distintos. Había tanta poesía en esa historia de irse a vivir el sueño de artistas, de rentar una casita con patio, una pequeña comunidad artística a tiro de piedra de la fortaleza de Sacsahuamán, vivir de las cacerías de los gringos entre las calles del Cuzco por artículos interesantes, por arte que no fuera el típico y convencional cholito con la llamita, la chompa con diseños de montañas, de alpacas. La Gringa y el Yuyo acuclillados sobre un plástico azul debajo de la piedra de los doce ángulos, ofreciendo pedacitos de pinturas, muñequitos que hacían con arcilla, reproducciones de las fotografías que tomaba la Gringa y abstracciones con motivos incas. Detalles que podían quedar bastante muy bien en una sala con ventana en un departamento pequeño en Auckland: como el departamento que dice que tiene Olga, una muchacha flaca y de intensos ojos marrones, que le da su tarjeta, no a la Gringa, sino a Yuyo. Y Yuyo que se la mete con rapidez al bolsillo y le sonríe, y le pregunta algo sobre Nueva Zelanda en inglés. Yuyo que le explica a la Gringa que Olga tal vez quiera comprarle más de esos cuadritos que ha diseñado ella. Inspirada en diseños míos, Queso. Eso le dice en el teléfono la Gringa, un poco harta de las bromas, pero sin estar muy segura de estar haciendo lo posible, mientras se escuchan en el auricular los chorros de agua de lluvia que se deslizan por las tejas rojas de los techos y golpean con estrépito el cuadrado de la plaza. Felizmente hay un locutorio en cada esquina, Queso. A éste número me puedes llamar porque ya me conocen; les puedes dejar un mensaje para mí, les puedes dejar dicho a qué hora me vas a llamar y yo te espero. Queso: Espero que tú me llames. Entonces, piensa el Queso, aquello tampoco era la felicidad. Él estaba haciendo muy bien en olvidarse del arte. Ya ni siquiera boceteaba en sus horas libres, la computadora la estaba utilizando para descubrir las infinitas posibilidades del Photoshop, del Illustrator, del Quark Xpress y la empresa le estaba pagando un sueldo sustancial, con la promesa de nuevos proyectos que empezaban  a llegar, que con la promesa de la vida después de la muerte, de la revolución modernizadora de las empresas que llegaban y empezaban a invertir en el país, Queso podía imaginarse que iba a ascender, que el dinero en dólares iba a llegar y que su promesa de quedarse a vivir para siempre en el país con un trabajo bien pagado era una realidad. Esa también era la felicidad, la estabilidad, la seguridad de que no te puede faltar comida, que si abren una nueva cebichería en un  antiguo garaje puedes ir a almorzar, llamar por el celular a tus amigos que también están colocándose en puestos importantes, que ya tienen sus tarjetas que dicen Gerente general, Editor general, Jefe de redacción, Presidente del directorio.  Si bien a veces, como hace unos años, cuando dejó su primer trabajo, se encontraba con pintas en las paredes como aquella de la Avenida Benavides: “No dejes que se mueran tus sueños, imbécil” ¿Y no era su sueño ser artista? ¿Hacer sus historietas? ¿Era acaso éste su sueño: Despertarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, de lunes a viernes, engordar en los nuevos garajes convertidos en restaurantes, luego vagar por las calles hasta algún bar, tomar unas copas, después largarse en su auto nuevo, en su cuatro por cuatro, a bostezar en la Javier Prado hasta el nuevo departamento, el de tus sueños, con guachimán y cochera privada? Y extrañando en el teléfono a la Gringa.  A ella que estaba viviendo su sueño, corriendo bajo esa lluvia intensa que atoraba de barro los desagües del Cuzco, hacia esa casita de adobe y quincha a donde llegaba empapada, protegiendo con ambas manos al maletincito con la cámara fotográfica. A la Gringa que sacaba del bolsillo de sus jeans, debajo del impermeable, esa llave oxidada y grande, la llave que abría el cerrojo de ese portón de madera pintado de celeste. Para correr otra vez y meterse a su cuarto, alrededor de ese patio de piso de piedra donde una vez  ella y Yuyo llegaron de Lima, para celebrar la realización de sus sueños de pareja adolescente, que todo lo puede, que no se amilana ante nada, que