Hay un bagel con crema de queso en el recuerdo de esta mañana y la vigilia antes de caminar con la bolsa al hombro y la computadora en las manos por la oscuridad de nuestras dos de la mañana, pasando la estación de servicio silenciosa, los autos con las ventanas abiertas y llenos de música, la muchacha con la cicatriz en la mejilla y una sonrisa que sube al elevador de la estación de tren. ¿Cuántas veces he sido una sombra con maleta caminando hacia una estación?

La llegada a Penn Station me recuerda que es viernes y veo un desfile de tacos mal caminados, de piernas que regresan de las discotecas, tumbadas en el piso esperando que salga el primer tren. Locos al lado de las columnas, hombres de aspecto penoso y más de trescientos kilos que arrastran los pies, contrarrestando esa música surreal de tiendas de moda. Ellas quieren ser más altas y más mujeres, sus piernas se mueven, se juntan con otras tantas en esa espera callada que tal vez no se recupera aún de los ruidos de los clubes, de las luces a oscuras en la pista de baile.

Un muchacho duerme apoyado contra una muchacha que le acaricia el cabello y le frota la espalda. Sus pies torcidos, una pareja de lesbianas abraza con cariño sus piernas cansadas, descansando en los peldaños de las escaleras. El viaje ha sido ese silencio. Un café helado y De Quincey y sus Confessions of an English Opium-Eater que he releído siempre con calma en estaciones de tren.

El boleto me ha llevado en aletargado ritmo de madrugada hacia el aeropuerto y me he quedado dormido ni bien he visto las ruedas del avión despegarse de la pista de Nueva York.

Phoenix desde el aire tiene cerros rojizos de tierra seca, sus calles son cuadriculadas, casas pequeñas extendidas sobre el desierto.

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