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The New York Street

Un blog lleno de historias

fecha

16 julio, 2007

Diario de un diletante ocasional, 16 de julio


Mezclo arroz y frejoles, apachurro y fabrico harina para la dosa. Lleno la dosa con palta, tomate y un poco de queso mozarella. Sentado en la banquita de madera de Amagansett me sorprende un niño con un proyectil de plástico en forma de cohete transatlántico. Trato de hablarle pero al parecer su idioma y el mío son diferentes.

Es impresionante como abundan los rastas en esta zona del Caribe neoyorquino, se han puesto de moda al igual que las sandalias de plástico que parecen hechas de una pieza y para patones. Investigo en busca de un polo de Montauk pero no encuentro nada que me guste como para gastarme 20 dólares. Los mejores sandwiches vegetarianos son los de Joni al lado de la playa, pero las mejores dosas son las de Hampton Chutney Co.

Las fotos de la playa mayor están bien compuestas pero les falta alma, parece que la fotógrafa se hubiese tirado sobre la toalla y decidido tomar de una sola vez todas las fotos para su exposición, mientras terminaba su mañana de bronceado. Tres pelotitas amarillas y una raqueta nueva. Hay progreso en el tennis.

El tren tiene dos pisos y los veraneantes se disputan los asientos con ventana a chavetazo limpio. Prefiero la paz del primer piso. Sentado cómodamente en mi espaciosa butaca debajo del nivel del piso de la estación de tren, tengo una buena visión de las piernas de una que otra muchacha a la que vale la pena mirar. La mejor escena es la del anciano con sandalias y ropa carísima que se acomoda los anteojos en la estación para ver quienes se bajan del tren. Desde mi butaca sólo veo que una niñita se abalanza a los brazos de su abuelito mientras la mamama y la mami aparecen sonriendo “Ha sido un viaje larguísimo, tres horas desde Penn Station, tuvimos que hacer transbordo en la estación de Jamaica”.

De mi lectura de Gibbons: Después de tanto trabajo, Dioclesiano se retira a su rejuvenecida casa en Nicomedia (Izmit), y allí muere rodeado de turcos, regocijándose con el recuerdo de sus plantones a los senadores romanos. En ese tiempo había que tener muy mala suerte para que te obliguen a convertirte en emperador romano, generalmente, hagas lo que hagas, terminabas decapitado.

Foto: Dave Montalvo. East Hampton Beach/Flickr

15 de julio, Todos somos Corleone


Le contaba a Miguel que después de ser presentado a toda la familia DiSalvo y recibir las felicitaciones de rigor, me sentía parte de los Corleone. Dicen que hay una ropa de baño en la sala por si quiero meterme a la piscina. Los veo jugar bola bacci que se parece un poquito a las bochas, y recuerdo aquellas tardes en familia jugando al tejo en el patio de la casa de Anqui.

Uno de los hijos de uno de los primos de Frances me dijo que él era el arquero en su colegio y me preguntó si era italiano. Le dije que no, que era peruano y me miró otra vez sin saber qué pensar de mí. Al final terminamos en los tiros al arco y por lo menos le pude demostrar al mocoso que yo pateaba al arco mejor que lo que él tapaba con su sangre italiana y ocho cuartos.

Otro chibolo vino a intimidarme con su polo de Italia tetracampeón pero sus tiros al arco parecían los tiros al cielo de mi pata Diego Durojeanni cuando recién llegó a Perú después de pasar 5 años en Virginia. ¿Y tu eres italiano? le pregunté al chibolo. “Yo soy ambos” me dijo y dejó la pelota abandonada para irse a despedir de alguna tía que repartía besos de despedida.

La tia Joanne es experta en artes marciales y también hizo su breve show de kung fú. Dice que nos va a avisar para conocer al Yoda filipino que de vez en cuando viene a EEUU a hacer demostraciones de kickboxing.

A John David lo metieron con zapatillas, pantalón y billetera a la piscina y me hizo recordar cierta noche de juerga en casa de Paloma en La Molina.

“¿Sabes que todavía puedes escaparte?” dice el tío Allen, antes de contar que el hijo mayor está en alguna fraternidad de surferitos en New Jersey, de playa en playa. Despedida para tomar el tren de regreso en Huntington, beso con las primeras páginas de Decline and Fall of the Roman Empire, prefacio de Moses Hadas.

El tren de Long Island demora 1 hora y media desde Huntington hasta Penn Station. Sobre los peldaños de Bryant Park espero el bus expreso que llega a Riverdale pasada la medianoche.

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