A Teresa le gusta hacer el amor en la habitación de las visitas. Hay algo que hace vibrar su piel en ese cuarto semi oscuro donde nadie duerme desde hace tantos años. ¿Qué es lo que mueve a Teresa a regresar una y otra vez a la penumbra de la habitación encerrada con sus amantes? Allí ha estado la cama desde siempre, abandonada. Las pocas veces que se mueven sus resortes son cuando Teresa aparece con la novedad de una pareja y se los lleva por el callejoncito del patio, entre las buganvillas. ¿Tal vez le excite el sonido de la cerradura oxidada? ¿Tal vez le despierte algún instinto dormido el aroma de las sábanas guardadas, el fuerte aroma de humedad? No lo sabemos. Todo parece perfectamente claro en la vida de Teresa, que ha ascendido con prisa en la compañía francesa de empaquetados y comestibles. Aún no tiene treinta años y ya sus amigas le pronostican un futuro brillante. La ven de presidenta de la sucursal de la empresa. Teresa es de modales antiguos, de lenguaje directo y muy bien educada. Es educada incluso cuando guia a sus parejas temporales debajo de las matas entre el patio, hacia el cuartito oscuro y cuando los fuerza a desnudarla de determinada manera, mostrándoles la guapa grupa, arrodillada sobre el colchón de la cama de visitas. Teresa exige que le hagan el amor terriblemente incómodos –los amantes–en ese cuarto donde se le debe haber perdido algo. Fuera de eso, todo es muy normal en la vida de Teresa. Incluso sus orgasmos en aquella cama no se diferencian de los que planifica en los mejores hoteles de la capital, después de las estresantes reuniones de directorio o en las visitas de los presidentes de las sucursales extranjeras. Uno de ellos la ha descubierto mirándolo entre las mociones de uno y otro ejecutivo y la ha seguido hacia los sevicios. Se ha besado con ella como un animal, ha apretado los puntas endurecidas de sus pechos y se ha regodeado en la entrepierna húmeda mientras levantaba a Teresa contra la pared del lavabo. Pero ella no lo ha dejado ir más allá, se ha contenido y le ha pedido entre suspiros muy agitados que se detenga, se ha despegado de su abrazo de saliva y de sus dedos inquietos y engreidos entre los labios, porque necesita llevarlo primero a que conozca un cuarto determinado, el cuarto de visitas de la casa de sus padres.

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