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La Bestia sale de su calabozo en el fondo de un centro militar, se encarga de liberarlo el perdedor que sabe abrir puertas con ganchitos, y al liberarlo, este estira su sandalia y demuestra que con el poder de su pie puede reventar un edificio. Para esto ya se han muerto muchos maestros en la ciudad del cerdo, para esto ya han salido a la luz los amantes-caseros, asustados por los destrozos que hacen los destructivos bardos de la lira con sus monstruos musicales. No han oido el rugido de la fiera, que los puede dejar en calzoncillos.

Entre tanto el perdedor, trata de ganarse la vida e ingresar a la pandilla de las hachas. Cada vez que ha sido destruido se ha rehabilitado, y al final del filme hemos de enterarnos. La mariposa monarca que sobresale al principio, sobre los titulos no es gratuita. Se abre el fardo, la metaforfosis empieza y de ese baile desquiciado de las hachas, del asesinato en serie, de la matanza de la ciudad de los cerdos, pasamos al sublime momento de la guerra desde el cielo, convertido en flama, ataca con la palma de su mano como un santo. De nada le puede servir transformarse en sapo, Ovidio no tiene preferencias en este momento, Buda le ha sonreido en las alturas y ha permitido que sus pies se posen sobre un aguila, cual signo del Olimpo y su palma ha descendido inmortal para acabar con la Bestia. Dos veces. Arrodillado, esta lo convierte en maestro, mientras los caseros entablillados miran tras las rendijas de su apartamento. Las argollas de metal no han servido, las lanzas ni la voz fenomenal han detenido a la Bestia, pero la palma poderosa, simbolizando a una raza, a una voluntad, la de la paleta de la muchacha muda, agradecida, acuclillada entre la pandilla del abuso, es fuerte.

Amor, como dos criaturas, regresan al paraiso perdido, se emparejan en el arte de la vida, en Kung Fu Hustle.

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