En el sexto día del séptimo mes del séptimo año del siglo veintiuno, el hombre descubrió que no estaba solo. Miró alrededor suyo, limpió el polvo de uno que otro libro de su biblioteca, revisó su colección de DVDs, escogió un disco de su colección y -mientras empezaba a sonar el primero de los surcos- se fue al baño y meó.

Fue una meada generosa, prolongada, épica. Mientras la orina pasaba de su aletargado cuerpo, hacía un arco fabuloso y terminaba asentada en el fondo de la bacinica de mármol, el hombre se percató que estaba empezando una nueva etapa en su vida. La luz penetraba lubricantemente en la habitación de baño e iluminaba uno que otro rezago de las beatíficas tardes de su verano feliz: toallas mojadas, ropas de baño cubiertas de arena y camisetas que no había tenido tiempo de llevar hasta el cesto de la ropa sucia.

Sobre la bacinica de mármol una foto impresionante de una ola de Waikiki Beach le anunció en aquél bendito minuto en que el hombre consagraba toda su energía a la descarga de la pichi dorada, que los dioses guiarían sus pasos. Vagamente vio el perfil de Júpiter entre la luz del sol y oyó el retumbar del mar que anunciaba que en esta empresa estaban juntos Poseidón y su hermano, el dios de todos los dioses. Para que el hombre (algo diletante, propenso a la divagación y al relajo) se convenciera completamente de los designios de Olimpo, se abrió la puerta del dormitorio de baño y apareció Venus, apenas cubierta con una tanga carmesí y los pezones iluminados con polvo dorado.

Entre camisetas sucias, el hombre recibió de Venus el mensaje de su condición sobrehumana. Se lo susurró al oído y se lo repitió mientras se lavaban mutuamente. Los dioses aprobaron satisfechos cuando al día siguiente el hombre y Venus se subieron a la camioneta Toyota y partieron en busca de su destino. Cielo, tierra y mar estaban con ellos.

Fotos: Floripa por Gogoboy.Baño del Cuzco/Flickr

Lee la versión de este cuento publicada en The Barcelona Review (2009)

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