no puede dejar que la falta de dinero les arrebate esa llamita que arde dentro de sus corazones de artistas. Porque Cuzco es el ombligo de los sueños, allí se llega a buscar la armonía con el centro magnético de la tierra. En esa casita celeste de piedra, no está Yuyo esta noche. La Gringa siente más pesadas esas botas de cuero que se compró en Inglaterra. Dentro de su cuarto, se sienta sobre el colchón de su cama y las mira, todas salpicadas de barro; se saca las botas haciendo fuerza contra los maderos de su cama, esa cama debajo de una bóveda de vidrio por donde se pueden ver las estrellas que bailan sobre el Cuzco. Ya se ha olvidado que Queso le ha ofrecido volver, porque no tiene sentido. Si ya vino una vez, si ya se dio cuenta que esta historia no tiene salida ni final feliz. Allá en Lima se puede dejar llevar por la corriente, seguir su sueño de ser ejecutivo de su propia empresa editorial, tener en sus manos las decisiones de publicar a tal o cual autor, de hacer libros retrospectivos de los historietistas que admira, de Juan Acevedo, que ya le ha dicho en una reunión que estaría encantado de publicar tantas tiras de los 70s y de los 80s que están por allí desparramadas. Juan, artista a tiempo completo, de izquierda, con compromisos sociales y ojos de uva, bien blanco, cabello castaño claro. Queso se preguntaba si no tendría los mismos problemas de identidad de La Gringa, claro que él había solucionado todo volviéndose famoso, volviéndose el responsable de un arte que hablaba desde el Perú y sobre el Perú; que militaba con los objetivos de transformación en los que él creía. Que casi eran los mismos de la Gringa y de Queso, si bien Queso engordaba comiendo jaleas en ex-garajes y haciendo nada que se pareciera ni remotamente al arte de Juan, vendiendo sus ideas y sus sueños por un cheque gordo al final del mes, su ambición de ser feliz siendo artista por la seguridad del carro y del depa, en busca de la bella mujer.

¿Tuvo el amor algo que ver? Es que acaso era parte de la misma búsqueda. Juan había encontrado lo que quería, él era feliz con la tinta negra desparramándose sobre sus dedos, construyendo ese mundo de cuadraditos, de rectangulitos, de crash boom y zap, donde El Cuy, el Perro, La Araña No, avanzaban por sus aventuras en un país construido a medida del sentido del humor comprometido con la historia de amor de su autor. Queso y la Gringa y el Yuyo eran personitas insignificantes buscando todavía el camino, encontrándolo y perdiéndolo otra vez, sin compromisos, egoistas en el sentido de que su arte era una tema que les servía para ocultar que no tenían el valor de enfrentarse a temas más grandes, a las dificultades de una pareja, a la necesidad de seguridad. Juan tampoco había tenido una vida sin accidentes, su vida sentimental era parecida al caos de la informalidad, sus batallas no siempre se libraban con la seguridad de la estabilidad económica a fin de mes. Lo podían llmar para un trabajo como podían también ignorarlo. Si él se hubiera sentado al lado de Yuyo para que le explique su idea del cuadro eterno, del crepúsculo que se va pintando toda la vida y se termina con un último brochazo antes que lo vengan a buscar para morirse, tal vez Juan le hubiera dado un buen golpe, no le habría molestado reirse en su cara, pedirle que se pusiera serio, que se ensuciara un poco las uñas de las manos, que la vida no era así, tan fácil. Tal vez les daría crédito por intentarlo, por sentarse a vivir entre las piedras, a vender su arte debajo de una roca sin más comida que una lata a mediodía, sin más esperanzas que las de una luz que un día se despegaría del techo, les alumbraría el rostro y los haría reconocidos como dioses, como los nuevos Humareda, Chávez, Szyslo, los predestinados a modificar el arte peruano en el siglo XXI, los iluminados. Tal vez Juan tampoco tendría piedad de los sueños de la Gringa, de verla correr entre los chorros de agua y los relámpagos por esa callecita inclinada donde los indios vomitaban al bajar del cerro para ir hacia el mercado, hacia sus fiestas, hacia esa ciudad que ya se parecía cada vez menos a la de su infancia, ahora llena de negocios, de