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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

junio 2007

El borracho

Todos vieron al borracho. Terno arrugado y camisa abierta. Balbucea algo, agarrado a su vaso. El borracho no ha dejado de conversar toda la noche. De mesa en mesa contaba su historia, suplicaba que lo escuchen. Hacia las tres ha tratado de parar la borrachera con un tacu tacu montado. Antes de las cinco se le vino el huaico y se encerró en el baño más de media hora. Salió casi al amanecer, los ojos rojos y la boca balbuceando carajos.

Pocos conocen su relación con el carnicero, su hermano. El carnicero ha entrado una mañana por la puerta trasera, ha medido a su hermano, lo ha cargado en hombros y lo ha dejado al sol para que lo encuentren los militares que a esta hora disfrutan con los borrachos desparramados sobre las calles como costales de papas, para vengarse a patadas de sus frustraciones diarias.

Con un hilo de sangre en la frente, el borracho se ha despedido de ellos. Llevaba las manos firmes en los bolsillos mientras marchaba hacia su casa caminando recto. Unas cuadras más allá se ha caído. El sol está muy arriba y nadie ha venido a recogerlo.

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Reflexiones sobre Mefistófeles


Invocar al demonio. Vender el alma. ¿A cuánto? ¿Existe el cielo y el infierno? ¿Dónde quedan?¿Se acabará el mundo?¿Habrá un Juicio Final?

Recuerdo cierta conversación en mi niñez, sentado en una banca entre el patio de primer y segundo grado, sobre el Apocalipsis. Algunos de mis compañeros de colegio lo tenían bien estudiado y podían dar fechas y explicar cómo iba a suceder el fin del mundo con lujo de detalles.

Siempre tuve problemas con ese párrafo en el que se explica que Dios llegará a la habitación el día del Juicio Final, escogerá un hermano y lo salvará y el otro morirá. De niño compartía mi cuarto con mi hermano y si bien estaba seguro que quien se salvaría sería él, no me parecía justo. Esa fue una de las razones por las cuales, al comienzo de la pubertad, decidí que quería tener mi propia habitación y me mudé al cuartito donde la empleada solía mirar sus telenovelas, el que todos en la casa llamábamos “el cuarto de planchar”.

En una de mis peores pesadillas de niño una ola gigantesca mezclada con un terremoto empezaba a destruir Lima y los meteoritos empezaban a caer sobre autos y peatones en la Javier Prado. Recuerdo haber sentido por primera vez el peso inmenso de la pregunta: ¿Para qué sirve nuestra vida en la Tierra?

El año 2000 lo recibí con primos y amigos en una playa de Arequipa. Los primos estacionamos los autos a cierta distancia de la orilla, ya que si el Juicio Final sucedía en ese preciso momento el mar estaba supuesto a salirse y las olas tenían que llevarse algunos cuantos carros de encuentro.

Leer sobre el diablo y las consecuencias de vender el alma, siempre me trae a la memoria esas tardes en que escuchaba ansioso los relatos sobre el Apocalipsis, alrededor de aquella banca en un oscuro pasillo entre los patios de primero y segundo grado del colegio Recoleta.

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