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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

marzo 2012

Mes de la poesía

Hoy celebramos el inicio del mes de la poesía en los Estados Unidos. Desde su guarida, llega Billy Collins, setentón, a darnos un poco más de medicina en verso. El auditorio está casi lleno. La ceremonia comienza con puntualidad y desde el púlpito surgen las diferentes voces. ¿A qué venimos? ¿Qué significa en 2012 sentarse para escuchar poesía? Es tratar de entender lo que pasa en el mundo desde otro ángulo, es escuchar lo que nos dicen quienes viven para el arte. El director del departamento, Terrence Chang, hace un comentario: Collins, con su título honorario, tiene el privilegio de no poseer un e-mail, y es él quien lee los mensajes, halagos y cariños de sus lectores para reenvíarselos. Desde algún rincón iluminado de su casa, Collins decide a quién le contesta y a quién no.

Billy Collins recita sin aspavientos: “Estaba en un restaurante en Chicago, abrí el periódico y me di cuenta que Cheerios cumplía 70 años, la misma edad que yo. Es más, yo soy más viejo que Cheerios porque yo los cumplí hace unos meses. Escucho murmurar a la gente a mis espaldas: Mira, en esa mesa está sentado alguien que es más viejo que los Cheerios”. La buena poesía consigue hacernos olvidar que no hemos almorzado. Al final de los aplausos, corro hacia el salón donde mi clase comienza en unos cuantos minutos. No puedo dejar de pensar en ciertos poemas. Me doy cuenta que tengo un mes de poesía para pensar en ellos. Como en éste, con el cual Billy Collins empezaba su lectura, esta tarde en Lehman:

Another Reason Why I Don’t Keep A Gun In The House

The neighbors’ dog will not stop barking.
He is barking the same high, rhythmic bark
that he barks every time they leave the house.
They must switch him on on their way out.

The neighbors’ dog will not stop barking.
I close all the windows in the house
and put on a Beethoven symphony full blast
but I can still hear him muffled under the music,
barking, barking, barking,

and now I can see him sitting in the orchestra,
his head raised confidently as if Beethoven
had included a part for barking dog.

When the record finally ends he is still barking,
sitting there in the oboe section barking,
his eyes fixed on the conductor who is
entreating him with his baton

while the other musicians listen in respectful
silence to the famous barking dog solo,
that endless coda that first established
Beethoven as an innovative genius.

De carne y hueso

Portada de la novela de Michael Houellebecq

La salida de la casa está cubierta de narcisos. La vecina mira con envidia. La verdad que la suya pierde con la comparación. Han crecido amarillos y blancos y por aquí y por allá desparramados por el jardín. Entre los narcisos hay un tulipán que ha crecido escondido, es el único sobrevieviente del hambre de los venados ¿Quién se come las flores? Aún se notan las pisadas frescas, las huellas enseñan cómo se ha parado la bestia para engullirse los bulbos de otras flores a punto de brotar. El patio está lleno de la caca que dejan cuando pasan de una casa a otra, cabizbajos, mientras devoran todo lo que pueden a su paso.

Hoy prometieron que llovería pero no ha caído nada. Apenas si se ha nublado un poco más el cielo, lo suficiente para ir a dar vueltas por el pueblo, a comer en un Diner de los años 50. Parece tan antiguo ¿lo será? Al lado de un perchero cuelga una foto en blanco y negro de los autos de forma covadongada pasando frente al mismo local donde yo como con cuidado porque el jamón de los omelets ha venido con hueso. Café de la mañana: la mesera me llena el vaso cinco veces. Tal vez me prepara para la caminata alrededor de las calles: silenciosas, casi vacías. Detrás de las vitrinas de los pocos restaurantes abiertos hay caras que empiezan el día, niños que comen a la fuerza lo que sus padres les ponen sobre la mesa: un pan relleno con queso y oloroso a canela. Domingo de pasos tranquilos.

Ayer he acabado un libro: Las partículas elementales de  Michael Houellebecq. Otro viaje por Europa un poco distinto que el de hace unos días por Julian Barnes en The Sense of an Ending. El de Barnes es un pedazo de vida recompuesto en base a memorias bien contadas, con un lenguaje que tiene compás y ritmo (Seduce: uno lee y se imagina junto a ese grupo de colegiales que discutían el suicidio de un compañero como si la vida tuviera que comportarse tal y como en la mejor literatura).

