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The New York Street

Un blog lleno de historias

fecha

9 marzo, 2005

>Abre la tienda al poeta Rodolfo Hinostroza, 8 de marzo

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Abre la tienda e invitale a pasar, fuma compartiendo su optimismo del 68, y escucha resignado el pesimismo del 98. Participa de la traidora que ha entregado sus pechos al indio poeta, para negarle la miel de sus muslos al sagrado soldado. Haz el amor sobre el papel y no la guerra, que los sacrificios de tus hijos sean un mal negocio para los perros de la guerra y que el sonido del agua cayendo por los territorios de Eliot, alcancen tus venas e inflamen todos tus sentidos.
Lector aventajado de Elliot y de Pound, el poeta Rodolfo Hinostroza, mejor conocido en nuestra patria por sus mini segmentos radiales de cocina internacional y por su verbo florido, con acento a parroquiano viejo del Juanito, pertenece a lo mejor que ha producido la literatura en verso peruana, durante el siglo veinte. Ha bebido de los griegos y de los latinos, como quien bebe sin medir si ha de embriagarse, y ha escrito tal vez remediando a los deseos de su alma contranatura, soportando una herida abierta de lobo vacilante; estos versos en que elogia el porvenir del poeta no comprometido, y en los que alaba las piernas cerradas de una griega sabia.

Las figuras, sea lo que le deba a Ez o al cantante de las tierras mustias y abandonadas, se eleva sobre el plano universo, asciende hasta las estrellas que el poeta tan bien prodiga en sus cartas astrales de cholos ilustres, y llena todo lo que estuvo olvidado.

Se pueden ver unicornios en las paredes de un hotel europeo y cabalgar codo a codo con el aqueo y el teucro enredados en lances infinitos. Se puede amar a Holanda con el mismo amor con el que se recita a Saint John Perse y se come los higos estremecidos de dulce, en la cosecha de marzo.

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>Vuelve el lunes, 7 de marzo

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Books
Originally uploaded by Ulises Gonzales.

La serenata de mi almohada rebosante, las cataratas de hienas henchidas de lujuria, las comarcas niponas remecidas por las flechas rebotantes e inflamadas de las tropas del Emperador. Cuando cayeron sobre las islas, reinaba el caos entre los corceles enemigos, entre las velas que albergaba el pasmado ponto del Asia mayor. No sirvieron Mishima, que perece inclinado de un solo golpe limpio, ni las tropas desolladas de Murakami, ni las velas encendidas por Kenzaburo. Tampoco la vejez confiscada a la nostalgia por Ozu, ni la risa salvadora de Mifune. Nada abandona para siempre el cielo protector de los portales de Tokio. Ni siquiera a los humanos perseguidos por las tropas de cables, que han de volver como las olas que se fueron por un tiempo para reclamar revancha, y estallar luego como revientan las espumas de las que nace la de la mano desgarrada por Diomedes, el Teseida, en una playa de la costa de Arequipa.
Sobre las 2:30 apago la pantalla. El recuento de mis viajes, mis glorias de provincia, los laberintos de la madurez estilizada. Caigo rendido y no pienso levantarme para la clase de bienvenida.

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