turistas, como esa Gringa que acampa con su marido, sentados sobre un plástico azul, y vende pedacitos de pinturas a extranjeras que deciden inclinarse, mirar más de una vez, imaginarse esos retazos de arte inca colgados de las paredes de sus amigos en una ciudad europea. Y Olga, la turista australiana, que decide invitar al artista, tomarse unas cervezas, saber otra vez qué espera Yuyo de ella, escuchar tal vez la historia, muy seductora, de un cuadro de un crepúsculo perfecto. Acaso le quedaba a Queso la excusa del destino. Que como la identidad era impredecible y veleidosa, que la puso a la Gringa en una galería bajo la luz perfecta hace diez años, que la hizo verlo a él, desamparado y artista también, correr a abrazarlo, invitarse a seguir caminando con ella por el malecón, a volver a esas calles como amigos, porque “ya hace varios meses que no estoy con Yuyo”. Si solo entonces Queso hubiera sabido la razón por la que ella y su primo ya no estaban, si hubiera sospechado que todo no puede ser tan simple ni tan superficial como las rupturas que él imaginaba. Y si tan solo hubiera escuchado las voces que le sugirieron alejarse. Queso puede decir bastantes cosas, el destino es una máquina con auto generador, con cables sueltos. Cómo iba a saber él que después de la galería ella lo iba a llamar, que lo iba a invitar a verse. Y la Gringa no sospechaba siquiera, o tal vez sí, porque la Gringa podía leer los ojos con la misma facilidad con que leía la fortuna en los dados, que Queso tenía el corazón peor que roto por aquella aventura con la abogada de la compañía. La Gringa no podía tener idea de las sospechas, de las dudas, de la miseria que le carcomía el corazón al Queso, cuando ella lo llamó para decirle si quería ir al cine. Y Queso, que se había precipitado hacia el teléfono, pensando que era la abogada, que tal vez lo llamaba para disculparse, para decirle que si le había hecho daño de algún modo no había sido intencional, que la perdonara, que estaba otra vez a punto de enamorarse de él pero que tenía que tenerle un poquito más de paciencia “porque las mujeres somos así”. Así hubiera sido culpa del Queso malinterpretar la invitación al cine con el destino. Un clavo que saca otro clavo, hubieran dicho con cierta calle y certeza sus amigos del trabajo. A los que no podía contarles nada porque a la abogada todos la conocían y tal vez no eran tan tontos y ya se habían dado cuenta de que él babeaba por ella. Y llegó el Queso al Cuzco,  por segunda vez, para encontrarse con la Gringa a la salida de una lavandería, con la ropa caliente y bien doblada en un cesto de mimbre. Él no cargaba sino una pequeña maleta con una muda de ropa y dos fotografías de formato grande envueltas en papel Kraft que había recogido de la casa de la Gringa, que ella esperaba vender a un bar que estaba por abrir al costadito del Kamikaze, ese hueco legendario del Cuzco subterráneo. Dos fotografías que había compuesto durante intensas semanas de laboratorio en San Isidro, dos juegos de espejos y luz en blanco y negro, que compuso pensando en una galería pero que estaba dispuesta ahora a vender por cien soles para que adornaran la pared a la entrada del bar. Allí donde entran tantos turistas y tal vez, quién sabe, alguno se le puede ocurrir levantar los ojos, mirar a los espejos y la luz en ese papel fotográfico en blanco y negro y después preguntar de dónde ha llegado el talento a esta fotógrafa que juega tan bien con los espejos y con la luz. Y ese turista tal vez tendría gran necesidad por dos fotografías como aquella para su estudio en Tel Aviv, tal vez tendría contactos con una compañía de arquitectos que estaba interesada en fichar a fotógrafas como aquella, de piernas largas, de ojos azules, de deseos perdidos en una tormenta de lluvia y en callecitas de piedra. La mamá de la Gringa había hecho esperar a Queso en la sala. Lo había mirado con curiosidad. Tal vez quería contarle toda la historia, darle detalles. Al Queso se le ocurrió que la mamá estaba estudiándolo para saber si “este tipo traerá a la Gringa de vuelta a Lima”. Si él le sacará de la cabeza esas ideas tan tontas de vivir la vida del artista. Si él la ayudaría