Una película antigua en el Cinematógrafo, esperando que empiece, sentados sobre las sillas incómodas de la diminuta sala, y luego conviviendo en la oscuridad con el traqueteo del proyector.

Otra noche, saltando entre sesenta granujas, matando tiempo en un intrascendente concierto de rock argentino en el patio de Los Diablos Rojos.
Bajamos por el parque, por las enredaderas hacia el barcito bohemio a mitad de las escaleras, antes de seguir hacia el puente para caminar hacia el Mirador.

–Nunca he venido por aquí

En la plaza central, sentado sobre el frío metal de la camioneta, ella apoyándose sobre mí. Las conversaciones sobre su padre nunca eran fáciles, tampoco ha sido fácil olvidar la sensación de la piel de mis manos sobre su rostro. Ni el calor de aquél abrazo informal.

Buscando estacionamiento frente a la iglesia y la señora de las boletas de la municipalidad persiguiéndonos para cobrarnos.
–¿Cerraste la puerta? Ella dice que sí. Regreso para confirmar que los pestillos están abiertos.

Avanzar entre las mesas de madera, humo, olor a cerveza, la madera vieja del piso. La música de una banda que presenta su primer video. Y la sonrisa otra vez, de ella, que no sabe–ni yo sé–por qué nos está pasando.Errores.

La chica de la barra es conocida. Se llena nuestra mesa, sirven más jarras, tenemos que salir a comprar cigarrillos sueltos. Carteles a medio arrancar de conciertos pasados de Mar de Copas.

-¿Quieres irte conmigo? Te puedes quedar a dormir y te vas a tu casa mañana.

Atrás de todos en el Sargento y la rubia que nos da la espalda es una actriz famosa. Hazle la conversación. ¡Cómo le han aparecido las arrugas a la chiquilla que se escapó alguna noche de los 80’s a vivir con su profesor.

-Adiós amor
-Adiós.

En el último asiento del colectivo y besándola frente a la Luna. Por la veredita hacia su casa. Escuchándola rasgar la guitarra y cantarme:

-Eternamente, tu mano.

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