Una sábana roja y una sábana blanca. Ojeras al levantarse. El enjuage bucal. Las bragas, la blusa rosada, el lino de los pantalones ajustados. Llueve ¿Cuántas veces ha visto llover en esta ciudad? Nunca. Así que no debe estar lloviendo, debe ser un lapsus del clima,una anormalidad de aquellas que sólo suceden en Lima.

Calienta el café. Sentada en la cocina trata de recordar la noche, su respiración entrecortada, la suya, sus besos, los suyos. Hay que ver las maravillas y las pesadillas que provocan dos jarras de cerveza. Y sin embargo, se había tragado conscientemente todas sus mentiras, había sonreído con cada estafa, después de cada piropo subido de tono. Había deseado, lógico, desde que lo había visto sentado en la mesa después del concierto, había deseado acercársele y mientras hablaban había empezado a imaginar la historia de su romance. Breve, pero intenso. El mejor director de televisión que había pisado el suelo patrio, la mejor productora que había parido esta tierra. Dos seres con ambición por primera vez juntos en la cama. Tenía que ser una experiencia con la combinación más letal de dos torrentes de adrenalina.

Sus amigas habían desaparecido entre sonrisas y besos, no le habían tomado ninguna seriedad a su pedido de que se quedaran. Los dejaron solos en el centro de la noche. Las callecitas empedradas del bulevard, las gradas resbalosas y la madera enmohecida del puente. Un calor cargado de voces que les llegaba desde los puestos de picarones y el ruido del mar. Hay tres maneras de enfrentarse a los problemas, las tres son saladas: las lágrimas, el sudor y el mar. Y se vio a si misma, debajo de la lamparita de noche en la madrugada, subrayando el párrafo de Dinesen, mientras miraba el océano y se daba cuenta de que dependía de su voluntad y de su ambición, el dejar de llorar.

–Tengo que irme, dijo el galán, el estafador, el chanta, el miserable. Apenas si se había calentado. Apenas si entraba en forma, preparada para la segunda, la tercera, la cuarta ronda. Y el mejor director de televisón le editaba la faena con brusquedad. Buscó y encontró, el anillo dorado que no había tenido ni siquiera la decencia de sacarse. Que ella tampoco había querido ver a la luz de la cruz de Chorrillos que le hacía recordar un matrimonio formal y emparentado de flores, toldo árabe en jardín interminable, un verano en Europa con promesas eternas y la madera del cajón y la bóveda del mausoleo donde el cuerpo de su amado se habría descompuesto con rapidez. Han pasado tres años. Ya está el café.

Estaba lloviendo. Eso si era novedad. Nunca, nunca había visto llover en Lima. Grabación a las once. Se colgó del hombro su mejor cartera, no se olvidó el celular. De la mesita al lado de la puerta del apartamento, recogió sus mejores lentes oscuros. Tenía que abrir otra vez la puerta, salir a la calle, manejar hasta el canal. Pensó: tengo que viajar.

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