a sentar cabeza y formar un hogar, tantas cojudeces que se le ocurrían entonces al Queso desde su perspectiva de ejecutivo de la editorial. Sin embargo la mamá no quería decirle eso. Queso sólo lo entendió después, ya mirando para atrás, coleccionando las piezas del rompecabezas una por una. La mamá de la Gringa lo que hubiera querido es sentarse con él, en la salita de la casa, y explicarle las mismas razones que Queso ya había escuchado antes en boca de otros, los mismo motivos por los cuales no debía aproximarse demasiado a esos dos, por las cuales tenía que dejarlos solos y no entrometerse. Si la mamá le hubiera tenido suficiente confianza, hubiese abierto una botellita, se habría sentado con él en la sala y, antes de entregarle las fotografías en el papel Kraft, le hubiera contado la historia completa que entonces Queso no conocía, le hubiera dado los datos que necesitaba para no perderse en ese segundo avión que lo llevaba para ningún lado. La mamá de la Gringa le hubiese amarrado los cordones de los zapatos para que no se caiga otra vez, añadiendo que su historia con la abogada podía ser mucho menos peligrosa que este viaje, que esas dos fotografías envueltas en papel Kraft, que él llevaba con la misma ilusión con la cual antes le había llevado el turrón de Doña Pepa. Ya sabes que gracias a ese viaje, Queso chocó su auto. A pesar de las horas que discutieron los detalles y las responsabilidades de pago, a pesar que el tipo de atrás, el que no supo frenar, le ofreció su tarjeta y un taller donde podía planchar todo y darle nuevos faros, allí estaba todavía su carro con la abolladura y el faro roto, con los cablecitos colgando. Pero la mamá de la Gringa apenas lo conocía así que no le invitó una botella. Supuso que si Queso era primo hermano de Yuyo, ya tenía que conocer también la historia. Ella no sabía que, a diferencia de su familia de tantas mujeres, donde se saben tan de prisa las traiciones y los amarres y los amores frustrados; en la de Yuyo, de pasado más bien provincial y recatado, temas como aquél no se ventilan nunca. Tal vez si le hubiera tenido más confianza al Queso lo habría sentado por algunos minutos en esa sala y le hubiera explicado ¿no? Allí no te puedes meter porque simplemente no entras ¿no? Lo que están haciendo está condenado al fracaso pero tienen que fracasar para que se den cuenta ¿no? La cabeza de mi hija siempre estuvo llena de fantasías y de aventuras y tiene que vivirlas todas antes de dedicarse al tipo de vida que él le podía ofrecer ¿no? Porque se la podía ofrecer ¿no? La Gringa le había hablado bien de él, de su trabajo, de la posición, del dinero que estaba haciendo, y sin embargo la mamá sólo veía un carro con una abolladura y unos cables colgando, estacionado frente a su casa ¿Su carro?¿No tenía plata para plancharlo, para comprarse otro faro? De todos modos, amigo, déjeme que lo llame amigo porque no me nace, no puedo llamarlo Queso como lo llama mi hija, porque queso, pues, no sé, es una palabra tan cargada de otro sentido ¿Como si tú fueras de la sierra, no? Pero si eres blanquito y puedes pasar piola en cualquiera de las fiestas de nuestra familia, donde tenemos otras primas que tienen la misma edad que la Gringa y tal vez ellas…Ellas que sí se fijan un poquito más en la estabilidad, en la responsabilidad, en la seguridad. Que sí aspiran a formar un hogar como el de nuestros padres, con una casa, un trabajo permanente, que no aspiran a pasar hambre en el Cuzco, a vivir a salto de mata, rematando fotografías que les ha costado meses (¡meses!) y mucho dinero terminar. Porque yo recuerdo haber ido a depositar en el banco para que mi hija pague sus matrículas del taller de fotografía, cuando regresó de Europa. Pero en fin, eso ya se lo habrá contado ella. Para qué aburrirlo, para qué. Semanas y semanas yendo a ese laboratorio al costado del malecón, encerrada en el cuartito oscuro, metida en un gran proyecto, mintiéndose a si misma, sin atreverse a llamar a Yuyo ni a sus primas, porque qué le iban a decir ellas. Qué explicación podía pedir la Gringa, si allá en Europa, ella también… Pero con su prima…lo más inexplicable. Así, encerrada en ese cuartito