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Abre la tienda e invitale a pasar, fuma compartiendo su optimismo del 68, y escucha resignado el pesimismo del 98. Participa de la traidora que ha entregado sus pechos al indio poeta, para negarle la miel de sus muslos al sagrado soldado. Haz el amor sobre el papel y no la guerra, que los sacrificios de tus hijos sean un mal negocio para los perros de la guerra y que el sonido del agua cayendo por los territorios de Eliot, alcancen tus venas e inflamen todos tus sentidos.
Lector aventajado de Elliot y de Pound, el poeta Rodolfo Hinostroza, mejor conocido en nuestra patria por sus mini segmentos radiales de cocina internacional y por su verbo florido, con acento a parroquiano viejo del Juanito, pertenece a lo mejor que ha producido la literatura en verso peruana, durante el siglo veinte. Ha bebido de los griegos y de los latinos, como quien bebe sin medir si ha de embriagarse, y ha escrito tal vez remediando a los deseos de su alma contranatura, soportando una herida abierta de lobo vacilante; estos versos en que elogia el porvenir del poeta no comprometido, y en los que alaba las piernas cerradas de una griega sabia.

Las figuras, sea lo que le deba a Ez o al cantante de las tierras mustias y abandonadas, se eleva sobre el plano universo, asciende hasta las estrellas que el poeta tan bien prodiga en sus cartas astrales de cholos ilustres, y llena todo lo que estuvo olvidado.

Se pueden ver unicornios en las paredes de un hotel europeo y cabalgar codo a codo con el aqueo y el teucro enredados en lances infinitos. Se puede amar a Holanda con el mismo amor con el que se recita a Saint John Perse y se come los higos estremecidos de dulce, en la cosecha de marzo.

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