El libro de Houellebecq es distinto pero tan bueno como el de Barnes. La piel de gallina que cubre la carátula es tan importante como el vertiginoso timón con que el conductor te maneja entre orgías, deprimentes paisajes urbanos, episodios masturbatorios y decadentes personajes prendidos en una época que les cae a pelo. Acá los buenos tienen que suicidarse. En esta novela está la frase que lo volvió a su autor  famoso y que tuvo como consecuencia la reafirmación de la secularidad del gobierno francés: “El islam–de lejos la más estúpida, falsa y confusa de todas las religiones”. Si bien Houellebecq se mete contra el catolicismo y contra las otras religiones. Se burla de los intelectuales y se mofa de los científicos. Su novela es un compendio de lo más inútil que nos ha dejado esta experiencia a la que llegamos sin opción, esta cosa llamada “Humanidad”.

Malos sueños con The Sense of an Ending. La noche que lo acabé veía las opciones del desenlace cruzar como relámpagos, mientras daba vueltas en la cama y no podía quedarme dormido. Como si esas líneas finales se me hubieran metido en el subconsciente. Los narcisos acaban de nacer y ya se están marchitando, pero otras flores aparecen entre la tierra. Otro ciclo. Mis libros al lado de la ventana, una moneda en el suelo que no compra nada. Ha sido un día con pasos ciertos, moviéndolo todo en la casa. ¿Spaguetti o Linguini? dice ella, mientras me toma la orden. Un alfiler que le parte los labios, cabello color morado. Tiene una sonrisa nerviosa, como la de esa mujer que lo entretiene a Barnes durante toda la novela, que le remueve el cerebro con una tonelada de misterio. En esta parte del planeta hoy nunca salió el sol.

Su cabello

La vi pasando. Tenía el cabello de cierto modo y caminaba acompañada de una fragancia. No sé por qué hay mujeres que pasan y las siento así. Es quizá una cortesía que se cruza. Otras mujeres atraviesan la acera sin que les brindes ni siquiera un segundo, pero ella no.

Cuesta pensar que convicciones y deseos respondan a detalles tan sencillos. La mente es primitiva. Es fácil abandonar las ideas meditadas por una convicción de un segundo, por un deseo: me gusta. ¿Qué me gusta? La fragancia, la vista, el paisaje modificado por su cabello con el entorno de su cuerpo, con la luz de aquél segundo en que pasó por mi lado: la deseo.

De aquellos instantes, de aquellas dudas, también está hecha nuestra vida. Hay razones de sobra para derrumbar un mundo por un deseo. Después de algunas horas podemos sentirlo sofocado y pasajero. ¿Pero si aquél cabello ondeaba un poco más, si esos labios sugerían algo? La posibilidad es un reino que yo no conozco, es demasiado fácil caer en la tentación.

El perro romántico

Los perros románticos, Roberto Bolaño

Pero en aquel momento crecer hubiera sido un crimen.

Estoy aquí, dije, con los perros románticos

y aquí me voy a quedar.

Roberto Bolaño, Los perros románticos

Hace unos días empecé a ver una comedia llamada How I Met Your Mother. El argumento básico es que un padre cuarentón, en un hipotético año 2030, sienta a sus dos hijos adolescentes en el sofá y les cuenta historias que sucedieron alrededor de los años en que conoció a su madre. Las historias son las de un veinteañero estadounidense de clase media, en Manhattan, en una época alrededor del final de sus estudios universitarios y sus primeros trabajos. Una vida de “sacrificio” con sus consiguientes distracciones: juergas, sexo y amistad. Estas experiencias ocurren en la ciudad de la furia, allá por el año 2005.

Allá en el año 2030, si es que tengo hijos, tendré que sentarlos en un sofá y contarles la historia de un chico peruano que llegó al JFK acabando sus 20s, como de casualidad; y que una tarde del 2006, alrededor de una mesa de madera, en un salón en una universidad en el Bronx, durante la primera clase de un curso llamado “Literatura Afroamericana del siglo XX” vio a su madre por primera vez.

Ninguno de los dos quería estar allí (¿así no son las grandes historias de amor?). Ella había escogido la clase porque quería tentar si se animaba a ir por un doctorado en literatura inglesa; y yo, a regañadientes, porque era la única clase que se ajustaba a mis horarios.

