Los dientes de Guillermo son muy blancos. Hace años que se convenció de que era la única parte de su rostro que podía transformar (podría haber pagado una cirugía, pero aquello lo hubiera convertido en el punto de las burlas de sus amigos).

No sé qué es lo que hace a Guillermo tan feo. Tal vez sean las convenciones de lo que llamamos simétrico o asimétrico. O quizá es alguna condición genética. Su rostro es como un boceto de rostro. Es una obra en la que al creador le faltaron minutos para poner todos los elementos en orden. Su cara es una cosa cubista, y dentro de aquél cubo, sus dientes brillan. Además de los dientes, Guillermo tiene una voz perfecta. Jamás la ha trabajado, fluye como si perteneciera a otro. La ha usado para el mal: es cierto. No son pocas las mujeres que han caído atrapadas en sus discursos ingeniosos y sus trampas telefónicas. De joven –cuando el teléfono aún era la forma más común de comunicarse entre los jóvenes y Guillermo tenía más tiempo porque no trabajaba 80 horas a la semana en el empleo que ahora le permite pagar 200o dólares por blanquearse los dientes–, planeaba sus incursiones telefónicas con la misma astucia conque los muchachos guapos planeamos nuestros encuentros cara a cara. A nosotros nos preocupaba lo visual: Guillermo vivía obsesionado con los detalles auditivos.

Caminaba por Lima en búsqueda de números telefónicos. Las presas más fáciles eran las secretarias que atendían en tiendas y oficinas. Si le gustaban, conseguía los números en la guía y las llamaba. Una vez que las tenía en la línea era sencillo engatusarlas. Sabía cómo ordenar sus palabras, como modificar el timbre de voz para generar confianza, intriga, convicción y esperanza. Prometía amor y le creían. Después de tres o cuatro largas conversaciones en la oficina, ellas le confiaban el número de sus casas. Prometían estar solas en la noche, con el teléfono muy pegado al cuerpo para escuchar lo que la voz les ofrecía. Y a solas, él les prometía lo que jamás se iba a atrever a decirles cara a cara. “Su voz” pensaban ellas, mientras la electricidad les bajaba por el espinazo y las cruzaba de dicha “¿Cuándo te veo mi amor?” decían ellas y si él se aburría de su insistencia decidía olvidarlas.

Intentó ser locutor, pero en la conversación masiva su voz era fragil. Su talento se apagaba si la conversación no era de uno a una, si más de un oído recibía su mensaje.

Al terminar la secundaria consiguó un trabajo estable y pudo pagarse las prostitutas que le aliviaron la sensación pecaminosa de masturbarse demasiado al teléfono. Intentó vendar a  una de ellas, pero el resultado no fue el mismo:ella sabía que aquella voz provenía de una cara deforme. No se entregaban con la misma pasión de las muchachitas telefónicas. Guillermo también intentó con una muchacha ciega pero aquella vez lo consumió la autoculpa. Cuando la muchacha le pidió que la tocara, él no se atrevió. Por más que quería, no se le paraba.

Por esa época, cuando casi no le interesaba conocer mujeres porque creía haberse acostumbrado a su dieta semanal de putas,  conoció a una satipeña con los dientes blanqueados y le asombró que por prestarle demasiada atención a la dentadura se demoró en percatarse de ciertos defectos del rostro que otras veces le hubieran resultado inaguantables. Se le ocurrió una estrategia combinada : la magia de los dientes blancos serviría de droga de acercamiento. Sería una pantalla que bloquearía la primera impresión desafortunada que siempre provocaba su rostro. Los dientes le comprarían el tiempo necesario para hablar. En los segundos posteriores al encontronazo, mientras la blancura cegadora bloqueaba los otros sentidos de la víctima, Guillermo trabajaría la entrada al corazón de ellas con su voz. “Será hipnotismo puro”, pensó Guillermo entusiasmado, mientras se lavaba los dientes.

Consiguió los números de los especialistas. Se inscribió en un tratamiento intensivo que incluía blanqueo y detalles estéticos. En unas semanas estuvo listo. Marcó un número telefónico al que le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía algunos meses. Se llamaba Mariana: puta de alto vuelo. Carraspeó en el auricular, habló sin entonar, cortando las palabras, negoció el precio y el tiempo antes del encuentro. Ella llegó a su departamento y él abrió la puerta: 5, 10, 15, 20, 25 segundos….un pequeño destello antes de que Mariana pusiera ese gesto de rechazo que Guillermo conocía tan bien. Ella dudaba pero era una profesional. Él le apretó la cintura y le dejó saber que se trataba de un buen cliente.

Guillermo, con paciencia, perfeccionó su técnica. En los 25 segundos, de alguna manera conseguía sacar su rostro del ángulo de visión de las muchachas. Acercaba la boca a la oreja, ponía las manos (gruesas, ásperas, intimidantes, calurosas) en el cuello de ellas, al comienzo de la espalda. Entonces tenía otros 15 ó 20 segundos adicionales para hipnotizarlas. Y eso era todo lo que necesitaba.

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