oscuro, la Gringa se tuvo que hacer miles de preguntas, debió respirar más del aire envenenado por los químicos que el recomendado por los doctores, pero salió de esas semanas con las dos impresiones, con esos espejos y esa luz que los atravezaba en el papel, que quería reflejar todas las inseguridades y el futuro que ella esperaba y que no se iba a materializar, tal vez jamás, porque no estaban preparados, ni ella ni él. No sabían qué hacer con tanto arte libre. No sabría que después de aquellas sesiones en el laboratorio se la llevaron de emergencia a la clínica, que recobró el sentido varias horas después, que su padre envejeció cuchocientos años allí al lado de su cama, perdiendo todas las ganas de cualquier colerón que se le podría haber ocurrido antes, cuando le dieron la noticia de la prima, pero no ahora. Su niña, su Gringa estaba en cuidados intensivos y él estaba dispuesto a todo lo que tuviera que hacer para mantenerla viva. Así que la madre no le contó como apareció otra vez Yuyo por la cama del hospital, cuando toda la familia se dio cuenta cuenta que aquél era el único modo de devolverle los ánimos a la Gringa. Y Yuyo se comió el orgullo y la desesperación de haberla visto partir a Europa dejándole nada más que un palpitante mostruo, un músculo rojo que botaba sangre y que aceptó rendirse a la evidencia de no verla jamás. No sólo eso: un músculo asqueroso que creyó que era una perfecta idea volver a visitar la casa, tal vez sólo para darle gusto a las primas que lo adoraban, al pobre flaco que es artista al fin y al cabo, que ha sido abandonado, que no recibe ninguna carta desde le otro lado del océano, que tiene que resignarse a vivir las tardes mirando ese crepúsculo magnífico que pintará todos los días hasta el día que lo busque la muerte. El papá de la Gringa ha tenido que aceptar salir de la clínica a dar una vuelta, para que pueda entrar Yuyo a verla, a inclinarse sobre ella para darle un beso en la frente, a dejar un ramo de rosas al lado de la cama, a prometer volver durante la semana. El papá ha tenido que aceptar que Yuyo estuviera al lado de su hija, apretándole la mano, cuando se la llevaron de vuelta a la casa por fin recuperada. Él ha tenido que aceptar que vuelvan a salir juntos, que parezcan normales otra vez esos fines de semana en los que ella se desaparecía de la familia para participar con él en esas borracheras de amigos que duraban hasta la tarde siguiente, hasta que la familia Carbajal, el tío Uriel que siempre fue aficionado a las cucharas, cantara a dúo con su hijo en la guitarra: “Un fracaso más que importa…” Mientras tanto, en la casa de al lado, la prima de la Gringa, adolorida, esperaba. La mamá de la Gringa le hubiera contado la historia completa, pero ella creía que Queso ya lo sabía y que hubiera sido perder el tiempo en un tema que no tenía sentido. Así que solo le dio las fotografías y le deseó suerte, desde la sala se despidió de él, porque no tenía ganas de volver a verlo subirse a ese  automóvil abollado, sin faro y con los cablecitos colgando. ¿Sabes cuando me enfurece más que me llamen Gringa, Queso? Cuando me doy cuenta de todo el tiempo que le he dedicado a estudiar a este país, a memorizarme nombres, historia, fechas, al cerciorarme, vez tras vez, de que el único país en el que yo sueño con ser reconocida es en éste. Que no me importa la fama o el prestigio artístico en cualquier otra ciudad del mundo, sino en Lima. Porque me gustaría llevar a mis padres, que los entrevisten, que les hagan hablar sobre las cosas que yo hacía cuando era chiquita, cómo cogía de la tierra y limpiaba la primera cámara que tuve, como me encerraba durante horas frente a una ventana para tomarle fotos a los cachorritos de nuestra perra. No quiero que pasen los años y descubrir que el Perú me va a seguir mirando como extranjera, como si yo no fuera parte de este sistema, de este universo; como si yo no girara como todos alrededor del mismo problema, de la misma cagada, a decir verdad, porque el arte en este país… Pero qué sabía Queso cuando la vio en esa galería, cuando aceptó salir con ella y entendió que lo que estaba pasándole no era otra cosa sino la misma fuerza