Ella dice que yo la presioné. Yo recuerdo su invitación, muy cortés, a enseñarle el camino a la cafetería y una pregunta (creí entonces que jalada de los pelos, entre vasos de café humeante que decían Starbucks) acerca de la pronunciación del nombre de una de sus estudiantes (ella era profesora de inglés en otra universidad y su estudiante se llamaba Guillermina). Ella dice que yo la presioné para salir. Sin embargo yo recuerdo que, como quién no quiere la cosa, ella dijo de que no iba a un cine hacía casi cinco años. ¿Cómo una chica te puede decir algo así y no esperar que la invites tú a romper su mala racha cinematográfica? Ella dice que yo la intenté besar (aún conservo memoria de las tetas bien puestas de Penélope Cruz bajo un vestido rojo sangre en Volver) y yo recuerdo, con claridad filmográfica, que ella volteó la cara para que mi boca tocara la suya, porque yo no sabía si besarla era lo correcto. Todo aquello sucedió bajo la lluvia, con un poco de frío y muy poca luz, bajo los rieles elevados del tren, en la estación de la Avenida Broadway con la calle 231.

Un amigo solía decir que las mujeres me habían pagado mal porque yo me enamoraba mucho. Este perro romántico jamás había tenido una relación duradera. Mi vida era una colección de encuentros fortuitos, de noches apasionadas seguidas por largas temporadas de furiosas y salvajes noches solitarias. Había dos o tres mujeres que se repetían, porque a nuestra manera supongo que nos queríamos, pero ninguna de aquellas se había convertido en nada estable. Sin embargo, por la época en la que conocí a la que sería mi esposa (quien supongo que será la madre de mis hijos) había empezado a desarrollar inusitados hábitos, para mí, de galán barato.

Una mala experiencia me había obligado a replantearme mi vida de soltero. Perdí peso y empecé a frecuentar el gimnasio. Entonces mi calendario, hasta entonces magro de aventuras, se llenó de ellas. Ellas aparecían una noche y se quedaban hasta la tarde. Eran relevadas y se convertían en aventuras que duraban un día más o se convertían en dos o tres noches seguidas entre las sábanas. Vivía en un cuarto muy pequeño con balcón a una calle llamada Villa. Era limpio, pero de vez en cuando, porque los dueños albaneses no le daban ningún mantenimiento, se aparecían unos bichos –que yo recordaba mucho más grandes en su versión limeña-, unos monstruos de color anaranajado oscuro llamados cucarachas, que yo trataba de matar contra las losetas del baño mientras me cepillaba los dientes. Allí viví dos años. Siempre había fiestas que me obligaban a ir hasta Manhattan o a Brooklyn. Había también visitas que se quedaban hasta el amanecer y se despedían de mí para tomar el tren, o viajeras de otras latitudes que aparecían con sus llantos, sus sonrisas y sus historias, algunas muy descabelladas; para compartir mi cama de plaza y media que apenas si cabía en aquella habitación.

Ya tenía una oficina, a dos cuadras de mi departamento, en una universidad. Allí enseñaba un curso de diseño y diagramación básicos con Illustrator, Photoshop y Quark Xpress. También aprendía, con paciencia, la belleza de un sueño llamado Literatura Inglesa. En la bliblioteca de Lehman College y en mi habitación, gracias a unos tomos impresos a principios de los 1900 y protegidos con una pasta de cuero ennegrecido, leí por primera vez Gulliver’s Travels y A Modest Proposal de Jonathan Swift, Absalom and Achitophel de Dryden, The Rime of The Ancient Mariner de Coleridge, In Memoriam de Tennyson y Marriage of Heaven and Hell de Blake.

En aquél cuarto también me levantaba los viernes a las 6 de la mañana para coger un taxi hasta la estación de tren de Fordham Road hasta la ciudad de White Plains, tomar un bus desde allí hasta el límite con el pueblo de Elmsford en el condado de Westchester, y luego caminar algunas cuadras por encima de la autopista I-287, para trabajar estacionando automóviles los fines de semana en el club de golf más antiguo de los Estados Unidos. En ese club de golf, en las horas vacías de los días de mal clima, bajo un tablero de llaves, también abría mis libros y leía por primera vez los Sonnets de Shakespeare, sus dramas históricos, las comedias y luego las tragedias. Allí también leí –por primera vez– las mejores páginas de Joyce, Woolf, Eliot, Austen, Conrad y Wilde.

Y así conocí a su madre, les diré. O era un perro romántico o era un loco que, de pronto, se dio cuenta de algo. De aquella clase que no quería llevar, mirándola entre observación y observación, tomando notas acerca del Souls of Black Folk, de W. E. B. Dubois, una noche llegamos a su departamento y nunca más nos separamos.

Mi esposa dice que lo intentó. Que me quiso evitar. Que yo la acosé. Que le puse el ojo y nunca la quise dejar en paz. Que con engaños me la llevé a comer sushi en un restaurancito en Riverdale. Que me metí en su cama casi a la fuerza, ante el escándalo de su conejo, Toby, que rondaba celoso. Dice que ya no me quise ir; y que yo iba tan preparado para el asalto final que hasta llevaba un condón, listo, en uno de los bolsillos de mis jeans.

