En la sala de un hospital una mujer fuma un cigarrillo. Los doctores la miran impacientes pero no se atreven a decirle nada. Su hijo ha muerto, su hombre está en cuidados intensivos, esperando la misma suerte.

Uno de los doctores es joven, ha terminado una cirugía complicada y mientras rellena los papeles antes de irse para casa, mira los labios de la mujer y el humo que flota entre ambos. No sabe de qué rincón de su memoria salen las palabras, pero son de consuelo y le salen fáciles. Se acerca hasta donde ella y se las dice. No hay necesidad de más, allí sobra el cigarillo. Ella encaja su cuerpo con el de él, con ese hombro que está listo para las lágrimas.

Cuando los doctores la buscan para darle la mala noticia ella está más calmada. Hay varias colillas apagadas en el suelo y en su bolso tiene un pedazo de papel con un número garabateado. El del único hombre en la ciudad que gustosamente se tomaría con ella una cerveza.

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