Rodean a la capital como sus hermanos o como centinelas. Trepan hasta la sierra y escriben los bordes del desierto. No tienen el verde de otras montañas pero sí despiden más vida y más muerte.

¿Acaso nuestros gallinazos no se han alimentado de su polvo? En esas lomas de arena rancia, miles de hombres de sierra han levantado sus chozas, protegido sus pertenencias y empezado una nueva vida de deliciosas promesas.

Muchos han de haber sido consumidos por el hambre con que esta ciudad devora la esperanza. Sin embargo, otros habrán descifrado los secretos de su silencio, de la paz con que el viento adereza las tardes cuando sopla apacible sobre sus sequedades.

Desde allí se ve el mar, además. No poca cosa. Imagínate limeño a ese muchacho que revienta de pastos y de cielo azul, descubriendo el desierto y la vastedad del océano.Buscando entre aquellos cerros que rodean a la capital, la fuerza para transformar el universo.

Entre aquellos hermanos que la rodean, encontrarás magia.

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