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The New York Street

Un blog lleno de historias

fecha

10 junio, 2009

Long Island

-Pretty legs you have my dear
-Thank you!

Abnormality in the air, a bunch of light excuses to pretend to know better, to leave the sand, to abandon the town and take the phone numbers of everybody around us.

My car is broken, enemies. You can attack at anytime. I’ll be waiting in the back seat, smoking a cigar.

Acerca del peligro

En ese bar de jóvenes con corbata y con camisa abierta, antes que amanezca, uno de los de camisa abierta tendrá sexo con la mujer de uno de los de corbata.

Algunos escritores le echarán la culpa al alcohol, a la iluminación y a las largas colas para entrar al baño. Escribirán sobre la soledad de los bares neoyorquinos y el color gris de las relaciones personales en aquella ciudad.

Sin embargo, ninguno podrá escribir acerca de cómo se las arreglaron sus sexos necesitados de intimidad entre tanta gente. Tampoco acerca de la urgencia con que aquellos recuerdos vuelven, mientras ambos envejecen calmados, bien emparejados y fuera de peligro.

Compañía.

En la sala de un hospital una mujer fuma un cigarrillo. Los doctores la miran impacientes pero no se atreven a decirle nada. Su hijo ha muerto, su hombre está en cuidados intensivos, esperando la misma suerte.

Uno de los doctores es joven, ha terminado una cirugía complicada y mientras rellena los papeles antes de irse para casa, mira los labios de la mujer y el humo que flota entre ambos. No sabe de qué rincón de su memoria salen las palabras, pero son de consuelo y le salen fáciles. Se acerca hasta donde ella y se las dice. No hay necesidad de más, allí sobra el cigarillo. Ella encaja su cuerpo con el de él, con ese hombro que está listo para las lágrimas.

Cuando los doctores la buscan para darle la mala noticia ella está más calmada. Hay varias colillas apagadas en el suelo y en su bolso tiene un pedazo de papel con un número garabateado. El del único hombre en la ciudad que gustosamente se tomaría con ella una cerveza.

Los avaros

El toro ha caído al suelo con estrépito y a su caída se han iluminado los postes que llevan hasta el paredón.
Allí han asesinado a muchos de los avaros, los han metido en bolsones de yute y han vaciado las metralletas en su carne.
Las bolsas de los avaros ruedan cubiertas de sangre por las calles mal iluminadas de la ciudad, algunos detectives empiezan a seguir sus rastros pero ninguno puede dar con las huellas de las manos detrás de los gatillos. Todos llegan hasta el sonido del toro y en vez de contentarse con un espectáculo tan horrendo y vistoso al mismo tiempo, se vuelven avaros y quieren solucionar los crimenes.
Siempre terminan sorprendidos en una esquina y en bolsas de yute, donde esperan la muerte hasta el amanecer.

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