Yo no recuerdo nada de aquéllo. Tal vez sean los trucos de la memoria o detalles que el tiempo ha borrado.  Pero ésta es mi historia y por lo tanto, se la cuento yo.

Esta entrada fue publicada originalmente en el blog Newyópolis de la revista española FronteraD.

Macondo and vampires

Macondo, a painting by Graham Brown

Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las tinieblas.

Cien años de soledad, Gabo.

Macondo is a small hamlet in the middle of the Colombian Caribe. In the 60s Gabriel García Márquez put Macondo on the  map thanks to a splendid novel: Hundred Years of Solitude. The Americans got to hear for the first time about Macondo when Shakira mentioned it in one of her songs. To say the truth, most of the Hispanics in the US knew about the existence of Macondo just  because of a character in the soap opera El Cartel de los Sapos who always talked–with some contempt– about “the fucking people from Macondo“.

In Macondo, and this is something almost unknown, live the last Colombian vampire. Also the last zombie. They never get together nor talk to each other because some complication of their families, a long dispute of more than a hundred years over a bunch of banana trees. The family of the zombi had the trees over the old canal (the acequia) and the family of the vampire claimed that even if the tree belonged to the zombies, the bananas were growing over their land and were theirs. They had a couple of mini wars and a zombi almost got killed. After a last bloody incident the two families grew very distanced from each other. That was the reason why there was never in that town a kind of odd alliance between vampires and zombies like in other towns in the Caribbean Sea.

[A small tribute to Gabo, the greatest old fart. On his 80th Birthday.]

Familia

¿Qué se te puede decir a ti, familia?

Qué ofrenda

Puede pagar de vuelta

El magnífico detalle de tener un hogar.

Hermanos que te presten su tiempo

Padres que te permitan

Entretener sueños ¿Cómo decirlo?

Una familia,

Es ya un poema.

Peekskill in the Winter, Photolog

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Destrucción de Raw Life Food Co op

Parecía una idea imposible: una comunidad se organiza, contribuye con horas de trabajo (3-4 por mes) y compra productos que sean orgánicos y producidos en granjas y en pequeñas empresas en su mayoría regionales. Se abre una pequeña tienda, los miembros de la cooperativa declaran una vez a la semana la cantidad de vegetales y frutas que van a consumir, y se hacen los pedidos. La tienda tiene un código de seguridad, con este breve código los miembros pueden acceder a ella las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Así que si a las 4 de la mañana se te antoja una botellita de Brooklyn Kambucha, un SeaSnax, un kiwi orgánico o un bisteck de una granja con ganado alimentado orgánicamente; con esa clave puedes entrar a la tienda, servirte tú mismo, pesarlo tú mismo, poner la plata en un sobrecito en una caja fuerte (o firmar un papel diciendo que debes para la próxima).

Nancy Durand Lanson, una muchacha francesa que vive en Westchester hace muchos años, empezó Raw Life Food Co-op hace 11 años en el sótano de su casa. Poco a poco el proyecto fue creciendo, hasta convertirse en esta tienda en Peekskill que hasta hace unos días parecía haberle solucionado a sus miembros el problema de acceder a comida sana, orgánica, a un precio razonable y en un solo lugar.

Fue un trabajo agotador y Nancy lo venía haciendo indesmayablemente hasta que a fines del año 2011 decidió retirarse de las labores gerenciales porque su familia y su salud necesitaban un poco de tiempo y ella no se los había podido dar.

La mesa directiva asumió el trabajo de convertir a esta pequeña cooperativa en una empresa-negocio con pies y cabeza. Con buenas intenciones y muy poca gente involucrada en labores de gerencia no se puede dirigir una tienda. Al parecer 24 horas al día era mucho tiempo libre. Al parecer algunas personas estaban abusando de la confianza de la tienda. No había grandes pérdidas –nada que un negocio de más de 100 miembros no pudiera cubrir– pero la tienda no daba beneficios, apenas si se cubrían los costos operativos con el consumo de los miembros y la gente dentro de la mesa directiva empezó a sentirse harta, cansada y–la verdad sea dicha–incompetente para el trabajo.

Así, con presión y mucho miedo –porque algún abogado les había dicho que si la empresa tenía deudas ellos eran responsables de pagarlas– la mesa directiva convocó a una reunión extraordinaria. Fue el domingo 4 de marzo. Para hacer todo más dramático, el 2 de marzo mandaron un e-mail colectivo, diciendo que Nancy había sido expulsada de la directiva, y dando a entender que el pobre desempeño de Nancy como gerente estaba llevando la cooperativa al hoyo.

