Foto de Edgar Asensio.

Mi recuerdo más antiguo en la ciudad de Lima es una foto en blanco y negro en el Parque Washington en 1972, donde mi madre–con un peinado que le debía demasiado a la moda nuevaolera  (una peluca como aquella que lucían las coristas de B-52)–sostiene entre sus brazos una manta de tela con la que arropa a un bebé rollizo, llorón y con pelo muy negro estilo puercoespín. A un lado está mi padre, con los botones de la camisa a punto de explotar, aún mostrando ese grueso bigote colorado que llevó toda mi infancia y que se afeitaría cuando el cabello se le empezó a llenar de canas.

El Parque Washington es una pequeña plaza en en el barrio de Santa Beatriz, a la altura de las primeras cuadras de la Avenida Arequipa, entrando a lo que se conoce como el Centro Histórico. Allí mi padre, que se había recién graduado de ingeniero y trabajaba para el Ministerio de Vivienda, alquiló un pequeño departamento durante un año, mientras esperábamos que se terminara la construcción de la que sería nuestra casa de siempre: un lote de la calle Los Químicos en la Urbanización de la Cooperativa de Ingenieros, en el entonces muy aislado distrito de La Molina, al este de la ciudad.

No queda ninguna otra fotografía de aquellos días, ni  tengo otro recuerdo de aquel parque (a no ser por aquellas tardes de domingo, ya adolescente, en las que junto a mi hermano y amigos huíamos en turba, seguidos por las cachiporras de los policías, al término de algún clásico del fútbol jugado en el Estadio Nacional). Mis siguientes memorias de la ciudad son casi todas de La Molina, de aquel barrio entre campos de cultivo: Mi madre entraba conduciendo su escarabajo blanco hasta la casucha del guardián de un terreno a la espalda de nuestra casa. Allí comprábamos fresas. Era tierra zanjada y las frutas se recogían directamente de las zanjas. Nos la pesaba en una balanza de metal azul oxidada (recuerdo los dedos callosos del campesino jugando con la pesita mientras mi madre reclamaba o regateaba el precio y la calidad de las fresas);  y luego mi madre manejaba las dos cuadras hasta la casa para enseñarnos que antes de comer una fresa debíamos remojarlas en agua yodada en el lavatorio de la cocina. En ese fresal, años después, se contruiría el edificio central de las oficinas de la IBM del Perú, al cual nuestro barrio le debe, en el lapso de nueve años, dos ruidosos atentados senderistas.

Tal vez porque las mañanas en La Molina siempre suelen estar acompañadas de un sol brillante, mi otro recuerdo permanente de la ciudad–por contraste–está asociado al cielo oscuro de la costa. A mamá le gustaba llevarnos a las playas de la Costa Verde,  donde se tumbaba a leer bajo la sombrilla mientras nosotros hacíamos agujeros y castillos en la orilla. Antes de regresar a casa, nos acompañaba a cruzar la rotosa pista del circuito de playas, para que nos desprendiéramos de la arena en los chorrillos de agua que caían por los acantilados. Era verano, pero recuerdo muy bien esa neblina espesa: trepada, abrazada a los edificios más altos de Miraflores. Era una visión a la que se llegaba conduciendo por la recién construída Via Expresa, que entonces todos llamábamos por su apodo: el Zanjón.

Mi siguiente recuerdo de Miraflores es el de la Avenida Larco. Era un edificio oscuro y era invierno. Avanzaba por unos pasillos angostos con paredes de color blanco oscuro y allí estaba ese olor penetrante de los cuartitos de las nebulizaciones, que mi madre necesitaba para que no empeoraran sus ataques de asma. En una de las esquinas de Larco había un local del Banco Hipotecario y muchas veces estuve allí, esperando en el auto, mientras mi madre retiraba o depositaba dinero, observando detrás del parabrisas a los viandantes: miraflorinos de pantalones setenteros y apretados; o  mujeres de chompas hasta el borde del cuello y lentes oscuros grandazos de tonos pardos.

Al Centro de Lima solo entrábamos por las mañanas para dejar a mi padre en su trabajo. Él ya se había convertido en uno de los ingenieros de la sección de tasaciones del Banco de la Vivienda. Su entrada a las 8 de la mañana siempre iba acompañada por prisas entre el peaje de la Avenida Circunvalación (donde yo y mi hermano nos disputábamos por quedarnos con los coloridos tickets de peaje en forma de billetes que entregaban en la caseta) y la entrada al Centro, por una callecita empedrada y muy estrecha. De esos viajes recuerdo sobre todo el cielo negro y los cerros, donde se apiñaban las casuchas. No conocía a nadie que viviera allí. La única palabra que asociaba con ese paisaje, era “pobreza”.

En la zanja de la Avenida Circunvalación se amontonaba la basura. Eran cerros de desperdicios entre los que deambulaban perros y gente. Había muchos niños correteando entre aquellos montículos hediondos (siempre cruzábamos esa zona con las ventanas bien cerradas). A veces los chiquillos cruzaban la pista, corrían entre los automóviles sin dejar de sonreir: bajo el humo oscuro del cielo, con el paisaje al fondo de los cerros negros y las fábricas de color negro donde se acumulaba el fierro oxidado.

De vez en cuando los papeles flotaban en el aire, entre los autos. Y yo los miraba, sin pensar en nada.

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