Desperezándome entre las almohadas de una casa desconocida en Roosevelt Island. Sintiendo el peso y la angustia de la escasez de aire. El sol entra por las rendijas de las persianas blancas y me devuelve a la vida. Siento los pasos de Carmen en la sala, sus cachetes rosados se acercan y me dicen si he dormido bien. Claro que he dormido bien, pero tengo el sabor del vino, las uvas y la comida tailandesa en la garganta. Me emociona el recuerdo de los fuegos artificiales sobre el muelle de Manhattan. El sonido de las bocinas a la medianoche, todos juntos, como un coro bendito y los gritos de felciidad sobre Brooklyn Heights.

El día sigue lento, Carmen me ha despertado cuando escuchaba las partitas de Bach en el iPod, ha grabado los discos de Camilo y hemos salido los tres usando el teleférico hasta Manhattan. En la 53 me he devorado un cebiche que me ha llenado de recuerdos. El mozo estaba no muy atento, ha botado la jarra de chicha. Pero terminanos y seguimos camino hasta la 14 en la C y hasta Strand. He conseguido un libro autorizado sobre la vida de Richard Burton e Isabel. Y una baratija escrita por el aventurero, publicada en 1902. Por la bicoca de nueve cocos. He regresado a Brooklyn entusiasmado por la promesa de la lectura. Luego he regresado a Carroll Gardens para traerme los discos completos de Camilo. Todo Bethoven, Mozart, Bach…y los escritos aparecidos en los diversos diarios de Lima. Me imagino el placer de leerlos. Enero tiene que ser un buien mes. Tiene que serlo. Y este 2005 igual. Lo creo firmemente. Para cerrar , el broche de oro ha sido la lectura de un cuento maravilloso de Gabo, la imagen del buque fantasma y su ultimo viaje reventando contra la orilla del pueblo asombrado. Es dificil que se borre de mi memoria. Es tan fuerte la pintura. Perenne retrato escrito inmediatamente después de la famosa peripecia de la familia de los Aureliano y los José Arcadio.

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