Nancy, la que se levantaba todas las semanas en la madrugada para asegurarse de que los granjeros y productores dejaran lo mejor de sus cosechas para nuestra cooperativa. La que había puesto US$ 9,000 de su bolsillo para pagar las obligaciones atrasadas a los productores. Nancy fue acusada de entrometida, de atarles las manos a los integrantes de la directiva, de ser un estorbo para la transformación de la cooperativa en una corporación; y fue expulsada.

El domingo 4 de marzo, entre gritos de indignación, llantos y mea culpas; la mesa directiva transmitió el miedo: renunció la mujer que le mandó el e-mail a Nancy, renunciaron otros miembros de la mesa directiva y dejaron al voto, al parecer la única opción posible: la liquidación de RawLife Food CoOp.

Fue un ejemplo patético de una directiva desbordada y llena de miedo, sin ninguna capacidad de liderazgo, sin deseo de asumir ningún riesgo. Mientras algunos miembros decían querer poner más horas e incluso dinero para que la cooperativa siga existiendo; la mesa directiva, que nunca puso un número exacto sobre la mesa, con un discurso repleto de vaguedades sin ningún dato específico, que sólo se dedicó a decir “nada está claro”, “esto no funciona”, asustada e incapaz, se tiró abajo 11 años de trabajo y un extraordinario sueño.

¿Y ahora?

Diario del invierno

Tomé esta foto en Peekskill, Blue Mountain. Con el iPod e Instagram

¿Qué invierno? Escribir sobre el invierno en estas condiciones equivale a escribir sobre nada. Un par de días de nieve floja. Paseos entre las matas desnudas del parque. Tantas horas desperdiciadas en imaginar su venida y nuestra frustración mientras las llantas de auto se atoraban en la nieve, agitando la pala sin descanso, desparramando chorritos de sal para que se esfumara el largo calcetín blanco de su paso. Y nada. Tanta especulación. Allá otra prueba más para los precavidos. Tanto tiempo esperándola, para que nunca viniera, para que nunca llamara, para que nos quedásemos con el chorro de sal y la ropa del frío.

Un invierno deportivo, eso ha sido. Ganándome la competencia contra mí mismo a puro nado. Gritando porque ganaron los Giants, asombrado–como media ciudad–con Jeremy Lin sacando las pelotas debajo de un adversario en un juego de los Knicks contra los Mavs. Y leyendo, claro, contra la ventana de los trenes, en un rincón de la casa, buscando luz: Istambul de Pamuk, Cocaina Nights de Ballard, ahora The Elementary Particles (Atomised) de Houellebecq. Lo bueno de los inviernos ligeros es que no hay tanto tiempo para leer, que se puede salir con confianza a ver el mundo, a investigar los rincones que necesitan nuestras historias, no a rebuscarlas entre libros ya escritos, entre tramas ya imaginadas.

También hubo películas y hubo cocina. Porque cuando hay tiempo libre (y lo ha habido) se puede ensayar esos ingredientes que no se han mezclado jamás en una olla y entre el humo y las verduras, robándole tiempo a otras ideas urgentes uno se puede sentar en la sala a ver cosas como Senna o Poetry. La poesía coreana esperó un poco más, escondida a medias entre las pésimas conexiones de Internet. Por la noche, antes de dormir, termino de verla – ¡con subtítulos! – en la mini pantallita del iPod, a oscuras. Esa fue otra experiencia invernal. Después, hubo noches con otro tipo de aventuras. Por ejemplo Point Blank, excelente largometraje francés de acción y policial. También hubo ese malísimo retrato de la peste negra llamada Black Death. Nadie podrá igualar, compruebo, el recuento que hace Camus en La Peste.

De la experiencia con Driver : Ryan Gosling es un muy buen actor. Los primeros minutos, el filme nos captura sólo con miradas por el retrovisor.  Sin pestañear, la voz de la radio, las llantas contra el asfalto. Sin embargo, esta es una película de imágenes, como un Matrix de la vida real. Es una historia llena de cuchilladas y de agujeros. Escenas sin resolver: como este invierno.

Esta estación ha sido suspendida como un brunch entre el almuerzo y el desayuno: un primvierno. Un pequeño aperitivo para que cuando escuchemos al calor que viene y roguemos para que desaparezca, sepamos que la Naturaleza aún puede acudir a salvarnos. Como lo haría cualquier madre generosa.

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