A Sebald hay que leerlo varias veces y en la altura ¿Qué tan alto? A 40,000 pies. En un avión. Es más, en varios aviones de este a oeste, de norte a sur y de sur a norte. Hay que leerlo con los oídos tapados por la presión y con una lamparita de luz blanca fija en la página. No existe otra forma de leer a Sebald y entender la magnitud de su libro: Austerlitz. El hombre que mira hacia el futuro y no entiende nada, hasta que el pasado le pasa la factura. Austerlitz: el niño estúpido, el viejo sabio, el ignorante, el excéntrico; el inglés, el checo y el francés; el experto en arquitectura, en historia y en arte; el erudito, el ermitaño, el desamparado.

Un libro para que contenga a todos los libros: como el anillo. Unas páginas que contengan a todas las páginas que se han escrito sobre las consecuencias del holocausto.Una novela que te ponga –a mitad del libro– en la situación de decidir si es mejor seguir leyendo o ponerse a vomitar, a llorar o a escupir al cielo. Un álbum lleno de fotos, con un niño-anciano que las recorre como camina Europa y describe la insensatez de levantar fuertes indestructibles o magníficas estaciones de tren. Una tertulia que se extiende por un número indefinido de años: que marcha de los franceses, a los ingleses; de los alemanes a los checos, de un edificio en Antwerp hasta un campo de concentración en Terezin.

Una novela que intenta explicar la locura y la barbarie sin gritar. Una historia que se resume (tan bien) en esas manos arrugadas de una mujer que se cubre los ojos –porque no puede creerlo– y pregunta “¿Eres tú Jacques?“.

Hay que leerlo, bajo las condiciones establecidas. Porque intenté acabarlo antes y no me pareció lo mismo. Porque sólo lejos del suelo firme parece entenderse el tamaño de la reflexión. Max Sebald, muerto antes de los 60: alemán y escritor. Austerlitz: batalla, Austelitz: librazo.

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