de las circunstancias y una ceguera circunstancial que podría volverse defintiva, si, como Queso lo hizo, en vez de aprovecharse de la situación, él decidía enamorarse, si en vez de difrutar, él decidía sufrir. Y si sintió en algún momento algún escrúpulo, aquél se le fue después de salir con ella, cuando la Gringa apareció de la nada una noche de cine, y después decidió acompañarlo por el malecón, enseñarle como se bamboleaba en la baranda frente al mar, confesarle sus inseguridades y bajonazos en esa relación larguísima y aparentemente sin futuro con Yuyo. Caminaron más hacia el oeste, por el borde de los acantilados, y Queso señaló el local, las luces, los ruidos, donde el fin de semana anterior la abogada lo había llevado para enseñarle cómo eran sus noches en el distrito bohemio: nada de artistas, nada de apariencias extrañas ni caras mal afeitadas. Por el contrario, esas camisas bien puestas y los blue jeans de moda, al cuete, la tela linda de las blusas, los tragos caros. Y Queso cometió el error de llevar a La Gringa de la mano hasta ese lugar, porque intentaba conjurar el mal rato de la semana anterior con una revancha, porque quiso pensar que la calle de sus amigos era muy necesaria y que un clavo saca otro clavo, sin percatarse de que la Gringa no sólo era un clavo mucho más largo, filudo, que tenía la punta más oxidada, que ella era una invitación al tétanos. Entró con ella. Barranco estaba en las calles. Dentro del local, entre aquella semioscuridad y esa música de moda, entre esas luces de fondo y espíritu de oficina colectivo, escogió una mesa que no fue la del sábado anterior, lejos de aquella silla donde la abogada le había pedido que se siente. Entonces procedió a explicarle a la Gringa, con muchos pelos y detalles,  su relación desafortunada. Porque Queso no estaba pensando con la cabeza, porque carecía de los recursos, de toda esa calle que sus amigos le espetaban en la cara. Desconocía esa virtud, era un antisocial, una célula perdida cuando entraba en contacto con esos jóvenes que sí se sentían cómodos dentro de aquella farsa de club de moda. Detalles, detalles, Queso le dio todos los detalles a la Gringa y ella le dijo que esa relación estaba podrida, que tenía que olvidarse de ella, recomenzar todo otra vez. Así nomás, con valentía. Entonces se hizo más oscuro y empezaron a salir del club y alguien se acercó por la espalda de Queso y le puso la mano sobre los ojos, como una venda. Queso retiró las manos, sin poder responder a la pregunta: “¿Quién soy?” Ella era, la abogada. Queso hizo las presentaciones y le pareció que la sonrisa nerviosa de la abogada era de impotencia; mientras que los ojos de la Gringa, fijos e inexpresivos contra el rostro de la otra, eran una señal. La abogada le sugirió que ambos podían unirse a su mesa, donde un grupo de encorbatados bohemios discutían las proezas de la vida política nacional. Queso se disculpó nervioso, tenía que irse, otra noche tal vez. La Gringa le agarro la mano, miró a la abogada desde esos ojos claros y esa piel limpia de amiga que quería tal vez remediar, que deseaba solo ayudar, sin proponerse ser otra cosa que un punto y coma en la vida de Queso, sin proponerse ser el párrafo inicial de otra historia en su vida. Agarró esa mano que hasta entonces la abogada tenía cogida delicadamente, como invitándolo al Queso a dejarse de tonterías y a seguirla hasta aquél rincón donde la abogada y otros dos muchachos parecían estar pasándola muy bien. La Gringa fue la que le dijo: “Disculpa, pero ya nos tenemos que ir”. Agarró a Queso de la mano y lo jaló hasta la puerta del local. “¿Ves? Punto final”, dijo la Gringa.  Eso fue hace diez años. Exactamente diez años, cuando el Cuzco aún no existía, ni los viajes para olvidar, ni la distancia que lo cura todo. Pero habían pasado diez años desde aquellos eventos. Ahora la noche era tan joven, la Gringa estaba otra vez con él, mirando más allá, con tantas cosas de más, tanto lastre en la maleta. Caminaron juntos otra vez, sobre la avenida Larco que aún no se iba a dormir, en dirección al mar, buscando unos minutos más para recordar.

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